Dr. José Celso Barbosa
Por Carlos López Dzur
1. La desilusión y el discurso anarquista
En la primera parte de esta monografía, discutimos que, siendo Ministro de Gobernación en España, el orador liberal Nicolás María Rivero, el bandolerismo en Andalucía fue reprimido en 1870. El Ministro de Gracia y Justicia, con el gobierno de P. M. Sagasta, Vicente Romero Girón hizo lo mismo en 1883, sucedido por Aureliano Linares, entonces ex-liberal que dio una vuelta en redondo como diputado tras su alianza con el conservador Cánovas del Castillo. [1]
Un pepiniano fue fiscal durante los enjuiciamientos criminales relacionados a La Mano Negra: Juan Hernández Arvizu.
Una familia local de apellido Moreno [2] (que sabía la participación de Hernández como fiscal y la importancia del tema) lo invitó a disertar en el Casino sobre el tema y prendió una mecha de discordias que, en San Sebastián del Pepino, duraría un decenio.
¡Y la ironía del proceso represivo en España fue que los golpes más rudos contra las clases campesinas que clamaron por una organización bienhechora, mediante luchas activas y reinvindicadoras, los propinaron los políticos liberales! Se utilizaron funcionarios liberales criollos que, como en Pepino, se jactaron de sus aportes a la paz y el orden y ganaron el incrédulo desfavor de sus pueblos nativos en Ultramar. Entonces, hubo quien dijera como su crítica a Hernández Arvizu, «la Colonia no pide funcionarios, pide servilones, guabinas con sangre fría» (Prat, loc. cit.). El insospechado resultado fue que se utilizara la mención de La Mano Negra, aún proscrita por la boca de Hernández, Rivero y Romero Girón, para dar castigo a la España represora del campesinado andaluz.
El anarquismo en España fue revolucionario, no por el uso de la violencia que en si fue el recurso invocado por todas las clases (ya sea aquella que refugió sus intereses detrás del golpismo militar y los caprichos de las guerras civiles), o el clero y la burguesía; fue revolucionario, en el sentido de que las voces más elocuentes del anarquismo español y el republicanismo radical, en última instancia, no propusieron el reformismo y sus clamores, sino el reemplazo de la estructura social-política básica de aquella sociedad de caciques, misma que Cánovas del Castillo había perfeccionado como sistema político. Quienes se hicieron protagonistas colectivos, al arrancar el movimiento anarcocampesino y el cantonalismo, de viso radical, fue la clase más oprimida. Esto fue cierto en las colonias en el fin de siglo, aunque se dijera: «Esa gente pobrecita que, como niños van, a donde les llama cualquier agitador». [3]
Contrario al espontaneísmo exhibido en su organización en Pepino, hay que indicar que, en las agitaciones de Jerez de la Frontera y las influencias del movimiento cantonalista de 1873, se había ofrecido un discurso ideológico articulado como guía, al que se fue añadiendo una interpretación y motivación que no provino de improvisaciones, sino del contexto especializado de cada situación histórico-concreta y la fuerza moral importante que llevaba tras sí.
Uno de los líderes, Fermín Salvochea (1842-1907) se educó en Inglaterra; tenía formación y experiencia republicana y, antes de afiliarse al anarquismo, fue diputado de las Cortes Constituyentes de 1869 al 1871 y Alcalde de Cádiz. «No fueron bandoleros; rateros o camorristas, con caras pintadas, detrás de los cuales estaba un Vizconde... Simplemente, no fue así. Si con esos cuentos vino Juanito Arvizu (¿...?, sic.), me perdí de poco con no ir al Casino y escucharlo». [4]
En una novela de Blasco Ibañez, titulada La Bodega, el apóstol de los anarquista no es otro que Fermín Salvochea que «aunque se encontraba preso en Cádiz en el momento de la revuelta, fue sentenciado a doce años de trabajos forzados por complicidad en ella». [5]
Salvochea tradujo a Kropotkin al español, no los folletines de Ponson sobre Rocambole. Y, pese al idealismo liberal del Gobierno de Sagasta, Salmerón y Pí Margall, él concluyó que los campesinos y los pobres de las ciudades tienen el derecho ético y moral a la violencia, a su uso revolucionario, a dar un «fundamento racional a su probabilidad de aprovechar las posibilidades reales de la libertad y felicidad humanas», adecuando sus medios para alcanzar ese fin.
En este proceso, cuando la libertad se dispone a entrañar un cambio «e incluso una negación radical de la vida vigente», la violencia revolucionaria es una forma defensiva frente a la violencia contrarrevolucionaria, incluyendo «la función moral de la coersión, el poder coercitivo de la ley, ya sea que se sitúe por encima de la soberanía o que se identifique con esta última»). [6]
Para 1881, un periodo de clandestinidad de los anarquistas acabó, cuando el gobierno liberal de Sagasta subió al poder y aprobó una ley por la que se legalizaban los sindicatos y las organizaciones de la clase obrera. Los socialistas españoles aprovecharon esta ley para fundar su partido y los anarquistas para efectuar un Congreso en Barcelona de la que surgió una federación de pequeños sindicatos, con un programa estrictamente legal de propaganda y huelgas. Hubo la necesidad de la clandestinidad por la persecusión desatada entre 1868 y 1873 en Andalucía por la policía y la Guardia Civil. Había, en Andalucía, gran multitud de bandoleros; tan intensa que no era posible viajar sin escolta. [7]
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Notas bibliográficas
[1] A. J. Maestre, Orígenes, hechos, documentos del anarco-sindicalismo español (Madrid: Castellote, 1977); M. Molmaer & Pekmez, J., «Rural anarchism in Spain and the 1873 Cantonalist Revolution», en: Rural Protest: Peasant Movements and Social Change, editado por H. A. Landsberger (New York: Barnes and Noble, 1974).
[2] Según Pedro A. Echeandía, la familia y ancestros de Marcial Moreno Echevarría no se relaciona a la de los autonomistas y sediciosos Joaquín y Pascasio Moreno. En Pepino, a mediados del siglo XX, aún subsistía la Moreno y Jaunarena, Cía, establecimiento comercial de Marcial Moreno y Lorenzo Jaunarena.
[3] M. L. Rodríguez Rabell, loc cit.
[4] Entrevista con D. Dolores Prat, loc. cit. Ella se refiere al contenido de la conferencia del jurista Juan A. Hernández Arvizu, quien comparaba a Salvochea con el perverso Vizconde de Kerdez y a los campesinos rebeldes en los campos de Jerez de la Frontera con chicuelos y golfos de la calle. Doña Bisa Rodríguez Rabell confirmó que estas menciones aludidas por Prat pudieron darse debido a la afición de Hernández Arvizu por leer libros de Ponson du Terrail.
Este hecho es interesante porque los libros sobre las aventuras y delitos de Rocambole, escritos por Ponson du Terrail, con el título general Les exploits de Rocambole, fueron criticados por la burguesía española como anarquizantes y aún así, fueron leídos y distribuídos en versiones españolas durante ese tiempo.
Al final, como parte de las aventuras narradas, el personaje central se arrepiente de sus desmanes y, siendo así, Rocambole se convierte en un símbolo del paladín de los pobres y oprimidos; sólo que las clases poderosas jamás perdonarán al corruptor de quien fue simplemente un golfo.
Anotaré aquí que el primero en reaccionar contra las conferencias de Hernández Arvizu fue un disidente del Casino de San Sebastián (antes llamado el Centro Español o de los Incondicionales). Pascasio Morerón fundó, en 1883, el Casino de Pepino, con una tendencia más democrática. «Pascasio estuvo con el alzamiento», diría Echeandía Font. El primer centro, como el segundo, «siempre estuvo plagado de disgustos políticos y polarizaciones», agregó; pero, al menos, fue el espacio abierto para la discusión de ideas entre las clases cultas del pueblo del Pepino.
No se confunda este Pascasio Moreno con el fundador del Casino, Pascasio Morerón.
[5] César M. Lorenzo, Los anarquistas españoles y el poder, 1868-1969 (París: Ruedo Ibérico, 1977).
[6] Herbert Marcuse, Etica y revolución, en: Marcuse ante sus críticos (Editorial Grijalbo, S.A., México, D.F., 1970), ps. 16 y 17.
[7] Julián de Zugasti, Gobernador de Córdoba de 1870 a 1874, fue el responsable de la misión de suprimir el bandidaje y fue el inventor de la Ley de fugas. Es, además, autor del libro El bandolerismo (1878). Cf. T. Kaplan, The Anarchists of Andalusia, 1868-1903 (Princeton: Princeton University Press, 1977).
Continuación
PARTE I
12. España se fue de bruces
11. El trunco ajustciamiento de Soto Villanueva
10. Las veleidades de Soto Villanueva
9. Los juegos del gato y el ratón
8. La Proclama Miles y las esperanzas
7. El país en la incertidumbre
6. Revanchismo y confrontación
5. Una oportunidad de romper con el pasado
4. La guerra hispanoamericana
3. La simpatía por Cuba
2. Un tema ignorado y censurado
1. Introducción
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