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Alberto Paredes (México)




El vino del alba



... aquellos que beben vino al alba
ni piensan en mezquitas ni esperan paraísos
-Omar Jayyam


Es la luz ‑recuérdalo, grábalo
en la piel de tus párpados‑
el vino del alba

Bebe ese elíxir, refréscate,
sal con él de la gruta de los sueños
es tu alma

Míralo ya, con la sed primera
atónita de tus ojos, géiser o volcán,
exultante tizón

No mezquitas ni paraísos sobre la tierra
podrían consagrarse y recogernos
sin esta vendimia

Pródigo, has llegado a la dicha
pregunta por tu fortuna, abrázala, derrámala:
el día empieza.



Del libro: CANTAPALABRA


TUMULTUOSO, ANDANTE

Estas manos que al agitarse
son fuego
por decir
                                  música

Nadie sabe de dónde vienen
qué madres atrás de la memoria
las han hecho brotar
elíxires suntuosos
hipnotizados
llamaradas
al contacto del aire

Por ellas cualquier materia pura
participa del viento
el silencio se puebla de imágenes
y los oídos comprenden

manos como dagas
acuáticas y vehementes
en el cerco de una batalla desconocida

Nadie sabe de dónde vienen
cuándo una madre y un padre
descubrirán que las manos del hijo
crepitan
bajo una tormenta
que sólo en ellas restalla

Han partido
nunca volverán atrás
son voces
no quien las llama
sino ellas mismas
dolorosamente respondiendo
a la pulsasión de la materia

Las manos obedecen
se agitan
tal hogueras irguiéndose
en columnas y cataratas
que el oído contempla

es así que nace
                                  la música




UNA AVENTURA DE SILENCIOS a mitad de la noche, cada paso un haz incursionando en el vientre del espejo. Los sonidos son luciérnagas en la tersura oscurecida. Los pasos del peregrino, intermitentes, brillan. Es un silbo tejiéndose entre las vértebras del planeta.
            Augurios del pasado murmuran avispas, llegan a la ciudad en el principio de los sexos y del canto; es la primera noche. Más allá, la oscuridad era espejo, eco presagioso y hálito recorriendo rectos laberintos de flautas acariciando nuestra carne.
            Figuras paralelas de sonido alzan el vuelo, emergen y desaparecen como espuma de Poseidón frente a las murallas de Atenea. Bosque de Apolo al borde de su luz; imposible mensaje diáfano. Canto que brilla en voz baja. Un sacerdote domeñando sus carrizos con manos sigilosas.
            Es el corazón en vigilia de la aurora: pasadizo a punto de estallar en el domo azul del Edén, caverna de corales en suave gestación de nube. Tierra, carne de la noche y alba inicial. Playa de sonidos a mis pies, al final de un viaje por estrellas ocultas.
            Marina de cristales: espejo que no hemos mirado pero cuya fosforescencia canta al cabo de una aventura de silencios a mitad de la noche.

(para E.S.M. por Silencio de espejos)




MÚSICA INFINITA, SUMERGIDA en el otro mar que no miramos, que no escuchamos chocar contra las rocas del último acantilado de la vida. Mar de campanas naufragadas desde siempre; su rumor es un badajo que en ocasiones, cuando arriba hay tormenta, se mece y golpea la corteza de bronce, el vientre carcomido de la campana. Es un silencio poblado de imágenes nocturnas. Un día caminamos solos, al doblar la esquina alzamos las manos y las miramos: palomas lánguidas sorprendidas de tanto vacío, extenuadas.
            Es entonces que a nuestro costado presentimos un aliento diferente: ¿quién nos acompaña en la caminata despoblada? Una imagen que no termina de dibujarse... un rostro, pelo ensortijado; un piano de teclas muertas; burbujas en la marisma;
            y todo es un paseo nocturno en la ciudad sin mar; el rumor de las imágenes dibuja el envés de aquel rostro. No saber qué collar se forma con los cristales de la memoria desvaída; sentirse responsable de un legado que llega de noche, a una playa improbable
            y así caminar por las calles, siguiendo con los pasos una voz, como un collar hilado con las ráfagas de la vista, volcada al pasado, cuando el descuido y la noche nos asisten. Alguien nos mira.

(i.m. Alicia Urreta)




ARMÓNICOS

La serenidad es don extraño
el blanco adagio
de una cuerda sostenida
en el punto
donde las emociones no son ya
torbellino símbolo ni rumor
melodía apenas
para el alma
serena y regalada
a la luz de las templadas cuerdas

Un no agitado día
corazón con alas en efecto
mas en cálido reposo
sombra sin sombra ni melancolía
el paso del conejo por la nieve
al visitar la fuente
y repetir su inexistencia
en el hurto del paisaje

Un violín solo
hechiza el aire
y el peso se desprende
tal ropa despojada
clamores y entusiasmos
tanto como piedras
dejadas al olvido
por la dulce nota del violín




ROSAS DEL ALBAYCÍN (S. XII )

La ausencia también da flores
(regresa pronto:
quiero que las veas).


*
El vino del otoño
se perfuma de miel
tus brazos, amada.


*
El alba canta:
¡La noche entera
por tus besos encendida!


*
Rosas del Albaycín
son besos son labios
¡cuando el amor se desboca!


*
Ebria soy, madre,
la palmera del amigo
bajo el sol de Sevilla.

*
¡Cuánta luna en el carmen!
sola con mi cuerpo,
y el amigo por la mar hechizado.


*
Las cuerdas del laúd,
las zapatillas y ajorcas al descuido
¡el amado en cárcel de cristianos!




¿QUÉ NOCHE ES TU CUERPO? ¿Qué guitarra cerrando sus labios en la penumbra? Te acercas, te hundes acariciando un nombre antiguo. No te abres, acompañas, rodeas. Pareces un hogar de maderas oscuras; tu corazón: mineral fulgiendo en lo hondo. Música marina de esas cuerdas.
            Todo puede morir en tu noche y emigrar al balcón donde una familia mira la nieve y llora y no entiende. Mejor deslizarse por las rías del corazón, adonde las manos vean, para que atrapen el eco de un galope por la playa. O como si alguien trenzara tu cabellera al pozo de la guitarra y nos quisiera acompañar bajo un ritmo de marismas.
            Escucha el cobre de tu piel, cómo se entibia el lecho, cómo ondula el ébano ante la luna. De mi mano a tu piel, murmullo de maderas; y el silbo de la cabellera. Escucha, no mires, no toques. Atrapa el recuerdo indeciso, abrázalo hasta descubrir por qué lloras.
            Dime entonces, dime ya, ¿qué noche es tu cuerpo?, ¿qué guitarra en su adagio marino? No uses palabras pues el deseo no es pregunta, es tacto de estrella; es la caricia del arpegio. Es recordar el nombre que no nos pertenece. Extiende los brazos antes de que el cazador de ondinas ronde con su babeante jauría de cadáveres. Esfúmate en tus secretos. Huye en la quietud, como yo. Ahondémonos en la espesura de este bosque.

(retrato con guitarra)




ONDINE (RAVEL)

la mujer el deseo el tiempo:
torrente entre las manos
del pianista
asciende se revuelve
brilla esa espuma
el instante florece

dejo de oír
apenas gotea
el murmullo de los dedos
tal vez clepsidra
lenta torturante
cada nueva gota
es el adiós
he dejado de verte
tu voz no me cela

se deslíen
las manos
apenas un rumor de yerba
un ruiseñor cuando todo acaba
su canto
eco de agua
el temblor de la rama
vacía
la última vibración
que el pianista repite:

“despídete de Ondine
abrazaste agua
rocío besaste
ahora tu corazón y oídos
persiguen sombras
los ríos son mujeres fugaces
Ondine es sólo espuma
entre los dedos del silencio”.




KÉKSZAKÁLLÚ

Todo hombre es Barba Azul
ante la llegada de la mujer
una mirada que al callar pregunta
que al hablar vuelve a preguntar escuchándose

Esa mujer que al pasar por cada habitación
algo sabe pues interroga
la cocina y el dormitorio son suyos
por sólo recibir el contacto de su peso

Nada sabemos de lo que sabe
aun si ocultamos fechas y claves
alguien mira y atiende cada resquicio
de lo que hemos sido y está ahí

La casa habla y el silencio es nuestra entrega
la forma masculina de dejar que todo sea llave
memorias convocadas y siluetas en el aire
para decir “soy mi casa y has llegado”

Noticias del pasado o frases elusivas no importan
jardín de sombras o mares fustigantes
pétalos de la infancia vértigos lunares
cuencos del ocaso hurtados del Tiempo

El cuento es repetido y vuelve a ser contado
el hombre sucumbe a su frío
urge el abrazo femenino
                                  cae en ella
y la historia de la casa que habla con cenizas empieza




EL ADAGIO RELIGIOSO

¿Qué busca el piano de Bartók cuando golpea el silencio?
el marfil de las teclas vuelve a ser hueso dientes colmillos
castañeteando un hambre inmemorial
algo cruje aterrado cuando la mordida hiende el aire
los alientos y violines piden regresar a la luz
en vano:
el piano es un tambor de oscuridades
nadie danza su danza de huesos

Es un ángel loco quien ha venido al taburete
disimula sus alas cenicientas bajo la cola del frac
dedos más pálidos que el marfil
arrastran un mar de pesadillas e iluminan
los pensamientos de los amantes
el público sigue atento el metrónomo de Bartók
¿quién vendrá a decirle que navega en un buque fantasma?
¿alguien sospecha dónde desembarcaremos?

El ángel sigue buscando
cuellos ateridos para lamer
entona himnos de resurrección
y las almas en pena ofician misa
religión de cuervos y erinias

debieran los corazones callar
Bartók los rasga con la delicia del verdugo
que alivia sus noches escuchando música
la batuta se revuelca en celo
gime conforme nos doblega

Atrevámonos a regresar a casa
depuesta ya la máscara de kehel
miremos la paz de la alcoba
busquemos fotos viejas y hagamos otra misa
un incendio con caras extáticas y amores perpetuos

Hasta que el haz flamígero transforme nuestros dedos
en negra pez nuestro lecho
en un buque de marfil
hundámonos entonces en la sala de conciertos
que cada quien lleve sus fantasmas
a escuchar a Béla Bartók







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