Cuentos y Leyendas histórico-eróticas
de Carlos López Dzur
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Obra Literaria
de Carlos López Dzur

Los tipos folclóricos del Pepino y la cultura popular e histórica

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Tipos folclóricos

Indice

Indice 2

Plegaria amarga del inmigrante

El hombre extendido

Reseña del libro «El hombre extendido», por David Páez

Presentación

Poemas

La aprehensión metafísica

El perro inquisidor

El ser como época

Melpómene y sus aprendizajes

Proclamación del reino

El deseo inmortal

Frustración homicida

El crimen

Megillah

Anrología Breve / Heideggerianas

Prosopopeya del Juicio Final

Filigranas / Hebe

San Sebastián

Bandera de San Sebastián

Parroquia

Bibliografía

Crucito

El guabá

El filósofo machista

Unión - Yaj

Detalles de amor y deseo

Infernalis Locatio

Transfiguración en Nueva York">

El hombre extendido (1)

Behaviorismo

Lamentaciones de Agar

A Jan Huss

El amor existe

El diosito

Testimonio de la separación

La fruta saboreada

Los poetas

Ondas / Vibras

El mercader

Lot y el esquizoide

El hombre que hablaba solo

El reportero y la diva

Las goteras

El muerto

Enlaces

Reseña de «El hombre extendido», de David Páez

Antología (1)

Antología(2)

Antología (3)

Antología (4)

Antología (5)

Antología (6)

Antología (7)

Antología (8)

Del Unionismo al Anexionismo

Libro de la guerra (1)

Libro de la guerra (2)

Libro de la guerra (3)

Libro de la guerra (4)

Libro de la guerra (5)

Poemas a Afganistán

Poemas a Afganistán (2)

Padre Nuestro

# 113 / Oir es (EHE)

El regreso del héroe

Oyéndola / de Tantralia

# 112 / Te fundaré los ojos (EHE)

# 114 / Por algo hice la córnea (EHE)

# 118 / La madre (EHE)

Yo sé que los ríos cantan

# 120 / A Mercedes Carreño (EHE)

# 102 / Voy a crear al hombre (EHE)

# 104 / Fabricaré a la mujer (EHE)

# 107 / El amor vibrante de las cosas (EHE)

# 108 / El tímpano (EHE)

# 109 / Nada está en silencio (EHE)

# 110 / La escalera vestibular (EHE)

Voy a crear al hombre

A los POWs

Los condecorados

La caída

Las hienas

Los taimados

Diga yo

La guerra

Terrorismo (2)

Los obedientes

Los lobos

Los días

Frags. del 17 al 21

Texto #49

Fisiología de la excitación

La deuda (EHE)

Para meditar al ser / De Heideggerianas

Blandón indefinible / de Tantralia

Yo no sé que es hermosura

¡Me gustas cómo te mueves! (1)

# 58 (EHE)

¡Me gustas cómo te mueves! (2)

Soy tu amante (1)

El regreso del héroe

Amor In Mundus (2)

Homenaje a Pan

Privacidad (1)

Privacidad (2)

A unos ojos (112 al 115)

A las madres
de El Hombre Extendido

Fluidez del canto...

Los filósofos del agua

Todos los poetas son judíos

Nihilismo nocturno

Ritmo

La playa

La playa es mi resurrección

Como sátiro entre limos

Y no se cansó jamás

Lo irremisible

Esta gloria cavernaria

Biografía / Críticas

San Sebastián del Pepino: Convocatoria al estudio de su historia

Cartas

Monografía 1

El poeta vendido

Poetas y narradores de San Sebastián del Pepino

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Carlos López Dzur

Cuentos


Memoria del ultraje de Floris


¿Qué maldad hay si digo que soy una flor, cualquiera sea? ¡Una angiosperma! ¿Unos rosales? ¿Unas sinandras o un mirto? ¿Qué orden me hará menos si mi piel es un coro de pétalos o una voz con la ausencia de oyentes porque estoy en los rubiales, casi desconocida, o en una charca de asechos como las lilifloras?

¡En el ovario, tengo aromas y siempre busco el sol y sus manos acariciadoras! Y danzo porque mi sueño es dicotiledóneo y quiero dividirme y bendecir las penumbras y escuchar su abrazo, desde algún movimiento de sol o geotropismo...

El recuerdo es doloroso. Grito brutal. Duele en mi memoria y nadie quiere que recuerde y cunda mi pánico y sea vergüenza y acusación para todos aquellos que dijeron: Bájate los carpelos. Posa en este cartel de la agresión. Házte objeto quieto, mustio, clavada en la maceta, pieza de mis maquinarias, cómplice de los mercados, hija del tráfico de carnes y vidas...

Lamento, con terror, y nadie quiere oír la historia del androceo y la frase procaz con que dijera, con voz zigomorfa: Ha llegado tu hora. cuando entonces tuve yo mi estigma sin manchas y quedé, sin desearlo, llena de manchas y estigmas!

Entre las angiospermas, Floris Virginal fue mi nombre. ¿Qué pude haber sido yo en la garulla de esa multitud de la llovizna que nos cubre; qué pude ser yo (si no algo inocuo, indefensa estrella de una espora) de cara al sol que fue testigo cuando abrí mis vasos, sedienta de ramas, y recibí el agua pura y un rayo luminoso? Que alguien bendijera mis cimientos quise y, por tal razón, junté mis manos y fabriqué un recipiente. Cobijaría un espacio y su semilla, hilaría un nexo con la viveza de las bendiciones: quería servir a lo que es una mirada, una manifestada plenitud de lo posible. ¡Quería ser nido y alimentar a polluelos!

No soy sustancia etérea, heraclitiana; yo soy el vaso, el recipiente femenino, la realidad, no la pirueta vaga de lo vivo; el esplendor de los colores soy, las suaves urgencias que claman por el barro, la apofánsis del ser que late en humedades y clama por su amparo y ser amparo. Y de las azancas escondidas broté, olorosamente, y con un deseo de empujar los colores de tez blanca, amarilla o negra, quise ser humana y tener el talle alto de mi mujerío y el bohordo espigado, con terminales de pétalos y labios por una boca con rojo vivo. ¡Eso aún soy y he querido serlo! y no lo han agradecido quienes gritan cuando yo callo, o comienzo a llorar, o no junto las fuerzas, para desafiar a esas manos inmensas, rudas, sangrientas, que pegan en mi rostro y me deshojan.

¡Me queda la sed de ser! ¡Ser para otros! ¡Y mi llanto es frágil y duro es mi dolor! Tengo manchas y estigmas y mi pasado delata demasiado ultraje a mi derredor. Se deshoja mi belleza si ninguno cuida de mí dulcemente... ni riega este pequeño espacio donde estoy y se anhela una alborada mejor desde el huincul terregoso donde me han clavado, a contra gusto. Yo me dispersaría por voluntad del viento lejos de los androceos.

No sé si vendrá alguno, entre quienes aún no he conocido a querer lo que soy y, si entre quienes conozco, se ofrendar un amor arrepentido, menos torvo o violento.

Aquí, lejos del vergel, a la Venus de Calipigia, con sus nalgas y pechos de piedra, adefesios de porcelanas, se pondera más que mi raíz que tiene carne viva y presencia de grana. ¡Pero también este llanto profundo! ¿Hay alguno que vea en mí a la flor, la ninfa casta que anhelara ser, siendo en cada instante, y que metida en tiesto y calabacín de esclavitud terminara?

El Androceo, vestido de jabarda y duro ipil, marcó su sombra y mis pétalos temblaron. ¡Tiemblan todavía! Su estambre, como daga, se exhibiría ante mí. Un fullero desnudo de panículas, averrugado, con el color del ausubo y ¡qué voz y aliento de mala espina! ¡Qué piel de brácteas al quitarse la capa y mostrar las anteras, qué azoofílico mirar que no imaginará al amor, ni naciendo mil veces, pujado por la tierra... Si no mira lo que soy, si no entiende lo que fui, ¡maldita sea su enorme polla y el polen amargo de su brutalidad! No lo voy a querer. No lo querré a mi lado.

Yo vestía, acarpelada. Me cubrí con orugos y malezas. Camuflaje más protector me dieron las bestias de lo montes. Y aún los pájaros y los telares de una araña. Mi rubia tez, como azucena de los campos, amaneció y yo con más terror que toda cosa viva y, ante el espejo de la luz solar, que dio mi fotosíntesis, aún habría agradecido que se me ocultara de la brisa y la naciente mañana...

Como hembra, al fin, a solas conocí mi pistilo y supe que mis ovarios carpeludos olerán a fleromas con los días y sus ciclos de caducidad y abundancia.Y que las gotas de rocío me delatarán al amanecer, quizás un poco menos que las guajanas livianas, alborotadoras en la selva tropicalosa donde vivo. Hasta ese entonces, ningún estambre, por más que lo pidiera, en hambre de echarse sobre el tálamo y chupar mi receptáculo en la noche, pudo lo que quiso, aunque yo hasta el sépalo quisiera. Espera un poco más, dije porque, sépanlo: virgen soy hasta el cáliz de mis lamentos, y el sol si me besa las mejillas, me entretiene y los verticilos de mi inocencia se glorían. Es tan bello vivir para los soles.

Casta para el sol sería hasta el periantío. ¡Y qué poco sol, qué poca madre, el que hurtara a la luna vino y me sujetó con su fuerza, como ladrón en la noche! ¡Y quema mucho, falsa radiancia con falso sol en grumos de golpes bajos y violencia! ¿Por qué ojetes, saltando entre otras hojas, se avalanzó sobre tersuras que, aún no son llamadas a la oxitocina? Se atravesó como mutilador, daga en mano. Citó la tocineta y se dio banquete ¡ay! conmigo. Los androceos como lilifloras y se jactan. ¡Cobardes!

Avanzó como flor de la maravilla, lobo vestido de cordero y autosuficiencia. ¡Atracador, injusto! Todo lo que antojé le dije. Su iridáceo ornato no le dio derecho a brincar sobre mis pétalos. Cruel simiente, ¿quién le dio consentimiento? Se equivocó como oreja hongosa, sordo a mis súplicas. Se pegó, con su rugosa madrépora y chinga madre. <í>¡Me has ofendido! Que se vaya, entonces, con su troncosa estirpe hasta guayabo y se divierta, pero no conmigo y malhaya sea la pútrida pepa que lo germinó.

¡Por eso, pues ni lo quise ni lo quiero!

¡Quítate el carpelo!, ordenó como si fácil me gustara echar mis pantaletas a rodar al viento, o mecerme en las valvas de su verde ramaje. Ni entre colmeneros escuché tal maña autoritaria, ese dar en la flor como en cueros de tambores, golpear, seducirme, ultrajarme.

¿Qué tanto cuesta respetar mi primavera? ¿Vive él como gandaya, a floralis ludi?

Calla, malandro, helecho con cara de poliandro, que soy doncella de la corola al periantío, porfié. El contestó:

¡Cuatro pólenes me importa, cuatro flautas!

Se agarró el estambre como quien empuña su bayoneta calada en la oscura senda del deseo y escupió su manotazo pegajoso hasta salpicar mis pétalos.

No te escaparás, coralita.

Para entregar sus anteras, a palos de cundango, él me cosquilleó el tallo. Echaría mi falda abajo. A causa de sus juegos de lúbricas truhanerías y movimientos, me ví levitada y a su alcance. ¿Qué pude hacer si fijada a raíz estuve y el céfiro se escondió en una nube y por el vuelo doliente del ramaje, me ví tan indefensa y vulnerable. Hasta para la rudas manos del jardinero, me traicionaba en la soledad de la encerrona y su esquinazo en la penumbra.

A veces, a una flor, el vendaval, su ventolera, la revuelca y erosiona, desde adentro con minas de luna, y perdonas. Un escuadrón obrero de abispillas es mucho más que la energía que guardas. Así sucedió. Una abejota gorda y muy maníaca, se armó de su aguijón a cierta altura de mi penacho. Y me llenó de miedo. Hasta mí bajó un gusano hosco y chupó un sorbo de mi alma y lanzó una granada desde el aire. Todavía no comprendo... ¡Ay, el picorcillo que dejan sus mordidas, ¡ay! son granujadas de lujuria, pero digo yo, viva sea la misericordia: ¡cómo se chupa la dulzura de mis hojas, pero yo soy una rosa ¡y no se respetaron mis besos!

Con traición, el androceo, aprovechador de soledades inoportunas, no escuchó que pedí su piedad. ¿A quién diré pues: espera? Falomafiosos me entregaron al tugurio y comedero. Se comportaron como una subclase de mogrollos. ¡Cuando una abeja te enciende la jalea y te deja apendejada en el orgasmo, cuídate, floris virginal, otro peor vendrá a alimentarse de tus loquios, al amparo de tramas seductivas.

Mi burlador observaría al pájaro que vuela y a la abeja que chupa. Por eso serán oídas como ¡palabras cochambrosas, más burdamente aprendidas de carracas, gestos imitados de otros bichos cantarines, tardíos zumbidos en colmenas, que te echan al oído!

Cuando brincó a mis sépalos ya él sabía cómo quitarme los carpelos, sin más consentimiento que mi llanto y cómo hundir sus dientes donde más comezón el aguijón nos deja. Se frotaba a mi corola para comunicar su bestia pentacíclica y llegarme a la vena del deseo.

Su lengua fue convicente, no porque lo que dijo, no... ¡por lo que engendra en mi tubo estiloidal, por escozores que impuso a los mórbidos intersticios vegetales! ¡Qué aberrantes estímulos, qué vergüenza colada, donde ya sólo queda por opción derrarmarse!

El androceo se meció geotrópicamente, encimado donde no fue llamado y, para sorpresa mía, no quedé satisfecha, con el ritmo estambrizado! Despatarrada para él, ¿qué cuentan mis lágrimas verduzcas, o de qué vale maldecir el gineceo, o querer venas abiertas para que salga leche blanca de los tallos? Ya, con granizos despojados del estambre, o con anteros quebrados en los saltos del polen, que caiga lo demás sobre ese tálamo, que descosa el pico mi agujero y el cáliz de la ira ofrezca señal de Gran Tribulación. Que venga el Cristo Verga entre las flores... ¡ay, la carga masculina de vida fecundante, ay, babosas estrellas del ovario, ay, el ojo sorprendido, ante gérmenes futuros de llanto! ¡Ay, del último ay, la Gran Tijera del Jardinero humano, ay tribu, mi ovación!

Me cuento entre las flores caídas y burladas. Un jardinero trajo las pinzas, tijeras de afilada certidumbre. Me observó inmensamente frío, perdida, aún joven y abandonada. Y con gozo homicida, al saberme abierta y seducida, como patas de lagarto bocarriba, me lavó no por piedad. La cochambre del canijo fue evidencia. Esta es puta también; se abre, se derrama, así pensaría. Como dios que trafica con culantro y forja yerbabuena con la ruda y, cuando hierve el llantén y siega el anamú, me vendería.

El androceo se quedó allí, viéndolo todo, borrachito de amor por causa de mi tala. Si me vio, no me conoce. Que me lleven a la múcara, a la muerte, a los herbarios. Habrá otra flor, sobre la cual saltar como una rana, cuando se reponga de haber seducido mi dulce y núbil silueta de azucena.

¡Mírame, androceo, arrebol en cada pétalo, vibrátil cada miguita de célula, mírame en deshonra de plenitud, putalizada para el corte final del que te imita! Soy un cacalote de tenues tejidos, harapito hecho lisonja del diseño de siglos, Ceres que suelta el mirlo para hablar de la vida hecha jazmín y rosa y gardenia e hibisco rojo: lindas flores para el placer humano.

La mano que me arranca de la tierra es otra bruta mano. Y tiene un tiesto en la esquina. Durante días cacrecos de ventana, en la casa de las cosas y las gentes, yo seré un adorno, objeto en calobiótica regularidad de porcelana. Yo seré lo único verde, vivo, oloroso y sencillo, como la puerca caída del polen, o las feces negruzcas de los pajaritos.

Me marchitaré a solas. Ya no soy niña. A los capullos, los devas, húmedos y oscuros diablillos del rocío, los protegen. ¿A mí... quién cuando más bella soy para el que espía? Sin embargo, a la luz de ojos ciegos, indiferentes y mezquinos, me sacaron... y, en despedida del jardín que me cuidara, el androceo, tú, maldito, me quitaste las querencias de mis ramas...

¡Estoy triste, violada de vida, como puta en su maceta de frazadas, cazada a tijerazos para enormes palacios! Te recuerdo, androceo, y me das pena y siento odio. Me díste el primer tijerazo, sin tijera. Entre los míos me humillaste; te saludo. Escupo mi despedida con pánico... ¡Ojalá te seques o seas pisado como orujo y henazgo!

Pero yo fui casta y silvestre hasta el periantío. Hoy, a una lluvia de horas, desflorezco.

Miami, Florida: 13-5-1987

Carlos A. López Dzur

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