Prefacio / por Carlos López Dzur
Las Estéticas mostrencas y vitales forman el primer libro en que se avizora mi salto a la fe del hombre nuevo. Este salto no es posible sin la solicitud y el serse disponible al padre que, con el hacha en mano, nos llevará a la angustia, al monte Moriah, a lo oculto del paraje donde se ejecutará el sacrificio. El y su ofrenda son uno mismo, con disposición a descabezarse, a que se cercene su lonco como holocausto, uno y otro rodándose a flor de tierra. Claro está, la interpretación de este hecho vivencial no puede ser posible desde una anagogía o punto de vista religioso.
Ninguno de mis ejercicios creativos y poéticos exigieron tanto dolor ante mí mismo como este libro. Esta es una confrontación, poco sentimental, de uno (yo, el autor) y el Uno. Estos dos no pueden solicitar la casa propia, centro entitativo para el ser, sin antes repudiarse mediante la limpieza de las palabras, curarlas de las escorias y lastres que las permearon. Así es que se desbroza y desretoriza su discurso. Al final, habrá una catharsis porque quedó un desperdicio que ya no se reclama como propio. La falsa-cabeza, el lonco de la impropiedad, ya no son medusas en nuestro espejo ni pertenencias queridas o añoradas. El que se queda abandona al otro.
Estar en las cavernas, en cautividad, es mi símbolo para el desamparo, el lenguaje del desierto, que verbaliza y admite las ofertas y procuraciones que no son ya las propias, si no las de Don Nadie, aquel que no siendo el yo, en cada caso mío, representa a su antiguo cómplice. Uno que pudo haber sido yo/ nosotros, cuando fuimos viejos creyentes de lo sido.
De modo que este libro es deslinde, libertad, rechazo (el gran No) y el auténtico Deténte. La gente descabezada será todavía habitante de sus cavernas; los hijos de la risa sobrevivirán con la bendición del padre. Mi estética habla sobre el triunfo de la familia de Abram sobre las cavernas que él abandonó, cavernas que, en la teoría cognitiva, son los espejos de Medusa. Mi hablante poético, como Abraham, rechazó a Don Nadie y a sus hijos cavernarios.
En cuanto Estética, yo defino el término como la toma de responsabilidad por las palabras. Echar abajo el lonco inservible de las espectralidades ajenas, el lugar común y la publicidad, equivale a rechazar discursos y paradigmas que controlan la historia y el soluto con que nos nutrimos. Hay una necesidad moral y estética relacionada al uso del lenguaje como modo para el descubrimiento del mundo y del hombre de sí para sí, aunque se validara el ser-con-otros.
A todos nos pertenece el domicilio verdadero de la esencia. Si el lenguaje es el domicilio de la esencia, la casa del Ser, ¿qué experiencias revelarán al guardián de ese domicilio? El padre del poeta es el Guardián y él no quiere para sus hijos una Caverna, repleta de simulacros y difusa comprensibilidad, donde el prójimo se entretenga con el dominio (de cosas-palabras), como en el nominalismo y con el desamparo de lo original (el conocimiento) y su luminosidad.
Un libro como éste no es posible sin la idea de que un poeta es un clamante (Rufer, en el sentido heideggeriano); hombre que clama en la conciencia a sí mismo, no porque esté preparado o lo haya querido voluntariamente; el que clama se halla en el fondo del desasosiego y sobre el fundamento de un ser deudor original. Lo que cercena de sí el ser-deudor («Schuldigsein»), como Abraham / Carlos Abram en mi libro, es el ser-fundamento de un defecto. El hombre en las cuevas de Don Nadie se ajusta a la tranquilidad de la cueva y de su lenguaje familiar, consensual, sin comprender llamamiento alguno. No es fácil tomar el Hacha y distinguir el defecto que envilece y afea después de muchísima complicidad con los discursos ajenos y las estéticas que justifican al hombre bestial o la bestia mansa, dispuesta a ser corderillo de holocausto o mártir / suicida para las causas / nociones sin fundamentos.
La intención del poema Memorias de la caverna no es recontar el mito platónico ni el pasaje bíblico del Dios invisible (el vil Manotas) que pidiera a Abraham que sacrificara al hijo más amado y deseado sobre la pira de fuego. La intención es redefinir la hoz segadora, sacar el poder de ese instrumento con el que se puede separar la paja del grano, que es la palabra misma. Dejar que se exprese el Clamante.
En este holocausto de Memorias no se comete un crimen: el hijo a redimir es Carlos-Abram mismo y su lenguaje posible. Isaac fue amenazado por el hachazo amenazador en el monte Moriah; pero la aniquilación se detuvo (no por el amor de Jehová), sino porque la esencia del lenguaje no se agota. El lenguaje se convierte en el llamamiento del Hacha a salir del Decaer en el Uno de la muchedumbre.
¿Quién dijo el Deténte que salvara al hijo-poeta, al hijo de la risa, del Decaer en las oscuridades de la Cueva, sino el poeta mismo? Cuando el poeta obedece, no a la obligación civil o al Bien absoluto, es decir, a las autoridades subjetivo-metafísicas predefinidas por otros, se profiere el Deténte auténtico y la inmolación que angustia se convierte en dicha y esperanza. A quien duele el holocausto (y lo transforma en ofrenda canalla y caprichosa) es a los intolerantes, falsos consoladores, a explotadores de la fe ajena, a representantes de doctrinas ultramontanistas, integristas y nominalistas (Parte I: 6 y 9).
Este poema (Parte I) es avizoración de la existencia humana como superior a la del hombre-bestializado y, por tanto, criatura sagrada que debe ser protegida de quienes la animalizan, o domestican, para depredarla a su tiempo con mayor celeridad, convirtiéndola en mera materia prima para la explotación. En el poema #15, ya se visualiza «al hijo glorioso y deseado», por causa del deslinde realizado con el hacha divisoria, la hoz segadora, y la desautorización de los espejos mentirosos que son «tolvaneras cognitivas de lo impuro».
Como otros libros que he compartido por la internet (para quienes se interesarán en leer la evolución de este deslindamiento y cerciorarse de que no se cimenta en misticismo ni ascetismo alguno: Tantralia, Heideggerianas, etc.), el hablante lírico en Memorias se refiere a una mente que interactúa con el universo. Una interacción que debe ser activa y sustancial sin apoyar su auto-degradación. Los textos #17 al 27, escritos a mediados de 1990, describen al yo ético que irrumpe en trascendencia, pero que sabe decir el NO a los corruptores históricos: los invasores, opresores, inquisidores, el Estado y sus grupos sinarquistas, los explotadores de la mujer, predicadores de ascetismo e infrasexualidad, misoginia, xenofobia y misantropía. No soy apolítico; soy profundamente anticolonialista y, aunque las Estéticas de este libro no son la exposición concreta de mi pensamiento ante el caso / destino puertorriqueño, aquí hay asomos de esta preocupación mía.
La bestialización de la mente humana tiene una larga trayectoria doctrinaria. ¿Cómo no recordar (cf. #34) con asco cuando a Judá y a su compinche Hira se da aviso sobre Tamar, su nuera, embarazada y prostituída por el primero, y una vez se le acusa de ramera e infiel a su viudez, Judá responde: Sacadla y sea quemada? O, ¿el exterminio que ordenó Moisés a su medio-hermano en los campamentos una vez él regresó de las espesuras del Sinaí, con las Tablas de la Ley, y halló a un pueblo que bailaba alrededor del Becerro de Oro? ¿Cómo no recordar a fray Juan Garín, de Barcelona y su modo de ultrajar a su hermosa y desvalida sobrina, de once años edad, Riquelme (cf. #42), en cuyo honor se construyó la Catedral de Monserrat)?
Para cumplir con esta bestialización, cavernización de la conducta humana, siempre ha habido un marco institucionalizado por el lenguaje de los Don Nadie. Este marco o superestructura de dominio permitió el asesinato judicial de Sócrates y la tradición ultramontana de la antigua Roma imperial que, de paso, produjo el Código de Dioclesiano. Una pequeña minoría que, en mi poesía, es identificada con los sinaquistas, subyuga a las mayorías y las sujeta a la condición de ganado humano. Desde este marco institucionalizado, se busca no ya a deudores, sino a culpables con el fin de perpetuarlos en dolor y tinieblas.
En la historia de la civilización, la función a largo plazo de estas superestructuras y doctrinas es bloquear las palabras de libertad, la vocación sensible de solidaridad, embruteciendo más al que duerme en la conformidad con las sombras y penumbras de su casa-cueva humana, es decir, en complicidad del Uno / Yo público e inauténtico.
Todos los entes cavernarios viven extraviados y desconocidos de sí mismos. Ya el proyecto de su libertad y, aún del encuentro con sus conciencias deudoras, ha perdido las condiciones de su posibilidad, por lo que se oscurece la estructura existencial de su proyecto.
Nietzsche (cf. #47) es una voz interesante que no necesariamente yo asocio al sinarquismo. Su voluntad de poder es importante para decir el Deténte auténtico ante tanto «hartazgo de No-Ser y qualia hediente» por los sufridores voluntarios. No obstante, el habitante cavernario que sólo tiene su aparato perceptivo-sensorial biológico para reaccionar a un mundo externo y opresor es también una víctima de los manipuladores que, con el lenguaje, como los sofistas descarados de Grecia, han imbuído a las masas a que adquieran ideas erróneas y fatalismos cognitivos, como es la idea de que no hay una gloriosa manifestación de poderes noéticos, allende a la biología humana y su percepción sensorial, y que son mejor base que las pretendidas certezas sensoriales o los misticismos aberrantes, por ejemplo, el martinismo.
En común con los textos de Tantralia, este libro habla acerca del amor cósmico y colectivo. Los textos #30 al 33 son de solidaridad con el mestizaje griego y pueblos formados en lo que hoy es Anatolia, Africa; así el tema reincidirá en el texto #38, donde, por igual, yo expreso mi solidaridad con el pueblo kurdo.
A partir del texto #48, mi festejo a la naturaleza fenoménica y la creativa interacción de la mente humana con ella, con sus paradojas de percepción sensoria, pues obviamente hay un universo real, con principios físicos universales, se dispone con la metáfora de la Zorra, Madre-Tierra, la Bicha-Loba que nos lactara: «Grande como el cosmos es la dependencia nutricia y lo que la madre instruye» (c. #52, fechado el 3-2-1976), quizás el texto más antiguo que incluí en el poemario.
La Segunda Parte de Memorias, con el título Nos cayó la macacoa, es la explicitación sobre cómo operan las fuerzas antihumanas en la situación de finitud (Befindlichkeit) del hombre y cómo se desfiguran las posibilidades de acción, cuidado (Sorge) y de encuentro con la libertad. La zorra / loba que nos fue nutricia y lumen naturale se vuelve condena, falseamiento, y la estructura universal del hombre, ya no estará proyectada a lo real y al poder-ser ligado con otros seres.
Una auto-descripción de mi conciencia, escrita en diciembre de 1976, abrirá este discurso poético en torno a la desfiguración y metamorfosis del zorro / zorra y las refencialidades que, por causa del lenguaje cotidiano en constante uso, ya no media como revelación adecuada de mi ser-en-el-mundo. Ese lenguaje falsificador, oscuro y desgastado, se vuelve autoritario, pierde contacto con los existentes reales, así como con la zorra-alma-nutricia, raíz de la vida emocional, cognitiva y del sentido de la situación original.
Al lenguaje ordinario de la zorra, una vez creados los significados repetidos y desfigurados, se lo tratará como aquella porción de lonco que se tendrá que destajar de nuestra anatomía existencial. Ya en la Primera Parte, la llamé Matronaza (cf. #39) y la hice merecedora del primer hachazo; pero, en sucesivos poemas, en la Segunda Parte, es la peor changa y la maruga y, aún peor, la Gran Ramera (cf. #5).
II.
Lea las Partes I II del libro
Tercera

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