Pepiniano sí, etnocentrista no,
o Carta Abierta a Eliut González Vélez
Por Carlos López Dzur
No sé si es una buena señal o, por el contrario, mala, la carta abierta que circula en Pepino con una propuesta de revisiones a la terminología, ejemplos de situaciones e interpretaciones que Eliut González Vélez utiliza y expresa en su libro La formación de la etnia cultural pepiniana (2002). Al libro de Eliut lo juzgo como la primera piedra para un diálogo o construcción intelectual que los pepinianos nos debemos (o sea, que tendremos que patrocinar) a fin de que podamos conocernos mejor en idiosincracia, historia colectiva y devenir hacia un destino, individual o común.
La Carta Abierta, con todo y esa útil noción sobre lo que se define sociológicamente e implicaría el término etnocentrismo para una praxis político-cultural, está escrita de modo personalista, irrespetuoso y anónimo. Eso no es valiente ni es responsable cuando ya hay un Foro de temas sobre Pepino en la Internet y que ha sido propuesto para el análisis, crítico, inteligente y de ideas. De hecho, quien lo propuso fue Eliut mismo.
El autor de la Carta Abierta admite que Eliut González, si bien está equivocado en algunas de sus interpretaciones de su libro, «creo que no tuvíste malas intenciones» (sic., p. 2). La pasión y el enojo resta a una carta que pudo ser una pieza motivadora de análisis y que habría publicado en el Foro, si careciera de todo lo que la desluce su propio autor.
No creo que exponer una idea en un libro ni convidar a una comunidad a participar en un Ateneo o una Academia sea para nadie inteligente un intento de «imponer a todos nosotros», a los pepinianos en general, ni etnocentrismo ni ninguna otra idea, sea malsana o buena. Reunirse para intercambiar ideas es y debe ser un acto voluntario y, de ese seno organizativo, pueden o no surgir ideas clarificadoras, el genuino debate. A nadie él (González Vélez) ha puesto un puñal en el pecho con la orden: «Hazte miembro y créeme». O es requisito que te guste mi libro, o lo aplaudas en todos sus detalles... Mas, por favor, hagamos el debate con decoro.
La definición de lo que es ser pepiniano, no que me pareciera un atrevimiento o una agenda prematura de su parte, pero bien que habría esperado un intercambio y diálogo de ideas más amplio antes de exponerla, o concluirla con juicios tan generosos como hizo Eliut. El se aprovecha de juicios sociológicos; pero los reelabora en el plano semántico, menos objetivo, de los valores. Es lo que sucede con el uso que hace de los términos etnias y etnocentrismo. El uso de tales términos por Eliut y el desarrollo concreto que quiso hacer de los mismos, así como de algunos otros, requirió unas clarificaciones que no están en sus ensayos; pero, para el buen entendedor, las redefiniciones suyas son, aunque académicamente heterodoxas, también suficientemente precisas para que identifiquemos su intención positiva, conciliadora y espiritualizante.
No se puede apreciar lo bueno que hay en el libro de Eliut, La formación de la etnia cultural pepiniana, si sólo queremos extraer de una definición académica (y utilizarla como dogma absoluto) la razón para repudiar el libro y su persona, insinuándola como lo que él no es, ni racista ni colonialista. Ni lo que implica la frase final de esa carta de 5 páginas: «Incendiario de m...» Esa diatraba no es justa.
Su libro es una propuesta bona fide de comenzar a filosofar, historiar y proyectar sobre la noción de un Pepino mejor que el que tenemos. Y, en esa tarea, debemos estar todos, ¿si no quién es el elitista? Todos los pepinianos, con inquietudes culturales, deben ayudarse unos a otros, compartiendo información e ideas, y hacerlo por amor al pueblo, sin actitudes etnofóbicas ni homofóbicas, porque ahí si que realmente comienza el prejuicio cultural y la altanería ideológica.
En mi prólogo a su libro, es obvio que lo advertí de mi visión y el peligro de hablar de la pepinianidad como una hermandad de sentimientos comunes, cuajada ya por la trascendencia. Porque, en primer lugar, ¿qué trascendencia y qué espiritualidad tuvo un pueblo que hasta mediados de los años 1930 al '50 vivía del chantaje político, el pistolerismo siquitrillado, la venta del voto por hambre y un encono por experiencias antes vividas colectivamente?
No obstante, el pueblo del Pepino que yo estudio, cuyos orígenes me interesan, surje con bastante claridad de una época histórica en que la hegemonía del grupo social se adhería a una fase del desarrollo del Estado que podría llamarse «económico-corporativa», sin un consentimiento hegemónico activo, donde la hegemonía real estaba disgregada en la base. Gramsci llama a ésto la fijación del momento catártico, es decir, «el paso del momento económico (o egoísta pasional) al momento ético-político» [Gramsci, p. 68)] durante el cual, como sociedad, ese Pepino que fue antes del arribo de los nuevos inmigrantes de la Cédula de Gracias no quiso desaparecer antes de haber expresado todo su contenido potencial [Gramsci, ibid].
Este será un momento de superior y mayor elaboración de la estructura (mayor progreso y recursos materiales); pero también de mayor superestructura en la conciencia. Es un paso en que la etnia visualiza que las nuevas fuerzas económicas que lo asimilan para volverlo pasivo pueden transformarse en formas ético-políticas, en medios de libertad, en condiciones necesarias y eficientes para un desarrollo.
Eliut González no menciona este momento catártico con la misma terminología de Gramsci; pero yo sobreentiendo los términos de su invención o preferencia, más antropológicos que sociológicos, instinto preservador / vínculo aglutinante. ¿Quién puede estar en contra de este postulado? Que no haya un instinto preservador ni vínculos aglutinates son el verdadero genocidio y el apoyo a la destructividad.
Las comunidades naturales, con identidad propia y conciencia de sí mismas, acuden al instinto de preservación contra los atropellos elitistas, [Eliut, p. 32], las fuerzas exteriores de las que hablara Gramsci.
Dice el autor de la Carta abierta, citando a M. Roberto Morales, en su artículo La función social del etnocentrismo y el prejuicio cultural que el etnocentrismo es el origen del racismo y que el prejuicio es el resultado directo del etnocentrismo. Cita a Tzvetan Todorv cuando dice que el etnocentrista es la caricatura del universalista; al Dr. Diego Márquez cuando alega que el etnocentrismo «es la creencia de que nuestras propias pautas de conducta son siempre naturales, buenas, hermosas e importantes, y que los extraños, por el hecho de actuar de forma diferente, viven según patrones salvajes, inhumanos, repugnantes e irracionales».
En el marco de estas definiciones académicas, se puede comenzar un buen análisis relacionado a las conductas históricas de muchos funcionarios y grupos de gente del Pepino histórico y del por qué es importante que el concepto de pepinianidad resulte de una base realmente conciliadora, y, ciertamente, en varios pasajes de su libro, Eliut González hace alusión a tal base al referirse a un Pepino de hermanos. Habría que remontarse a la noción más general de etnocentrismo y cómo las etnias reaccionan a otras que buscan la aniquilación de las más débiles, para entender después por qué Eliut González redefine el reagrupamiento como la resultante de un instinto de preservación:
... un instinto natural, legítimo y positivo de defensa y preservación del patrimonio material y cultural. Este, de ninguna manera, rivaliza, con las otras comunidades étnico-culturales de Puerto Rico. (p. 132)
En mi opinión personal, todas las criaturas humanas de la Tierra son etnias. Y han sido tratadas como tales por alguna otra etnia, que suele ser una con mayor habilidad para difundir su autopercepción de superioridad. Como las etnias surgen de la fragmentación de las razas, de su movilidad social y sus peregrinajes, forzados o necesarios, éxodo y liberación son todo un paradigma. Hay una Madre (la Eva mitocóndrica, genética), la Madre común a toda la Humanidad, que ya es sólo símbolo: todos los pueblos nacieron de un tronco común, pero esa hermandad universal ya sólo existe como utopía, leyendas y mitos.
El análisis antropológico y social-histórico es más propio, siendo que como pueblo de la historia moderna, en Pepino precisamos saber qué fuimos / somos con respecto a tantos otros pueblos que han impactado nuestras vidas e ideas de pertenencia y lealtad. Un hecho es que, con un libro como el de Eliut, se reconceptualizan las relaciones entre lo que se llaman «putative cultural centers», «sus márgenes» y su corriente principal (el «mainstream» suele ser más peligroso), pues, con el poder de estos centros excluyentes se mantiene en aislamiento y en discriminativa anonimia lo que su mercado no quiere ni puede mercadear de su periferia. Una cultura no puede reducirse a «producción cultural», pues además requiere de una «visión del mundo, la concepción de la sociedad, la idea de lo sagrado, la particular manera de entender la relación entre el hombre y el mundo» [J. J. Esparza, El etnocidio contra los pueblos: Mecánica y consecuencias del neocolonialismo cultural]. Suele ser el exclusivismo monolítico de las sociedades coloniales las que forzan en las etnias un sentimiento de aislamiento y supervivencia. En el mejor de los casos, la etnia ultrajada se decide, «como acto previo» por el bien de su causa, a «señalar a su enemigo: el enemigo en esta dinámica, es el etnocidio»: [Esparza]
Puede que, en base a definiciones académicas y sociológicas, nos sintamos incómodos con el concepto de etnocentrismo más que con etnia, porque, antropológicamente dicho, cada pueblo supone una etnia y/o combinación de etnias por sus modalidades físicas, genéticas, culturales y lingüísticas. Cuando se nos pregunta el origen étnico, ya sabemos reconocer que somos parte de una larga y accidentada distribución etnológica de las razas de la humanidad, sus idiomas, organización y costumbres.
Bien. Somos una etnia todavía. Lo que ha ocurrido, por evolución histórica, es que ya no estamos dividimos en clanes ni somos esclavos de lo endogámico; ya no somos tribus, aunque a veces nos portamos como tales.
... pero, como las viejas etnias, preservamos la familia como estructura social básica y seguimos teniendo las mismas apetencias por causa de las necesidades elementales: alimento, vivienda, vestido y protección. En adición, estamos sujetos a la formación de motivaciones, actitudes, valores y ego. Nunca ésto va a cambiar.
Al estudiar las etnias hay que tomar en cuenta, muy sistemáticamente, la visión personal de individuos que ascienden a estructuras de poder, cómo manejan su liderazgo personal y si hacen de éste un liderazgo colaborativo. Por esta razón, la misma evolución de la noción de pepinianidad necesita del análisis político de las bases materiales donde esos liderazgos se ejercen. Para el liderazgo personal es propio un análisis sicológico al que suelo llamar sicológico-existencial; para el desarrollo o arribo al liderazgo colaborativo es más propio el análisis sociológico-político.
Mi problema con algunos análisis de Eliut González al plantear la formación de la etnia pepiniana y los valores que la sustentan es su concidencia con la idea de los tipos ideales de Weber. Es decir, González Vélez idealiza a los pepinianos originarios, no en cuanto son canarios o jíbaro-hispánicos, «como elogio de lo propio y desprecio de lo ajeno» [J. J. Esparza], sino porque hay para Eliut González una idea que es lo más propiamente humano y espiritual que el hombre ha creado, su sistema de valores, o guías morales y, si vamos a ver de qué valores él nos habla tan entusiamadamente, se refiere a los valores trascendentes (Eliut González, ps. 123-24). A mí, esos valores me parecen sublimes, preciosos, maravillosos, aún para ser creídos. El yankee suele decir en estos casos: Too good to be true!
¿Hay valores trascendentes?
Esta es una pregunta señera que difícilmente la sociología la pueda manejar a cabalidad. Sí podemos decir que los valores son aquellas nociones o convicciones a las que apostamos en plenitud el ser y todas las energías de la psiquis. Los valores trascendentes, o no, los valores como valores, alimentan la idea de lo sagrado más allá de los instintos programados (Lorenz) y la dinámica homogeneizadora de la cultura que se dispara contra la diversidad cultural.
Se infiere que González Vélez establece la idea de lo sagrado como parte de la visión sobre el mundo y la sociedad de la etnia originaria del Pepino y lo hace sobre la base de los valores trascendentes; yo sólo pido que se repase cuidadosamente lo que él califica de ese modo. Se puede diferir de Eliut por idealizar a los pepinianos, como portadores de esos valores, por no explicar el proceso del cómo los adquirieron, respetaron o sirvieron, en el proceso de la interacción social, pero, de hecho, no hay valores más altos e indispensables que los que él ha propuesto como teoría de los valores desde este libro.
C. Levy-Strauss ha teorizado lo que puede ser útil en la clarificación del por qué el uso del término etnocentrismo por Eliut González y la incomprensión de la que parte el autor de la Carta abierta, hecho que observé cuando escribí mi prólogo al libro de Eliut. Etnocentrismo no es término que se debe confundir con alterofobia, odio al Otro, que es el extremo peligroso del etnocentrismo. Levy-Strauss explica (subrayados míos):
(el) etnocentrismo es un fenómeno natural... Todos los pueblos son etnocentristas... Una dosis de etnocentrismo es imprescindible para el equilibrio de la comunidad porque refuerza su autoconcepto, es decir, dignifica la imagen que la comunidad hace de sí misma...
No digo que Eliut González, con su libro La formación de la etnia pepiniana, sea del todo hábil al reiterar el etnocentrismo como defensa contra el elitismo homogeneizador y al vacunar el término ante el modelo de una filosofía lineal de la historia que se centra en crear, hasta destruir al hombre marginal, es decir, «el que no se encuentra a sí mismo y ya no siente los vínculos con la comunidad de su origen»; pero obviamente, es valiente al defender esa dignidad esencial y opositiva que da el etnocentrismo como desafío inicial y momento catártico, en el sentido gramsciano. Hay un ensayo de Daniel Kalpokas, titulado Etnocentrismo, Liberalismo y Educación sentimental que posee interesantes ideas sobre cómo abordar un análisis sobre un libro como el que ha escrito González Vélez y que rebate algunas de las teorías de Richard Rorty que el autor de la Carta Abierta utiliza contra Eliut. Kalpokas dice que «no tenemos más remedio que razonar a partir de la red de creencias y deseos que somos, de la comunidad con la que nos identificamos» y con tal idea rebate la idea relativista de que cualquier comunidad es tan buena o racional como cualquier otra.
Aún el indígena y el negro, ante el pretendido civilizador peninsular, supo y lo sufrió en carne que, con todos sus valores evangelizadores y humanísticos, el europeo no fue ni racional ni generoso con su cultura; que no toda racionalidad es justicia. Rorty, por su parte, defensor de cierto tipo de etnocentrismo racional, arguyó que «la propia cultura o lenguaje» funciona «como punto de partida de todo entendimiento e indagación» y que «aceptar las creencias sugeridas por otras culturas», sean pues la del peninsular conservador y extranjerizante (el vasco frente a los canarios acriollados y al jíbaro y los mestizos y mulatos), «deben ser testeadas, intentando retejearlas con las que ya poseemos», «con la identidad moral del 'nosotros'» (Daniel Kalpokas).
Como vemos, el etnocentrismo tal como lo plantea Eliut González no necesariamente es una invitación al racismo, al prejuicio y a la xenofobia, sino que es un concepto sociológico de una complejidad que hay que estudiar en situaciones concretas y que, como dice el teórico Rorty, «puede cumplir con todos los propósitos morales universalistas de nuestra cultura, pero sin proponer metafísica alguna».
Creo yo que la preocupación principal del escritor de la carta es pedir clarificaciones en torno al asunto de si es válido describirnos en algún sentido como etnocéntricos. Algo más complejo es investigar cuándo comenzamos a ser realmente pepinianos. Lo advertí cuando dije a Eliut González en el prólogo que «la solidaridad y pertenencia» han pasado, a partir del tronco étnico originario del viejo Pepino por periodos de gravísimas crisis; la «calidad de ser» que él llama la «pepinianidad», lo que que permite una forma de pensar y actuar «conforme a un legado cultural particular creado y desarrollado dentro de sus límites territoriales por sus antecesores» (ps. 132-33) ha sido más divisiva que integradora. Mencioné, por tanto, los mismos hechos que en la Carta abierta de este autor se mencionan y que son la evidencia histórica de lo que estuvo viviéndose entonces: unos miembros de la comunidad fueron sujetos al estigma físico y cultural por su condición de negros y esclavos (en Pepino no se habla sobre ellos y no se les escriben versos todavía); el trato injusto no sólo lo vivió el negro y el mulato, sino el arrimado blanco; a ese Pepino se le llegó a llamar el Pepino del «tú y el usté, del tenga y toma», tú y toma para el pobre; usted y el tenga, como trato para la clase señorial, la élite.
La mujer tuvo estatus adscrito a la esfera del servicio hogareño, casi sierva del varón, en casi todo ámbito excluída y sin derechos políticos; la ausencia de solidaridad que, en Pepino, casi siempre fue más estructural que ideológico-emocional, provino porque Puerto Rico como colonia supuso un Estado y un municipio cuya institucionalización frágil y recursos económicos escasos empujó a las minorías ricas, de origen peninsular en general a compensar la debilidad de su legitimidad política (y la de su remuneración material) con la búsqueda de recursos económicos externos, sea la España metropolítica o, después de 1898, los EE.UU. y sólo así satisfacería sus necesidades materiales y simbólicas, la imagen de los ricos que merecen y los pobres que deben obedecer. A los ricos del Pepino les gustaba vivir beneficiados de lo que, en economía, ha sido llamado el Estado de las prebendas (Darbon, 1990), o con otros términos neo-patrimonialismo (Médard, 1993), Estado de rapiña, o la política del pesebrismo (Bayart, 1989). El poeta de las Partidas Sediciosas, Carmelo Cruz, sin ser economista ni sociólogo, se lo decía los personeros de esos sistemas de dominación económica con la frase que utilizó en una décima contra los «botellas» municipales y los mangoneadores de la vida cultural y civil del Pepino de finales del siglo pasado: «Ya se les acabó el Belén»
Carlos López Dzur
Orange County, California
22 de septiembre de 2004
_______________
Direcciones
Escríbeme
AuthorDen

Correo
MILESPLUS ID #1766 - Miles de Visitas Gratis