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4. La Guerra Hispano-Americana de 1898

Después de culparse a España del hundimiento de USS Maine en la Bahía de La Habana y hacerse una declaración de guerra por parte de los EE.UU., en reunión celebrada en Madrid, se discutió sobre la situación y la capacidad española para vencer o salir vencida, si se materializara de facto la confrontación armada. Ese 23 de abril de 1898, el Comandante Pascual Cervera predijo la destrucción de su escuadra naval, ya que «no hay comparación entre los recursos con que cuenta España y los que EE.UU. tiene». [1]

Y el vaticinio se cumplió el 3 de julio de ese año.

La flota de Cervera entró a batalla con los buques de guerra estadounidense. Fue un desastre para España. Unos 350 marinos españoles murieron en el combate. Otras 160 tropas fueron heridas y 1,600 soldados españoles, con sus 70 oficiales, fueron tomados presos por las tropas norteamericanas, que sólo sufrieron una baja y seis heridos. [2]

El 11 de agosto de 1898, el Consejo de Ministros de España aceptó las condiciones de paz, bosquejadas por los EE.UU., casi unilateralmente. En resumen, España debía renunciar a la soberanía ejercida sobre Cuba, Puerto Rico y otras islas de la Indias Occidentales, traspasándolas a los EE.UU., y evacuar a los funcionarios de su régimen en cualquiera de sus colonias perdidas.

El mismo Blanco Erenas, quien había ordenado al Almirante Cervera su salida de la Bahía de Santiago y pelear, se sentiría insatisfecho; pero, como dijera, sería mejor para España «perder honorablemente en batalla que rendirse».

Al Duque de Almodóvar del Río, Juan M. Sánchez y Gutiérrez de Castro, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores de Sagasta, desde mayo de 1898, tocó la triste tarea de enmendar el golpe al orgullo y prestigio español que fue su exterminio como potencia colonial hegemónica en el Caribe. El fue uno de los plenipotenciarios que, en París, negociaría la paz con los EE.UU. y buscaría mejorar la posición diplomática de España. Militarmente, él tuvo muy poco espacio para defender los intereses españoles, sean cual fueren, porque ninguna colonia quiso seguir a la sombra de España, contrario al mito de la fidelidad puertorriqueña, antilla que en el discurso político colonial fue aludida a menudo como el epítome de fidelidad por la despedida que se les ofreció al último Gobernador español.

El 21 de noviembre de 1898, los negociadores estadounidenses presentaron el ultimátum (de una semana) para que se decidiera sobre la compra de las Filipinas por $20 millones de dólares. Al mismo tiempo se hacieron, otros reclamos sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y la anexión de la isla de Kusaie, en las Carolinas, así como sobre derechos de cables telegráficos y puertos en otras tierras, y de no haber respuesta, el riesgo sería el de encarar el reinicio de hostilidades. «Las inversiones americanas en Cuba alcanzaban 50 millones de dólares de entonces... y los EE.UU. intentaron imponer a España, antes de la guerra, un tratado comercial con Cuba que en la práctica era una anexión económica» (F. J. Díaz, op. cit.).

El Duque de Almodóvar recomendó la firma del tratado porque España no resistiría otra confrontación militar y arriesgaba mucho más en no hacerlo; pero, por igual, acusó la presión alemana por comprar las islas del Pacífico. «Del árbol caído, todos cortan leñas», dijo.

A sólo 8 días de Muñoz Rivera convertirse en el Jefe de Gabinete y Secretario de Estado bajo el gobierno autonómico, autorizado por Sagasta, Primer Ministro de España tras el asesinato de Cánovas del Castillo, una fuerza expedicionaria de los EE.UU. invadió la isla. Todavía para 1899, el comercio de Puerto Rico permanecía bloqueado. Desde el periódico El Teritorio por él funado, Muñoz Rivera se convierte en la voz de los terratenientes puertorriqueños que no podía exportar su producción ni a Europa ni a los EE.UU. [3]

En Puerto Rico, muy pocos entre los hombres críticos e insatisfechos del colonialismo español, creyeron que España perdía honorablemente en las batallas. Cada pueblo de la isla tuvo una experiencia particular de informarse sobre los hechos militares, especialmente, en los que se perdían vidas puertorriqueñas y una experiencia también única, pero sicológicamente determinada, sobre cómo educarse en cuanto a la situación que se avenía con el enfrentamiento de las potencias. [4]

Muchos políticos purtorriqueños impugnaron la voluntad de Muñoz Rivera de aliarse con el poder colonial, primero con España, donde pretendió ser el arquitecto del autonomismo, y luego con los EE.UU., a cuya ciudadanía nos alió con la Ley Jones.

Juzgar las relaciones de poder, en cuanto estructurales, no fue fácil. Tampoco lo fue evaluar el trato humano, entre contendientes, no ya de los personeros de España como metrópolis, sino también el comportamiento de sus civiles en los distintos estamentos de la sociedad.

Los parámetros a la mano funcionarían como ideologías e ideologemas (según el término, del teórico Fredric Jameson), quien sigue el lineamiento básico del filósofo social Antonio Gramsci al decir que los hombres toman consciencia de su posición social en el terreno de las ideologías y toda iniciativa histórica o reto ante la realidad cambiante, u opresiva, tiene un cometido que se formula ideológicamente y que consiste en cambiar las fases precedentes, hacer homogénea la cultura en un nivel superior al precedente. [5]

____________________

Notas bibliográficas

[1] La información sobre acciones y protocolos militares utilizados en este trabajo y que explicarán la cronología del proceso revolucionario en las Antillas y la represión española, así como las ofertas reformistas españolas, han sido extraída de las siguientes monografías y libros: Martínez de Velasco y Sánchez Mautero, La guerra de Cuba, Manual de Historia de España, tomo V (El siglo XIX), Historia 16 (1990), ps. 179, 491; Graham A. Cosmas, An Army for Empire: The United States Army in Spanish American War (Shippensburg, PA: White Mane Publishing Co., Inc., 1994); Louis A. Pérez, Jr., Cuba between Empires: 1878-1902 (University of Pittsburg Press, 1983); Carlos Serrano, Final de Imperio. España 1895-1898 (Madrid, 1984) y Sebastián Balfour, The End of Spanish Empire: 1898-1923 (London, 1997).

Nacido en Puerto Rico, el capitán Rivero Méndez fue el primer oficial del Ejército Español que ordenó abrir fuego contra el invasor estadounidense durante la guerra de 1898, lo que se hizo contra el crucero USS Yale, el 10 de mayo de 1898; Lidio Cruz Monclova, Historia de Puerto Rico. Siglo XIX (Editorial UPR, Río Piedras, 1969), quien al referirse al año 1898 dice: «Este es el último año de deshonra colonial y el primero de lo mismo». De Marisabel Bras, PhD, el ensayo colocado en la internet: The Changing of the Guard: Puerto Rico in 1898, en: lcweb.loc.gov/11/hispanic/1898/bras.num

[2] Richard F. Weingroff, Portrait of a General: General Roy Stone. Este estudio de las incidencias de la invasión se halla en la red: http://www.fhwa.dot,gov/infraestructura/stone.htm

Sobre incidencias de la Guerra Hispano Americana en Pepino, específicamente, véase: Antonio González Orona, Dios aprieta, pero no ahoga, en Puerto Rico Ilustrado (San Juan), 5 de marzo de 1949, ps. 14-25; Dr. J. Angel Franco Soto, Juan recuerda su pasado (San Juan, 1949), donde explica la rendición del Coronel Osés por las cercanías de la cuesta de La Maravilla, ps. 76, 208-209; José Padró Quiles, Luchas obreras (1950) y Cecilio R. Font Ríos, La familia Font en el Grito del Pepino (manuscrito inédito).

[3] Carmelo Rosario Natal, Puerto Rico y la crisis de la Guerra Hispano Americana (1989), Angel Rivero Méndez, Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico, cuya primera edición data de 1922; Victor H. Baske, Biografía de Luis Muñoz Rivera: Monografía (publicada en: http://home.coqui.net/monografias/munozrivera.html), ps. 1-8 y Perfil: Luis Muñoz Rivera, en: The Puerto Rico Herald, 9 de febrero de 2001.

[4] Francisco José Díaz y L. A. Gómez Muñoz, La política de Estados Unidos con España (1998); Joseph Smith, The Spanish-American War. Conflict in the Caribbean and the Pacific, 1895-1902 (London, 1996); Albert A. Nofi, The Spanish American War, 1898 (Conshohocken, PA: Combined Books, Inc., 1996).

[5] Antonio Gramsci, Introducción a la Filosofía de la praxis (Ediciones Península, Barcelona, 1972).

Continuación

3. La simpatía por Cuba
2. Un tema ignorado y censurado
1. Introducción
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