El tiempo aniquila rotundamente
todos los anhelos cósmicos
de un ser que busca
su misma esencia
en la introspección profunda,
y al no llegar fuerte
a su memoria primera
queda detenido en una espera de cielo
con un reloj en la mano izquierda
y su propio espejo en la derecha.
Ahí, en el lugar que la especie le confirió
la sabiduría,
los pájaros caminan por la terraza
y los buitres comen de su mano derecha.
Más abajo, haciendo esfuerzos
las angustias navegan
en un río de semen
que se desperdicia
en el sexo del mundo.
Penúltimo escalón
Ya no habrá un amanecer y un sol
ni mañanas calculadas en los ojos
despertadores o camas sin deshacer.
Todo será cobijarse en la tutela
de la noche, sin girar las músicas
ni volcar lenitivos en nuestra boca.
Desde este momento
la entraña devoradora
tendrá algo más para sus hijos
que nunca dejan de pedir.
No habrá intercambios de ideas,
sólo nosotros, destrozados.
Con un suspiro de alivio
y un reencuentro fugaz e inútil
en los espejos,
para al fin perderse,
dejarse arrastrar allá,
nunca y siempre, luz y oscuridad.
Al fin dejar el suplicio.
Centrifugarse, comer vacío
y girar en el aire, eternamente.
Onírico
Entre los buitres de los sueños.
Entre los buitres angelicales monstruosamente acicalados,
surge el fuego, hecho por el tedio de los volcanes interiores.
Quizás por eso en la noche de todos los silencios
y de la gruta estrellada,
los papeles y los ojos se mezclan en habladurías,
cuando los pájaros azules del ventrílocuo,
van volviendo a la botella
que se tapa con un corcho de nubes.
Nubes de mentira con laderas que vuelcan su frío,
el frío de los árticos, el frío de los infiernos,
el calor de los cielos se cierne sobre nosotros,
el cielo de los cielos baja hasta los infiernos.
El infierno sube, baja. El infierno es de frío.
El cielo de caluroso invierno.
Es entonces cuando los vasos inigualables de la perdición
se encuentran en todas las esquinas para apoyarse
sobre los torrentes del papel.
El momento en que los pájaros buscan, para emigrar,
para huir hacia los hermosos espacios blancos.
Mientras, desde el vientre meta-atmosférico
parten tres carros de ilusiones
que batallan con los infiernos ascendentes
y los cielos esenciales.
La mujer del tiempo
Rompe un poco mi estructura
-dice la mujer-
no deseo estar tan entera.
Destrózame la cantidad de años
que esperé tu sexo.
Y el hombre agotado,
con el corazón latiendo agitado
como el vuelo huidizo
de un ave nocturna
a la llegada del amanecer,
vuelve y se va.
Vuelve,
quédate sobre el tiempo
-ruega la mujer-,
y si no es este el momento
tendrá ella otro destino
otro desengaño
y la ampliación del abrazo
para encerrarse en su propio beso
en la condenación
que la somete.
Caída
Huir del pequeño diente hundido
en el atardecer de tu frente.
Virginal como una paloma negra,
como el pan o una retardada mental.
Hincado.
El ojo inyectado sale de su órbita y empieza
a caer, pasa por tu frente ahora oblicua,
resbala por tu nariz.
Las ilusiones son condenatorias
y los jueces sexuales imparciales.
Los hechos son ilusorios y los jueces eunucos.
Tus ojos miran el cielo hambrientos.
Tus ojos cielos, tienen apuro en deshacerse
del cuerpo del ojo.
Mi ojo penetrado. Mi boca empalagada
con los dulces de tu pelo.
Tu pelo colmando mi apetito
registrado en la guía turística de tus montañas,
tus lagos y tus cavernas.
Los dientes mastican visiones, todas mis miradas.
De: Interrogaciones
I
Quién se aparta cada vez más
del ruido y de las voces,
espera ver reaparecer una presencia
detrás de los pliegues del olvido
para realizar el milagro del amor.
Quién camina las noches
las sigilosas madrugadas
errando con las estrellas.
Quién ha confundido la vida
con las inextricables marañas de
los libros durante tantos años,
se sienta en la orilla de un río,
pone su mirada en la corriente
y siempre es el momento de partir.
Quién callará su palabra, cuando
perciba la sordera del mundo,
subirá las escaleras de su buhardilla
para encontrar el silencio del humo,
mientras innumerables poetas
de todos los tiempos
aguardan en los anaqueles
el rescate de una noche, para vengar
con dolor y goce sus vidas.
Quién abrirá las ventanas de su cuerpo
a las estrellas y a cada nuevo sol,
que ofrece cada día una prueba,
suscribirá un manifiesto contra
el hambre o un gobierno,
y aceptará que los demás
lo enrolen en la demencia.
¿Quién es capaz de descubrir
la vida en un poema?
¿Quién estará tan atento para arribar
a Whitman, Pound, Milosz?
y descubir en ellos, un hermano,
un espejo de uno mismo.
Quién aceptará la nostalgia
en la memoria del presidio,
se hará abstracción, signo,
oscuro visitante del alcohol,
desapercibido espectador de
todo lo circundante,
y a la vez visor de lo ínfimo
no visto,
que lleva a cuestas su universo.
Quién no distinguirá la vigilia
del ensueño, más que nosotros,
nuevos, primigenios,
eternos lobos esteparios.
III
Un amigo se suicida al amanecer.
Pasan las horas.
La tarde gira lenta y gris sobre mis ojos.
El ocaso es como el fin y como la muerte.
Lo que después de la luz ha de venir
no me desespera ni lo temo.
Todo es noche.
Un amigo en Oliveros muerde barrotes
si es que el golpe eléctrico
le permite morder.
Un amigo en la calle tiene hueco
el lugar de los dientes.
Un amigo en el trabajo,
tiene atado el corazón y medida su alma.
Uno en la abundancia olvida al prójimo.
Uno enamorado se olvida de sus amigos.
Uno intelectual olvida las cosas triviales
y un trivial amigo no piensa en nada.
Qué hago aquí. Acaso compadecerme de ellos
o de mí mismo.
Acaso merezco saber lo que nos pasa a todos.
La tarde gira lenta y gris hacia la noche.
Entretanto, deambulo por las propias fronteras.
Poema
Percibir
la nube
fija en el horizonte
el viento
de la soledad
el ladrar
lejano de los perros
las campanadas
de un angelus olvidado
en la ciudad
las campanadas
que dan temporalidad
al instante
el brevísimo
planear de un gorrión
en lo alto
y el cruzar
vertiginoso
de algunos otros
entre árbol y árbol.
Poema
Algo nos crece en los ojos
las manos adquieren ternura.
Caminamos pausadamente y
nos olvidamos del vértigo.
Empezamos a comprender
los paisajes
volvemos al ritmo propio.
Un lenguaje nuevo y menos
poblado, nace en la palabra.
Ya no nos engañan los reflejos
podemos vernos sin temor.
Ahora que sabemos de lo fútil
de las cosas
podremos hacer abandono,
silencio, olvido de nombres.
Algo ha crecido en la mirada
y no han sido solamente los años.
De: Poema del ser
II
Me gustan las ventanas;
desde adentro
contemplo pasar al mundo
y desde afuera
adivino o presiento
que otro como uno
observa al caminante
y las puertas,
todas
me llevan a distintos sitios.
Están las que guardan
la espera de la mujer
que prepara su existir
para el que llega,
o las que concluyen
parte de una vida
cerradas desde afuera.
De: Los espejos del aire
VII
Ese paisaje contiene otro pintado
y vivo dentro suyo.
Hay una franja del cielo
en la que se ven las márgenes
y el curso de un lento río
con sus costas, islas y bajíos.
Un solitario caminante
que proyecta su figura sobre el agua
y una nube tiene una visión
propia de las cosas.
El hombre
ha penetrado con sus ojos
los colores
en los espejos del aire.
X
La barca se desliza
sobre el agua
sin que nadie la lleve.
Un derrotero
y un viento ya alcanzados
la empujan a la otra orilla.
Desde la costa, nadie
ha percibido su partida.
En la playa del olvido
se han borrado
las huellas de ese hombre.
Del lugar
Busco asilo
en la memoria.
El paisaje
se somete
al habitante.
Manos baldías
dibujan en cada letra
el derrotero.
Del despertar
Amanece
y el murmullo del árbol
crece hasta la inmensidad.
Se nace
a otro día y otra vida
con cada despertar.
Una inquietud
se oye crecer muy lejos.
Advierto mis manos
en sus tareas
y saludo al día
con las voces
más íntimas de mi ser.
Atardecer
La tarde
se desnudó
hasta la noche.
De: Estandartes
10
Insaciable
sed de dar.
Amar
no como ritual o
conmemoración.
Dialogal
–Déjame huir
de tu devorada búsqueda-,
y permanecer
como aquel hombre,
aprehendiendo la corriente
de un río de silencios.
Que sea para otros el nivel
de conciencia que destruyo