En torno a Caminante Solitario /
de Ramón L. Cardé Serrano
He leído una y otra vez los textos de Caminante solitario, poemario de Ramón Luis Cardé Serrano. Por atisbos verbales, reveladores, del hombre honesto, valiente y sincero que es, no hay que hacer esfuerzo alguno por advinarlo en su poesía o por confirmar lo que él comunica, siendo ya lector suyo. Verbalmente, está más cerca de la confesión y el testimonio, con aire popular, que de una poesía que rompa las tradiciones ya presentes en la literatura puertorriqueña. Su poesía no deconstruye; expone y concluye. Se compromete.
Apegado a las estructuras estróficas y tópicos epigramáticos y aforísticos, su estilo es uno en el que su visión de la vida se ofrece de modo preciso, conciente y cuidadoso. Se sirve así, artesanalmente, como presentación de lo que piensa. Los vínculos entre lo semántico (mensaje) y rítmico (musicalidad y aliteración) son más fuertes e intensos que la convicción que Cardé Serrano tenga sobre el hecho de que, para un poeta, la palabra no tiene por qué ser signo, espejo, «word as sign» en pro de su transparente y precisa literalidad; sino que, cuando la palabra se vuelve símbolo, primariamente, y se utiliza adrede como tal, funcionará mejor que siendo signo, ya que entonces producirá las metáforas e imágenes que poblarán el texto con mayor riqueza de elementos, sugerencias y significatividad.
En Cardé, no hay aún la voluntad o estética constante por sacar a las palabras (como símbolo y materia prima del poema) sus tropos, su belleza escondida, sus juegos más sabrosos, sus conexiones pre-lógicas y subliminales, con su propia imaginación de poeta. Por la motivación testimonial, protestativa e informativa, desde la que él parte a versar, por su acomodo a estas formas, sacrifica la visualización plástica, auditiva-sonora, de los factores inconscientes, con que el poeta, más inspiradadamente, nos hablaría hasta sorprendernos.
Su proceso creativo, en aras de equilibrar las tensiones de su temario, arranca del «type sympathique», es decir, del pájaro arpado, «the bird-like poet». Ramón Luis Cardé es el jilguero que espontáneamente expone o canta, sin sacar los contenidos anárquicos, agresores y demoníacos, que la palabra o el sentimiento cuajan, como en el caso de otras dos categorías propuestas por L. Rusu, teórico rumano, que admite otras pulsaciones natas y motrices para el verso: el poeta de tipo «demónico-anárquico» y el poeta del tipo que, siendo loco bueno, tiene su cuota de travesura controlada, «demoníaco-equilibrado» («type démoniaque equilibré»).
Cardé es fiel, en este libro, a la advertencia de Martí y Darío, de que 'las trincheras de ideas valen más que las de piedra', esto es, que las violencias o las rebeliones desorganizadas y viciosas. Propuso un tema: no hay un determinismo colonial; pero hay rezagos ante la fuerza del materialismo y el poder que todo lo corrompe. Puerto Rico es un país desmoralizado y que, en cuanto tal, proyecta y racionaliza sus límites y entristece al prójimo. Lo hace caminar solitariamente. No obstante, hay que saber hacerle su buen camino hasta la «fuente en la montaña» (Lloréns Torres), que es su destino de luz e identidad. El poeta sirve para eso.
A Cardé le preocupa 'crear consciencia' por lo que, a menudo, lo hallaremos en el acto de hilvanar sus juicios, con expresión visceral, sobre lo manido e inacabable del discurso político, el tema de lo predecible, o lo incierto que se asocia al destino colonial. A veces se vuelca en el ataque y regresa a la denuncia. Evitará la trampa de las recetas o discursos prescritos. Sabe que la poesía es aún indispensable a los pueblos; mucho más en un país, donde la soledad y la sicosis colonial ha fragmentado nuestra totalidad colectiva y ha provisto muchos modos de escapismo o sicologismo simplificador.
En ocasiones, la ternura que es propia a Cardé lo manifiesta con gritos de atención para sí mismo como niño con rabietas. Tiene la necesidad de hallar sus identificaciones y en el acróstico de la Sección D es el profesante de esperanza y de combate. Admira a los que, como él, «sufren en silencio» y aguardan su renacimiento cósmico. O a los que se adscriben a su lucha.
En otras páginas de Caminante, el atisbo de los saldos kármicos es su voz filosófica, aunque no sea la madurez de esta dirección, es decir, textos que contengan algo más que la tesis de que el establecimiento religioso juega con el miedo y la fe sencilla de los pueblos.
Las esperanzas no son gratuitad, más bien son procesos en ese camino (que tantas alianzas requiere para ser el camino colectivo, el «ir-avanzando-acompañado»). Forjar triunfos y cantos de alegría para todos es la cima de la meta, como decía Schiller en su Oda. O hacer del camino andado, uno mutuo al andar, parafraseando a Machado.
Pese a lo paradójico del título, Caminante solitario no es un libro pesimista y egocéntrico; es un libro sobre la solidaridad que se debilita y las ideologías colectivas que, como todo en Puerto Rico, no han de ser inmutables. Los caminos, en principio, son para todos. Son de neutra generosidad; pero combatir en el camino, limpiar sus brañas, corregir la senda a la que va, es mucho más que generosidad. Es amor.
¿Qué culpa tiene el poeta de que se le quiera desoír, o entorpecer, cuando su función se cumple al versar, a viento y marea? Ninguna. Alegría del camino es quien canta y su recompensa no será la soledad.
Carlos López Dzur, 6 de febrero del 2004, desde Orange County, California.
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