Breve antología de este libro
1.
Alguno, sí, burlonamente, dijo:
Es mudo, quizás tartamudea.
Tal vez no tiene dientes
... pero no es verdad:
los colmillos me abundan
y, por sed de sangre fresca, muerdo.
A veces me levanto con alguna tristeza
y me olvido de hablar ya, o no me gusta,
o prefiero hablar solo, o no escuchar a otros.
¿Para qué?
... si no dicen palabras que sean fértiles,
solares pedazos de lunas en mis olas,
latidos de verdes luces en los árboles,
urgencias comunicantes en los vientres.
¿Para qué, por qué y qué hablan?
... los que hieren y echar trompadas
quieren, con sus gestos groseros,
necios de memoria tan corta
por turbias emociones?
¿Para qué me detienen los apresurados
o me invocan los que siembran el ruido?
No les quiero a mi lado.
Ni les necesito.
2.
Existan sin mí, sigan viviendo...
sin que yo los escuche.
No les pediré nada ni les sirvo.
A las palabras que me guardo,
seguro que las olvidarán al segundo.
Con su actitud ya me apenan y afligen.
No les debo, por tanto, una sílaba.
En aras de humillar, sin motivo,
se quejan.
Mi bandera es libre
y flota a solas,
honestamente al viento.
3.
Sin hostilidad, yo sigo de largo.
Callo porque, en verdad, hay días
en que muero de pena por el mundo,
por ellos, los simpáticos,
padres, hijos, hermanos, dueños
y señores del habla cotidiana,
gregarísimos héroes
de medios comunicadores,
tan audibles que se meten en mi casa
sin quererlo por agujeros
de la radio, el cartel y los televisores.
Entonces, me aburren con sus chistes
y predicaciones, con alarmas solemnes,
con su falta de asombro
y su siempre-es-lo-mismo.
En cambio, dentro de mí, hablan
todas mis voces.
Me divierten, me espabilan
y, en insólita y mansa dicha,
descubro que les quiero, a los otros,
a los sordos que no me oyen.
Saberse así, tan mudo, es mejor
que escucharlos, es predecirles
con quieta plenitud
y, a pesar de todo,
quererlos.
23-9-1979
4.
No venga el mercader a robar
el secreto de esas dos piernas que son
los pilares del Templo de la Dicha.
No vengan las hachas a cortar de sus árboles
y dejar como escombros sus ramajes.
No suban a sus penachos, no derriben
sus nidos, sus cortezas, no entren
a su tronco ni vean sus venas
ni su savia caliente,
si no aman su raíz.
No venga nadie que no la necesite
a ofrecer más de lo que quiere.
No prometa las mentiras
que la muerte concede
como vida que le falta.
No vengan los más vivos que ella
a despreciar el árbol que ella vive,
el don de su olor propio, inefable,
exclusivo, mágico,
tan salvadoreño.
5.
La madrugada dentro de mí
ella la enciende
aunque sea oscura la noche sobre el mundo.
Con sus uñas, escarbó en mi tierra
y sacó un corazón, no florecido.
Su lengua como ápice se metió
en mi saliva y escribió sus serpientes.
Por eso tengo un nombre del origen
y participo de la Danza de Nut
y ella es el Cielo y la Nube que me cubre
y yo estoy bajo sus pechos, bebiéndola.
Con sudor de sus brazos, me enroscaré
en su geografía, resbalaré en su arcilla
y armaré la tersura con mis soles.
Ella es semilla y sol,
ritual de raíz y lluvia y, claro,
bailadora, frenesí geotrópico,
ova y valva, polen y útero.
6.
Ni modo que me crea el primero,
el único, el postrero, que madrugó
a saber que ella es un árbol de vida.
No soy el carpintero que techa su libertad
y la habita en un pequeño recuadro
y le hace jaulas ni soy el músico
que rimará sus cantos por vanidad
de reducirla a pentagrama.
No es musa que irrumpa, por encargo,
a la página alegre de mis existenciarios.
No es satanás erotizada, una culebra,
que ha salido del reino de lo oscuro
a fundar mi sexo con su sexo.
Ella es libre y por eso la quiero.
No es una diaria hostia consagrada al deseo;
pero acelera algún espacio de la noche
y es una llama y olor en carne viva
de lo desconocido y esplendor,
a veces ciego, pero siempre profundo.
7.
Grande como un carajal es mi pasado.
Leuda está como pan endurecido, la memoria.
Al rojo, viva, la extensión de mis años,
la esperanza que pasa y amor que la retuvo.
Soy la calle que observa el semáforo,
una oreja que al ruidajo se asoma.
Conozco la presencia, la zona del carácter
y el quejido, la pasión y el fracaso.
Lumbre no falta a mis costados.
Huesos me sobran, mojones que encartelan.
A pocos tramos, el neón ilumina, enardecido.
El cementerio está cercano y he llorado.
Sobre mí murmuran los cadáveres fríos.
Se ha sembrado la premura y el llanto.
¡Pero qué feliz he sido yo, por igual,
gracias a mi estómago de brea!
¡Mis banquetas se poblaron
con vivos caminantes!
¡Y yo, acostada, al placer complazco,
tan promiscua, tan amplia de pernichos!
Soy la panza gris del mundo,
sendas de Soluto, rumbo provento,
aunque no suba al Destino.
8.
Se vaga sobre mí, otros presurosos
se aceleran, cruzan, se disparan sobre ruedas.
Si bien se escupe, se ensucia el alma toda
de mi senda, las monedas perdidas
me persiguen, las valijas olvidan
sus esperas, secretos platicados
quedamente me deambulan, me cuentan.
Yo soy toda pupila, ojos abiertos,
solidarios y, en mi vientre recojo
las pisadas con gesto aguantador,
avizor, democrático;
soy casi siempre, buena compañía,
a pesar de zanjones a mi paso
y cloacas y adoquines mutilados.
9.
Leuda y salada, yo saludo la vida
sin alzar la cresta, humilde y pisoteada
me comparto, me gustan los zapatos
que desgastan su pena
con los pasos contados.
Yo comprendo a los viejos y a los niños
y al pan de bollo que trizan los pichones,
a los rencos, al basural
y al orín de los mendigos;
pero me gustan las faldas pequeñas,
las colegialas, las turistas, las damas
de la calle, con noches y mariposas.
Yo soy la Virgen Santa de la Calle.
En la esquina Del Cristo, una avenida
y siento doce leguas de aguas vivas
cuando bajo por el Puente de los Santos.
10.
Coches hay, con sus llantas gastadas,
corazones marchitos, chamuscados,
accidentes del ser, extravíos.
Unos dan saltos
y, por un chiscón del puente,
se suicidan, me citan entonces
por mi nombre en los diarios
y yo, consoladora soy, mal consolada.
Soy la calle en novedad y espanto.
La calle de los escribidores y el tráfico.
Escucho cuando hablan los que hablan.
Medito en los que callan
y se van por mis rumbos
y se empozan dentro de sus rincones
porque son chanclas viejas y abandono.
En alcohol, lavados, sin pernil
en sus bocas, sin fiambreras,
sin trincha, sin sabor de tabaco.
11.
Ayer se dijo aquí que de Biafra
vive el hambre y de Bosnia
la llama y la agonía
y de Gaza y Cisjordania
se alimenta el pánico.
Hablaban a mi oído un grupo de turistas.
Esa noche miraban a la plaza
en vísperas de San José.
Donde queman las fallas me detuve
a meditar sobre las cormas encendidas
y estaban allí, los bohemios,
los tristes de otras tierras, extranjeros.
Donde viviera fray Alfonso de Virnés,
el erasmista, se juntaron.
Yo, que ví elogiar otras locuras
y echar flores a chulapas de mi barrio
a fray Alfonso, me conmoví con ellos
y por ellos, triste, meditaba:
aún existen los perros de las gendarmerías.
12.
¡Ay, no hay piedad sobre esta perra calle
que es como mula de tacos y rodines!
La lluvia castiga en el invierno
y el sol arruga mis arepas hasta quemarlas.
El hollín cierra mis ojos
cuando más quiero ver o ser un faro.
Entre banquetas y pazos de acequiales,
un coche alucinaba, serpentino.
Derribó un poste, asaltó zonas
de mis recodos vírgenes.
La noche estuvo oscura y manejó un borracho.
Un muro de vigilia a todos estremece.
Han quebrado la sangre de un anciano
y el asesino corrió, cambió de rumbo,
avanzó impune por callejas
que no son para el tránsito.
13.
Unos que me amaron no volvieron.
Me olvidaron, menospreciaron
mi tez de corconera; yo envejezco
con herencias grises del Cantábrico
y la carne es vulnerable como hollejo.
Esta es piel de mis muros,
yo les digo, color de adoquines a sus pasos;
paredes que piden bendiciones de sus ojos,
faroles que hoy están obnubilados.
14.
Ganas tengo hoy, ayer
y ahorita mismo porque todo soy,
menos estéril, yo jalo a gusto
y no me canso.
Detrás de la brecha que me corta
porque pasa ya la Calle del Generalísimo,
doce leguas de Bajos Fondos he fundado.
Un barrio tengo con chalupas hermosas
que arrechan al feo y al bonitillo,
al coñete miserable y al espléndido,
a golfos que se inauguran en la folla,
al jilipolla, sin la cresta adoquinada.
Ganas tengo hoy, ayer
y mucha vida por semejanza
con el talle y silueta de mis curvas;
se tuerce mi camino al Seno de la Vírgen.
Consuelo de muchos bandoleros ha sido
ir, subir a mis altares, abrir los muslos
al mito de mi nombre.
Bajo un puente de mi rumbo
se han hallado colegialas de cortas hazalejas,
con las bragas vencidas y me salgo de ruta
y veo y me comparto, lito
con ellas y con ellos,
doy sombra y brañas y chumberas
y espanto al perro vomitero
que persigue al gato.
En el gordo maldecir de los gallegos,
son mis besos herencias de baturros,
tercos, nobles, cachondos,
ejemplares.
Virgen, mi nombre de misterio,
vieja sí, a veces, caliente,
siempre y hoy y ayer
y ahorita mismo,
fuera y dentro
de mi barrio.
Diciembre 1982 / Desde Barcelona
y Casdemiro, Galicia
15.
Cuando asigno a mis dedos su tarea
aquí, donde tengo el corazón
que sufre y canta, una letra yo dibujo
dulcemente, con emoción sincera
impregno la palabra.
Mi trazo debe ser intenso;
un rito de amor, con los primeros signos.
La tinta desbordarse, apasionada.
Lo hago de esta manera por 850 millones
de hermanos que no leen, analfabetos
que no han querido serlo.
Ellos no están exactamente
en tierra de abundancia
ni beben leche y miel.
No, todavía, en ese seno tan noble
del poema que acaricia una página,
falta algo más que una letra...
Este momento, si, compensa.
Soy aprendiz que emite voz
y dibuja su escrito.
Quiero leerles lo que tuve
escondido
largo tiempo.
Me escucharán, al fin.
Doy mi anticipo, mi pequeña ofrenda;
rompo el silencio, no por todos...
Por aquellos que jamás han leído
sobre el papel mi aliento,
mi corazón, mis palabras.
3-5-1980
16. / El pez ígneo
Como el pez que se desliza
en la sal de la corriente,
yo estoy preparado para la tarea
y pregunto
por el mineral más amargo de la piedra.
Yo soy la Roca que se abre
y el Soluto disperso, democratizado,
y entro a las grutas, por oscuras que sean,
con lengua de fuego y doy duras palabras
como profeta que salió del vientre del océano.
Como pez, nerviosamente dulce,
a ritmo de las aguas del riachuelo,
también soy el consuelo:
veo los cuerpos, flores primorosas y frágiles.
El ajetreo del alba me conmueve.
Entonces, auxiliar es mi oficio.
Más densidad hay en el fondo de la mar,
les aseguro... más violentas son las olas
en las superficies.
3-6-1990
17.
a Antonia Kozberg Cardona
Precisemos el síndrome de la mala conducta,
obseso-maniacona.
Hagamos el trabajo necesario
porque yo quiero la paz
y a Tonina, sin oprobio
¡bien librada!, con cero tolerancia.
La quiero sin su tropel de viejas quejas,
sin terquedad de cara larga.
Dulcemente desde el gyrus
cingulado la comprendo.
La adivino como dueña de mi clímax.
La actualizo en la buena fe de la vigilia.
Si quiere ser mi amiga que me cuente
su hondo abismo, su caída.
Que permita a mis manos
ir a rescatar sus alegrías.
Que se extienda hasta el alma,
que restaure su beso.
Entonces,
me deleitaré con su silueta de niña
porque soy más lobo y viejo y zorriento.
Entonces, crecerá mi ángel;
sepultaré los fracasos
que depredan mutuos pasos,
escondrijos saciados en lo oscuro.
¡Yo no llegué a su vida!
Ella llegó a la mía; infringió mi vereda.
Yo sólo dije: ¡Me encuentras!
... Seamos pues codueños
del cohabitar y cohabitados;
acordemos las paces, no seamos
rivales nunca más; complétame...
Serás Tonina, mujer, y amada
como amazona, aferrada al cingulum,
a la batalla sustancial, cerebro adentro.
2-4-1992
18.
En lecho de verbos truncos amanece mi día.
Los nervios se lo comen.
La ansiedad lo lastima.
Es que soy un diablo
temeroso de mi sombra,
a la que llamo Clomi
y un payaso de la noche, Pramina.
La guerra destruyó mis lóbulos frontales
(aunque tomara mil siglos el propósito,
atrios y rincones, evolución inútil).
Han tirado las puertas de mi cálido escondite
y la vulva es enjambre de vulpejas.
Yo pienso que el mundo desde entonces
es horrendo como ofrenda de sangre.
Por más víctimas regresa ese Lobo tremebundo
y su recelo de sal y encono no olvido;
sobra por su falta de dulzura.
Por eso clamo, clomipraminoide.
Mino en la madrugada el puerto sucio.
Con las balas que hacen prang discuto el día.
Salgo del sosiego y no me acuesto.
Me dejaron molesto y caprichudo como gato
que lame y muerde, onicofágico, sus pezuñas,
y huesos y el rabo y las collejas.
¡Y hasta que Clomi se irrumpa, providente,
no hallo paz! No. No puedo.
12-4-1992
19.
En el espacio abierto
de la historia y mi carne, temo.
El aire se prohíbe. El camino es espeso.
Es difícil amar al rival, Nerón,
que es el fantoche que atormenta.
Una huella que hiede en el camino
y grita el nombre oscuro del tormento
con su obscena presencia de verdugo.
No tuve yo palabra para el quite.
Era entonces manso y me avergüenzo.
EL invadió mis fronteras, todopoderoso.
Ni la identidad más mínima me deja.
Sus tambores de guerra son tremebundos.
¿Por qué acontecen los males al hombre bueno?
¿Por qué en su casa se matará a la caricia?
¡A los ángeles, yo también
los inventaba y quería!
Como amor que funda paz
en medio de molicie y fulgor
que da sus luces
en medio de tinieblas.
Cuando guisaba la sabrosura del canto
y benditos mis huesos yo creía,
mis labios sonrieron, no había pobreza
ni bostezo ni dolor ni perseguidos
ni cansancio ni tedio ni suicidio...
¡Pero llegaron Ellos, los canallas!
Todo ha cambiado desde entonces.
12-4-1992
20.
En esta guerrilla contra milicos
adictos al gesto retorcido
y al dióxido carbónico,
la compasión nos mira de reojo.
La Clomi nos sonríe desde la sombra
y el payaso de la noche nos inyecta
con zumbidos su gesto de mimo
mudo de Pramina.
Es que somos como perros y gatos
con este prang prang y viejas cuitas
y la noche y el día como bonzos
se benziman, se diazepan
se glucosan,
se suicidan.
12-4-1992
21.
Antes que yo me vuelva desamor,
o agresión o piedra de tropiezo,
yo voy por lejanía, me exilio.
Si no voy a dar la esperanza
por obsequio o a evocar por tí noblezas,
resensanchando tus límites,
no rondaré tu espacio, Vida,
no estorbaré tu sombra.
De muchos modos estarás diciendo: Véte,
no sé si queriendo crecer o reducirte
alimentada por tu solo aliento,
normas a tu gusto, sedes a tu tamaño.
22.
Es demasiado limpio, demasiado,
y sus ojos los tiene muy atentos.
Quiere ser felino desde el alma.
Aquí estoy, casi zorro y pantera,
casi gato, casi humano desde adentro.
Venzo a los perros seratónicos del mundo
cuando a la jauría, observo malcontento.
Mi día viene conmigo, cauteloso y temblando.
Y yo rompo almohadas de benzodiazepina.
El se esconde. Tiene miedo, igual que yo.
Es un vil animalejo, intramundano.
Espera la ráfaga del pánico sobre mi cama limpia
y en el sucio del asco, nos odiamos
por higiene de absolutos encumbrados
y la pira del temor y el orden y el reposo.
12-4-1992
23.
Ya comienzo a creer
que el mundo es una flecha
con tristeza, perpetuada,
y congal de mentiras
y una danza macabra
y una asfixia.
Antes la escoba a mis pies
iba cantando.
Un trapeador con el alba surgía.
No había lamentos entre nubes oscuras
y mis ojos apetecían el sol
y ver lluvias, alcoiris, estrellas...
Un estropajo quitaba los mocos a los tristes.
Limpiaba manos sucias, lavaba
la nostalgia, derrumbes de palabras
y de las contradicciones, despercudía la ira.
Aún parecen tan lejanos los comienzos.
Si la ansiedad se desploma así,
como hasta ahora,
tan suciamente, sin catharsis,
¡qué muerto estoy en vida, no lo quiero!
19-4-1992
24.
a Séneca
What an artist the world is losing in me!: Nero
Te lo ordeno:
¡Que te mueras, conspirador de Córdoba!
Posiblemente muriendo tú también yo muera.
Vamos a caminar la muerte juntos.
¡Convidémonos!
Que la sangre suba a nuestros labios.
Que el veneno vaya cerrando nuestros ojos.
Desoigamos la estridencia de la plebe,
la insensatez de infelices
como son Lucano, Cayo Calpurnio Piso
y tú, mi amado Séneca.
Con la muerte no hay ciudades en llamas.
No hay pan que falte a la boca del hambriento.
No hay gritos por los votos ni tribunas
ni aquellos que lamentan por costumbre
que viva o muera ésta y otra tiranía.
No hay emperadores ni turno de complot
ni una Roma de esclavos o patricios,
nobles y plebeyos se cancelan.
No hay religiones nuevas
ni ofensas a los dioses.
Nada viejo ni nuevo
se deplora.
Es verdad. Con la muerte
se salva todo lo llamado a perderse.
Un cadáver recompone el desquicio
si con él salta al abismo.
Con la muerte yo no tengo acusadores
ni acuso a mis vecinos; no persigo a cristianos
ni a judíos ni griegos intrigantes
me acosarán con desprecio,
como hicieran ya
Britanico y Cayo Calpurnio.
Con la muerte yo me amo y soy amado.
II.
¡Abrete las venas, Séneca!
Creo en los ríos ríos de tus grandes secretos,
en la savia de poemas, a escondidas escritos,
en elocuentes discursos que salpiquen mi rostro
y escupan mi nombre aún después de mi siglo.
El estoico que derrama su vida me enternece.
Creo en tus ojos agónicos,
dolorosamente cansados,
malditos por el desgaste,
benditos al ser tan compasivos.
El Imperio ha desorbitado mis ojos; los tuyos
son mi calma, parte de tus canciones;
¿qué memoria de lo bello te sustenta
más allá de la muerte dormida?
En el silencio que te desvela, yo creo.
Yo mismo soy una puerta de la muerte.
¡Déjame estar en silencio contigo!
III.
Rescataré de los cadáveres amados
el sueño desvanecido, el poder derribado,
la virtud incorrupta por ansias saturninas.
Cuando Saturno en los valles de Capitolina
tras la derrota de los Titanes
bajó de las colinas,
(a enseñar quizás el arte de las sombras)
a la guerra y la matanza
las declaró ilegales,
horrores ilegítimos;
el amor de Ops lo estaría cautivando.
Eso me pasa a mí, tú me cautivas.
La paz que tienes dentro, tu benigno fruto.
Hoy todo es guerra, amado amigo.
Intriga palaciega. Contra mí, Octavia
maldice, Británico conspira...
Lucio Dometio, el consentido de Agripina,
hasta de sí mismo teme y me extravía.
Somos fieras heridas;
Lucano no menciona mi grandeza.
Es sufrimiento heroico y tú,
mi tutor, filósofo de Córdoba,
sobre mí no meditas, te distancias.
¡Me has contagiado soledad y muerte!
¿Es tu mejor regalo a mí que te he querido?
Convídame otra vez, Lucio Anneo.
Escóndeme en tu sangre, bien nutrido,
bebe de la cicuta y vacía tus memorias
por las venas; yo chuparé de tu raíz
como vampiro; dáme alimento.
7-8-1983
25.
... the transforming of the universe by the individual perceiving
and suffering sensibility: Marcel Proust
El quisiera vivir toda la vida
para dar a los Abram de su comarca,
a los herederos del sol,
las manos de attar,
la esencia de las rosas.
El quisiera llevar los rayos de luna
a la tierra astral y vital de las sodomas,
pero no será de ese modo.
Lo besará la muerte.
Evitarán a golpe de traiciones
la bondad de todos los milagros.
Desde una cena, le tenderán una celada
con pan de levadura.
Y con vinagre, en vez de vino,
restregarán su boca.
Lo crucificará un paradigmático suicidio
en nombre de la Historia que maldice a sus poetas
y atropella a sus profetas más hambrientos.
El escuchó a Eliseo, temeroso de los siros,
y protegió a Ezequías contra Senaquerib.
El dio a Agur la moderación de sus deseos.
Estuvo en la paciencia de Job
y fue en la lealtad de Peniel para Jacob.
Al suplantador bendijo con una paradoja.
Premió a la viuda inoportuna por su perseverancia.
Fue carpintero entre los humildes
y pescador de almas perdidas
y pastor y zapatero y exorcisó
cada tipo de naufragio y limbo tenebroso.
... pero lo van a colgar entre ladrones
porque se atreve a llamarse a sí mismo
el Cristo, Hijo del Hombre,
Dios hecho carne, primogénito
de la creación, pan de vida.
El desafió a los escribas
y a los sabios autojustificados en santidad
les llamó sepulcros, ciegos de grandes ciencias,
baturros, chantajistas, cagatintas, embusteros.
El cambió los esquemas a los ortodoxos.
Por eso tendrá su última cena.
No volverá a comer del shabat de la alabanza
entre los vivos ni probará los vinos
la sustancia del deleite
con sufridos y golpeados.
No darán a que él pruebe ni sopas de lentejas.
Ni un mendrugo; antes le cortarían la lengua
o sacarían de cuajo sus dientes;
son capaces de hacerlo.
A su muerte se nombra el Escarmiento,
el Calvario, el Nuevo Orden protectivo
para que otros no se atrevan a imitarlo.
26.
Si usted quiere tener su última cena
o ser suicida, en sentido crístico y sublime,
si la fama y la prebenda
y la cuenta de banco y su prestigio en magazines,
muy citado, es lo de menos para usted,
si quiere su calvario,
sea sincero ante su apostolado.
¡Hable sin miedo!
Atrévase a ser el último antes que el primero.
El mundo está ya abarrotado con muchos
billies (grahams), jimmies swaggarts,
gente que inaugura a presidentes
y consultan a cada instante la venta de boletos,
el mundo está muy lleno de tembladores
y mayorías morales, virtud acartonada,
ministros con amantes y secretarias, putarracas,
escritores de religionismo y bazofiadas
metafísico-iluminadas, milagreros
que con bribonas chantajistas cingan
(se van a gozarse y a reirse a escondidas
en lo secreto de santuarios y moteles),
que no hacen falta más de ellos.
No sea uno más.
Muera para ese mundo vano.
Sea mejor un salvador auténtico.
Defienda a desahuciados, marche en las calles
como un vil comunista de los viejos,
váyase a Guatemala y vea 36 años
de matanza fratricida,
financiada con dinero americano.
Vaya a Chile y sea testigo de Allende asesinado
y con él, la democracia verdadera.
Vaya y escupa a generales, predíqueles.
Son mataindios, torturadores, matoides
y demónicos capos de la droga...
Fíltrese por túneles, vaya a Tijuana.
Sufra entre indocumentados.
Cruce el desierto y lleve agua.
Recoja osamentas secas
de niños y mujeres, pollos abandonados.
Mire a los rostro de las madres de desaparecidos,
a esposas de abandonados, a herederas de dolor.
Limpie las mejillas de ellas,
aún lloran en la Plaza de Mayo,
Aún están vacías sus alacenas.
Vea a los niños de las calles
(saciados de thinner en las alcantarillas),
pero hambrientos, huérfanos, maltratados...
Confirme cómo están las prisiones:
llenas de juventud traicionada, cholos,
negros, golfos de una pobreza que desafía
todos los rezos de los blancos y piadosos.
Vea que no es fácil vivir con el salario mínimo
y pasarse la vida refraseando versículos,
con un placer vacío que, en el fondo,
no tiene certidumbre ni agonía.
Los papagallos rezan y los venados saltan
por el mismo motivo que ellos.
Ante esos payasos del púlpito, no se hinque.
A sus generosos sueldos
y grandes movimientos,
the revivals
no contribuya más ni con centavos.
Están impecablemente vestidos y apantallan,
pero son cizaña chapucera,
filfa, levadura, sepulcros blanqueados,
hedientes en su fondo interno.
27.
Haga milagros de optimismo.
No se quede en la sombra del rincón,
acobardado, dése por completo,
cuando tenga que elegir si la guerra es moral,
si es justo matar los inocentes
por quitar un estorbo del camino.
Cuando no tenga una piedra
para descansar la cabeza soñadora,
repita que el incógnito Príncipe hecho de pan
y complot de suicidio, también conoció
las aguas dulces, las tuvo dentro de sí
como valor, como esperanza y rito.
Con fe conjuraba montañas,
abría los mares; la oración multiplicó
los peces, reinvindicó la vida en la sustancia.
28.
¿Dónde se ha ido Dios? ¡Yo os lo voy a decir! ¡Nosotros le hemos matado, sí, vosotros y yo! Todos nosotros somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido obrar así? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho cuando hemos separado esta tierra de la cadena de su sol?: Federico Nietzsche
Habrá quienes te escupan nuevamente
y te pidan las nalgas. Ellos duelen menos.
¡No hagas caso, la traición que duele
es la que dice...
Maestro, hermano amado...
y, a tu espaldas, te escarnece,
clava su puñal trapero
y deforma lo que has comunicado.
Déjalos en sus gotas
de nunca-amor-adiós hasta siempre,
que los sumisos de obediencia
y piernas largas renquen en la calle.
Que les duelan sus pasos.
La bestia rubia también tiene que morir.
Sigue tú como el terco que avanza
y siega, sin cegar, y pón tu aroma de Attar
donde ellos su mera podredumbre expiden.
Déjalos gemir, con úlceras propias
a sus culpas; no dejes que vuelvan
a patearte los riñones; asume Tu Dolor.
Que ellos asuman el suyo.
Ellos son los asesinos.
Tú sólo eras un sol y el horizonte.
29.
¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? ... ¿No es excesiva para nosotros la magnitud de semejante acción?: Federico Nietzsche
Sacaré del madero mi cruz de poeta
y la llevaré por el mundo:
«¿No véis oscurecer
cada vez más, cada vez más?»
De una retaguardia de piadosos transmundistas
seré la burla, sujeto de su Olvido, ya que el olvido
también duele y revienta, iré adelante no
como Simeón, el Cireneo, que no lo olvide él...
¡La cruz es mía!
Besaré a las rameras que ninguno procura.
A ellas lavaré sus pies, han sido fieles
al placer que satisface, a los nobles apetitos.
Animaré a los que tienen por inquietud
la bancarrota, sumaré alegrías
como ceros a un cheque y que lo cobren
como audancia millonaria, con riquezas
de atman-buddhi, sin menor cuantía.
Echaré mi red a la mar, no pescaré fascinaciones.
Quiero dolores que sean como perlas
y que valgan la pena
y ostras que hayan sido heridas por el sol
no por residuos del estanque.
En la casa del luto, levantaré al que duerme.
El trabajo es alegría, tapiaré los sepulcros
del que muere en el bolsillo cada día
y del Seol de los miserables
haré miseria y lanzas que visiten
sus costillas; ellos han de ser los frágiles
entonces y los dolidos y explotados
los robustos de piernas largas y ágiles
como las niñas campesinas
de los bosques.
30.
Se visualiza este bocú
si uno aprende a flotar en la nenúfar
y la oda se eleva en arrebato
(¡qué odi barbere, Carducci!)
y la odalisca se olisca ante el espejo
de la epidermis amorosa, citándose
a las cítaras de tu proyecto antrópico.
Nada hay entonces que a la ofita
joda e interrumpa cuando se lanza
a penetrar los núdulos calizos
y te cuelgue la entrepierna a tus hombros
y sepan que es divino tener un dios de arcilla,
humano, demasiado humano,
que edifique en el hombre al Super-Hombre.
Así brillan los ojos de los tristes,
así ganan las sílfides
y los desesperanzados.
En peplos transparentes, los senos
dicen vaya Dicha,
con arte programmata,
y el latido se oye,
porque el Amor existe
y Dios no muere del todo,
ni matándolo.
Siempre habrá incrédulos, sí,
que son asesinos consuetudinarios,
burlones que preguntan:
Oye, peyote, ¿de cuál fumas?
¿Con qué huxley-michaux te baudelairas,
con qué cochino feuerbach alucinaste?
A la oreja te cuelgan los milagros,
argonautas que se tragan los delfines
para aprender su arte de pericas...
Y ahí nace, qué desgracia,
la sosera del cundango.
El aguafiesta del poema y la utopía,
el envidioso, ¡qué barbaridad! que te escocota
si no logra percibir lo que percibes,
si no logra oír lo que tú oyes
si no te aprende a sentir tal como sientes
ni sabe compartirse ni encontrarte.
31.
De caza sale tras la siesta
a yacer con ménades de Baco.
Vuela sobre abetos como águila
y se calienta con el vientre nodrizo
de la Musa, la Dialéctica.
La voz de Pan es caña que crece
con sus sílabas a orillas del Ladón
y el flautista es un niño que a trovar
está aprendiendo en Mayabeque
Bien puede ser Matanzas o La Habana,
o el Guacio o Mirabales, Stalingrado.
Desde ya le han llamado,
no sé, el flautista Pelo 'e Rata,
porque con la Siringa a las calles alborota
con concierto de guajanas y cañaverales.
32.
Lo puro y neto de la conga es
que yo tengo el pie caliente,
la nalga sacudida, la cintura
que parece culebrilla
... y todo aquí,
cocotudamente en la maraca,
en ese pericarpio de los sesos.
En el corazón, o la cabeza más o menos,
habita la Sorge, la cura,
el llamamiento hacia-un-fin
que proyectan los que aman
y huyen del Decaer / Verfallen
por espacios que despierta
la marimba y manotazos de batá.
Estos jinetes del Derrumbamiento
anuncian ya no plagas ni exterminios,
sino el alba
con sus sueños posibles-avanzantes.
7-17-1990
33.
Cuando el lucumí castiga a Iyá, el pequeño,
un sonido se vuelve pan heroico,
se puja o sobrepuja n la mitad más pura
del agua y del vino;
triunfa al sacar
su esqueleto a los aires.
Con los días se le asigna la hermosura
y rompe tambor y es rico mambo.
El lucumí es un mentor que lo alborota
a golpe de epitimia; la madre ha de ser
una manigua armada de endorfinas
y la comparsa en la calle que lo esperan.
Se iniciará en los anhelos maduros,
con profundos cantos, en la gracia.
34.
Lo puro y neto de la conga es
que yo invoco fantasmas de las artes
y vivo con ellos como si fueran
camaradas de toda la vida.
Todos somos bohemios de areito en areito.
Cada uno es su maestro del güamo
y toma hueso por flauta
y flauta por hueso.
La meta es que se forme tremendo sonajero.
Un pueblo no puede sobrevivir sin alegría.
7-16-1990
35.
La infancia dependiente se comprende.
Es inevitable; pero la rutina parasitaria
que termine, a su tiempo.
El niño que crezca y que compita
y no se vuelva obeso, chantajista,
mimado en las dulzuras de tu cosmos.
Es afortunado que el niño tenga apoyo
y recompensa, que haya recorrido
nueve meses por el túnel,
que haya chupado el pan de la esperanza
por el ombligo de las categorías sensibles;
pero, ya pasados los gateos y la contienda
de la infancia, lévantalo como espada,
que aprenda del Soluto
y el diálogo voláfugo.
¡Dájalo ir, veedora suprema,
que aprenda la gratitud infalible,
la precariedad desafiante del ego,
la líbido, el futuro.
¡Suéltalo ya, madre!
36.
Trovaba mi alegría
y la idiofonía lunar se me hizo bomba
que, a la primera calenda, estallaría
como un Día de Reyes
y un candombe de negra algarabía,
pólvora a punto de quemarse.
Cuando a uno le suena así el corazón
o tiene una matraca por cerebro,
se le acusa de distimia,
raptos esquizofrénicos,
de qué sé yo qué puta
hormona o parto
con distosia por los montes...
... Y tan clarito que suena este bocú
si se templa su cuero con candela.
Se puede tener la plaza bajo balas,
las tarimas molidas de barullo,
millonadas de truenos en los cielos
y los rapsodas llegan
con las idiofonías y letras adecuadas,
los versos y canciones, pero que haya mujer.
¡Tal es el secreto: la semilla ovoide
como incienso, su aroma grata
de holocausto!
Un coro se irá por irrupción
de ese milagro que equilibra la rutina
en los días y eslabona costumbres deseables:
¡que vengan las hembrotas del coño
de su madre! ... razones que son
la honesta tajada de la Naturaleza,
su principio gestor y femenino.
Sin jebotas originarias,
carajal de tambor, merecumbé de aporte,
la pachanga se cancela; se predice con tedio...
¿A quién diablos le importa la rumba
y el danzonete, sin ellas, por esencia,
sin su sabiduría?
37.
A mis jebotas hieráticas, en cueras,
yo las busco; yo rescataría sus movimientos.
Quiero arrancarlas de las poses,
hacerlas catenarias, llevármelas del templo.
En comparsas de endorfinas las espío.
A Mirón, a Fidias, a Lisipo,
a todos los tengo por testigos.
Sobre todo, a Clará, cheo clará, claro.
Yo visito museos, a mis ideas
las contemplo en el bronce y el mármol.
Son mis amigo/as los momentos
con forma, a veces las simetrías,
a veces, el barroco y el expresionismo,
misterios no eucliadianos
de la geometría, fractals,
réplicas infinitas:
la belleza del Caos.
38.
Yo invoco pigmaliónicamente.
Espero de mil modos lo posible:
presagio en carne y hueso la utopía.
El milagro transustancio
cuando doy mi caricia.
Soy el táctil demonio del abrazo.
Aún a la sorda y fría tersura
del mármol, yo acaricio.
Este es amor al arte y por el arte,
carajo, querer hasta las doncellas
que se mueren en roca y jugar sobre adoquines
con la sombra, en aras de la negra cianodermia.
Todo bailaría si iniciara mi trabajo percusivo;
yo toco en esperanza un ritmo
y a lo que es hermoso.
Mi epidermis es como el pincel,
lengua golosa y brocha sobre el lienzo.
A veces por lujuria me lanzo sobre el barro
y quisiera amasar alguna forma
(pienso en la mujer y en esculpirla
hasta con besos) y me placería
ser raíz y rama y tallo
y sí, al menos, un fruta que cuelgue
en lo más alto para ella.
39.
El zángano infantil
es como una larva que no crece,
una trunca detención, antidialéctica.
¡Ya nacieron con los pies quemados!
Solos se quedan en los caminos;
en lo oscuro, hay antorchas encendidas.
No las ven, andan perdidos.
Hablan de pan y se alimentan con mendrugos.
Por eventos sublimes, inventan
mojigangas,carnavales pueriles.
Son pilotos y sus naves quedan sin destino...
por eso cuando nacen
ninguna cosa cambia
ni da señal ni llamado.
Herodes vive en paz;
no es un rey quien ha nacido.
No se escuchan latidos poderosos.
El pueblo duerme.
Distinto es
cuando nace el Segador insobornable.
Entonces cruje el viento
y Herodes adivina su amenaza
y ordena un genocidio infanticida.
3-2-1990
40.
La boca es un lobo tremebundo...
¡Nada come y se jacta!
¡Con pan duro fue vencido!
Por eso... ahora somos
los crujidos del duedeno,
desperdicios siderales,
féculas, ortigas, lo indigesto,
y no sabemos consignas preambulares.
Ni sabemos llorar
ni sonreir.
Nada sabemos...
Hemos estado hambrientos, pordioseros,
desesperados en el fondo del bostezo.
Avergonzados, sospechosos,
sin saber si estar agradecidos...
La geografía nos dio alguna vez
su dignidad de espacio manso,
volumen en la esfera
y advenimos a otro rincón
vomitados, violentos
desde el fondo de la Nada...
Uno al otro nos miramos
mansamente, dibujados en sociedad,
sin firmamento como dos colegiados
truncamente burlados por el infinito.
En miseria del ser-ahí,
papando de la angustia sus moscas,
¡ay! la rebeldía se apaga
y de la llamarada
del corazón oscurecido nada queda.
Ni histrión por remanente al que decir:
¡Fuíste mío; causal de mi fracaso!
La muerte abre su boca y nos espera
si no queremos ser
ni aún haber-sido... o siendo.
11-9-1996
41. Zu-sein / Habérselas
Util es todo aquello de lo cual uno
se puede servir: Martin Heidegger
Zorrillo tonto, despojado, soy.
Clueco pío entre nidales y empalizadas,
zafacón del tenderal, huérfano perdido,
ser en extravío, cantáro lleno
de todo y nada, en zafariches, muino.
¿Dónde estás, Pastor,
que en descarrío te llamo?
¿Cuál es tu presencia, Zorro viejo,
que en el lenguaje me pierdo, sin sustancia?
Enséñame, Zu-Sein, los quiénes
a que hablo, si soy relativamente a
no sé a qué mansedumbre.
El rasero me trajo de narices.
Si el existir es habérselas no existo.
Si encarar es vivir yo estoy agonizando.
Si hacer frente es palpitar, yo estoy inerte
y me apago en el mundo tenebroso de los útiles.
¿Dónde estás entre el Delfín y el Cisne,
dónde te constelas que a tu noche
con estrellas no la veo
ni en el Sur ni en el Norte?
Zorro viejo, padre del perro bravo,
autor capcioso de la fuga y la escapada
y rival de las cárceles del mundo,
muéstrame los peces
con el cofre de hueso
y sus agallas salvajes y poderoso escudo?
Díme qué existe debajo del pantano
y cómo se aúlla de rencor
en los desfiladeros.
13-9-1996
42. / En la muerte de Chato
In memorian: a Victor Emilio
Fui primero por él, la oveja negra
de tu casa, zángano infantil
lleno de lodo... ¡él era mío!
él que se dio postín con la noche y la gavela
y a todo dijo adiós y supo irse
con alegrías de zorro por los montes,
con la boca rabiosa y satisfecha.
Un día, cuando tú estabas ausente,
casi olvidándolo, yo mandé por él
al herodes de la Muerte
y lo hice beber sangre de sus hígados.
A Chato lo premié con el honor
de estar conmigo y saqué las tulangas
de su boca soñadora de dulzura
y lo mandé al hospital, a costa de su ira,
sus maldiciones y odio...
A él sí me lo llevé.
De tí no quiero nada todavía.
II.
Tú conocíste ya las zonas del carácter.
Eres menos frágil, gozas
con emociones subterráneas
y tus ojos están abiertos noche y día
y te atarea el destino
y juegas a las consignas.
Huyes de mí, me eludes, aborreces
mi sombra, me apaleas, me versas
morringuero y cotudo.
Es difícil matarte y darte palos;
te lanzas entre farolas por una muerte digna.
Crees que mereces el mundo que no tienes,
uno justo, solidario, placentero,
donde haya dignidad bajo los soles,
donde haya amor con oleajes de luna.
Tú sí eres un listo, Carlos, aún en quebranto
y por eso te abjuro, no te quiero.
A otro elegiré que pueda herirlo;
a otro que te hiera cuando muere.
III.
Yo voy hasta las sombras
donde crecen las audacias del ánimo.
A los más pintados, tatuados de jenipa,
descabezo, los tuerzo.
Yo quito la ilusión de sus imágenes,
sus qualias alterados, sus victorias,
visiones alucinatorias de escondite.
Si ellos, con los dedos me mienten
por seudafia, yo les pudro los dedos.
Al montonero, con metralleta en mano,
con el tiro de un cobarde, lo descuento.
Cosido a balas lo dejo por gracia
del más torpe cagarriche con gatillo.
Yo voy más allá de tintes de copey y jagua.
Ninguno se me esconde, ninguno sobrevive;
yo les pudro las caras, yo les quemo
con pústulas el rostro y hago el ácido
la sed de la epidermis;
con cirugías estéticas no me elude nadie.
yo hago polvos las máscaras, Palilo.
Todo el que huye es mío.
Todo el que canta, jactado por fáciles alegrías,
dirá elegíacamente: ¡Muerte, me cagaste!
Me gustan los inocentones y los temerarios.
El que no quiere morir, me enoja y tienta
y yo voy y lo mato, lo persigo.
Le doy mi dulce trago amargo.
Soy el dolor de muelas de muchos valentones,
guapos de esquina, curros de barrio.
En las cárceles me doy festín, suplo
navajas y fileros largos.
Al guerrillero lo mato en la manigua.
Al policía granuja, como al patriota artero,
los sumo a los heroicos pendejetes
a los que mato, yo soy más narco que el narco,
yo soy el hampa insorbornable de la Muerte.
IV.
Fui primero por él, la oveja negra
de tu casa, zángano infantil
lleno de lodo... ¡él era mío!
Tú lo querías porque fue como el niño
que no crece, crédulo, soñador,
caprichoso; a cada niñaja de su rumbo
quiso engañar con besos, acostarlas,
olvidarlas, tirarlas de su lado
(yo estuve con él, viendo su lado oscuro;
yo comencé a ser Herodes al matar su inocencia;
yo te pegué con el martillo en la frente,
¿recuerdas? te noquié, te levanté
aquel chichón que fue como tu marca ciclópea
de espíritu, un ojo de ajna chakra,
señal de tu monte mágico en la muerte.
Utilicé su mano de niño,
su temerosa mano; por golpearte lo premié,
lo hice majo, azotador, travieso,
más fuerte que tus versos,
más fino que tus oídos, ya por sí agudos,
pues han soñado lo sagrado en la pobreza,
en la santa y fuácata casa del maestro.
Tú lo querías y se fue, lo quité
de tu lado para que no se llenara de palabras
ni de libros, como tú...
¡No sabes, Carlos, como odio tu silencio
desde entonces; no sabes cómo odio
tus palabras, Carlos, tus lamentos!
V.
Siempre rondé la casa de la asmática
(la mitad de la muerte es dolor y agonía).
A Yuyita, tú la querías como a tu propia alma.
Así querías a Chato, el más travieso,
la oveja negra de tu casa.
Una vez le quemaste el pelo, ¿recuerdas?
Tiraste kerosene en una esquina
del fogón cuando él se arrimó, desprevenido,
al fuego; tras las tres piedras calientes, víste
las llamas subiendo a su cabeza
y te asustaste; víste su muerte.
Yo soy la muerte traviesa
y contigo también juego y me plazco.
Yo fui en el gas, tu mano, quise probarte;
entonces supe que hasta la vida darías
por él, tú lo querías.
Por eso lo abrazaste y corríste a él,
lo llenaste de besos y apagaste
cada greña encenizada, casi llorando;
¡Te asustaste, pendejo! ¡Pobre Carlos!
¡Así son mis simulacros, niños importunos
como flamas; a riesgo de coquipelarse
con un puño de fuego; no así los infiernos
que tengo prometidos!
VI.
Una vez se tostaba el café,
o más bien, los garbanzos que como té
beberían aquellas sangüijuelas adventistas
que el Sábado alabaron, ¿recuerdas?
se alababan a sí mismos, sí, mentira
y, además, bebían de tu café y de tu trabajo
(¿qué palabras dieron a tí, mi pobre Carlos?
sino clamores por tu arrepentimiento,
el Juicio Final viene
y a Dios te encaras, con corazón rebelde,
emplazando el fin del asma
de tu madre; al pastor dijíste, mentiroso).
Se fueron siempre bien servidos,
orondos, anchos, de tu casa.
Llamaron el reposo su joder, prohibir,
gesticular, adoctrinar y hacer predicaciones...
Desde siempre los odiaste; eras un listo,
caramba, detrás y por delante de tu tez de rosa
y tus pequeñas manos, debajo de esos ojos
que lloraban, pese a tanto miedo
y fastidio e himnos fatuos.
VII.
¡Cómo me gusta la guifa de matadero,
la tristeza de ese trecho final,
después de la agonía!
El enfermo que ya no combate
y perdió las ilusiones
y se entrega a mí, ya suplicante.
¿Serás tú otro bohemio acobardado?
El, marido golpeador, inspirador
de ajenos lloros y terrores, al dolor temía
y lloraba él, en lecho de amarguras difuntales.
Como bebito, desvalido y desvelado, al fin
gritó sus postraciones, me dio sus alaridos.
¿Cómo harás cuando seas tú
el que deba morirse y estés tendido?
¿Serás dulce otra vez, te estarás quieto
y estoico, o azotarás con tus manos
el cráneo que arde con el infierno vivo?
No lo sé aún. Te gusta el fuego.
Antes de reclamarte, yo pondré
mucha ceniza, Carlos,
en tus cabellos y tus bigotes.
Entonces, recordaré
las zonas de tu infancia,
semillas de tu carácter.
Tú atizaste la leña
bajo una enorme paila,
tú, niñajo, hacendoso en quehaceres,
por amor a tu madre...
¡Para tí, como juego sería
y hacerlo, en largas horas, solitarias,
menear los granos
y echar tus ojos a fantasmas espirales,
ángeles del humo, visitantes de fuego,
y largarte con ellos, quedo, callado.
Con dedos intrusos dentro de la olla,
seleccionabas tus garbancillos tostados
(para tí, sabrosos, semicrudos).
¡Qué pueril tu delicia
al comerlos y mascarlos
y ver las llamas y cantar al humo
y sentir los olores y danzar con el viento
y, finalmente, echar la azúcar,
oh, azuquita mami, hasta que hierva
y sea negra la jalea como una oveja,
granos del descarrío, dolor
desmenuzado a caspucias, a despellejo.
Sobre un papel de estrasa, ¿recuerdas?
tendías tú el granerío, tu mejunje;
se tendrían que secar las semillas oscuras
del café o el garbanzo.
VIII.
Danzaba él, mamito en las discotecas,
hábil en el meneo, guisaba la figura del donaire.
Usó el pelo como Sandro,
aquel puma argentino, y cantaba
sus canciones, imitándolo.
Debbie, la gringa, fue su chica más hermosa
y ella lo amaba como a nadie, se casaron
pese a él ser ingrato, ofensivo, violento.
Se aferró al circo de amigos y parranda
y al pretexto, con las copas me calmo,
con la coca y otras viejas me alimento.
En farra lo fue perdiendo todo,
su bella casa en el Viejo San Juan,
su apartamento, su mujer,
sus amigos...
y hasta perdió el trabajo
y fue a la inopia, enfermo, avergonzado...
Por compasión, esencia del amor mío,
lo reventé con cólicos biliares
y le sequé la boca y le dije: No bebas,
te lo ordeno; ni sufras ni repliques.
Yo soy el Lobo y depredo.
A su linda cabellera,
del negro más intenso, la desgreñé
con prematuras canas;
sus cachetes chupé
como ebrio que escurre la botella.
En fin, yo soy la ira hepatálgica.
No respeto ni rostro ni quijada.
Tumbo y tiro como a moco al que me place.
No serías tú, Carlos.
De tí no quiero nada todavía.
IX.
Cuando danzas, tú...
el que todo lo sufre y lo perdona,
cuando cantas, muchas veces callaste,
Tus tonás no son de mi fandango.
Bebes y jodes a ratos,
pero tus vinos no son de mi cova.
No se te puede hopear ni echar diabladas
ni de habladas ni gritos; no soy
lo que has llamado Tu Zorra, tu poema.
Me has odiado, quizás, antes que yo.
Me has detenido para quizás amarme;
me has olvidado quizás para quererme.
Contrario él, en horas muertas,
vas hucheándome con tus perros blancos.
Entonces fui por él, la oveja negra
de tu casa, zángano infantil
lleno de lodo... ¡él era mío!
1984
43. / Kaddish / In Memoriam
(Para repetir durante los Siete Días del Shivah)
A Víctor López (1919-1995)
Aquí estás aparentemente muerto, padre mío.
¡Y yo que te amé, separado de tí,
también estoy tendido desde el alma
y recito mi trozo de alabanza
por tu honorable vida y tus ojos ciegos!
¡Sobre hombres tan llenos de silencio,
tragados por las madreperlas,
no es fácil escribir
sin la predecible sensiblería de los truhanes!
¡Fuíste tan fuerte, haz por haz,
conspirador velado en las costumbres,
pero tierno como los niños
lujuriosos
y traviesos,
tus alumnos sedientos de secretos!
¿Cómo fue tu vida de soldado?
¿Cuántas mujeres
tuvo tu uniforme de huesos grises,
tu guapura y tu estampa,
tu donaire de varón caribeño?
Recuerdo tus muchos libros,
tus medallas, tus diplomas, hombre brillante,
tus monedas, tus piezas de recuerdos,
tus viajes a países extraños
y tus múltiples gabardinas y cobatas y trajes
y tus vivas a la independencia y al albizuísmo,
al Fidel de los '60s, a la ciencia soviética,
a la España democrática, sin Franco...
¿Cómo fue que llegaste a los campos,
a la jaragua, tú, hijo de Pueblo Nuevo,
que robaste la Luna en Mirabales y cazabas
con los Luiggi, muchas liebres
con más gusto por disparar al aire
o despasearte por la Loma de Elizalde,
cómo descubríste el Charco del Peñón
y el Salto de Collazo?
Amaste la aviación, piloto de fantasías,
y a los héroes de Sierra Maestra
y a diez piedras de tu sangre
y a tus nietas y tu casa
y a tu Yuya, nueva Eva.
¡Qué mucho amaste a pesar del silencio!
Al final, a la fe con ojos ciegos
y con tristeza por perder
la mitad más querida
de tu cuerpo para ganar la mitad
más gloriosa de tu alma...
¡Qué irónica plenitud el amor tiene!
Hasta los poderosos como Nimrod
caen quebrantados y se los traga Seol
para llenarlos de vida.
II.
Lev yodea marat nefsho
Aquí recuerdo tu corazón
cuando aceito esta piedra con espíritu
y la guardo en la morada clara, sin espiguillos.
Que no se hurte tu cuerpo por salteadores.
Consagro para tu tumba,
el limpio tabernáculo
para que el sol en directo queme
el plexo de tu pecho.
Ya que el corazón es nuestra roca,
que sea tu propia piedra
la que consuele tus angustias.
Sobre tu cabecera la puse
porque ya estás muerto
y se te llama a secarte
como la vid en la inopia.
¡Ya para nada sirve tu esqueleto
ni en nuestra memoria viva!
De otro modo, colocaría esta piedra
sobre tus pies, con su mandato:
... patead, dad coces.
Pero el corazón sabe más
que el calcañar y las rodillas
y ahora vives para volar
(a falta de tus piernas, ay, padre,
ve y sospecha lo inefable
como el piloto, el guerrero, el navegante
que echaste al espacio en otra barca de vida...
Creed en aras de conocer,
no esperéis... verificación a priori,
crede quiad absurdum,
crede, ut intelleges, viejo ateo.
Ahora que penetras
la realidad de la muerte,
yo aceito la piedra de tu cabecera
y te encarezco que despiertes
en la pulpa cuántica,
con ondas de contínuo movimiento
ante el gran Testigo de la Constancia de la Luz.
27-4-95
44.
A las manos de mi abuela
Cinco senderos son,
sus dedos
ricamente teñidos de pasado;
otros cinco, hábiles comunicantes
con futuro.
A su epidermis se añaden:
el cielo de las uñas
con su color de pétalos rosados
e insinuante red de venas azulosas;
también el verde imperceptible,
la esperanza tejiéndose en lo oculto,
utópicamente vital, señera, en su imperio.
Sus dedos largos, tan finos, tienen
el rastro de edades, sus muchos alcoiris
y en terso corazón, labios melodiosos.
Ella es una piedra que juega con los lirios.
A sus manos las desplaza suavemente
como si fueran ramas
lentamente acariciadas por el viento.
Ella se sabe un árbol, o una hidríade...
(aún es graciosa cuando atrapa
la pureza de las cosas y se rebela
contra el estío del mundo).
Los nudillos, cinco besos son,
los más sólidos, apasionados y fieles
y las yemas de sus dedos,
mapas, geografías, viajes trazados
en la carne que buscara horizontes
(donde abundara más el amor que las cosas).
Yo no creo que su cara tenga arrugas,
sino pecas, besos de mariposas,
revuelo de muchos gestos que visitan
su rostro y escriben en la piel su amor
y la llenan de memorias y relámpagos.
45.
Solo, entre la gente, está él
(aunque conoce las uvas del majuelo);
y triste ... pero los jilguerillos trinan
como siempre y las golondrinas
se anidan en balcones
y él las mira con la dulce piedad
de la simbiosis.
A él esperaban muchos de los que sufren,
niños con trichulis y parásitos, guajiritos
con los ojos tan grandes como sus barrigas,
mulatas que serán primerizas.
(Su clínica está llena de enfermos
y nadie le llama Simón
sino Viejo Santo y bendito).
Las sombras lo acompañan,
pero no le hablan.
La Habana conoce su ternura;
sus amores, admira;
pero la calle es dura...
y es como cerviz de piedra,
muy pulida y jabata.
En la noche volverá a casa y estará solo.
La vejez está diciendo:
No sonrías.
Su boca ya no quiere tantas voces.
El corazón multiplica más recuerdos
que paliques en guatequerías.
El hijo de su carne está en la guerra;
el hijo de su hermano, tan amado,
está en la noche, muerto.
Los nazis lo reventaron a balazos.
Mi abuelo Benavito ya no es pobre,
pero la riqueza de su casa tiene lágrimas
y el azar del capricho hila ironías
con lutos y premeditaciones.
¡Mirad qué solo está, abuelo solo,
porque Elohim se hizo para él
una simple, hueca palabra del Siddur!
La palabra sola y el solo Dios caminan
entre infieles e incrédulos,
entre saduceos como él, que antes litaba,
y se comía el libro de los píos.
Hoy no visita ni a los templos del consuelo.
Realenga está su alma, sin sábado de justo,
sin havdalah en el vino.
Bet ha tefillah fue asaltada
en riña de estos años de guerra sucia
y de imperialismo anglo-británico,
facismo sin sentido, ultraje colectivo.
Y el abuelo maldijo
y se mordió en su lástima
por no querer la lengua como llama
ni la Mano de Elohim como su amparo.
La soledad da coces al aguijón
y en el abuelo triste, viejo solo,
la historia pudo más que el príncipe del sábado
y la reina Nashim, Sueca, Cristina.
La abuelita Cristina,
dulce de alma,
a su sombra permanece
y le seca sus lágrimas
y le oculta las suyas.
Con la pipa en los labios, Simón está
y oculta que está solo, aunque hay gente
que lo llama a los partos,
y lo abrazan
y le besan en el pecho,
porque es alto como nube
o vara larga de guayabo.
Triste se tiende sobre el lecho
al lado de la esposa.
Vehemente en dolor, en yugo primitivo,
su barba amanece, crecida en grises;
pero no piensa cortarla jamás.
Como al hijo del castigo,
la soledad saluda a su mañana;
el sol de baronshin
está en desobediencia:
el viejo está sin fe, por días y días.
Seco de labios, mustio,
aunque del vino rutinario
él probara su dulzura
y del secreto majuelo del ayer
bebiera dicha, aún no se seca la queja
-Se fue a la guerra-
o el aviso del maskilim,
es por falta de ángel,
de dulce fantasía,
o vigor en la carne.
La soledad te vencerá
poco a poco, le dijeron,
hasta la muerte, pero la gente ¡qué sabe!
El se sostiene activo y, en privado,
La Abuela con los suyos consolidan su mundo:
«¡Te amamos, Benavito! ¡No llores!»
6-1980
46.
Continúa / 16 al 27
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