Hubo alguna vez
un resplandor lunar en un hombro
que ella desnudó por un momento.
Todo fue, en ese instante,
acequias, larvas, argamasas,
un hilo fino y blanco
que el silencio devanaba
y cuchillos que rasgaban
los siete espejos del viento.
En el breve instante
en que fuera revelada a mis ojos
esa breve porción de su carne,
y una firme, decidida voluntad
pulsó la tierra y le dio fuente,
edad, al agua, flujo y reflujo,
puso en movimiento los motores, las olas..
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Ella se desviste frente a un espejo.
Desnuda, en otro instante
de su existencia de baya
que madura para la muerte y el deseo,
parece resignarse al eterno juego
que alterna los días y las noches,
trae mayo después de abril,
lleva y quita las aguas de las playas,
da vida y mata a cada cual,
no importa si sintió miedo con cada relámpago,
anduvo por húmedos caminos
o durmió bajo cielos siempre en fuga.
Y sin embargo, afuera,
en lo profundo de la tierra, en plena mañana,
una oscura ciega criatura del crepúsculo
cava con sus uñas hacia arriba,
un súbito viento tira abajo
la cortina que separa al público de la escena,
un árbol incendiado atrae a las bandadas
que al fuego una tras otra se precipitan
y encuentran belleza en las llamas.