La casa: Nuevo Libro
de Carlos López Dzur


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Carlos López Dzur

La casa: Nuevo Libro de
de Carlos López Dzur

Por Luis F. Cariño Preciado

Antes del ocaso del año, Carlos López Dzur nos regala una vez más su palabra, su palabra escrita. El nuevo libro se titula La casa.

Carlos López nos tiene acostumbrados a un nuevo manejo del idioma, a una novedosa forma del lenguaje, gracias a la cual nos transporta a originales interpretaciones del todo y sus partes. Leer sus textos es someterse a una ráfaga de ideas y pasajes mentales contrarios a sí mismos y entre sí en apariencia, pero consecuentes en la esencia.

Sócrates se oponía a la palabra escrita porque el lector no podía ser interlocutor y la mayéutica se evadía. Cuando uno viaja por las letras de López Dzur, quisiera oirlas pronunciadas por él y de inmediato comentarlas.

Algunos lectores no le entienden como otros no entendieron en su tiempo a Juan Rulfo y a Gabriel García Márquez. Los grandes hombres, los grandes creadores, tardan en ser comprendidos.

El manejo que hace del lenguaje es tan nuevo que le ha hecho merecedor de una pléyade de premios literarios, entre los cuales destaca el ganado en el Concurso Literario Chicano de la Universidad de California, Irvine, en 1986.

Ya que lo tenemos presente, después de varias lecturas a dos de sus textos Homenaje a los calzones y El vestido, le propongo la pregunta: ¿cuál es la cuna del calzón? y por qué haces un homenaje al calzón y por qué, como dices, desde que lo vestimos, estamos degradados. La frase que me inquieta está contenida en Homenaje a los calzones de su libro La casa:

... él (el calzón) nos viste desde una cuna
en que nos degradamos...

CLD: ... nos degradamos al sentir vergüenza de lo que es natural. Desde que aprendimos a sacrificar la libertad personal en favor de la censura a las imágenes. Cuando una realidad secular, o una identidad grupal, desfigura y suprime los motivos y contenidos de nuestra psiquis, nos malvestimos; ya no hablamos la Verdad Desnuda, sino la Verdad maquillada y vestida como una sibarita... Yo hago un Homenaje a los calzones, en cuanto su utilidad básica, como artículo de uso y no como moda de alarde caprichoso; pero hay una dimensión más íntima, que es el verdadero asunto del poema. Yo no sé exactamente cuál es el origen del taparrabo; pero en El vestido, texto que me mencionaste y que relacionaste al Homenaje, hay una pista:

Son los turcos los que han vestido al mundo.
Los primeros telares, Anatolia los tuvo.
De Catal Hüyuk surgieron
cuando estuvo desnuda cada flor de la Tierra
y el taparrabo escasamente ocultó la genitalia.

Digan, modistas de alarde caprichoso,
truhanes contemporáneos, ¡bendito el turco,
bendito el cavernícola del Suroeste de Francia,
quien inventó la aguja, hace 25,000 años
por lo menos!

La casa a la que López Dzur nos invita a entrar es un mundo íntimo con recuerdos de su niñez. Contiene las memorias de su familia y la experiencia del exilio. En ocasiones, la casa es la metáfora central del cuerpo humano; en otras ocasiones, la metáfora de la casa se refiere al lenguaje mismo con que se nombra "todo", las cosas y las personas, el ego que las percibe. En los poemas a Jacinta, la casa adquiere la intimidad de la desnudez más sublime. Sentimos al poeta en arrobamiento, en embeleso.

CLD:... El hecho básico al que me refiero (y creo que todos los poemas de La casa tienen que ver con ésto) es que cada civilización acumula y deja unas imágenes o símbolos sobre la desnudez (tal como es concebida por un grupo y sus censores), cómo ha de ser ocultada para fines de la seguridad a la que aspira la cultura y deja el testimonio de voces, casi siempre aisladas, de artistas que revelan su realidad sagrada y, viendo el aporte de estos últimos, entrando en la casa privada de ellos, uno vuelve a ver el animal natural, el verdadero hombre libre con sus clamores... Estos símbolos, en particular, para mí, son una fuente de inspiración. Yo no necesito de las palabras ni de los discursos sociales y morales de la sociedad para intuir de los materiales síquicos interiores una verdad desnuda... Puedo hojear un libro de pintura, o estudiar una serie de dibujos, y asociar las ideas. Entonces, creo algo para mí. Hallo un disfrute solidario, la obra compartida que me identifica con ellos. En un poema yo convierto lo que ví y sentí en conceptos; pero mi aproximación fue esencialmente una en que me ejercité con el hemisferio derecho del cerebro... Toda mi poesía brota de mi imaginación y de una pasión casi cavernícola por la pintura y el libre flujo de nociones irracionales. Por eso, muchas veces, yo comparo a mis hablantes líricos con ese niño del poema El sótano, uno que mira tras la ventana hacia el exterior, o hacia el interior:

Si no me vuelves a ver,
ventana mía, ojo con mis peligros,
no digas, con enojo, que te dejo...
Ni que soy ingrato,
ni que no te quiero.

De los muros, tu balconcillo de rejas
y antepecho ha sido más que amigo.
El encuentro desafió mi estatura
¡pero, tercamente, a tu espacio he volado!
Sin las pupilas mías entre tus marcos
de oscuro palisandro y caobo nigeriano,
la mar Caribe no daría sus saltos de olas,
su rumor de playas.
El Malecón sería un vacío nominalismo,
paisaje extraño, costas de espumas
que jamás habría visto...

Sin tí, los camiones cañeros no vendrían
a La Habana; pero, ventanica,
mirad que llegan al tino
y estamos en plena zafra.
Por tu ventana lo espío.

Eres la cita de mis fugas, chiscón
de mis juegos solitarios.
Recuerda al niño que te ama
porque ya estás viejo, oscuro, polvoriento,
sotanico, aunque seas el más inmenso
resguardo de la casa y yo tu frágil compañía.

El tercer piso es el mío, donde tengo mi cama;
pero yo me fascino con tu almacén, La Bodega,
con su humedad de cova, el techo alto
con arañas y ratas, con fantasmas de hilo,
abandono, barriles, maquinarias, baúles...
Muchos juguetes tengo por tu causa.
Me gustan más los que son de fierro
y el embeleco que con ellos invento...
Mamá dijo que no llevaré al partir
nada de tantos acumulos,
tu mundillo de memorias, a oscuras,
utensilios zarrientos.

Nos preguntamos: ¿por qué hay tantos homenajes en este libro? ¿Eres una persona muy agradecida? ¿Sientes mucha gratitud en tu experiencia personal, a través de tus vivencias?

CLD: ... Yo diría que sí. Lo que no significa que yo piense que este mundo es justo y que, históricamente, la humanidad viva construyendo el mejor de los mundos. La sociedad está al mando de los supremos malagradecidos, pero yo, personalmente, doy el ejemplo de que hay que aprender a convivir y agradecer... La casa es un libro de homenajes en el sentido de que yo pregunto por la raíz de toda tecnología, el fuego, los calendarios, el alimento, el vestido, los utensilios de caza, el arado, la domesticación de animales, etc., pero el propósito, al poetizar en torno a tantos inventos es enfatizar sobre la justicia actual de las condiciones, sociales y materiales, de los modos e intercambios de producción. Ante ésto surge un planteamiento cimero y básico: ¿para quién? ¿cómo ha contribuído esa tecnología al ser-para-otros, a nuestra armonización como sociedad?

La casa es mi primer libro heideggeriano y libro que tiene una continuidad con la dialéctica marxista, porque, en el análisis social de cómo aproximarse al análisis político-social de la realidad, yo sigo siendo marxista. Sólo que en este libro hay unas descripciones de la coseidad, lo óntico, que pienso evitar en Heideggerianas, un libro más ontológico y profundo que éste, que es un mero escarceo... Aquí, en La casa, estuve muy metido en recuerdos y memorias, como dijíste, y eso se ve en textos como los poemas a Jacinta, a mi padre, El sótano y el exilio, No venderé mi casa, otro poema que comienza:

No me quejo de la casa donde vivo.
Vulnerable es, como choza de yagua.
Y tiene añeja piel, zócalos grises.
Con el viento de tormentas en agosto,
tiembla, cruje, se resfría como yo,
padece soledades...

Volviendo a Homenaje a los calzones... el tema no parece sencillo o tan reducido a cosa de tela, del modo que lo propones. ¿Por qué dices en el poema que a los calzones, «al calzón en sí y sus inciertos orígenes», le tienes un gran respeto, / un innombrable ágape», como para hacer un homenaje al mismo?

CLD:Todo eso se entenderá en el contexto de la gratitud y de su negación; al leerse todos los poemas en su conjunto temático se capta la intención de cada poema en particular. En cuanto a esos benditos calzones que te obseden, yo diría que, entre líneas, el mensaje es que estamos... citaré el poema:

,i.... estamos emplazados en una deuda inmensa
no pagada.
Los calzones piensan que somos
malagradecidos...,/i.

En rigor, la deuda inmensa no es con los calzones, ni sus fabricantes, ni con la camisa, la falda, el vestido, o todo ropaje externo que, después de todo, son telas y no piel, ni consciencia, sino unas piezas más relacionadas al artificio de la cultura y la realidad secular, con el propósito de que:

la calle y la plaza,
la iglesia y el colegio,
(nos) reconozcan como a un civilizado.

La gran deuda es con el material síquico, mental, de nuestra identidad individual y realidad sagrada, es decir, con nuestra desnudez... El pantalón, como la ropa en general, no ha resuelto el conflicto que el vestido ha creado para el hombre / mujer natural. Por más vestidos o cubiertos de ropa que pretendamos estar, seguimos desvestidos, vulnerables, o preocupados por la probable revelación de nuestras miserias y todavía sujetos a la acusación. Somos una sociedad obsesionada con el vestir y la moda. Consumeristas obsesos con marcas y embelecos... y ésto tiene que ver con una obsesión que a los romanos de la antiguedad desvelaba. Ellos creían que soñar con la desnudez se equivaldría a la vulnerabilidad. Verse desnudo en sueños fue presagio de escándalo y de infelicidad... Aún hoy, cuando estamos vestidos en condiciones de mayor acceso a ropa, por la capacidad que tenemos para fabricarla, distribuirla y venderla, «los calzones piensan que somos malagradecidos»... Esta frase de mi poema es provocadora porque yo estoy insinuando que, por falsa consciencia, hemos llegado a creer que somos lo que vestimos. Nuestra mente se ha cosificado al punto del que el consumismo sustituyó nuestra consciencia... Me imagino este momento, absurdo y surreal, en que un calzón acusa a quien lo viste, diciéndole: eres un mentiroso siquitrillado en tu ropa... el poema codifica ese sentimiento, el calzón ofendido:

... nos quedamos mintiéndole a las rosas
y las estrellas, a los héroes políticos
y a los intelectuales, a las mujeres decentes
y a las sensuales con precio...

... el vestir no ampara ni consuela el uso, la dignidad que el vestir demanda. Traicionamos al vestido, lo mismo que el monje perverso traiciona a su sotana. El hábito no hace al monje. Y la mona, aunque se vista de seda, changa y mona se queda, ¿me entiendes? El animal natural que somos, su libertad y su franqueza, han sido desfiguradas cuando de la institucionalización del vestido no se entiende su por qué, su origen, su función real y su verdad... Hay un poema del libro que da otras referencias para entender estos motivos y Homenaje. No sé si tuvíste ocasión de revisar de los poemas de La casa un texto que dice:

i>¿Por qué nació primero el adorno que la aguja?
¿Por qué pintó el corazón su mágica consciencia
antes que surgiera el telar y la piel confeccionada
en trenzados de ojales y atadijos
por la invisible hilandera de la aguja
y la hábil mano de las costureras?
¿Por qué la danza precedió al diseño
de patrones geométricos en utensilios básicos?

... ah, bien, ahora recuerdo. Es el poema Los calendarios. Es un poema donde yo sugiero que fue la mujer quien dominó el tiempo, es decir, quien aprendió a administrar el tiempo, ese Gran Monstruo, sin el cual la tecnología no tiene ningún sentido. Sin embargo, la sociedad patriarcal, post-neolítica, despojó a la mujer de la autoría de unas fases productivas como civilizadora. La mujer sabía por qué se cubría los genitales. Sabía sobre los detalles higiénicos de su lavado, de su inmersión en los ríos, de los rituales de pubertad y de sangre (ritos menstruales). Ella sabía cubrirse, no por el pudor lleno de coersión que los censores masculinos impusieron, sino que ella vestía por unos impulsos naturales de protección, higiene y armonización, con los que el varón hizo tabú y celo. Esa misma mujer sabía desvestirse y enseñar que "nalgotras ocasiones nos hemos visto"... (NOTA DEL AUTOR: me sorprende oír que López Dzur alburea al estilo mexicano, pues, él no es mexicano y jamás le había oído en esa faceta) ... en fin, digo que, contemporáneamente, vestimos porque estamos llenos de tabúes, incomprensiones y vergüenzas, en medio de la coersión y la determinación de la cultura. Vestimos porque:

... la deshonra nos quitó el último velo
de amor en la inocencia
y una bolsa de crímenes
gritó apaños de su erección
fornicando un polvo árido
entre los pelos del individualismo
que es ya un pañal ofendido...

Lo que nos chotea, lo que nos quita el último velo de inocencia y nos desnuda secular y vulgarmente, con un sentido de culpa y vergüenza, es entrar al tiempo histórico, sin una noción de lo sagrado. Por más calzón que nos cubra, estamos choteados, calatos y en pelotas... Cuando lo sagrado no existe, tampoco la sabiduría y la protección cósmico-ontológica. El tiempo se vuelve técnico, lineal, profano; se vuelve lógico, pero no profundo, se vuelve pragmático y manipulativo. Estamos viviendo la moral en calzoncillos... Por más acalzonados, hay «bajuán»: ahí-va-Juan... De hecho, lo que me inspiró este poema en particular fue albureo, el choteo, algo chusco. Ese es el por qué me gusta este poema que quieres reproducir...

La mujer tiene una noción del tiempo sagrado que el varón ha perdido. El tiempo de la sacerdotisa del Ocultismo y que intuimos con la exposición a las imágenes y los símbolos relacionados a la desnudez, símbolos que sólo pueden comprenderse cuando uno funciona poéticamente con la facultad del lado derecho del cerebro, se ha perdido. Por eso estamos desnudos, en ese sentido romano-etrusco de salvajes, donde aún con taparrabos no convencemos a nadie de que somos gente con control de las pasiones elementales. Aún vestidos, somos hipócritas y exhibicionistas, tribales y censuradores, homofóbicos y opresores. Somos los juanes del bajón...Y la idea es clara, si partimos de la noción de que, pese a su mucha ropa, el puritano y la beatería dentro del catolicismo, éstas dan ejemplos de su degradación e impulso criminal: ¡han perdido su habilidad de ver belleza en las cosas sensibles, en el Universo manifestado, en la sexualidad! Estamos en el tumbe y en la esquina del borracho, tumbando calzones, lujuriosamente. ¿Conoces ese otro albur: «tum'borracho allá en la esquina»: está un borracho allá en la esquina, tumbo-pantaletas, doy el llegue? Esa es la parte prosaica del problema: pañal ofendido.

Por otra parte, yo me inspiré, lo confieso, en varias cartas del Tarot para escribir otroos poemas de La casa: una es La Estrella, en la cual el motivo central es una mujer desnuda que vacía dos cántaros de agua sobre un río. Un jarra en cada mano. Esta mujer representa a la esperanza, la refulgencia sobre las aguas de la sexualidad o la fertilidad, la promesa de Vida, porque el sol es vida. Luego mencionaría la Carta 21 del Tarot: otra vez se trata del Universo, objetos sensibles de la realidad, una mujer desnuda, bordeada por cuatro figuras querubínicas que representan el águila, el león, el toro y el hombre... pero la mujer desnuda, motivo central de este Tarot es la Naturaleza y la presencia divina que la permea. Ella es la plenitud y la buena recompensa: el Universo sin mujer tendría menos belleza que agresividad. El Diablo del Tarot también está desnudo; pero, posteriormente, el diablo no es Azazel desnudo, con patas de cabras, ni es Pan... El Diablo es transformado en el Adversario, en una especie de superhéroe vestido con joyas y mantos, como el ángel, Querubín de la Mañana, descrito hermosamente con ropajes, Lucifer... en el Génesis/

Básicamente, has dicho que La casa es un libro de homenajes a lo que está en el tiempo, en la historia. La desnudez es una realidad del tiempo, de las cosas sensibles, materiales, que se captan con los sentidos. La desnudez es la esencia de la casa. ¿Cómo ha sido posible que hayamos traicionado la desnudez?

CLD: El poeta que, como yo, da su versión y que yo llamo el dador de la versión útil del asunto («porque yo pienso que un texto es útil / y no tiene que ver nada con el arte por el arte»), el que da su versión acerca del estar, o no vestido, apunta al hecho de que la raíz del conflicto es la siguiente: ¿cómo ofendimos al pañal originario? ¿Qué hicimos desde que el hombre agrario, surgido del Neolítico, empezara su tarea ofensiva, amparándose en las inclinaciones lógico-racionales que son características del hemisferio cerebral izquierdo?... Tú, que eres antropólogo, puede que tengas ideas más específicas que las mías... Yo me baso en mis intuiciones de la historia al interpretar lo que las civilizaciones han sido, después que los sumerios dieran sus primeras transmisiones de sus ideas religiosas y sus ideologías masculinas a la posteridad. Lo que yo mencioné como «pañales ofendidos» se relaciona a la evolución de los cultos de la fertilidad. Los hombres, como las mujeres, no se han ofrecido a sí mismos el respeto debido a su sexualidad. Han venido vistiéndose a la usanza de una vergüenza decretada socialmente. La mitología histórica sobre lo sexual expresa la confusión y la vulnerabilidad de los procesos históricos... Cuando evalúo, la evolución de imágenes eróticas, concluyo que los cazadores del Paleolítico, es decir, los primeros que se ensangrentaron las manos con el crimen e hicieron del derramamiento de sangre algo premeditado, con alevosía y ventaja, tienen una visión de la desnudez muy poco deleitosa. De hecho, en la época prehistórica, sólo la mujer estuvo apta para ver y oir en las penumbras. En ese tiempo, el sexo para la procreación, entre el varón y la hembra, se hacía sin mirar a los ojos; el hombre iba y se encimaba por detrás de ella, la tomaba por debajo de las nalgas, no había besos, ni la estética amatoria que yo estoy estudiando, ahora que me interesa el tantrismo. Estar desnudo o vestido daba lo mismo; pero, en la medida que uno estudia la evolución del vestido, hay un hallazgo más triste. Vestirse se vuelve un modo de conspirar contra el cuerpo y contra su desnudez, un modo de opresión... El ropaje se vuelve un elemento fatuo, polvoriento individualismo...

Claro está, puede que esta apreciación necesite más elaboración, no solamente lo que yo digo en los poemas. En este punto, puede que leyendo el Homenaje a los calzones, como dijíste, algunos lectores no entiendan. Sólo anticipo la idea que dejé en ese texto. Que ni los calzoncillos, ni las pantaletas, tapan del todo o explican con dignidad nuestra noción de pudenda, o de virtud o castidad. Estamos irreconciliados históricamente con la castidad y los tabúes. El vestido se nos queja encima, no necesariamente porque la genitalia esté al descubierto, sino porque el corazón está roto. Nuestra memoria histórica ante la desnudez y su mitología sangran ante el hecho, como si aún nos cubriera el primer pañal de nuestras vidas, cuna del inicial atropello o acto depredatorio... y sentimos que estamos cagados, meados, sangrados y que el remanente de los fluídos se escurre bajo nuestras piernas sin el cuidado ajeno. No hay tampax, ni Stay Free ni Kotex, que oculte o evite ese correrse permanente... en fin, es algo mucho más que sexual. Tiene que ver con la traición al tiempo sagrado, al corazón desnudo del varón y la hembra:

Cuando se empantalone, de veras,
un sólo sobrante, conmovido y crucial,
del corazón desnudo, bien lo comprenderemos.
Sólo la miseria se desviste.

... pero, ya sabes, no sabemos ni llevar los pantalones ni proteger las bragas en la cintura. Hay mucha prostitución voluntaria, tanto de parte del varón como de la hembra. En base a ese hecho es que digo que la deuda inmensa, no pagada, con la desnudez, sigue viva, actual. El calzón es todavía un pañal ofendido... No se trata de que yo diga que no pueda darse una dignidad en la mujer que, en un acto autónomo de libertad, se entrega y se baja sus pantaletas para satisfacerse con alguno. Está bien si lo hace a consciencia. Tampoco se trata de que yo crea que haya que volver al momento primitivo, al Paleolítico o al Neolítico, y vestir con taparrabos, o que yo predique el exhibicionismo del cuerpo. A mí me interesa y me cautiva la sexualidad sagrada, el tantrismo de Cachemira, lo mismo que el celibato. Lo que se llama prostitución a secas no me interesa porque eso ya está presente en la civilización actual como una aberración y una forma inauténtica y falsaria de liberar lo que está reprimido. De hecho, hay que sanar las prácticas prostituyentes de sexualidad para recobrar la dignidad de un calzón bien puesto...

El libro La casa, el nuevo hijo de Carlos López Dzur, el benjamín de su producción, se inicia con un proemio de un erudito de la obra de Carlos López, Juan Romero y contiene 20 poemas, de los cuales nos concentramos y presentamos Homenaje a los calzones.

(Reseña de La casa de Luis F. Cariño Preciado, escritor y periodista mexicano. Fue publicada en Unión Hispana, Santa Ana, California, 30 de diciembre de 1988, p. 15; acompaña la reseña en tal semanario la publicación del texto Homenaje a los calzones, con varias ilustraciones del caricaturista Soto).

Para ver poemas a Jacinta

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