Indice / Monografías

Obra poética / Indice
Ezine
San Sebastián del Pepino: Convocatoria al estudio de su historia
Los tipos folclóricos del Pepino y la cultura popular e histórica
Datos históricos sobre la Literatura Pepiniana /Monografía de Ramón Luis Cardé Serrano
Biografías de Educadores, Escritores y Poetas Pepinianos
San Sebastián del Pepino: Poemas y Ensayos / Página de Eliut González Vélez
Biografía / Carlos López Dzur
Interview
Convocatoria al Estudio de la Historia Pepiniana
La etnia cultural pepiniana
Indice de las Partidas Sediciosas
Indice / USA
Index / España
Cartas Recibidas
Carta a los pepinianos
Radiografía sicológica y existencial de la pepinianidad (I)
Radiografía sicológica y existencial de la pepinianidad (2)
Radiografía sicológica y existencial de la pepinianidad (3)
Radiografía sicológica y existencial de la pepinianidad (4)
Mantillita / Tipos Populares
Correo

Poetas / Escritores
Escritores y poetas de San Sebastián del Pepino
Adolfo Medina González
Lcdo. Agust1n Echeandía Font
Adolfo Cruz Ríos
Herminio Méndez Pérez
Francisco Alberty Orona
Dr. Salvador Arana Soto
Lcda. Nilita Vientós Gastón
Dr. José Angel Cebollero
Juan Avilés Medina
Jerónimo Ramírez de Arellano
César Gilberto Torres
Victor López Nieves
Dra. Mariana Robles de Cardona
Dr. Segundo Cardona
Anagilda Garrastegui
Ramón Vargas Pérez
Dr. Cecilio R. Font
Dr. José Luis Méndez
Dra. Helen Santiago Méndez
Dr. Serafín Méndez Méndez
Dr. Ronald Méndez Clark
Rubén Arcelay
Lcdo. Ramón Luis Colón Pratts / Estilete
Joaquín Torres Feliciano
Ramón M. Estrada Linares / Caminos
Miguel Amúcar López
Ramón Luis Cardé Serrano
María Libertad Serrano Méndez
Doris Oronoz

La literatura en San Sebastián / Aportación de Ramón Luis Cardé Serrano
Pintores de San Sebastián del Pepino
Entrevista a Carlos López Dzur / por Clotilde Dávila
AuthorDen
Obra personal
Elegía a mi madre
Nihilismo nocturno
Las nalgas de Maruxa
El filósofo machista
Elegía a mi madre
El guabá
Crucito el Feo
Homenaje a Hebe
Consejos kantianos para el flaco
Tijuana
Heideggerianas (1)
Heideggerianas (2)
Heideggerianas (3)
Heideggerianas (4)
Mantillita
Tantralia (1)
El hombre extendido
Las goteras
Heidegger (6)
Un niño se devora
La dicha ardua
La selva oscura
Genoma inverso
Nabi Kalu
Es más fiel mi perro
Uno es un zorro viejo
Baila, hombre tristep>
Mitopoética del placer / ensayo sobre la poesía de López Dzur
Mitopoética del placer / ensayo sobre la poesía de López Dzur / 2
La palabra amorosa
Gaitiana
Axona
Prisa
Amor inmundus
La piedra de unción
Los peludos
Tedium vitae
Consejos para la traición perfecta
Hijificación de la nada
El solitario que inventaba el ser
Milicias cristianas
El hombre extendido
A Juan Mari Bras
El pez ígneo
El obediente
Bitácora de la Utopía
Fisiología de la excitación
$365.00 a la mano / cuento
Evaristo y la Trevi
Heidegger (6)
Poemarios
Libro de la Guerra (2)
Libro de la Guerra (3)
Libro de la Guerra (4)
Libro de la Guerra (5)
El hombre extendido (1)
Nabi Kalu
Meditar el ser
Homenaje a Hebe
Letralia
Jacinta
Las esfinges
Lo idílico
Tus piernas
El vacío
La casa donde llegas
Es más fiel mi perro
Uno es un zorro viejo
Baila, hombre tristep>
La palabra amorosa
Gaitiana
Axona
Prisa
Amor inmundus
La piedra de unción
Los peludos
Tedium vitae
Consejos para la traición perfecta
Hijificación de la nada
El solitario que inventaba el ser
Otras críticas
Milicias cristianas
El hombre extendido
A Juan Mari Bras
El pez ígneo
El obediente
Bitácora de la Utopía
Fisiología de la excitación
Mantillita
El reportero y la diva
Mi araña predilecta en el congal
El hombre que hablaba solo
El guabá
Crucito, el Feo
El filósofo machista
Memoria del ultraje de Floris
Lot y el esquizoide
Evaristo
Las goteras
Crucito el feo
$365 a la mano
Críticas a López Dzur
La Casa / por Luis Cariño Preciado
Interview
El hombre extendido / por David Páez
El hombre extendido / Libro premiado en el Certamen Literario Chicano / Universidad de California, Irvine
El poeta vendido
Fisiología de la excitación
Putamen
Dopamina
Tallo embriónico
Vayamos al Cingulum
La noche de la maya
Homenaje a Hebe
Mutuamente competitivo
Corinna Harney / Ilustración
A Tonina
Conductas incontrolables
Ansiedad anticipatoria
Homenaje a Pan
Homenaje a Hebe
Oir
La sustancia
Nihilismo nocturno
El amor existe
Gaitiana
A Angel Ganivet
Detalles de amor y deseo
Desocultamiento
Arnold Benedict, el traidor
Pascual Cervera
Reverendo William Drake
El trabajo
El látigo del tiempo
Antología del Erotismo
Cuentos]
Mantillita
El reportero y la diva
Mi araña predilecta en el congal
El hombre que hablaba solo
El guabá
Crucito, el Feo
Las goteras
Consejos kantianos para el flaco
$365 a la mano
El filósofo machista
Memoria del ultraje de Floris
Lot y el esquizoide
Direcciones
Escríbeme
AuthorDen
Biografía
Libro de la guerra / de Carlos López Dzur
Heideggerianas (1)
Puerto Rico En Breve / Luis R. Negrón Hernández
Novela
Diario de Simón Güeldres de Carlos López Dzur
Uno
Dos
Gaitiana
Bibliografía
Crucito
$365 a la mano
El guabá
El filósofo machista
De la Antología
Heideggerianas (1)
In translations
Antología / 6
Antología / 7
Antología / 8
Antología / 9
Antología / 10
Antología / 11
Antología / 12
Mirando a Oriente (1)
Mirando a Oriente (2)
Mirando a Oriente (3)
Mirando a Oriente (4)
Jacinta
Homenaje a Pan
Privacidad (1)
Privacidad (2)
Texto 111
A unos ojos (112 al 115)
A las madres (Texto 116
de El Hombre Extendido
Tantralia (1)
Tantralia (2)
Tantralia (3)
Corinna Harney
Fluidez del canto...
Los filósofos del agua
Todos los poetas son judíos \
Carlos López Dzur
CAL
Marco Antonio y Cleopatra
Sobre Jaime Sabines
Los parásitos
La sustancia
RELIM
Mondo de Kronhela
Listado de autores
Tu nombre es olvido
Entregas ausencia
Nihilismo nocturno
Ritmo
La playa
Gaitiana
Bibliografía
Crucito
$365 a la mano
El guabá
El filósofo machista
La playa es mi resurrección
Como sátiro entre limos
Y no se cansó jamás
Lo irremisible
Esta gloria cavernaria
Del amor adolescente
Tus dedos
Crecimiento
Búsqueda
Cuando eras tan pequeña
Un niño se devora...
Mamá Quilla (EHE)
Fisiología de la excitación
Ontología dopaminal
La palabra amorosa
Sobrevivir
La deuda
Para meditar el ser
No lo dejaron ser
Leticia
Jacinta
Me gusta cómo te mueves (1)
La niña del deseo
Soy tu amante (1)
Soy tu amante (2)
Amor in mundus (1)
Amor in mundus (2)
Enlaces

AuthorDen
Carlos López Dzur
Comprar novela "Simposio de Tlacuilos" (Editorial Nuevo Espacio), 238 páginas: $13.95

Prólogo / El Ladrón
Obra poética
Tantralia (1)
Tantralia (2)
Tantralia (3)
Corinna Harney
San Sebastián del Pepino: Convocatoria al estudio de su historia
1. Introducción
2. Un tema ignorado y censurado
3. La simpatía por Cuba
4. La guerra hispanoamericana de 1894
5. Una oportunidad de romper con el pasado
6. Revanchismo y confrontación
7. El país en la incertidumbre
8. La Proclama Miles y las esperanzas
9. Los juegos del gato y el ratón
10. Las veleidades de Soto Villanueva
11. El trunco ajusticiamiento de Soto Villanueva
11.España se fue de bruces
Parte II
1. La desilusión y el discurso anarquista
2.El eco local: «Todo comenzó en el Casino»
3. La Zorra: ¿una revista anarquista
Monografía 1
San Sebastián del Pepino
San Sebastián del Pepino / 2
San Sebastián del Pepino / 6
San Sebastián del Pepino / 7
San Sebastián del Pepino / 8
San Sebastián del Pepino / 9
San Sebastián del Pepino / 11
San Sebastián del Pepino / 12
Estilete: reseña del libro de Ramón E. Colón Pratts
San Sebastián del Pepino / Ilustres 1
San Sebastián del Pepino / Ilustres 2
Unionismo y Anexionismo
Monografía
El poeta vendido / Sobre Jaime Sabines

El hombre extendido / Comentario
Comentario de Luis C. Preciado sobre «La Casa»
Comentario de David Páez sobre El Hombre Extendido
www.ilustrados.com
Palavreiros
Tríptico Editores
Unionismo
He visto a los ángeles
El ladrón / 2
Lo idílico / 1 y 2
Behaviorismo
La niña del deseo
La pasión terrenal
La fruta saboreada
¿Dónde está la vida?
El aábol de la vida
Cit y Kali
Ontología dopaminal
Nostalgia del árbol
La eternidad presente
Los peces
La tea encendida
La orientación objetiva
Estética práctica
El nihilista pasivo
Uno es un zorro viejo
No lo dejaron ser
Santa Necesidad
Santa Necesidad
Ven a mí, Moab
Desde un peldaño triste
Hosarsiph el Silencioso
Pelagia en Antioquia
Jacob ante Esaú
Vibraciones del OM
Memorias de la caverna
Desocultamiento
Unió-Yaj
El terrorismo
Jacinta
Herido de Luna
Tus piernas
Ella y yo silencio
A Gabrielle
Hebe sin mandil
Frags. 5 al 9
Frags. 10 al 14
La palabra amorosa
Fisiología de la excitación
Bíos
El amor existe
Incertidumbre
Vejez
Los poetas
Writersworld
Escríbeme a:

Carlos López Dzur
Cartas
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Ensayo
Pintura de Claudia Bardesano
La poesía pepiniana y el folclor: Enfoque heideggeriano
Por CARLOS A. LOPEZ DZUR
... Family folklore grows out of the shared experiences of family members and their shared view of a common past. These experiences are often given creative expression in such forms as histories, songs, sayings, pastimes, names, customs, photographs, and memorabilia. Often traditions are passed down through several generations of a family; other times they are created anew, shaped to meet the demands of the present. Quite often a successful party becomes an annual famility event or a word mispronunced become a private familiy expression. Family frequently develop their own calendar of pastimes and celebrations, their own repertoire of stories and expressions, their own version of a family's past: Amanda Dargan, Queen Council of Arts, New York
... Los primeros puertorriqueños insistían en que algún día regresarían a la isla... Ahora, tras grandes conflictos, algunos descendientes de la primera generación ya han descubierto una identidad parcialmente diferente. Para ellos, esos mismos paisajes sólo existen en la memoria y las palabras alborotadas de alguna abuela que no cesa de hablar de su pueblo, el verdadero. Es el pueblo que no soporta que se le idealice, el que de veras nos dice de las razones forzadas que nos llevaron a este destierro. Es la prisa de un abecedario guardado para siempre en la entrañable y curiosa maleta de viaje...: Lydia Vélez Román, en: Memoria de escribanas, Atlanta, Georgia, 2000
La mayor parte de la literatura que los pepinianos han escrito es una especie de reflexión en torno a la personalidad colectiva del pueblo. Del sainete El Pepino en faldetas (1899) de Luis Rodríguez Cabrero al presente, la preocupación mayor de nuestros poetas y prosistas ha sido definir a varios entes, al jíbaro de los campos y al ciudadano de la aldea, ambos descritos en sus virtudes distintivas y en sus actividades vitales concretas.
Amanda Dargan inserta este quehacer descriptivo y narrativo, tal como se ha plasmado en la creación literario-cultural que se ha dado aquí, dentro de la clasificación taxonómica de folclor familiar, Family folklore que conforma contributivamente unas visiones compartidas sobre un pasado o destino en común.
Yo pienso que en San Sebastián de las Vegas del Pepino tenemos una literatura más madura y ambiciosa que lo que, por la clasificación de folclor familiar, se refiere connotativamente al pasado de genealogías estrechas o familias y apellidos sentimentalmente vinculables. No obstante, reconozcamos que, de por sí, el folclor es, canaliza y conlleva a una corriente, elucidario existencial muy rico y que, pese a lo golpeado que el concepto es por el apogeo de las culturas tecnológicas y las mitologías de progreso, el folclor del que hablamos ha sido el campo de batalla que, a falta de un nivel material de medición que sea el ominoso y macabro campo militar, nos ha fogueado de contínuo con la angustia.
Nuestras luchas más constantes contra un enemigo o poder diluyente y enajenador han sido espirituales. Y, por igual, han sido de vida o muerte. Hay, además, en nuestrra literatura, un elemento introspectivo de compasión. Todos los esfuerzos creativos han involucrado la preservación del sentimiento tradicional, contemplándolo desde las raíces.
En una visión histórico-crítica, cuyo empeño sea percibir la intensidad de ese fogueo con la angustia, es posible ver cómo se ha lacerado la posibilidad de construir unas estructuras para la libertad social y política. Más interesante aún, hay poetas que han sido conclusivos y se han aproximado al símbolo nacional que vincula a Lares, el sueño revolucionario del Dr. Ramón E. Betances con Pepino. Un soneto de Carmelo Aponte Feliciano es el ejemplo. Aquí, en San Sebastián del Pepino, quedaron «quemadas ya, las alas de la gloria», según él. Quedó abortado el ideal más querido de unas generaciones que son los pepinianos que, todavía vivos, coétanos de su siglo, bajo la bandera española, soñaron caramente con un ideal de emancipación plena, social y política.
Todo lo que se escribe, poemática y ensayísticamente, después de las generaciones de los pioneros de nuestra literatura (Ramón M. Torres, Luis Rodríguez Cabrero, Adolfo Medina González y otros pocos) representa otra etapa y otra óptica.
El poema de Aponte Feliciano, San Sebastián del Pepino, es un hito que marca, separándolo, lo que se escribió antes de la burla de los designios de la Historia, o como dice él, del implacable y triste sino para los hijos del pueblo, y lo que se escribiría después de 1868.
Hay, pues, una literatura del antes y después, de la nostalgia y la pérdida. Una literatura que dice que Pepino ofreció una ofrenda redentora a una gesta emancipante, el Grito de Lares de 1868. Otra literatura que es presentimiento de una hecatombe, de una pérdida traducida a la oportunidad histórica diluída y cancelada, pero, que ante ella, porque ha sido fertilizada con valentía y sangre, hay que comenzar a limpiar las puertas de la percepción, reconstruir las nuevas mitologías de lo urbano y participar, mediante un lenguaje trascedente de arte y poesía, en un redescubrimiento y en una solicitud: ¡la nueva oportunidad de trascender y experimentar ante y con lo perdido!
La posibilidad de una huída forzada se ha dado sociológicamente. El régimen del poder político-social de los EE.UU., con sus contextos nuevos, han creado la dispersión y la agonía (originándose el «pitirre desterrado»). O como dice Bernardo Bosques, ya están creadas las condiciones de la pobreza en el siglo post-bélico, tras la Invasión Norteamericana de 1898, y éstas han impelido o forzado, desde este rincón del Noroeste de la Isla borincana, a unos «exilios efectivos» y que, en su caso y por norma general, se lo padece en Nueva York, o en cualquier otro punto de lejanía. El ha sido uno de los que se ausentara de su lar nativo. Su canto ha variado. Su necesidad de encuentro con el concepto de folclor familiar de Dargan es más intensa.
En el presente, la nostalgia, el dolor o la pérdida referidas por el poeta que canta a Pepino, es el paradigma de la realidad de la isla. Estos poetas son las voces del exilio no querido: los exilados económicos irán a sobrevivir a la nación interventora, los Estados Unidos de Norteamérica y, según la suerte que les toque, ellos y los que se quedan, encarados a ideologías, sin exilio, conocerán al monstruo en sus entrañas, o desde sus veladas sospechas. La poesía de los pepinianos refleja la realidad de todos los puertorriqueños. Estos poetas son los que mejor corresponden a la etapa del después del sido ahí que es habérselas, no exento de riesgo y peligro.
En la etapa (que precedió a todo ésto) la angustia sería planteada por el choque interno descrito por Aponte Feliciano: los mismos españoles y lacayos, cónsonos al incondicionalismo militar y represivo, abortaron la Revolución de Lares y la quimera libertaria. Lo avergonzante y triste ha sido ver a ese pueblo «sin honor, sin laureles ni victorias». Sin embargo, lo que sucedió antes de la Revolución de Lares está más encubierto que lo que sucedería después. Yo comenzaré este enfoque con una tarea desencubridora.
Hay memorias que, aún no consideradas como parte de la literatura de la región, en parte por perdidas, desperdigadas o inéditas, son los testimonios esenciales del primer periodo. ¿Es posible readquirir estas memorias? El documento oral requiere cierto timing, el aprovechamiento a tiempo de la conciencia memorante del relator (que elucida sobre las generaciones que precedieron a la nuestra). Mientras haya relatores presentes, todavía hay oportunidad de impedir el apagamiento y se encenderá lo luminoso que, con ellos se desencubre. Lo encubierto es, por acaso, tan sólo lo que no ha sido procurado.
La promoción constante de la autobiografía, el diario o las memorias, así como los estudios o apuntes biográficos, como géneros literarios o historiográficos, son una manera de ofrendar una solicitud para la tarea, que consistirá en sumar el destino de nuestra gente del pasado al nuestro.
Nos concentraremos aquí en la segunda etapa: ¿qué piensan los poetas de hoy? pero teniendo en cuenta que el pasado no ha sido suficientemente procurado y rescatado como para representar la historia, «relaciones de destino a destino» (Heidegger); ciertamente, algo se puede fraguar a fin de diluir la angustia y la pérdida. La tarea patriótica es un proceso de recuperación y tal es el proceso vigente. De cara a las fuerzas diluyentes.
Al evaluar lo que estos poetas dicen y transmiten, sea como lamento generacional o como confesión de las familias que se comunican, folclorizando sus experiencias ante ese pasado común que Dargan diera por base y origen de la voz expresiva y comunicante, es indispensable que puntualicemos dos cosas. Una: hasta qué punto estos poetas participan en y se verbalizan por la certeza de la libertad, esa libertad que les permitirá ser sinceros y puros para dejar dicho, sin sombra de encubrimiento, lo que sienten y, en segundo lugar, cómo ellos han superado la oposición individuo-sociedad, esa noción atacada que, siendo ontológica y axiológicamente falsa, se ha utilizado como recurso inferiorizador para que ninguno en Puerto Rico sueñe con más patria que la que definirá el colonialismo y que, sabiéndolo, el ciudadano (que se ha visto como «pitirre cautivo») se refrene, invente su interno opresor y se confunda cuando quiera exaltar la dignidad de los hombres y mujeres del pasado y pronunciarse, con ellos, con orgullo por lo suyo, sea el paisaje o el hombre que es el motor activo tras él y tras una totalidad cultural. El hombre que moverá la historia hacia un destino-en-común está tanto en el pasado como en el presente; ¿pero somos capaces de verlo así?
Para Heidegger, la esencia existencial del hombre no puede ser nunca pasado, sino sido-ahí, da-gewessen. El tiempo cronométrico y causalmente concatencional a menudo resultará como lo más encubierto. A contragusto de pretextos y contextos, la historiografía sólo puede contar una imagen del pasado determinada por el presente, cuyo contenido se despliega y se elucida por una apertura del que relata y cuida su olvidable sido-ahí.
El cuidado por el pasado, por lo sido-ahí, en el sentido heideggeriano de Cuidado / «Sorge», por lo general, lleva a la nostalgia. Esto es, a un regreso, material, mental o figurado, que transporta y trae implícitamente un deseo de recuperación de aquello que ha sido borrado o represivamente internalizado por causa de la ausencia de las personas o cosas queridas. La nostalgia es más profunda que el recuerdo. Por razón de este hecho, encontraremos algunos tópicos en que se necesitará ir en pos de lo extraliterario y traer a colación los aspectos de la historia municipal. De ésto me he encargado en otras monografías y voy a intentar hacerlo brevemente en ésta.
1. La Plaza como ágora y centro de cultura popular
A manera de introducción, propondré como punto de partida la noción de ágora espiritual. La Plaza de Recreo de San Sebastián del Pepino será el lugar de encuentro y coincidencia de todos, los que son campesinos y los que son pueblerinos. Desde la plaza así definida, plantearemos una posibilidad de mitologías, trances y protoerudición, que nos ofrezcan la visión de la cultura.
Aclaro que una plaza agoral es una que tiene ya un nombre y una historia, no solamente un espacio físico. Pepino tenía una plaza antes del Grito de Lares y es sabido que fue teñida de sangre por los patriotas de Lares que allí murieron; pero, en 1868, después de un tiroteo de cuatro horas entre los milicianos armados que enfrentaron las tropas españolas en el área, tal plaza comenzó a fijar una historia, que no fue solamente la de la historia local, sino la de la isla entera y de España, porque el Grito de Lares fue el heredero espiritual de la Revolución Liberal de 1868 y, en cierto modo, de la Primera República en España y la nueva Constitución de 1869.
A partir de ese momento, la solidaridad y destino-en-común del que habla nuestra plaza se relaciona a Isabel II, quien por sus veleidades amorosas, mujer ocupada con amantes y su camarilla de monjas milagreras, no podía prestarse al papel de reina constitucional y, por tanto, fue destronada por el quehacer republicano; se relaciona a uno de los ex-capitanes generales y gobernadores de España en Puerto Rico, Juan Prim y su anhelo de dar el trono al alemán Hohenzollern, por cuya causa fue asesinado el primer día que Amadeo, el nuevo rey entra en Madrid; se relaciona a un príncipe italiano, Amadeo de Saboya, quien prefiriera antes que forzar un nuevo baño de sangre sobre España deshacerse del trono y su poder a la mano; se relaciona a Emilio Castelar y Repoll, diputado y Presidente de la República, entre 1873 y 1874, bajo cuyo mandato se decretara la abolición de la esclavitud en Puerto Rico y quien rechazara la idea de crear un sistema de nacionalidades autónomas como solución a los grandes problemas regionalistas que se agravarían después, como fue la propuesta de los Republicanos Unitarios de Pi y Margall; se relaciona (y del modo más trágico, diluyente y enajenador) a la temeraria y antidemocrática hazaña del general Manuel Pavía y Rodríguez de Albuquerque que, en la madrugada del 3 de enero de 1874, ante la casi cobardía del pleno de las Cortes Españolas, desalojó las cámaras con un golpe de estado y creó el Gobierno Provisional. Poder asumido por la gente que no tendría una memoria grata que los enalteciera ni entre los puertorriqueños, los cubanos ni entre los españoles. Su primer cómplice fue el general Francisco Serrano.
Sangre sobre la plaza no es ágora, sino la evidencia de un gran resentimiento. Una rebelión armada es siempre un espejo que aludirá al parto doloroso de las ideologías y, en consecuencia, la vieja plaza de 1868 en Pepino fue la enunciación encubridora. La verdadera plaza se consolidaría al saberse que de las heridas de España y Puerto Rico habría de surgir cierta luz esperanzadora. Luis Padial Vizcarrondo, el pepiniano Juan Hernández Arvizu y, sobre todo, Baldorioty de Castro educaron casi en la sombra a los primeros y más activos liberales de este pueblo: Adolfo Babilonia, Severiano Cabrero Echeandía, Avelino Méndez Martínez, José I. Irizarry, José Ramón Torres, Francisco A. Pino, Demetrio Hernández y otros.
Estos hombres mencionados no fueron oradores folclorizables, no fueron estereotipos de ideologías, porque, sobre todo, fueron los atentos oídos a la actividad española, los forjadores de destino en común, los que interpretaron el malestar de España y lo expresaron con palabras que pudieran ser una esperanza para Puerto Rico y para su pueblo, la comunidad local.
Fue Baldorioty quien, en la época difícil del doloroso parto del liberalismo puertorriqueño, definió la plaza como santuario agoral y en discurso ofrecido en Mayagüez invocó la «sangre de los lareños y los pepinianos», el día que el Gobernador Sánz y Possé disolvió la Diputación Provincial y todos los ayuntamientos en la isla (Dra. Loida Figueroa). Esta decisión insular fue simplemente una repercusión de lo que se vivía en España después que el General Arsenio Martínez Campos, «sofocador de cubanos y catalanes», como le llamara Dolores Prat, se convertía en el restaurador de la monarquía borbónica.
«Sangre sobre la plaza no es ágora» es una frase que se puede considerar inaugural, esto es, fundadora de la civilidad política en San Sebastián y, por salir de los labios de Baldorioty de Castro, de muchas maneras fue recordada y repetida por las generaciones de liberales que, desde 1870, antes de la restauración borbónica y el fracaso de la Primera República, subirían al templete de la plaza como oradores. Entre ellos, Salvador Ferrer («la plaza ensangrentada no es un altar»: parafraseándola, «el verdadero altar es la democracia»), Pedro Avilés Márquez («no es altar lo que clama la sangre de los inocentes, sino abominación»); pero el hecho es que el ágora es convicción y muchos liberales pepinianos fueron tan aguerridos como la izquierda española. Se desesperaban, porque la dulzura de la Revolución Gloriosa fue breve y, en Puerto Rico, a su entusiasmo procederían las etapas más crueles y alarmantes.
Nuestros bisabuelos y tatarabuelos dijeron muchas cosas sobre esta etapa. Y, de hecho, ellos supieron sobre quienes, siendo liberales, jamás pudieron ver cuajada en la Plaza Vieja, teñida con la sangre del fantasma de Lares, el verdadero espíritu agoral y la civilidad. Contaba María L. Rodríguez Rabell que sólo aquellos que «viajaban a los mítines liberales y acompañaban a Baldorioty», cuando las plazas todavía daban, por primera vez, la oportunidad de hablar sobre política abiertamente y el tema del autonomismo no había sido prohibido, aprendieron el espíritu de civilidad y diálogo; «los que no se iban a arengar a los campos a los negritos y los arrimados... o se reunían en las boticas unos y en los ventorrillos, otros más gustosos del trago, y a hacer revoluciones, sin armas, a imaginarse que por la fuerza lograban más, estaban creado el autonomismo; los otros sólo tenían un sueño, eso era todo» (cf. Entrevista en la bibliografía).
El liberalismo fue una ideología orgánica que, por momentos, tuvo sus sonados triunfos y fracasos en Pepino, como fue también en España. No hay que entender que sólo fue un sueño sobre un vacío histórico. Las condiciones ideológicas estaban maduras para que Pepino participara de este avance superestructural. La simpatía que este movimiento logró localmente se infiere de los documentos municipales que datan de los primeros decenios de 1800, que son los tiempos de las instrucciones progresistas de Ramón Power y de la creación de la Sociedad de Amigos del País.
2. Los liberales ambivalentes y la incertidumbre
En la constitución de los ayuntamientos electivos, a partir del 23 de julio de 1835, estuvo empeñada la palabra e iniciativa de algunos criollos y peninsulares que, en Pepino, vieron que la Constitución de 1812 fue el comienzo español del liberalismo y que la esperanza confiada a ese ideal marcharía prácticamente. Que, tarde o temprano, se compartirían ciertas conquistas con Puerto Rico. Todas las constituciones ofrecidas o aprobadas después de 1836 harían menos concesiones, incluyendo la Constitución de 1869. Tales constituciones dieron a los liberales más amarguras que alegrías, según apuntara Dolores Prat, porque, «nada hay peor que quedar desenmascarado; pero ésto es bueno para que la gente se espabile».
La clase propietaria y peninsular que se llamaba liberal, a conveniencia en Pepino, se portaba peor que los carlistas en sus poblados en España. En esta localidad, por ejemplo, se decía que los campesinos, especialmente, los criollos, vivían como incultos piratas, sin una moral sana ni sujección a la iglesia. Si vivir como pirata alude al trato con el mercado costero, dominado por contrabandistas fue razonable la queja, se buscaba independencia económica entonces.
Si el gran número de parejas en amasiato alarmó el sentido moral, este problema tuvo poco que ver con la ideología liberal. Al llegar el peninsular, inmediatamente, desempacaba la actitud de que en cualquiera de sus provincias había más cultura que en las espesuras de los montes puertorriqueños. Más tarde ese inmigrante comprendería qué inútil es dividirse y amargarse por tan frívola vanagloria. El verdedero asunto fue la libertad económica y la participación. En cualquier pueblo de Puerto Rico, el inmigrante vio, de pronto y por necesidad, que sus derechos se reducían a los mismos de los hijos del país y que aún ellos mismos podrían recibir el maltrato que el prójimo ya sufría localmente. Para un cambio compasivo, el recién inmigrado dependía de la ideología de su elección: liberal o conservador.
Cuando un hombre como fue el Dr. J. A. Franco Soto reflexionaba sobre estas cosas y fue enfrentado con la mentalidad que describimos, en el sentido de que «las grandes desigualdades en el mundo tienen que subsistir; el fuerte ha vencido siempre al más débil, el poderoso al que lo es menos», el respondía que «hay que abrir paso a la inteligencia, pero a condición de ponerla al servicio del bien en todas sus manifestaciones». Y aún, Franco Soto profetizaba que, como ley de la Historia, habría dos modelos que encarar. En el mejor de los casos, el advenimiento de «un super hombre, a estilo de Cristo», y si este modelo es sacrificado, «se aproximan tiempos en que el panorama se volverá rojo y flotará tinta en sangre la lucha más sangrienta que presenciarán las generaciones por venir». 1
Todo hombre, blanco o negro, criollo o peninsular, podía fácilmente volverse subversivo. A veces, el criollo a falta de un enemigo vulnerable con quien luchar, descargaba su ira contra el negro. O sacaba la cresta ante el enemigo equivocado. (Los blancos) «querían al negro siempre obediente, cortés, lleno de lindas palabras y modales, y no había una escuela para ellos. Trabajando en el servicio doméstico, el negro de Pepino aprendió a tratar al patrón como éste quería; pero, mi mare decía que un día iban a reventar de resentimiento» (D. Prat).
Ni aún en los tiempos de anticlericalismo liberal ni de la desprotección legal del esclavo, este segmento humano fue un peligro para la iglesia. Sin embargo, prevalecía el temor injustificado de los párrocos locales. Temor a que se hiciera daño a la integridad de la fábrica de la iglesia.
Hechos de esa índole sucedían en España, especialmente en Barcelona. Irónicamente, fue gente alfabetizada, ideologizada y blanca, quien realizó la quema de conventos e iglesias. Lo curioso es que, cómo aprovechando el pretexto de estos incidentes en España, hubo quien creara el rumor de que tal cosa sucediera en Pepino y asociara como potenciales causantes a familias catalanas locales. Por la fecha en que la acusación apareciera, es aducible la rivalidad entre grupos de vecinos, los originarios catalanes y la inmigración que procedería beneficiada de repartos de tierras en Pepino. 2
El español pretencioso de las villas coloniales, el que los criollos solían llamar serafín y cogutudo, al enterarse sobre sucesos de delincuencia o violencia social en España, pensaba lo peor del prójimo, del hijo del país, en particular, de quien fuese su rival económico en el combate por los intereses de clase. Especulaba que un hacendado descontento (por ejemplo, los Prat y Carmona vs. los Cabrero) podría incitar a quemas y rebatiñas. En el fondo, se trataba de que muchos de los nuevos hacendados «se creían dueños del alma del esclavo y el pobre» (D. Prat).
«En España se daba un paso adelante y dos pa'tras», decía Rodríguez Rabell. Después de indicar que los primeros alcaldes liberales que tuvo Pepino fueron sus parientes Antonio Cabrero (en 1836) y Andrés Manuel Cabrero Escobedo, en 1837, se sorprendió de que fuera la reina María Cristina de Borbón, esposa del más odiado de los déspotas (el extinto Fernando VII), quien entregara a los españoles la Constitución de 1812. «Jamás en El Pepino (ni aún su padre, último alcalde español y regente del autonomismo finisecular) alguien gobernó bajo una constitución que diera tanto; sólo los señores Cabrero en tiempos de España» tuvieron ese privilegio, dijo la entrevistada.
Ellos apoyaron las peticiones y diligencias de alcaldes posteriores, también liberales (José I. Irizarry y José Ramón Torres), para el fomento de las escuelas públicas para pobres, negros y mulatos. Se adujo que la segunda guerra carlista de 1847 fue razón para el ajuste del gasto público y para la escasez de fondos con que pagar los sueldos a maestros. Para esa fecha, la Villa de Pepino seguía con dos escuelas primarias para una demografía que excedía los 10,000 ciudadanos y con la población negra, totalmente analfabeta.
El precario triunfo liberal de la Primera República española y el abortamiento de la Rebelión de Lares colocó a negros y campesinos blancos en la misma desatención educativa en Pepino. Mas, peor aún, entonces se agravaría a los maestros con la amenaza de expedientes reservados y destitución, sustituyéndolos con maestros traídos de España. 3
Libertos y manumizados, atemorizados por la infamia con que se les acusara, ser en conjunto una clase de «reformeros y libertinos», con el avanzar de los períodos de los gobernadores Félix María de Messina Iglesias y Romualdo Palacios González, este elemento racial esquivó subrepticia y paulatinamente el feudalismo agrario. Ellos no quisieron las condenas a la zafra en el cañaveral e intentó nuevos oficios: carpintería, zapatería, herrería, pesca, transporte de cargas, sastrería y cabestrería entre otros.
3. La migración del obrero negro y la proletarización incómoda
Rodríguez Rabell y Dolores Prat concluyeron que los negros se mudaron de Pepino y que la gran estampida se produjo durante la gestión del Gobernador Palacios y, en significativos números, durante el año de las Partidas Sediciosas (Font Echeandía).
Esta es una de las razones para que el aporte creativo, folclórico, musical o literario, del elemento negro en Pepino brille por su ausencia. En el material poético, ya publicado y los estudios relacionados a la protoerudición, es decir, del saber («lore»), la presencia de este aporte se echaría de menos. De hecho, muy pocas veces se alude al ente negroide, menos a su esencia, su angustia, en tanto que la fascinación con la hidalguía española se festeja, aún hoy. La hispanidad impera sobre el avatar criollista y afrocaribeño.
Tanto el jíbaro blanco, como el arrimado y el peonaje negro, son creadores de protoerudiciones. Es incomprensible que en un pueblo donde la esclavitud fue la institución básica de la clase hacendataria se conozca tan poco de la comunidad negra. Pese a las insuficiencias informativas, subrayaré el hecho de que tuvieron una importancia significativa como catalizadores e inspiradores del la lucha abolicionista y separatista. Por otro lado, vale hablarse de algunos abolicionistas liberales que dejaron una herencia y un trabajo organizativo entre ellos, negros y mulatos: Francisco A. Pino, Juan J. Liciaga, Domingo Liciaga, Juan I. Irizarry, Ramón y José Padró Quiles y Juan Pesante Monagas.
La visión folclorizada del negro es un peligro que evitaré, por lo que, en su debido momento y en ensayo aparte, propondré un análisis que tome en cuenta su papel en la actividad revolucionaria (desde las llamadas rimas de Las Golondrinas a las rebeliones campesinas de 1898 que tomaron el modelo anarco-socialista). Hasta donde conozco, ofrezco con este ensayo la primera propuesta formal para el estudio de la presencia del campesino blanco y negro en la literatura e historia oral San Sebastián de las Vegas del Pepino. En este ensayo, el escenario literario del presente es mi prioridad.
Desde que Manuel Fernández Juncos, periodista y cuentista español acriollado en la isla, propuso el estudio de los Tipos y caracteres de Puerto Rico y la de sus Costumbres y tradiciones (1883), hay un agradable consenso en torno al jíbaro como fuente de protoerudición. Diría que las anécdotas y alusiones sobre los trovadores y personajes pepinianos, unos medio-locos y otros cuerdos, son parte de la cultura popular.
También se admitirá que las herencias transmitidas, o los materiales básicos de creencias, filosofías, lenguaje, supersticiones, leyendas, mitos, anécdotas o fabulaciones, refranes y dichos, comidas, artesanías, costumbres, música y danzas, que se ha manifestado en este pueblo, como en tantos otros, son en fin los productos culturales aprovechables que se han compartido dentro del grupo folclórico y, en conjunto y por lo general, representan los aportes mayores de la gente cuyo acervo ni fue conservado ni diseminado por otro medio que no haya sido la tradición oral, o la práctica de la costumbre, en su evolución. Vale decirse que hay folclor urbano y rural y que la poesía regional se ha convertido en el vehículo del salvamento de ambos.
Al estudiar tal saber en San Sebastián de las Vegas del Pepino, la protoerudición pueblerina y campesina, no pretendo decir que el folclor se limita a ellos. Ni que una vez compartido este estudio no han de venir otros que tracen unas teorías más idóneas para su comprensión. Entiéndase, en rigor, que todavía los grupos subculturales, grupo dentro de grupos, inventan su folclor y que éste, contemporáneamente, es cada vez más sofisticado, ya que sus creadores son altamente alfabetizados. Un ejemplo es la obra de José Padro Quiles, también la de Méndez Liciaga, pionero de los estudios de la historia municipal y, sobre todo, por aportar el punto de vista de las Luchas Obreras.
Al menos, en San Sebastián, el folclor parece inagotable y, no por otra razón, los poetas de obra más extensa y más valuada (Juan Avilés Medina, César G. Torres, Jerónimo Ramírez de Arellano, etc.) se han inclinado a esta vertiente. Otros pioneros, como Manuel Méndez Liciaga, se interesan en el paisaje campirano. Y hay, gracias a lo que recientemente he palpado, un nuevo movimiento de estudiosos que ha refortalecido el orgullo que parecía menguante en cuanto al cultivo de las artes folclóricas, como la de los hamaqueros, pirotécnicos y otras artesanías. Ha sido entusiasmante la promoción de la historiografía local, la atención ofrecida a nuevos trovadores y poetas, etc.
Las antologías y bibliografías de los profesores Vargas Pérez, Cardé Serrano (aún inédita su recopilación De cómo han cantado los poetas pepinianos a su patria chica, él la proveyó gentilmente para mi uso), las monografías de María L. Serrano Méndez, Rosa del C. González Muñiz, Walter A. Cardona Bonet (San Sebastián de las Vegas del Pepino: Notas para su historia, 1989), Helen Santiago (El ascenso y decadencia de la élite cafetalera en San Sebastián, 1988) y Rubén Arcelay Medina (Diccionario biográfico pepiniano, 2000) son los ejemplos.
Aún faltan los eslabones explicatorios y referenciales para un estudio dialéctico. En la dinámica de la historia, desde este punto de vista, son necesarios los hechos memorantes que ilustren, cada vez con sus detalles más íntimos, la correlación de fuerzas órganicas y hegemónicas en la aparición de ideologías y cómo las apoyó o las rechazó el pueblo llano. De hecho, muchas de las anécdotas y manifestaciones públicas por las que el tipo popular y folclorizado se aúpa notoria e interesantemente tiene que ver más con ese pasado oculto, o tiene que ver con lo que, por causa del progreso material, desaparece.
De este modo, conseguido lo descrito anteriormente, saldrá a flote la historia de la proletarización de nuestra gente y, desde su elucidario existencial y sentimientos, será posible verla descrita en la poesía, gozarla y comprenderla en la vida cultural, como intenta J. Roure, Jr. en su texto A los hijos del Pepino, su poema histórico-regional incluído en Manantial (1987).
En cierto modo, todavía hay mucho que adjuntar a la historia de los hombres de empresa, agricultura y comercio, su trato concreto con las gentes insatisfechas insertas en las esferas proletarizadas e inferiorizadas por las relaciones del poder dominante y ad hoc. Una historia de nuestros pobres, la intrahistoria de su aporte y su pensamiento solidario, sus quejas y sus iniciativas como grupo humano, nos falta. Una historia que sea asimismo sociología e intrahistoria, interpretación objetiva de sentimientos y aproximaciones al lamento ideológico concretizador: ethos, porque, aún fracasados, los grupos humanos sueñan su historia, su proyecto, idealizan y sufren sus rudimentos utópicos, su historia de un accionar en vilo y su propuesta de una tradición alternativa.
El hecho significativo es que, en este Puerto Rico histórico, donde para 1820, había más contradicciones sociales y políticas expresadas que las que hemos podido historializar, mediante documentos, los brotes del lamento, la voz materializada de las consecuencias de su olvido, han emergido para que se hable sobre ellas. El folclor puede ser una puerta de entrada que nos vincule al lamento de la isla entera.
Esta isla tuvo unos 72,348 mulatos y 14,773 negros, entre quienes 21,730 fueron esclavos y otras 13,921 gentes pervivieron como agregados mulatos. De 1820 a 1837, durante los tiempos del Gobernador Gonzalo de Arostegui y Herrera y, sucediéndose después en la gobernación de la isla, Navarro, González Linares y más significativamente el Teniente General Miguel de la Torre, Pepino comenzaría a participar comunitariamente con sus reacciones a esos gobiernos.
Ya que no hay documentos literarios que ilustren tal situación en Pepino, el recurso único son las historias orales. Uno de los puntos de partida, cuando se emprende este tipo de investigación, es que Pepino siempre ha sido considerado un pueblo de campesinos y criollos, donde pese a que hubo un gran porcentaje de esclavos, en algún momento los negros se desplazaron a la costa. Su voz social, como clase, es casi desconocida en nuestros textos. Pepino habla como un pueblo de gente blanca, sin mestizaje; pero, aún así, se conoce que ellos estuvieron entre la gente más descontenta, privada y social oprimida y, en consecuencia, presta a dar apoyo a sublevaciones y llevarse por delante a los que llamaban los cogotudos, españoles o criollos enriquecidos. Un ejemplo del malestar fueron los incidentes de la Cueva del Negro o las trovas de Las Golondrinas. Dicha cueva está situada entre los barrios Aibonito y Robles de San Sebastián,
La primeras semillas de literatura en Pepino son décimas de descontento, rimas de escarnio. El descontento y la explotación racial está implícito, lo mismo que la frustración de la clase pobre que observó los privilegios concedidos a los extranjeros. El enriquecimiento de unos pocos propietarios, gracias a sus vínculos con el poder político, matrimonios de conveniencia y la utilización del poder público como instrumento para la adquisición de tierras (dándolas en arrendamiento a segundos y parientes) con poca misericordia para sus peones, representó una de las razones por las que la aplicación de la Ley de la Libreta de Jornaleros, dictada por el Gobernador de la Pezuela, se hizo impopular. Se interpretó como un nuevo modo de manipular, controlar y sujetar a esclavos y arrimados.
4. Los gritos por repartos de tierra y los fantasmas de Las Golondrinas
A fin de servir al poder español, los funcionarios locales casi siempre se identificaban como carlistas o moderados, con lo que aducían su oposición a la ideología liberal, el separatismo y los ataques a la iglesia. Bien se pudiera decir que estos servidores públicos fueron los productos de un largo proceso de falsa conciencia, a su vez residuo de otra ideología flotante, aquella que en las entrañas del pueblo llano redujo sus aspiraciones al lema: Iglesia, mar o casa real. Al principio, casi siempre, el español inmigrante aspiró a ganar riquezas y honores por el esfuerzo de su espada, o vivir de un sueldo que, aunque fuese modesto, le ostentara prestigio. Ya, a las alturas de este siglo, por rehabilitarse el concepto social del trabajo, convertirse en burócrata y comerciante fueron opciones. El desgaste de las guerras internas en España y el prestigio de las empresas del anticolonialismo americano en el campo militar cerraron espacio al servicio profesional y voluntario en la defensa castrense de España; pero aún el funcionario prospectivo necesitaba dar voces par evidencia pública, siendo más que el moderado. Diría pues: soy conservador...
Entre las familias identificadas como conservadoras están la de los funcionarios, alcades, ex-regidores y síndicos, cuyos cargos se alternaban en sucesivos periodos, y que incluye al ex-alcade Tomás de Rivera (1813), Miguel, Francisco y Antonio Vélez del Rosario, Ramón Díaz, al ex-alcalde Miguel del Río (1820) y sus hemanos Antonio y Carlos, ex-Alcalde Carlos V. Arvizu (1838), Bernardino López de Victoria, Pedro Antonio Perea (1854) y otros. Muchos de estos hombres, siguiendo el modelo de la península, respondían fervorosamente cuando se les pedía dar con los herejes, es decir, con los liberales y entregar sus cabezas.
Durante el gobierno de J. De la Pezuela, el ex-Alcalde Miguel del Río y su hermano, ex-síndico procurador, Antonio del Río acusaron a mucha gente de ser «liberal y peligrosa» en San Sebastián. Esto reflejaría la mentalidad que en España, como en las colonias, hizo del liberalismo un delito, que debía ser juzgado por tribunales especiales. Como había terminado ya la segunda guerra carlista en España (1847-49) al producirse la queja, Pezuela echó la observación en saco roto; pero esperaba que se cumpliesen las leyes rigurosas que diera sobre el trabajo.
Poco tiempo antes, el huracán San Hipólito de 1835 produjo innumerables muertos y pérdidas por la isla entera. Después del huracán hubo brotes de fiebre sínoca.
Lo único esperanzador en medio de las circunstancias fue el anuncio de reparto de tierras. Trabajar la tierra, en condiciones menos miserables que la servidumbre, hizo que muchos de los esclavos del Pepino, asociaran las revueltas en boga en las Antillas con ese deseo y que los peninsulares recién llegados asociaron la promesa del reparto a las aspiraciones que en España se tenían en cuanto a las desamortizaciones del agro y el fin de los mayorazgos.
Un poco de leyenda se asocia al peón de una antigua hacienda de Pepino, y de quien se dice que Paché Vélez le cortó la lengua. Al pobre hombre se lo redujo a vivir en la Cueva del Negro. Este hombre, según testimonios diversos, dio vivas a una sociedad secreta, reprimida en 1830, que se llamó la Gran Legión del Aguila y, según se dijo, fue el primero en hablar de repartos de tierra.
Desafortunadamente, el sueño de grandeza y liberación de El Negro que vivía en Las Golondrinas y que se atreviera a distribuir unas hojas sueltas, entonces tildadas como literatura subversiva en Pepino, se quedó en las esferas del mito. Los sueños de repartos de tierra para la clase más oprimida se hicieron sal y agua, porque los beneficiados con tierras en este Partido del Pepino fueron los venezolanos y haitianos, principalmente.
Entre las familias, provenientes del Haití español y que se cuentan como beneficiadas están los Orfila, Mercadal y Alers. De los primeros Alers que se asentaron en El Pepino, tras breve estadía en Añasco, se hallaban Juan Francisco Alers, Eugenio Alers y María Alejandrina Alers, nativos de Guarico y quienes entraron por el Puerto de Aguada.
Alejandro Alers, casado con Monserrate Beauchamps, de quien enviudara en 1853, fue descrito como el principal esclavista de El Pepino en el decenio de 1850 (según las investigaciones de Serrano Méndez). Entre los hijos procreados con su esposa, se hallaron: Juan Bautista, Diego, Juan Asunción (casado con Josefa Zea), Rosa, Alejandrina e Isabel. Testimonios orales de octogenarios quienes oyeron a sus padres hablar sobre los hacendados Alers, indican que a Alejandro se le llamó Muncio (desfiguración castellanizada del término francés Monsieur, tratamiento de señor que exigía). 4
De sus hijos más que de él, se alegaría que «en sus haciendas se maltrataba cruelmente a la negrada» (Rodríguez Arvelo) y que «no daban el apellido Alers a muchos de sus hijos, prohibiéndolo porque muchos eran nacidos en negras». Su primera mujer, de origen francés como Muncio, «sufría como una santa», particularmente cuando él buscaba, maritalmente, a R. de la Rosa.
Posiblemente, entre ellos, estuvo Silvio Alers, quien tuvo fama de resentido social o delincuente (por ser hijo putativo) y de enfant terrible, tanto que se le ejecutó con la pena del garrote vil. Aunque enajenado de su apellido, por no zaherir a su mujer, Alejandro Alers solapaba cariñosamente a Silvio, el más joven de sus hijos en Rosa y algunos de sus hermanastros, hijos de Monserrate Beauchamps, comulgaban con Silvio por éste crecer como un chico divertido, narcisistamente viril y con la gracia de ser buen mozo; aunque, al cabo del tiempo, se hiciera muy afecto a las peleas de gallos, las apuestas, el licor, las barajas y la promiscuidad sexual.
Como otros de mis entrevistados, M. L. Rodríguez Rabell y D. Prat, Arvelo Latorre 5 comentó que mucha gente de aquel tiempo protegieron a Silvio y Juan Bautista porque simpatizaban con la causa abolicionista y de la Legión Cubana o el Gran Nido del Aguila. Con ésto se aludía al hito revolucionario que fue suprimido en Cuba en 1830, pero que, como renuevo, se veía renacer en Puerto Rico.
La señora Rodríguez Rabell clarificó:
...La Gran Legión de Aguila Negra en Cuba fue suprimida duramente. Los fusilamientos de Joaquín Agüero, Ramón Pintó, I. Armenteros (y Francisco d' Strampes) fueron muy mencionados... ¿En qué Conejero pudo estar colaborando, si el movimiento de La Gran Legión estaba acabado?
En saber sobre Anastacio Conejero Martínez, fue imprescindible una tarea de historia oral con la familia Echeandía. El inmigrante español aludido en las décimas fue el esposo de Joaquina Echeandía Mendoza, con quien vivió holgadamente hasta que un día decidió que la abandonaría. Vendió sus propiedades y desapareció con el dinero, dejándola en la prángana con siete hijos pequeños. Doña Joaquina tenía 45 años de edad cuando no supo más de él, excepto que él discursaba obsesivamente sobre la causa cubana.
Contrario a la mayoría de los malversadores (que se comían las fortunas de las hijas del país, según la nota de Las Golondrinas bajo el título A golpe de braguetazos, el licenciado Anastacio Conejero se fue a Cuba en medio de la agitación revolucionaria que cundía en la Isla Grande.
De repente, se trató de pensar en él como otro de la misma calaña y voracidad de los que llegaban desde España en aras del apoyo económico, créditos y capitales, aprovechándose de la vía de matrimonios de conveniencia y se casaban con hijos de prósperos estancieros y comerciantes locales y que, finalmente, se regresaban a España para disfrutar de lo logrado en tal trance. Esta fue la acusación que develaron los pasquines.
De todos los desencubiertos por la crítica, a pesar de ser protegido por los silencios de los Echeandía sobre este asunto, ya que «por lo demás fue hombre bueno», 6 él y Gerardo Forrest, entonces muy joven, fueron los únicos a los que se confirmaría una militancia revolucionaria y, sobre todo, una conciencia política sobre la necesidad de emancipación antillanista. Forrest llegó a alcanzar altos rangos en el Ejército Emancipador de Cuba.
Entre los Prat-Vélez, la llegada de Pedro S. Ortiz, su hermana y una prima, desde Cuba, y el carácter del primero, al principio, creó recelo entre viejos enemigos de los Vélez y Prat. Se le acusó de un robo en la casa comercial Cabrero e Hijos, que Ortiz no había cometido. El acusador fue Antonio Castro, quien se disculpó al investigarse más cuidadosamente el hecho. El sospechoso principal del delito de robo terminó siendo Anastacio Conejero Martínez.
Después de consultar a los profesores Delgado Pasapera y Loida Figueroa, quienes se interesaron en los influjos del clandestinaje revolucionario cubano en Puerto Rico y estudiaron los movimientos de La Trinitaria (1838) dominicana y la masonería en las antillas, visité y reentrevisté sobre el tema de Las Golondrinas a quienes asociaban a Silvio y Juan Bautista Alers, de Culebrinas, con algún tipo de actividad libertaria clandestina.
Confirmé que, entre ellos, mis relatores, se definía claramente la idea del escarmiento ejemplar que el Gobernador de entonces demandó para Ignacio Avila, alias El Aguila, más que la memoria o indicios confirmadores de una ideología subversiva, como la que se pretendía para los acusados y como causante de que se propalaran las décimas, o se conspirara y se difamara a gente de apellido ilustre en el pueblo. No obstante, entre los que se pensaron como antiespañoles estaban los dos Alers mencionados, pero a quienes se les persiguió por delincuentes y por el delito de estupro.
La vergüenza de Eugenio Alers con lo acontecido en Pepino durante esos años hizo que él pensara en el regreso a Francia con su familia. Y, al parecer, así lo hizo. 7
Por otro lado, El Aguila fue un ratero, con fechorías menores. Se le fusiló arbitrariamente por orden del Gobierno, La Fortaleza, sin la confirmación de que fuese el verdadero responsable del asesinato del español (Juan Huck). Este último tenía domicilio en San Germán. Su asesinato se hizo so pretexto de dar un escarmiento ejemplar e inspirar la cautela en el pensamiento de cualquier insurrecto, o movimiento con ínfulas antiespañolas.
El plan de rebelión y la sociedad secreta habida en Cuba, fue la Gran Legión del Aguila (1830) y fue sofocada. En Puerto Rico, se descubrió, en julio de 1825, un conato de rebelión de esclavos en Ponce y otro conato rebelde en Cayey y, aún en años posteriores, la preocupación sobre conspiraciones seguía, aludiéndose con ello a las actitudes impredecibles de los negros del Pepino. La fama de cruel con sus esclavos dejaron fuera de sospecha a Manuel Prat y Francisco José Vélez, quienes solían armar a sus trabajadores de confianza.
¿De qué se trataría todo el gran movimiento de milicianos que a Bernardino López de Victoria se pidiera y que se produjo en la época, a juzgar por la relación de pasaportes expedidos, en 1851? La teoría formulada por la señora Rodríguez Rabell y compartida por la Dra. Loida Figueroa y el Dr. Delgado Pasapera, con relación a El Pepino en algazara, sería:
... no que haya sido una confusión al pensarse que la Gran Legión del Aguila estaría intacta, o que, ingenuamente, el gobierno pensara que ya había desaparecido, una vez que Cuba acabó con todos los cabecillas y la gente involucrada. Quedaron las claves y los contactos fuera de Cuba, eso sí. Como código del lenguaje de los revolucionaros, tales claves seguían siendo útiles. O se temía que lo fueran, que se usaran tales señas... El Aguila, habiendo sido un ratero, lo pensaban o querían verlo como una golondrina laboriosa por la causa del Nido Grande, Cuba y todos mirando allá por si fructificara la libertad de esa antilla... Mucha gente pensaría, igual que el Gobierno, que fusilar a Ignacio Avila (El Aguila) sería suprimir al enemigo revolucionario en ciernes, todo sirve así al pretexto, al afán de escarmiento. Sin embargo, mataban a una mera golondrina, a un ave peregrina de contacto, a un mensajero... Cuando las milicias buscaban a los involucrados en la tarea injuriosa dIzque por hacer críticas a los gobiernos de Prim y De La Torre y de las familias ricas del pueblo, por lo que preguntaban sería: ¿dónde están las águilas y los rateros? El gobierno mismo hizo un símbolo del revolucionario con Ignacio Avila y cada vez que se buscaba a un ladrón, lo primero que se preguntaría fue, ¿y qué hizo con el dinero? ¿sabe si viajaba a Cuba? Viajar a Cuba con mucho dinero fue un delito a falta de cartas que dieran noticias sobre la persona y sobre qué planes había para ese dinero. Fue un asunto de control. El gobierno colonial no era bobo. Preguntaba: a dónde vas y por qué... 8
Entre quienes no creyeron que había un principio de progresismo político en las andanzas de los dos hermanos Alers y otros individuos más cultos que fueron interrogados, o en cierto momento, perseguidos, en relación al incidente de las rimas de las golondrinas, están las familias Prat y Echeandía.
Dolores Prat dijo que las décimas atacaban a una santa mujer como fue la marquesa Josefa. Utilizaría las décimas, tal como las recordaba, para cuestionar la falsa buena fe y compasión con que se pretextaban haber sido escritas. Para ella, «lastimaron su familia», la de Manuel Prat y Nicasia Vélez y tales décimas se habrían escrito después de la gobernación de Juan Prim, quien sólo duró un año en el cargo, de 1847 a la Navidad de 1848:
Me cago en La Torre y Prim,
en Prat y la Cabrerada,
en Topete y la Marina
y del Cidral, la Pachada.
En Josefa, la Marquesa,
que a Los Velez se llegara,
en la huérfana de Silvio
y en Celedonio Pamías.
De Mirabales y Furnias
me cago en Nicasia al día.
En la barca de Manuel
se sientan como en bacines
la puta de la marquesa,
Nicasia y sus serafines.
Si no estuvieran tan mozas
Eulalia y Dominga ¡jiñas!
se las comiera don Silvio,
Pedro La Potra, el quebrao,
así también sicotudos
como Font Bas y Medina.
Me cago en Prim y en Topete
en las rogas de miñones,
en los hijos de Cangara,
aura y mona de los Velez.
Me cago en Panchito Alers,
Juan Bautista y Ramoncito,
en la usura aguadillana
de Amell Fabré y el Orfila,
Alvarez de Quebradillas,
Bercedóniz y Del Río.
Me cago en Prim y en Topete,
en los López de Victoria,
el que impuso la libreta.
Al que ejecutó a Nachito
con orden de Fortaleza
-un negrito alfalacudo
le lloverá desde el cielo
caca de Las Golondrinas.
¿Me comprendéis, sicotudos,
en esta postura extraña?
Para ella, el misterio de las décimas aún pervivía y la autoría correspondería a la época en que los negros en El Pepino se fueron desplazando hacia otros pueblos; «porque aquí ni se podía vivir en paz, sin verrse acosado por los comisarios... el negro rebelde se fue, aquí se quedaron los buenos santos, los sufridores» (sic).
Por una y otras razones, se validará la inquietud y apreciación del genealogista Cristóbal Berry Cabán al escribir: «In spite of being the largest slave owner in Pepino, (Alejandro Alers) has no recognized political role on the governance of Pepino... His children appear to also not have had a prominent impact on the political structure... Alejandro Alers did not recognized his children with R. de la Rosa. He did not give the apellidos... Why were they able to move into the 'petty bourgeoise' with in the first generation?» (28 de mayo de 1999, en: Puerto Rico Query Forum).
Sin embargo, lejos de pensarse que los Alers, en especial, Alejandro, el Muncio, y sus hijos reconocidos, tuvieron un impacto mínimo en las estructuras de poder político-social, no se percibió así entre los pepinianos de 1840 a 1860. Su poder económico fue enorme y la actitud del negro rebelde no pudo competir con tal situación. Entonces, el negro se iba del pueblo para no deberle nada ni participar en los conflictos que creaba. En cierto modo, la burguesía local y circunvecina (Lares) dependía de quien controlaba más del 42% de todo el capital prestamista y quien poseía en caballerizas unas 754,454 cuerdas de terreno y, a pocos años del decreto de la Abolición de la Esclavitud, todavía contaba con más de 40 esclavos. Una mínima parte de los que tuvo.
Aún con las familias blancas que portaron el apellido Alers, por adopción casi arbitraria (ya que como los Prat y Hermida, éstos primeros que Alers se negaron a reconocer hijos en esclavos y mulatos), se dieron incidentes significativos. En la tradición de los Ortiz-Alicea y Brignoni-Ortiz, se cuenta que siendo todavía Pedro Ortiz «muchachón... se llevó una niña de Altosano (Felícita de Lugo) y, en vergüenza y para rabia de esa familia, se vio obligado a casarse con Monserrate, la más vieja y fea de Velez del Río, pero, a esa boda no dejaron que entrara Abraham Velez» (1825-1877). El motivo fue que éste se enamoró de una las hijas, de Alejandro Alers, que se llamaba Alejandrina Alers Beauchamps y, por tal desafío a la rivalidad cultivada por los Vélez con los Alers, Abraham se hizo peón de ellos en una finca de Sonador.
Estas rivalidades familiares incidieron sobre la actitud del peonaje negro. Se manifestó con un juramento de no trabajar para ellos, ni con Prat ni con Alers. Esto animó a que muchos migraran a otros pueblos. En la mayoría de los casos, a Utuado y Camuy, según Prat. Antes del acaloramiento revolucionario de Lares y con la muerte de Edelmiro Prat, la familia Prat casi se había arruinado, pero Alers se hacía poderoso. 9
Antes que muriera Bernarda Aurelia Alers, bautizaron a su hija Aurelia María de los Remedios , «porque (Abraham y la difuntita rezaban mucho a la Vírgen de los Remedios para que se olvidaran las rencillas entre las dos familias, Velez del Río y Alers». Fue con Bernarda Aurelia (y no con Felícita de Lugo) que Pedro S. Ortiz Carire tuvo su primer hijo (Aurelio, nacido el 20 de diciembre de 1850) y antes de llegar al matrimonio, de conveniencia con Monserrate Velez-Prat, Felícita tuvo un segundo hijo, que fue el que dio la breve fama de Don Juan, o abusador, a Pedro Ortiz. 10
La crítica a los braguetazos de españoles con campesinas del país y otros incidentes fueron la raíz de la aflicción moral y de las costumbres que criticara la hoja impresa, amarillista, clandestina y que, por su turbia sazón, sería la primera publicación que se distribuyó en El Pepino. ¿Habría lectores ávidos por adquirirla? La hoja llegó a las esferas del gobierno insular como pasquín subversivo y como tal se hizo mención de ella en la gaceta oficial, según el investigador pepiniano Dr. Arana Soto.
Debido a la mención de autoridades del poder público y hacendatario (que hizo el pasquín), entre gente del gobierno se originó la idea de que había mucho más que una alarma sin fundamento en la burla de la integridad sexual y moral de las mujeres locales y sus apellidos. Las décimas subversivas imitaban el estilo de las escritas por mambises en la manigua cubana. De hecho, el estilo irónico de las mismas mortificó más a las familias que las acusaciones. Los aludidos, por esta causa, buscaban a los impresores del pasquín y a los rimadores. Dar escarmiento a motu propio amendrentaba a familias del sector negro. Esta fue, la amenaza de Prat-Ayats y Font Bas, entre los mencionados de las décimas.
Además, dicha publicación (sin título, aunque se terminaría llamándola la de las rimas de Las Golondrinas) fue importante porque hizo pensar que «todas las precauciones extraordinarias (tomadas por el gobierno de Puerto Rico en 1827) después de recibir noticias de que agentes haitianos estaban estaban organizando un levantamiento de esclavos en Cuba y Puerto Rico» (Frank Moya Pons), fueron inservibles y que, en 1850, los agentes de sedición todavía prevalecían. 11
Cuando surje el cultivo de la literatura en San Sebastián, si tomamos las décimas y las coplas como explosiva evidencia del comienzo, hay en España una clase media (de hombres de negocios, profesionales, intelectuales, funcionarios y militares), que abrazó el liberalismo parlamentario; el carlismo tradicionalista se había derrotado, pero volvió por sus fueros.
Las guerras carlistas habían agotado el Tesoro de España y los liberales de Cádiz pusieron en marcha la expropiación de mayorazgos, la confiscación de los bienes de la Inquisición, los bienes comunales de municipios y los establecimientos eclesiásticos. El absolutismo clerical se recrudeció ante estas osadías liberales; pero la desamortización más que un triunfo del individualismo y la libertad económica crearía una nueva clase terrateniente. La aristocracia liberal formó una poderosa oligarquía de la tierra, una nueva clase de latifundistas que, de hecho, oprimiría a la masa de campesinos sin tierra.
Esta es la masa de inmigrantes que viene a Puerto Rico en esas fechas, gente que siente que el problema del agro en España lejos de resolverse se volvió aún más grave, pero con nuevos amos. La propiedad territorial del norte y el sur de España sería monopolizada por unos pocos latifundistas. Y dice el historiador Marín: «No es extraño que dominase entre los campesinos un fuerte resentimiento antiliberal, al ver cómo se sacrificaban sus intereses en nombre de la libertad económica y cómo el Estado centralista atacaba sus tradiciones locales». 12
Las colonias, como Cuba y Puerto Rico, no podían realmente identificarse ni con el liberalismo triunfante ni con el absolutismo. Muchos inmigrantes que huyeron del desempleo en España y de las protestas violentas por repartos de tierra hallaron similares condiciones en la tierra a la que arribaron. Por esta razón, entre los inmigrantes españoles y sus hijos, hallamos a predicadores de repartos de tierra, ya que ésto fue su modo de esperanzase con lo que fueron las desamortizaciones en España. «Pero todo ello fue un tarrajazo» (D. Prat).
5. Las metáforas políticas de la época del liberalismo
El vocabulario político del campesino pepiniano y de otros pueblos que recibieron la inmigración peninsular, se llenó de resentimiento y, si hubiésemos tenido la oportunidad de entrevistar a campesinos y criollos que pudieran rememorar de algún modo sobre estos hechos e ideologías de la época en cuestión, sabríamos aún más que lo que podemos afirmar. La ideología agrarista fue la que dio las primeras metáforas para el descontento literario y el acervo de brotes de rebelión poética y social.
Sólo una percepción verbalizada, con frases muy especiales, quedó de aquellos años en que unos peninsulares que llegaron a Pepino, muchos con desencanto venenoso, vieron que su vida local no sería mejor que la de los negros. Sabían que a los nuevos propietarios en España «la tierra sólo les interesaba por la renta», siendo que la renta «les permitiría vivir cómodamente en la ciudad, dejando la explotación en manos de administradores y arrendatarios que tampoco tenían gran incentivo para producir más». 13
Arvelo Latorre dijo que rememorar la época de sus padres y abuelos, «los años del liberalismo» fue una cosa horrible y, si fue horrible aquí, en Pepino y en «esta islita de Dios» (sic.), ¿cómo sería en España? «que mis abuelos y mi padre decían que era una bendición vivir aquí». La política local se reducía a mortificar, con canciones y décimas, a los serafines. Denunciar los braguetazos «y todo se lloraba en la jalda, al pie de los alambiques».
Según la definición metafórica que Arvelo Latorre aportara, el serafín sería, no sólo el militar que cursaba sus estudios formales en la Milicia, sino «los partidarios de la reina», a la que se llamaba entonces «La Imposible Señora». El Ejército dominó la política, desde la primera Guerra Carlista.
Lo que se decía (lo que contaban sus abuelos a él) es que no se podía confiar en los liberales progresistas porque traían sus ideas de los países enemigos (Francia e Inglaterra): por ejemplo, el ateísmo o los ataques a la Iglesia. Para entonces como parte del querer mortificar, los campesinos competían por saber quién es más sicotudo, si los secos o los mojados, si el que recibió tierras y prebendas o el que las pedía. Por el motivo más frívolo, el que se definía como liberal era acusado de ateo o de hereje.
Por otra parte, el carlismo que se pretendía como la protección del orden tradicional y los sentimientos regionalistas de los españoles, cometía atropellos demasiado horrendos. «En España no se sabía quién quería derramar más sangre: si la gente del partido apostólico, o los ateos». 14
Según los testimonios de Arvelo, Prat y Rabell Rodríguez, con la excepción del Coronel De Riego (quien llegó a inspirar la fundación de un pueblo de la isla) y por causa de su cruel ejecución conmovió a todas las colonias, la casta de los liberales no interesaba a ninguno en el pueblo porque casi siempre eran serviles, arribistas y serafines. Sólo buscaban su propio provecho y los votos.
En sus Memorias de una guerra, que expone las reflexiones de Gutiérrez de la Concha, Marqués de La Habana, la historiadora S. Arnaut Bravo describe las diferencias personales y partidistas de los funcionarios que España enviara a las antillas en términos de la búsqueda «de fama y gloria», es decir, los funcionarios y capitanes generales se empeñaban en «extender sus ámbitos de poder dentro y fuera de la isla». 15
No otra cosa se pensaba de los gobernadores. Ninguno de ellos atendió los reclamos de tierra de la clase pobre y, como sucediera en España, aquí se promovió el latifundio, se persiguió a los esclavos y se explotó el fanático tradicionalismo del populacho. Aliado a las iglesias, cada gobernador tenía sus comitivas de recepción aseguradas. Viajaban a los pueblos y los únicos felices con las visitas eran los curas y las damitas de la burguesía cafetalera, rodeadas de beatas.
La justicia, siempre fue tardía. Y llegó un momento en que las gentes de Pepino no lo soportaron. De hecho, un deseo de justicia está expresado en las rimas de Las Golondrinas. El negro de la cueva, que representó ese descontento, es símbolo del misterio y desencanto de esa época que los pepinianos trataron de olvidar. Sin embargo, el vocabulario metafórico quedó, aún cuando ya las heridas se cerraron. ¿Qué se definía como braguetazo? una frase tan a flor de boca de Doña Dolores Prat... ¿qué fueron los piratas, empecinados y malcontentos? ¿los tarrajazos? ¿los cogutudos? ¿los serviles? ¿la república de ateos? ¿los secos y mojados? ¿los repartos? ¿los compontes? Ahí están esos códigos como un aporte; nuestros abuelos sabían mucho de los detalles de ese cuadro tan velado por la memoria colectiva.
Hasta aquí la idea de este ensayo ha sido dar unos pocos antecedentes del comienzo frontal, confrontativo, de las expresión literaria en Pepino. Esto ayudará a entender por qué se producirá una voz tan valiente como la de Luis Rodríguez Cabrero y un regreso a las décimas guerrilleras con el trovero Carmelo Cruz.
Sin embargo, antes de referirme estrictamente a lo que es literatura local, el corpus de sus mitos y metáforas, enfatizaré el hecho de que todo orden social se mantiene por el sistema de mitos y las ideologías que los interpreta. Unas ideologías son triunfadoras y se vuelven orgánicas; otras quedan más confusamente expresadas y desarticuladas. La ficción alegórica emana de la sociedad y algunos ecos de su estructura se legitiman y ayudan a reconstruir las ideologías olvidadas que han afectado a este pueblo. Algunos hombres se convierten en la encarnación simbólica de una ideología y su sistemas mitológicos relacionados.
Valiéndonos de esta coyuntura, pensemos, por ejemplo, ¿sería el Negro de la cueva de Las Golondrinas el protoerudito de la poesía en gestación? ¿Lo relevaría en la tarea Joaquín Barreiro, gallego, o Carmelo Cruz, asesinado el 4 de julio de 1904 frente a la Plaza de Recreo? ¿Qué tal Betances o De Riego, quienes para el gobierno español fueron piedras de escándalo y tropiezo? No fue así para la lógica del campesino pepiniano.
En algún momento, la posibilidad de dar a España una auténtica monarquía constitucional se vio cercana con el príncipe italiano Amadeo de Saboya; pero las disidencias dentro del liberalismo haría que él pasara casi desapercibido. Lo debilitaron dos fuerzas en la política liberal: el republicanismo federalista (Pi y Margall) y el republicanismo unitario (Emilio Castelar), partidario de una firme autoridad central ante el debilitamiento del Estado por los movimientos cantonalistas.
Un pepiniano de la época, Juan Hernández Arvizu, tuvo un conocimiento directo sobre ésto, la complejidad del movimiento cantonalista español y tenía la voluntad para compartirlo con nuestra comunidad. Desgraciadamente, lo hizo en el Casino de los españoles incondicionales y, siendo ya una personalidad demasiado atareada con sus compromisos en España, hacerlo en la plaza pública del Pepino le fue gravoso durante el régimen del Gobernador Palacios. Injustamente, cuando su nombre se propuso para que la plaza fuese bautizara, se lo objetó.
Aún así, quienes sabían sobre la importancia de ese aporte (por conocer que los nombres de la sociedad secreta La Mano Negra y, aún la de Las Siete Flautas adoptaban los modelos de las rebeliones anarquistas de España), defendieron el nombre de Hernández Arvizu; pero el nombre de Baldorioty de Castro, no siendo pepiniano, estuvo más referenciado sentimentalmente por su actividad abolicionista.
Después de la restauración de la monarquía en España y una guerra civil que echó abajo la Revolución Gloriosa, la Plaza Pública del Pepino adquiere una especial advocación. Esta se tiñó de la sangre de los patriotas de Lares y surgió el escenario agoral para repasar las lecciones que dejara la historia.
6. El cuartel militar: la antítesis de la Plaza
¿Cómo se percibe a los grandes señores de España en las colonias? ¿Qué retrato político se hará de ellos? Esto constituye un material de ricas alusividades que, con cada geografía y comunidad, dentro y fuera de España, varía y que, en la historia concreta de las colonias, surgirá con irónicos caracteres y su propia mitología.
En Pepino, Espartero, siendo liberal, constituyó una paradoja irónica. Con él se personifica a una celebridad metropolítica que, en la vida de las colonias, no se entiende ni se quiere ni se puede emular.
En el estudio sobre cómo se entienden las ideologías y a sus representantes, el esparterismo fue un desafío. En Pepino y en su acervo regionalista hubo y hay mucho sobre lo cual investigar. Sin duda, este fue un punto de partida hacia el surgimiento de la literatura folclórica y política porque produjo la copla como la expresión de sentimientos. Al fin y al cabo, la copla como vehículo expresivo en el anonimato fue el hito de literatura y de ideología para este pueblo.
Una gran cantidad de información surge al utilizar la historia oral como técnica para la adquisición de datos sobre el pasado y la paradoja subsecuente que muchas veces esta información trae. Doña Dolores Prat contaba que, en sus tiempo, cuando era niña, se educaba a toda niña para la obediencia y los padres utilizaban los cuentos de azora'o. O de azoro. Así, por ejemplo, para persuadirla a dejar sus juegos en el batey, protegiéndola del sereno y el frío de la noche, ya oscurecido el día, su madre u otros adultos le decían: «Súbete, nena, que no sea que te salga el Empecina'o».
Por mucho tiempo, ella creyó que esta exhortación fue uno más entre los cuentos que se utilizaban para inspirar entre niños su desazón, miedo y obediencia. Dándole atención a su madre, ella supo que la frase no fue tan inofensiva y vacua. El Empecinado fue un nombre que se popularizó para designar a Rafael del Riego, según dijo Eulalia Prat a su hija, mi relatora. Este hombre se atrevió a decir a su rey que, con todo y su esplendor real, era «torpe, incompetente, granuja». Creyeron que enviándosele a América sería como castigo. «Si aquí hubiese llegado, habría liberado las colonias que faltaban por liberar» (D. María L.Rodríguez Rabell). Del Riego sería el hombre que, con el rango de general, se sublevó contra Fernando VII en Cabezas de San Juan en 1820 y a quien, más tarde, la Santa Alianza entregó a las fuerzas del Rey. Sentenciado a muerte, el Empecinado fue arrastrado en un serón hasta el patíbulo y ahorcado en Madrid, el 7 de noviembre de 1823.
Hubo un tiempo cuando, por el rigor de la persecución a los simpatizantes del liberalismo político, el campesino aprendió a codificar con nuevas expresiones el contenido de sus creencias y sus acciones. Dar vivas a la Constitución de 1812 llevó a Del Riego a la muerte y habría sido una condena entre los puertorriqueños que lo imitaran. Según aprendió Dolores Prat, habría unos hombres (militares, por lo general) que «llegaron a la política no a servir al país, sino a servirse». Tales hombres suelen ser tarrajazos, desgracias para la patria. Mas, como lo inverso, están los empecinados.
... yo nunca sentí miedo cuando mi maíta Lala me decía el azoro del Empecina'o y, como yo, sabía que los empecinados están sellados, sufren y la gente antes de que mueran, ya saben que van a morir por el país y les pone un nombre cariñoso para que se lleven a la tumba lo mismo que a los vientos. Un nombre de Dios para que lejos de sus tumbas se diga, se recuerde, porque pueden que a ellos los desollen o los quemen vivos. Que no haya ni huesos que enterrar, ni ropas ni tarimacos. Si hay cadáver, si dejan llevarlo, bien... es lo que se entierra a escondidas; pero el nombre queda en todas las bocas, públicamente... Cuando se cantaban coplas contra los Cabrero y los Vélez del campo, los rebeldes se identificaban como simpatizantes por el significado que daban a 'empecinarse'... En esta creencia, se pensaba que un hombre es una entre dos cosas muy opuestas si va con armas portadas: empecinado o serafín. Y en ese tiempo, de mis abuelos y mi mare, decir soy un empecinado mandaba más valor que decir soy un serafín: Entrevista con D. Dolores Prat. 16
El paradigma de los serafines fue Baldomero Espartero. Había una diferencia muy grande entre los hombres de armas que eran auténticos liberales como Riego y aquellos que evitaban la mención del liberalismo, como si todo se tratara de jugar a los eufemismos, y no hablar la rudeza de la verdad. «Mi mare Lalita decía que, cuando se trata de hablar sobre la libertad, el país no se puede andar de tapadillo. No hay liberales dentro de la jiña. Si eres liberal de verdad, dáme señal de que te empecinaste». (D. Prat)
En España, Baldomero Espartero, el hijo de un carretero subió por peldaños de poder desde la edad de 15 años. Destacó en luchas contra los carlistas. Su victoria en la Batalla de Luchana (diciembre de 1836) y su intervención al final de la guerra en la Convención de Vergara), dieron una imagen heroica. O que como tal se difunde. Contrario al empecinado cuya heroicidad se matiza de tragedia y martirilogio, el serafín difunde y subraya su carácter de triunfador heroico. Lo que Espartero lograra le valió los títulos de Conde, Duque y príncipe de la Victoria y Pacificador de España.
Hubo quien tildara a sus ideas como progresistas. Sin embargo, la misma reina María Cristina, de quien él fue simpatizante y la defendió contra las pretensiones de Carlos M. Isidro de Borbón, prefirió renunciar a su regencia antes que aceptar el programa de reformas que Baldomero propuso. Si la reina no lo vio como un príncipe político, al parecer, los pepinianos menos.
Nadie les va a escribir poemas a un montón de bribones. Los serafines como Espartero, O'Donell y Narváez, terminan siendo escupidos por las reinas, a las que tanto defendieran. Tampoco para ellas se escribirá algo que salga del corazón. Toda esa gente quiere ser adorada y obedecida; prefieren ver la nación ensagrentada antes de irse para que un país, tenga o no progreso, al menos viva en paz. Nunca se van ni la reina y su corte con las manos vacías porque vivir como reina y dándoles de comer y vestir a los serafines es bordar en filigranas un cuento de nunca acabar: Sí. Se van pero se lo roban todo: Entrevista con Dolores Prat
Mis exprofesores Germán Delgado Pasapera y la Dra. Loida Figueroa fueron quienes agudizaron mi conciencia en torno a las consecuencias que tuvo la regencia de Espartero en la vida histórica puertorriqueña. La actitud ante el progreso, que sirve de sustrato al folclor tardío (neocriollismo), absorbida críticamente y sujeta al testimonio versificado, el acervo de coplas de los pepinianos, concierne por ser un reflejo de la actitud ante los cambios de la superestructura y la infraestructura del pueblo en distintos períodos. También porque expresan las ideologías subliminales y diluídas de ese periodo. Es obvio que la regencia de Espartero y sus «blasfemias de(l) carretero», influyeron a una generación. Blasfemia del carretero fue una frase que pertenece al aporte memorante de la familia Prat y otros vecinos de Mirabales.
Esta familia identificaría el periodo (a partir de 1840) durante el cual Espartero encabezó la vida política de Madrid. Entendería que la reina María Cristina, desde Francia, desautorizaría su gabinete de ministros por la severidad con que él reaccionó a los moderados. La violencia innecesaria. «Cuando se mancha de sangre cada rincón de un país, cuando esa sangre sube al palacio donde la reina es todavía una niña, se mancha hasta su intimidad. Una provincia de gente sencilla no quisiera, no se vincula a nada de eso. Si no hay noticias de la reina, mucho mejor. Las reinas, símbolos de unidad y de virtud, son cuentos. Más bien, son manzanas de discodia... Hubo reinas en España, reinas para los generales. Los serafines se matan por ser un motivo decorativo en sus palacios, una memoria cortesana de la reina. Esta gente llena de títulos, aplaudida por otra gente que a sí misma se llama grande por la vistosidad de sus uniformes o vestidos, sólo puede hablar de sus crímenes». (D. Prat)
Todos los hombres de armas han sido como tarrajazos, desgracias inesperadas, tángana, en la visión que Prat ofrece. Y su testimonio fue compartido por muchas familias puertorriqueñas. Ante la pregunta: «¿Cuál pudo haber sido la razón de que sus ancestros viniesen de España a América?» muchos de mis entrevistados, o testimonio que he recibido por cartas, son conclusivos. 16
¿Por qué coincidieron con el júbilo que en España produjo la revuelta republicana de 1848 y con la idea de que el hijo del carretero nada sabía de política y que mucho lo que haciera lo revelaba impopular? Por medio de represiones, él acabó con los generales Concha y Diego de León en 1841. No obstante, él no pudo sobrevivir a los generales Ramón Narváez y Francisco Serrano.
Iniciada mi búsqueda de una reconstrucción conceptual del pasado, tal como es postulada por la conciencia memorante de los campesinos puertorriqueños (y pepinianos como los Vélez y Prat del Pepino, es significativo, pese a que Espartero y los gobernadores coloniales difundieron su imagen de Pacificador y hombre de grandeza en España), estos campesinos no se tragaron el cuento. Si idea fue que «ese hombre fue la tángana y tarde mal y nunca, mal lo pariera la mujer del carretero». (D. Dolores Prat)
Las razones para que ella pensara de este modo fueron fácilmente comprensibles. Lo fue para la mayoría del pueblo español, fuera y dentro de España.
A partir del siglo XVIII se hace más frecuente la petición de medidas amortizadoras a fin de poner a flote la Hacienda pública. Bajo el gobierno de Mendizábal se asomó el empeño que finalmente se promulgaría en 1855, poniéndose obligatoriamente en venta los bienes propios de los pueblos.
... Como si la gente no estuviera cansada de guerritas, cualquier pretexto servía para buscar dinero para hacer otras. Ya cuando se cansaron de pelear en las colonias, los ayacuchos y los realistas se iban a España a buscar glorias con la camarilla de Espartero o los políticos importantes. La soldadesca que anduvo sofocando revoluciones acá se volvía a España a buscar rangos porque se creó una Nueva Corte (nota del autor: se refiere al Estatuto Real del 10 de abril de 1834, durante el Gobierno de Martínez de la Rosa, con el que se creara un órgano legislativo bicameral constituído por una Cámara de Próceres y otra de procuradores) ... Ahí se formó Troya porque en la oratoria también se pelea y se tira a matar. Como esa gente quería sólo gloria y dinero para ellos, no importa si hablaran de progreso y de orden, daba igual. Se cambiaban de partido, se dividían, pero se sabía una cosa: moderados o progresistas a la hora del botín eran unas fieras y todas comían del mismo plato, empujándose unas a las otras, pero todas hartas de mala voluntad para el pobre. 17
En lo que se podía ver más comúnmente esta situación descrita, según D. Prat, fue en la actitud del clero de ese período que se volvía una caja de resonancia de la preocupación española ante la supresión de comunidades religiosas y el decreto de la desarmotización. «Eran los curas los que leían las gacetas y todo lo sabían, el chisme y lo santo, y no faltaba menos para que se pidiera pagar misa y orar para que no ocurriera». El hecho es que en la capillita de San Sebastián en los días de Espartero y de su Ministro José R. Rodil y Galloso se "pagó misas" porque la Iglesia, en todo lugar, siempre fue la primera en querer gozar de la inmunidad tributaria y, sobre todo, en todo lo posible, defendía ante la sucesión jurídica en ciernes la propiedad territorial adquirida.
La Santa Sede sancionó la desamortización eclesiástica y, después de la segunda guerra carlista, comprometió al gobierno de Bravo Murillo (de la década moderada que procedió a Espartero) a subvencionar el clero español como idemnización de los bienes eclesiásticos desamortizados. A la parroquia del Pepino, desde que fue posible por los ingresos, a los cura no les faltó bienes ni esclavos. Como clase, a fin de quedar bien ante las almas humildes y los propietarios, el clero no contribuyó a que se supiera, de un modo objetivo, sobre qué se trataban las corrientes de pensamiento (liberalismo vs. absolutismo) que estremecían a España y a sus colonias. .
En Puerto Rico, como en España, se hablaría sobre nuevas Constituciones (de 1812 y 1836, por ejemplo) «y nadie daba señas de saberlo, o acaso eran señas de que mejor sería no haberlo preguntado» (D. Prat).
Las equívocas políticas económicas (por ejemplo, las del Gobierno de Espartero y las del Conde de San Luis durante la regencia de Narváez) que se dictaron en España fueron significativas en el proceso migratorio a Puerto Rico de muchos peninsulares. Las guarniciones militares locales sienten el reclamo del oficialismo cuando hay conflictos graves en España. Los cambios constitucionales en España repercutían en Puerto Rico lo mismo que las grandes crisis económicas, siempre presagios de violentos enfrentamientos.
Cuando Espartero volvió de Inglaterra a hacerse cargo del gobierno (y esta vez es la reina Isabel II, quien se lo entregó de mala gana), nuevas leyes desamortizadoras son promulgadas. El descontento fue cada vez mayor y movimientos de carácter social cruzaron la vida española con violencia.
El último engendro ideológico surgido tras el descrédito del gobierno de Espartero, el bienio progresista (1854-1856), si se vale decirlo con ironía, fue la aparición de la Unión Liberal, que se mantuvo por cinco años en el poder con un programa entre liberal y progresista bajo la presidencia de Leopoldo O'Donell, ex-Capitán General de Cuba.
En Puerto Rico, el Gobernador Miguel de La Torre tenía la misión de evitar que la revolución independentista absorbiera las Antillas. A sólo dos años de su mandato, ya el movimiento libertador había emancipado a casi toda la América española y pugnaba por quitar a España sus remanentes más queridos, Cuba, Puerto Rico y Felipinas. Cuando el Gobernador De La Torre llegó supo sobre muchos aventureros y revoltosos que daban vivas a la República Boricua y con mano dura los castigó. Entre sus víctimas, hubo conspiradores de la aventura de Luis Du Coudray-Holstein de 1822 y de la sociedad secreta, de inspiración masónica y bolivariana, Soles y Rayos.
Pero, mientras los puertorriquenos tratan de comprender sobre qué cosa se trata ser liberal progresista y ser liberal moderado en España y, más tarde, de que se trataba la Unión Liberal de O'Donell, lo que es un absolutista y un represor fue claro.
Entender esta situación es importante, pues es el trasfondo mismo por el cual, al principio de este ensayo, dije que un poema de Aponte Feliciano que alude a Lares como el punto más alto de la conciencia y la ofrenda patria puertorriqueña ha sido progresivamente traicionado, hasta dejar al quehacer político sin gloria, pero, al mismo tiempo, al quehacer creativo y espiritual en una permanente búsqueda: la solicitud agónica.
Son muchos los detalles y datos necesarios para reconstruir el contexto de lo que fue y aún es el origen de nuestra literatura: las décimas anónimas y los pasquines. Algunos testimonios que obtuve por consulta sobre primer vestigio de literatura fue demeritante (e.g., María Luisa Rodríguez Rabell Vda. de Negrón y, con igual menosprecio, hay la alusión escrita de Bastide Chambort y Andrés Méndez Cabrero en su Boceto histórico del Pepino, 1923, quien debió conocer tales coplas y pasquines dado a que las calificó de «infames»), pero, no son tanto así para quienes las hicieron parte de su historia y para quienes conocen más intimamente el pedacito de relato y Soluto público que hay contextualizado en tales décimas o coplas de los pasquines de la Cueva del Negro.
Reconstruyamos ahora, hasta donde sea posible, el sentimiento político y moral, de una época que antecedió a la literatura pepiniana después de la ofrenda de Lares, o como dice Aponte Feliciano, consideremos el por qué de la tristeza que ha sido ver a ese pueblo «sin honor, sin laureles ni victorias». 18
... mucha gente dice que los vascos fincaron a este pueblo. Eso es una mentira. Lo que pasa es que el Pepinito en los tiempos en que mi mare vivió tenía dos caminitos, uno que iba a La Moca y uno que iba a Lares, que era donde los Toledo tenían sus tierritas (nota del autor: se refiere a las tierras, 15 cuerdas donadas por el pepiniano Juan Antonio de Toledo, que «por estar en un alto regular, los materiales a la mano, agua muy cerca y en medio del vecindario», se prefirieron ante que a la donación de Martin Medina). Entonces se fundó la capillita, después de mucho colectar para saldar la ofrenda de los vecinos y pagar al cura.
Entonces ni había llegado la cabrerada (i.e., los venezolanos). Los migrantes entraban por el Puerto de Rincón y o se mudaban de Añasco, como los La Xara, que se hicieron alcaldes, o López de Victoria, teniente de la alcaldía de aquí... y mi mare conocía a toda esa gente, porque le ofrecían macuquinos a los abuelos de mi mare para que él construyera una escuela por el camino de Añasco, con maderas de Las Marías, de Edelmiro... y no en Cidral... Para ese tiempo, los bergantines franceses venían con esclavos a la costa, había mucho temor y le compraban la carne a los Vélez que iban a Rincón, antes que se diera la temporada de sequía.
La primera gente que se vino a Pepinito no le tenía miedo a los gobernadores (nota del autor: se refiere a los que llegaron antes que Salvador Meléndez, quien rigió de 1809 a 1820), porque con el trueque con piratas podías vivir y cambiar viandas por telas y aperos; pero después la vida cambió mucho. Llegaron los gobernadores generales de paja y acusaban a todos de vagos, porque antes se comía cazando conejos y criando cerdos y vacas, era lo que se podía hacer para tener trueque con piratas. De eso era que vivían los abuelos de mi mare. 19
Según las memoria de D. Dolores Prat, a Manuel Prat, el barquero, le producía unas buenas rentas construir carrales para agua y vino con maderas de su finca, lo mismo que el hacer carretas. Paché Vélez y el hijo mayor de Manuel, Edelmiro, con los esclavos del primero, se dedicaron al negocio de las maderas «hasta que llegaron los vascos». Lo que sucedería después fue el auge del café, el arroz y el algodón, que fueron industrias que no tardarían en sufrir los embates del alza de aranceles y las políticas proteccionistas de López Ballasteros. 20
Durante la gobernación del Teniente General Miguel de la Torre, las políticas económicas sobre tarifas y fomento, así como el celo por los movimiento obreristas y por leyes sobre el trabajo y la esclavitud, adquieren un tinte represivo que intensificó aún más lo que había comenzado con Meléndez Bruna y el brigadier Juan Vasco y Pascual. De 1814 a 1820, los absolutistas españoles suprimieron la libertad de prensa, restablecieron la Inquisición y encarcelaron o desterraron a los más eminentes liberales y afrancesados.
El rey Fernando VII, quien había prometido, tras jurar a contragusto la Constitución Liberal de 1812, traicionó su propio manifiesto con la promesa de perdón general para los liberales como el Comandante Riego, Mina, Porlier, Lacy y Vidal, y todos los que estos sentimientos sentían, sea en las filas de los ejércitos o en los cargos civiles. En su lugar, instauró un nuevo régimen absolutista y se persiguió despiadamente a los liberales.
En Pepino había una clase hacendataria dividida en sus lealtades. Algunos de los catalanes que habían llegado sostenían los mismos sentimientos que, en Cataluña, se expresaron con las Revolta dels malcontents y ante un incidente sobre el envenamiento de langostinos, mismo que provocaría innumerables encarcelamientos. Por los relatos, en parte publicados en el libro citado de Rita Eulalia Prat de Bastide y su esposo Arsenio, mirabaleña residente en Barcelona, y las memorias de Dolores Prat sobre su madre, es posible reconstruir unos contextos que dieron origen a nuestra literatura regional y a las ideologías pulsantes en el periodo del régimen español que fue de Meléndez Bruna al Mariscal Juan Prim i Prat, quien gobernó durante un año a Puerto Rico, desde diciembre de 1847 a diciembre de 1848.
Durante la administración de los gobernadores Miguel de La Torre y Juan Prim, Manuel Prat-Ayats, inmigrante catalán recién llegado, atestiguó que en los campos de Mirabales el vecino Francisco José Vélez (n. circa de 1777, f. 1845) e hijos había dejado establecida una institución que no le fue desconocida. En España fue conocida como miñones, campesinos armados al margen de la ley y, por lo general, institución utilizada durante las rogas de axuda. Esto hizo a esta familia, a él y sus hijos, una figura antipática para las autoridades locales, aunque nunca se produjo contra ellos ni sus peones, los miñones arresto alguno, aunque sí algunas y sucesivas quejas. Ninguna autoridad tuvo la valentía de enfrentar a este hombre ni a Manuel Prat, a quien la idea de armar peones y utilizarlos en la defensa de las fincas catalanas le pareció una buena idea contra robos y delincuencia. Las juntas por ayuda mutua, vecinos convocados a tal efecto, habían sido populares y adecuadas para defender la propiedad y las familias durante una etapa que se vivió en Catalunya, la Revolta dels malcontents de 1827 y las guerras carlistas.
El dirigente de los rebeldes descontentos en Cataluña, Josep Bussons, fue ejecutado en 1828. Manuel Prat tenía sentimientos ambivalentes respecto a este hombre; posiblemente, por residir en Puerto Rico, él no pudo comprender su causa sino referencialmente; pero sobre ese año de 1828 sí conoció que Cataluña estuvo siendo sujeta a una represión indiscriminada. El escuchó a muchos catalanes de Pepino que se quejaban sobre el hecho. Para 1832, cuando se instaló la fábrica El Vapor en Barcelona, su incendio posterior y el capitán general que fuera para él un nombre conocido, M. de Llauder, su interés por Cataluña creció y las guerras carlistas que estallaron en su tierra un año después fueron los temas obsesivos que le conocieron los vecinos que lo visitaban en su casa, porque cuando a él le daba por beber, o por referir los asuntos de su nostalgia, hablaba sobre política y no le importaba con quien.
Sin embargo, desde la división de Cataluña en provincias, el alzamiento carlista en Lluçanés, la necesidad de libertad de industria, la quema de conventos, las amortizaciones de Mendizábal, la deportación de dirigentes progresistas a las Canarias, el fusilamiento de la madre de un militar carlista, Ramón Cabrera, la constitución de una Junta Gubernativa carlista en Borredá y los posteriores traslados de la Junta a Solsona y Berga, Manual Prat y sus contertulios, su familia y sus hijos, le comprendieron mejor cuando justificaba las rogas de axuda y el consell de riepto, que era la misma junta de vecinos, pero ya utilizada como un modo de desautorizar las decisiones de los Comisarios de Barrio y las autoridades de milicias que enviaban los ayuntamientos españoles, especialmente cuando venían como emisarios de la cabrerada, o los vascos.
Manuel Prat y Paché Vélez, en Mirabales, dieron una cierta coherencia a una ideología que, en cierto sentido, fue amplia y multifacética. Miguel Tomás Laurnaga Sagardía, autor de Memorias (1913), la llamó «la idea de los malcontentos del Pepino», o la «corriente de los catalanistas de Mirabales», «la del Viejo Paché y Edelmiro» 21
Con la llegada de inmigrantes acogidos a los beneficios de la Real Cédula de Gracias, la economía prosperó, la población creció y el conservadurismo político también. Los gérmenes del carlismo son las partidas armadas, azuzadas por Carlos María Isidro el hermano del rey Fernando VII. A la muerte de este último, en 1833, el liberal español tendía a alinearse con la Reina regente María Cristina de Borbón; los absolutistas con Carlos María.
Obligado por los generales Serrano, Prim y Narvaez, Espartero huyó a Inglaterra en 1843, creándose una década moderada; pero su fantasma seguirá presente.
7. El río, el paisaje, la Plaza y los mitos del progreso
En este ensayo, ofrezco un marco teórico amplio para el estudio de las tradiciones populares, la añoranza del paisaje y las gentes que las han representado. Desde la perspectiva del mito y el folclor, es posible abocarse a la investigación de momentos que, como señala Campbell, nos entregan la canción del Universo |