Cuentos y Leyendas histórico-eróticas
de Carlos López Dzur
Links / Contenido

Biografía / Carlos López Dzur

Indice /
Obra Literaria
de Carlos López Dzur

Estéticas mostrencas y vitales Memorias de la contracultura

Las zonas del carácter

Amplificación incestuosa

Las reses

Marco Antonio y Cleopatra

Las esfinges

Detalles de amor y deseo

Homenaje a Pan

Fluidez del canto

La posibilidad del amor

La gente que me gusta

Para despertar a Leti

Fisiología de la excitación

Yván Silén

El hombre extendido, análisis en torno a López Dzur

Apartamentos prestados

Crucito el feo

Memoria del ultraje de Floris

Lot y el esquizoide

La violación de Eulalia

La bruja de la torre

La traición

Mi araña predilecta en el congal

La pianista negra

La marrana

Enlaces

Los senos cósmicos

Los tipos folclóricos del Pepino y la cultura popular e histórica

Poems

Crucito el feo

$365 a la mano

El intruso

Selena

Evaristo y la Trevi

El espejo de los pecadores

Lord Byron y Ammón

La ninfa y el arrecife

El rapto charro

La bruja de la Torre

Megillah de la ovación

Enlaces

Desde el Límite

Antología (1)

Antología(2)

Antología (3)

Antología (4)

Antología (5)

Antología (6)

Antología (7)

Antología (8)

Poemas a Afganistán

Poemas a Afganistán (2)

# 113 / Oir es (EHE)

Oyéndola / de Tantralia

# 112 / Te fundaré los ojos (EHE)

Háblame / de Tantralia

# 114 / Por algo hice la córnea (EHE)

# 115 / Por lo que nunca obtuve (EHE)

# 116 / Abriré la gran mano (EHE)

# 117 / Ser extenso y extenderse (EHE)

# 118 / La madre (EHE)

Yo sé que los ríos cantan

# 119 / La pera que no se pide al olmo (EHE)

# 120 / A Mercedes Carreño (EHE)

# 100 / El alma hay que extraerla (EHE)

# 101 / Buscándome en el odio y en lo feo (EHE)

# 102 / Voy a crear al hombre (EHE)

# 103 / Que me sepa a rosquillas (EHE)

# 104 / Fabricaré a la mujer (EHE)

# 105 / Que sea el canto y el habla (EHE)

# 106 / Tan lejos va el tañido (EHE)

# 107 / El amor vibrante de las cosas (EHE)

# 108 / El tímpano (EHE)

# 109 / Nada está en silencio (EHE)

# 110 / La escalera vestibular (EHE)

Voy a crear al hombre

A los POWs

Los condecorados

La caída

Las hienas

Los taimados

Diga yo

La guerra

Terrorismo (2)

Los obedientes

Los lobos

El regreso del héroe

Los días

Frags. del 17 al 21

Padre Nuestro

Texto #49

Fisiología de la excitación

La deuda (EHE)

Para meditar al ser / De Heideggerianas

Blandón indefinible / de Tantralia

Sobrevivir

Leticia (#60, EHE)

Ha nacido esta lujuria gratamente (#60, EHE)

La magia del beso

La niña del deseo / de Tantralia

Soy tu amante (2)

Amor In Mundus (1)

Homenaje a Pan

Privacidad (1)

Privacidad (2)

Texto 111 /sobre el oír

A unos ojos (112 al 115)

A las madres (Texto 116
de El Hombre Extendido

Fluidez del canto...

Los filósofos del agua

Todos los poetas son judíos

Tu nombre es olvido

Entregas ausencia

Nihilismo nocturno

Ritmo

La playa

La playa es mi resurrección

Como sátiro entre limos

Y no se cansó jamás

Lo irremisible

Esta gloria cavernaria

Texto 3

Indice

Partidas Sediciosas y Rebeliones Campesinas en San Sebastián del Pepino en 1898

Convocatoria al Estudio de la Historia Regional

Pure Investor

Ustedes son peores

El amor existe

Desove ontológico

Testimonio de la separaración

A veces uno sacudo el coxis

Cuando más quiero callar

31 de marzo de 1282

Bendición de la zorreada

Zorro viejo

Los salvajes

La posibilidad del amor

La gente que me gusta

Index

Evaristo y la Trevi

Partidas Sediciosas y Rebeliones Campesinas en San Sebastián del Pepino en 1898

Convocatoria al Estudio de la Historia Regional

Biografía / Críticas

Simposio de Tlacuilos

Obra poética

San Sebastián del Pepino: Convocatoria al estudio de su historia

Monografía 1

Enlaces

www.ilustrados.com

Palavreiros

Unionismo

He visto a los ángeles

El ladrón / 2

Lo idílico / 1 y 2

Behaviorismo

La niña del deseo

La pasión terrenal

La fruta saboreada

¿Dónde está la vida?

Megillah de la ovación

El motín

La vulva mística

Justicia de tercera clase

El azote de los pecadores

El malpensado

El regreso

El derrumbamiento

El árbol de la vida

Cit y Kali

Ontología dopaminal

Nostalgia del árbol

La eternidad presente

Los peces

La tea encendida

La orientación objetiva

Estética práctica

El nihilista pasivo

Uno es un zorro viejo

No lo dejaron ser

Santa Necesidad

Santa Necesidad

Ven a mí, Moab

Desde un peldaño triste

Hosarsiph el Silencioso

Pelagia en Antioquia

Jacob ante Esaú

Vibraciones del OM

Memorias de la caverna

Desocultamiento

Unió-Yaj

El terrorismo

Jacinta

Revista Poetas 2,000

Revista Argos / Universidad de Guadalajara

Revista La Blinda Rosada

Blinda

Tertulia de Mizar

Mizar

Estival

Página de Francisco Arias

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Carlos López Dzur

Cuentos


$365 a la mano


Después de la escapada, el adolescente rebeldón y desorientado pedaleó su bicicleta. Entró sin precaución a la calle principal. A su parecer, la estrecha salida del estacionamiento del supermercado y la calle estaban desiertas; pero, realmente no fue así. Y se escuchó el golpe espantoso.

El voló por los aires como si el viento lo hubiera arrancado de cuajo de la calle. Como si un torbellino quisiera darle un paseo a expensas de su voluntad. El mozalbete cayó más adelante violentamente, llevándose en la revolcada los cojijos y lamentos de su vida. Aterrizó con su cuerpo molido. Como una jalea, una colada salida del cerebro, compuesta de imágenes y sensaciones olvidadas, sentimientos y memorias añadidas a las nuevas, fluyó hasta la brea del pavimento.

¿Estaría intacta su corteza cerebral? Seguramente sí. El pensaba, recordaba, inquiría; pero tenía el cráneo fracturado y no podía mover su cabeza ni su cuello. Estaba inerte, sin fuerzas, con la mirada despavorida. Su dolor se metió en todas las cosas, en sus músculos y en su alrededor, en sus sombras y en la luz de la tarde.

Sabía que una camioneta azul lo atropelló. Trataba de no olvidar al hombre que la manejaba. En hacer este recuerdo, él dedicó segundos que le parecieron años. Imaginó aún el proceso de su venganza, el encuentro posible con ese criminal de los caminos. Es un hombre barbado, blanco, pelo castaño, melenudo y espeso que parecía un colloac francés cayéndole en la frente. Tenía un puro humeante apretado entre los dientes. El conductor le echó una maldición al arrollarlo y siguió su camino, acelerando su camioneta.

Ahora sí tendría una razón para odiar a la Humanidad. Siempre había querido forjar un rencor extremo y ardiente. Este hit-and-run, el hombre barbado, su camioneta azul, le daban el motivo. Por fin, se verificará que él no habla por hablar. El mundo está lleno de una maldad más grande que la de sus cojijos y frívolas contiendas. Una camioneta se avalanzó contra su alma, donde todas las cosas duelen más que en la carne. Que vengan a verlo y sepan ya que él tenía razón y no es un rebelde sin causa.

A cinco pies de distancia (si de veras el cuerpo que desde él observara fuera el cadáver suyo), Dany el Rojo vio una de sus manos. Se había desprendido. Esa mano que pensaba suya, con terror, se asomaba por el puño del pedazo de manga del chaquetón que vestía. Esa mano hábil para las raterías y para echar golpes en las broncas de la escuela sería su mano y estaba condenado a verla como una porquería delante de sus ojos. ¿Con qué mano recoger aquella mano? ¿La mano de quién habría de recogerla?

Habría querido mover una, la que aún estaba sana y fija en su muñeca, y no tenía la fuerza, sino la sensación de que la había aferrado a un bolsillo del chaquetón, donde guardó 365 dólares, el saldo de su robo perfecto.

A diez minutos de hallarse tendido en medio de la calle, a la salida de los predios del supermercado, no lo hallaban. Piensa él: Un piel roja es un indio y un indio es Don Nadie. Nadie lo quiere ver, aunque esté pidiendo ser visto. Se pensaba muerto ya. Decía, ha muerto Don Nadie. Los diez minutos se hilaron como una eternidad. Por tal razón, él tuvo mucho tiempo en el alma para cavilar de este modo pesimista y amargo.

Deseaba cerciorarse de que la mano ante sus ojos era la suya. Como un bizco movía las pupilas en aras de saberlo; mas no pudo echar su miradica al muñón sangrante ni al brazo, cuya manga de mahón se llevó el camión en su rodada... Pervivía en angustia, pero ahora, con los ímpetus que se fraguaron durante la agonía solitaria, resurgía como remanente consuelo que su padre lo hallara. Este tenía una camioneta Ford, destartalada que olía a cerdos. La familia de Dany cría una decena de marranos. Su padre es matapuercos, el único en un poblado de Sioux, y comunidad que se quedó aislada en los surburbios de una pequeña ciudad. Modernizarse, llenarse de suburban malls y vecindarios blancos todavía fue un lento proceso en el Valle.

Dany fue el primer chico que admitieron en la escuela de los niños de ojos azules y piel pálida, porque en el país se busca la integración racial y otras agendas de Derechos Civiles con las que Dany se había identificado. Y muchos maestros dijeron que Dany parece más listo que lo que, realmente, es, y merecía una oportunidad lo mismo que los negros. Sólo que en el pueblo no había negros. Sólo un poblado de realengos pieles rojas.

Dany anticipa la idea de que él puede que salga en los periódicos y que se dirá que él ha perdido una mano. Que necesitará una prótesis. Que le cosan a su muñón la mano que él observa, ¿será posible? Ahora, en este dolor, hilvana unas reflexiones sobre estos sabios de los quirófanos que, vestidos de blanco e higiene, pulula en medio de su compleja tecnología. El cree que hay cirujanos de talento y los compara con los profetas del futuro. De una era más allá de este milenio. Se ha dicho que hay uno en la ciudad. Uno que viaja y es rico, pero que nadie lo ha apoyado para que él sea alcalde ni congresista, porque se opone a la Guerra de Vietnam y a los republicanos de hueso colorado, nixonianos, que abundan por la región.

Es cierto: a lo mejor, sólo reproducirán una esquela con su nombre en los diarios locales. Es lo más probable. Gente miserable que él ha conocido ha inspirado una breve biografía post mortem. Su abuela, por ejemplo. Ella vivió durante los tiempos de la Gran Depresión, se acostaba con hambre, engañaba su estómago con licor por no querer morirse con los ánimos tristes y, cuando fue irremediable que muriera, se publicó en el diario del poblado que ella fue hija del último jefe Sioux. Se agregó que ella sabía coser y bordar con filigranas. Que ella parió cinco hijos, uno que fue su padre, el matapuercos, y que ella murió de asma y artritis. Y con esta muerte natural, de años y miseria, sonreía y bendijo a sus hijos que sobrevivieron y a las mujeres de ellos y sus nietos. Murió con la paz que a él le ha faltado.

De pronto, él medita que si hurgaran en sus bolsillos, hallarán 365 dólares, casi todos de $20 y es una respetable cantidad que su padre no puede ganar en tres semanas. Sabrán que él ha robado. Esta reflexión llenó de lágrimas los ojos de Dany el Rojo... Ahora, sin consolación, se oscurece la posibilidad de que él perviva. Que su padre venga y lo recoja no es tan deseable, aunque sea para enterrarlo en la granja, donde los cerdos disfrutarían de su carroña, si la hallaran. ¡Que no venga, que no hurgue mis bolsillos y me diga los mismos insultos que me dijo cuando robé la bicicleta con la que fui atropellado! Que no venga a hablar de Dios y fe y espíritus...

Ahora, casi sonreído, se entretiene con la absurda imagen de que, al ser arrollado, por el golpe la camioneta azul dispersó, no sólo los billetes por los aires, sino pedazos de su cuerpo; pero, en vano, es. La idea no es tan lúcida. Hay una mano (la que le queda) aferrada al bolsillo del chaquetón de tela de mahón y él jura que siente el corazón que palpita. Será que los 365 dólares del robo están seguros, bien guardados, dentro del bolsillo que su mano palpa celosa y protectivamente. El no robó para morirse; él tenía su plan, su ilusión, irse del pueblo, llegar a San Francisco, buscar una comuna y una chica que sea hippie, y sepa cantar y cingar sabrosamente sobre la yerba y detrás de los árboles. Y fumar mariguana y escuchar a los rockeros de la New Left americana.

Dany presiente que el alma suya estará por irse a las cumbres. La música de la canción Turn, turn, turn!, que cantan The Byrds, es la energía que lo mantiene tieso en la molicie de su carne. Es un demonio sobre el pavimento que examina todo porque aún no está muerto.

Maldita sea, dice él que ya ha comenzado a escuchar, como si volara en los aires y se metiera en las ondas herzianas de la radio, la melodía My Girl. Canta el grupo The Temptation... Ha bajado las bragas a unas cuantas gringuitas. Esto es un poco de vida, orgullosamente dice; a su favor lo anota. A las buenas o a las malas, él se ha echado bajo el estómagos a par de colegialas reventadas. Y a ellas le ha gustado cómo las venció con el pene, desvirgándolas. Piensa qué él ha sido feliz por haberse entretenido con nalgas más blancas que las suyas. Juzga que han sido triunfo de gandalla.

A Dany lo asaltan los recuerdos: el primer día en la escuela intermedia, por ejemplo. Tenía miedo, sí. En las aulas, él aprendió a duras penas cómo congeniar y relacionarse con maestros, cuellialzados y melindrosos por su causa. Los chicos blancos y las niñas hermosas, pulcras, perfumadas, pan comido. No fue todo tan desagradable ni tan arduo. Muchas de esas niñas que tienen sus mejillas chapeadas, que visten sus minifaldas y calcetines de cuadros, fueron buenas con él; otras, las que son alborotadoras y coquetas, quisieron ser fieras y perdieron.

¿Qué se creyeron? ¡El es el temido Dany el Rojo! Muchas de ellas, rememoraría él, escuchan la música de la radio ¡Pues él también! Dijo, al pensrlo, que es fanático de The Fifth Dimension, Marvin Gaye y, sobre todo, Carlos Santana y The Guess Who. Ellas leerán sus revistas. Verán televisión. El se interesó en leer de los periódicos, especialmente, aquellos articulejos, casi siempre timoratos y tergiversados, sobre alguna revolución en el pais. Leyó sobre marchas violentas en las universidades, brutalidad policíaca y hippies, dizque tontos útiles de la Gran Bestia Roja y estudiantes fuera de control.

Así, que si ellas introyectan cualquier pretensión de glamour y sueñan en bruto con actores de Hollywood, New York y San Francisco, sepan que él también introyectaría la Contracultura, apasionándose y soñando. Se puso el nombre de un héroe, más conocido en Europa que en la escuela. Sólo un niñajo afeminado, el hijo del doctor, le dijo: Yo sé quién es él...

... te callas, pendejo, o te zurro, le dijo.

Dany, al estudiar poco, sacaba buenos grados. Yo leo cuando quiero, dijo al chiquillo majadero de quien supo que había estado en Francia muchas veces y no tenía ningún derecho a desafiarlo con su infantil jactancia: Ay, tú no sabes quién es Daniel Cohn y, en fin, al golpear a los gringuitos que se dejan golpear, a los que eran como ese dulce enano, mariconzuelo y burgués, tuvo el indio para sus refrescos y para cigarritos, una que otra vez. Y vería al niñajo más apagado y esquivo, por lo que, al fin, lo creyó vencido y despachado de su vida como un gargajo.

Dany no tuvo un televisor en casa. Su familia se alumbra aún con luz de sol y lunas. Guisan su alimento con leña como en los más viejos tiempos. Sin embargo, no es la vida de los cerdos sobre lo que él quiso saber. No dobla el lomo ni para vivir de marranos ni olisca sus excrementos. El no trabaja como su padre. No coopera con él. No sienta cabeza. No quiere esa vida campesina, austera y cansadora. Un día dijo a su padre que lo odia. Y, a su madre, que no perdona que lo haya parido. Al otro día, bebió, porque era Navidad. Robó a sus propias padres y todo lo gastó en cervezas y licor... Y aunque tiene otros hermanos menores, menos listos que él con el lenguaje, las matemáticas y las ambiciones, les tildaría de ineptos y salvajes. Ustedes pertenecen a las corralizas. No son más meritorios que los cerdos.

Cada mirada que Dany ha descubierto en sus vecinos es un reto. ¿Qué pensarán de mí? Tiene un salvaje dentro de los ojos y su corazón es paja seca y pólvora. A pocos días de alternar en la escuela racialmente integrada de su pueblo, se volvió un tanto abusador, energúmeno y fanfarrón. Sin saberlo, soltó sus complejos como un lobo hambriento.

¿Por qué echas a perder la oportunidad de educarte? ¡Tú eres brillante, Daniel!, le dijo el director del plantel.

Dany creyó que, por un par de palabras halagüenas, las colegialas blancas daban hasta el culo. Es su interpretación equívoca del lema de Paz y Amor y del Mensaje del Amor y el sexo libre... Por par de cojijos, suyos o ajenos, él encendía sus polémicas. Redefinía la libertad. Echaría sus fieros contra el Establecimiento y la criminal agenda que masacró millones de nativoamericanos y creó una falsa imagen de la nación y la hermandad del Klux Klux Klan y el teleevangelismo hipócrita y chapucero. Por un insulto, él se enfrascaría a los puños. Fue bully temido, pero no se pudo sacar de encima la fama de ser hijo del matapuercos. Y ser mal hijo y malagradecido. Y no ver la luz eléctrica y la tele si no al llegar a las aulas de educación con los blancos.

Ahora cierto jovencito de su edad, quizás más chico, dieciseis o diecisiete años a lo más, está mirándolo a los ojos. Tiene miedo de tocarlo, pero lo ha reconocido. Oye que él susurra su nombre: ¡Dany, Dany!

Mira quén está aquí. El que por joder me pregunta quién es Daniel Cohn... Fíjate que aún no lo sé... Hace tres años, bien lo recuerda, robó su bicicleta. La misma que es ese adefesio de fierros torcidos, a quince pies del impacto que ciertamente lo matará. ¿Habrá venido a reirse de él? No. El chicuelo que lo llama tiene el rostro sublime de un ángel, la cara dulce de una vírgen. Dany nunca ha sabido si quererlo o si volverá a desafiarlo; pero él, el niño blanco, vive una similar ambivalencia. Dany es quien lo ha robado. Lo zahiere, burla y amenaza, siempre que tiene ocasión. En los patios de la escuela, para no verle, el niño blanco se esconde y vuela a su refugio favorito, la biblioteca. El teme hallárselo. No sabe pelear. Dany es una especie de enemigo de quien no sabe por qué han rivalizado.

¡Yo no te hice nada y tú me odias! Sólo te dije que yo admiro a Dany el Rojo, el que vive en París y no te quise ofender, una vez le dijo. No se repetió la oportunidad de conversar otra vez. Ni aún hoy que lo halló, casi muerto. Hoy que pudiera ser la última vez.

2.

Está en la sala de recuperación. Cinco operaciones quirúrgicas fueron necesarias para salvar su vida y evitar otras amputaciones. El médico que destacó en la causa de Dany salió en los telenoticiarios y dijo: Convalecerá. El matapuercos ya sabía que ese muchacho tiene más vidas que un gato. Así lo dijo el médico; quien agregó que quedará cojanco y que ha perdido una mano. No sabemos si pierda el habla por lesiones cerebrales. Lo maravilloso es que vivirá, se consuela su padre, quien va y viene al hospital, sin que haya podido verlo realmente, ir a tocarlo o hallarlo con los ojos abiertos. Esta mañana fue que abrió los ojos por primera vez en meses y los jovenzuelos de su escuela, al saber del milagro, organizaron una fiesta sorpresa para él. Enviaron un pastel de cumpleaños con 17 velas.

Sin anestesia, el cuerpo de Dany es asiento de muchas sensaciones. Ultimamente, es un joven lloroso, sensitivo; es la nueva expresión con que se manifiestan sus cojijos. En la mente de Dany, según ha ido despertando del letargo y dejando sus medicamentos, la peripecia del accidente, su larga postración en cama, lo cambiaría a partir del día del robo.

Ha abierto los ojos y, en vez de reconocer las paredes del hospital, la cama en que está, semioculta por cortinas, se ha visto en el interior del supermercado. Hay, en la sección de cereales, dentro de un carrito de compras, un bolso de mujer y se asoma una billetera tan tentadora a la mano que él fue por ella. En una apresurada corrida, viendo que no había testigos, se agenció una maniobra milagrera, se metió la billetera en el bolsillo, abotonó su chaquetón y salió, sin que nadie sospechara del hurto.

Ahora su rememoración de los sucesos es más clara. No compró el paquete de Winston, propósito por el que entró al supermercado. Fuera de la tienda, desamarró su bicicleta y temblaba. Dany pedaleó, con lentitud, casi una manzana hacia la esquina izquierda, donde había unos tarros enormes de basura. Examinó el botín: 365 dólares en efectivo, una tarjeta de crédito, la licencia de manejo de una vieja que nació el mismo año que su padre, el matapuercos, unas fotos arrugadas, sus nietos, niñajos que Dany no se tomó la molestia de ver, porque le temblaban el cuerpo de pies a cabeza y tenía cierta prisa por huir y no regresar jamás a esos rumbos.

Acababa de echar la billetera al tarro cuando la cortina se descorrió. No hubo un sobresalto delator de parte suya. Dany concluyó que nadie lo había visto. Ese momento que, como una imagen en segundos se borró de súbito delante de sus ojos, le permitió respirar y la calma. Revisó sus conclusiones sobre aquella escena en el estacionamiento. Tiró la billetera . No quería una evidencia de hurto en su persona. ¿Habrá sido su hazaña tan precisa, perfecta, afortunada? Sólo el azar organiza un robo tan perfecto. Ahora estaba seguro. Tiró la tarjeta de crédito, sí la tiró, y las identificaciones de su víctima.

¿Qué estarán susurrando? Allí está él, tendido en la cama, alimentado de sueros, sabiendo que un intruso se asomó a sus ojos. La imagen de ese rostro es dulce e inquietante: ¡Querrá su bicicleta! Dirá que favor con favor se paga. Dany observa que al otro lo besaron en la frente. El carajillo es afortunado. ¿Serán padre e hijo? O familia, de seguro. Confían uno en el otro. Ahora el médico acaricia sus mejillas. Orgulloso estará de su hijo.

Dany lo admira un poquitico más que ayer. Es como el espejo cristalino y límpido, donde puede mirar la opaquez del suyo. Porque, como dijo mi padre, moral y corazón son como tus espejos. Al fin, se atrevió el pendejito, cuya tez parece de niña por lozana y adorable, a pedir lo que es suyo. Sus ojos grandes y azules como él habría querido tenerlos para no mirar al mundo con este odio negro y espeso de angustia, son su espejo. Pero todavía no me ha pedido nada. Más bien, me surte sin yo pedirlo.

Ahora que él está vendado y postrado, con sus costillas rotas y tobillos torcidos, este bonito cobarde. ¿de veras, vendrá con alguna garata y su chantaje? ¿Tendrá cartas o fichas guardadas? ¿Querrá la bicicleta? ¡Seguro!, divaga Dany.

¡Qué mala suerte tienes, niño rico, desde que te ví en la escuela, has padecido conmigo! La bicicleta quedó despedazada. Aún queriendo decirlo y añadir perdóname, ya no la tengo, Dany no halla voz suficiente. Gaguea y le duele la cara al seguir intentándolo. Ha perdido hasta el oir. Se ha apagado el alma en él. Alma que antes fue tan ágil, lasciva e intuitiva, cuerpo que fue como de gato y duro como el cedro.

Todavía no acierta a oírle ni a leer de sus labios. Tampoco oyó al médico, su padre, que le habló antes de despedirse . Maldita sea, estoy sordo. Ojalá pudiera yo saber qué quieres, White Demon, dijo Dany y lloró. Fue, por saberlo sordo, que el visitante sacó el mismo valor que la tarde del accidente cuando le puso torniquetes hasta en la punta del pie y las narices. Ahora el niño, con una sonrisa que ha de ser dulzura, pero que no cuaja en sonidos, a cuya voz y ojos antes Dany asociara la melodía de The Guess Who, These Eyes, puso una de sus manos sobre los hombros de él; apretó un poco. Quiso comunicar su tranquilidad al indio. En ese momento supo, al fin, que no desvariaba. Estaba vivo.

Un olor a pulcritud, a cloroformo, a hospital, llena todo. Dany tiene la sensación de estar desnudo. Viste una bata azulina de paciente. Se mortifica porque su piel es roja aún y no está en el poblado de una tribu que lo entienda. Está a merced de los blancos todavía: prácticamente sordo, mudo, tieso, cojanco y con un puño menos en la vida que es, según lo piensa, una lucha de lobos contra lobos.

¿Sabes que gracias a la sangre de tu padre y tus hermanos, quienes han donado en abundancia te has salvado?, le dijo una enfermera. Viendo que no entendía, ni oía ni hablaba, empezaron a anotar en cuadernillos las cosas que se le debían comunicar. Al menos, su vista es eficiente y él aprendió a leer desde la edad de siete años.

Gente que él no esperó llegaba a verle. Oraban por él. El chico, a quien robara la bicicleta, adornó los extremos de su cama con globos de colores. No sabía por qué lo hacía; pero fue día de su cumpleaños. Que perdió una de sus manos se lo confirmaron con la más discreta conmiseración, mientras él evocaba a las víctimas de sus raterías: Dios me habrá castigado por ladrón. Un día que los terapistas le ayudaban, ya que quiso hacer aguas, vio a mucha gente en los pasillos. Y escribieron una nota: Oran por ti y porque se entregue a la policía el criminal que te echó el carro encima...

¿Sabes que gracias a un niño de tu escuela y a su padre, que es médico aquí, te has salvado?

Se refería al niño, objeto de su secreta envidia. Al que acusaba de maricón, rata de biblioteca, sabelotodo y niño rico. ¡A él tendría que agradecer el heroismo y diligencia que salvó su vida!

Tarde o temprano, uno se entera sobre a quién hizo daño. Dany se refería a ese adolescente como burgués, amaricado y blanco, pero, desconocía que él se labraba desde su tierna edad el conocimiento que salvaría vidas como la suya. Quería ser médico como su padre y con cada recurso a mano (aún la camiseta que vestía) hizo torniquetes en las extremidades sangrantes del bully y detuvo las hemorrogias que, en circunstamcias desatendidas, lo habría matado. Y en vano habrían sido sus garatas si él no apareciera como un ángel, súbita y casualmente surgido en beneficio de aquella eternidad de su agonía.

Pese a su iracundia y sus cojijos, por causa de su situación límite, Dany gritó a los cielos por un médico, un ángel que salvara su mano, un carro de bomberos. Aún por el peor de los remedios, el brujo consolador de su aldea, alguien que lo llevara en rapto hacia la seguridad y el cuidado. Y llegó. Como del cielo bajó tal carajillo, impunemente mofado, ese niño que ante Dany solía cagarse de miedo.

¡Qué elocuente había sido el aviso del niño y sus voces de campasión por el indio arrollado en medio de la calle en este pueblo cuasi perdido del Valle! Y una mujer (quedará en dudas, pero la misma a quien Dany robara) iniciaría en la cocina de su casa un comité cívico de madres. De ella salió la idea: ¡hacer justicia a Dany! Atropellar a un Sioux, dejándole como un muerto olvidado, huir de la escena del crimen, exigía más que una acción de la policía. Campaña moral y espiritualizadora en cada corazón humano. Las vidas, irrespectivamente, si son blancos, indígenas, afroamericanos o latinos, tienen igual valor ante Dios, citó la prensa a la mujer...

Otros pensamientos cruzan por la mente de Dany: la imagen del hombre barbado, la camioneta azul, el cumpleaños de él no sabe quién, las melodías Daydream Believer, The Man Knees y I am A Believer,las visitas al hospital del presunto mariconcillo. Aún no podía hablar, ¡mas recuperaba la audición! Y quiso dormir para no llorar, porque se asomó una pizca de regocijo a flor de tanto tormento.

Te daré una buena noticia, dijo el chamaco de sus rencores a la mañana siguiente.

El criminal está preso. Un camionero confesó su cobardía, tu atropello. Ahora admitía que mariconcillo tal vez buscaba su amistad o que el intermediario del Comité Pro Dany del que ya se le había informado por la vía del cuadernillo.

Dany oyó claramente al chico. Lo vio sacar de un sobre de manila, unas tarjetas y recortes de la prensa. Obviamente, recortes más largos que una esquela fúnebre. El burguesito había comenzado a escribir el mensaje. Aún no pensaba que Dany lo oía. Empero, al no poder hablar y carecer de fuerzas para abrazar a niño de sus burlas, Dany lloró.

Una vez que su amigo se fue, con mucho esfuerzo, intentó examinar lo que había dejado escrito. Topó con un recorte de prensa que reprodujo la fotografía del hombre barbado, pero no sentía odio por éste. Al dorso del recorte, estaba una sección de Noticias Breves, en Internacionales, y una informaba sobre Daniel Cohn-Bendit, cerebro del Levantamiento de Mayo de 1968 en París. Lo expulsaban de Francia.

Al hojear esta historia, Dany se sintió expulsado, por igual, de una zona de su ser llena de rebeldía. Después de todo, hasta el día de hoy, él nunca supo quién fue verdaderamente Dany el Rojo.

¿Qué pretexto sería válido para seguir obsesionado con su odio por la humanidad? Comenzaría a contestar esta pregunta con más honestidad. ¡Uno a veces no sabe a quién odia!, meditó. Ya hasta esperaba al hijo del jefe médico, a la rata de biblioteca, al niñajo rubio como un sol y al que agrediera, insinuándole como stupid, girly faggot. Ahora le extrañaba como si fuera su amigo y cómplice más anhelado, favorito.

22-5-1991

Carlos A. López Dzur

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