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Indran Amirthanayagam (Sri Lanka)
BALBUCEO SILVESTRE
CARTA MEXICANA
LO COTIDIANO
ROSTRO
204 MENSAJES A K
BALBUCEO SILVESTRE
No llegué a la frontera
para oler el matorral
en la orilla del río,
ni acechar a los pumas
que cruzan el agua,
ni contemplar a las rocas
asoleadas al mediodía,
ni temblar en las noches frías,
ni atestiguar la invención
de un canto,
ni respirar el humo negro
de un incendio cuando quema
basura al lado del camino,
ni estar encantado
por las guacamayas rojas
que saltan desde las ramas
en los grandes libros
ilustrados.
No llegué a la frontera
para sentarme en este escritorio
lleno de trizas y versos cortados
de un balbuceo que he susurrado
a solas en el vacío
en el que no te encuentro.
CARTA MEXICANA
El día se va y la noche llega
con sus soledades.
El amanecer no te besa.
No encuentras
brazos lánguidos en la tarde
que te deja solo con la imagen
del candente pecho de la muchacha.
La habías visto en el aula
cuando dabas la ponencia
“México extranjero.” Habías fijado
la brújula de tus palabras
en el pezón dibujado en la blusa
de aquella jovencita que te alimentaría
como si fueras un vampiro.
Pero no tenías esa suerte.
El monte del huerto seco
que formaba tu estómago
escondía años fuera del alcance
de los brazos perfumados,
los labios que derramaban
jugosas ciruelas, el roce de las camisetas,
aún la mirada de la estudiante.
Faltaba algún reconocimiento
de tu soledad extranjera,
tu dependencia en otro círculo
de amigos y fantasías
que te decía: escribe una carta
sobre el México profundo; lo que sentías
cuando veías la pierna morena y pulida
entrar el aula e incendiarla.
LO COTIDIANO
Te escribo
con una petición,
sea humilde
o enorme—
que me invites
al cine
una tarde,
y me prepares
un plato
con cebolla
y ajo—
que me dejes
tomar tu mano
para caminar
en una vereda
de las montañas
cercanas—
que al amanecer,
me despiertes
con un beso
en la base
de la nuca.
ROSTRO
Imagina que medio rostro
se te ha borrado y no obstante
vistes traje completo
y vas camino a la oficina.
¿Cómo te darán la bienvenida
tus compañeros?,
¿será con pesar en el corazón,
con flores
y cuentas de rosario?
¿Cómo debemos saludar
al niño huérfano,
al marido cuya mano resbaló
y de la cual hijos
y esposa fueron arrebatados?
¿Cómo festejaremos
nuestros años nuevos
y cumpleaños?
¿Acaso tendremos que encender
siempre una vela?
¿En verdad recordamos
que el tiempo borra
la costa, que la hierba
crece y el dolor
amaina?
En Hikkaduwa
escribí en 1980 una canción
de marinos
a propósito de la lluvia
en la soleada Ceilán.
Ignoro
lo que los danzantes de calipso
habrían compuesto
sobre esta monstruosa ola,
ese ciego con su hacha;
no conozco
el responso del coro.
Somos un pueblo feliz
y sencillo,
aunque la mujer del pescador
sabe
que su abuelo
fue devorado por el mar,
que las comunidades de pescadores
han padecido a su tiempo
y que lo ocurrido ahora
es apenas otro festín
en beneficio de esa madre sangrienta
y adormecida
que envuelve nuestra isla.
¿Pero si el océano
fuera inocente?,
¿si las placas tectónicas
fueran inocentes? ¿Qué tal si Dios
fuera inocente?
No sé
cómo andar por la playa,
levantando un cadáver
tras otro
hasta quedar exhausto,
cómo detener las lágrimas
si la mitad de mi rostro
ha sido borrada
más allá
de los rieles del ferrocarril
y de esta anestésica
y calípsica llegada
al verso final.
¿Qué escribiremos
en la arena?
¿Dónde están las lápidas
incineradas? ¿De quién son
las cenizas dentro de la urna
que flota en una casa
ahogada por el agua?
¿Debemos construir
un monumento conmemorativo
a cierta distancia
del mar, en un parque,
con la forma de una ola gigantesca,
donde podamos escribir
los nombres de los muertos?
¿Han perdido ya las olas
su belleza y han de ser consideradas
como algo obsceno?
No obstante, mañana
tendremos que ir al océano
para refrescarnos
con la brisa marina,
en Hikkaduwa,
donde llueve,
en la soleada Ceilán.
Mañana
renovemos nuestros votos
al amanecer y en la puesta del sol.
Digamos –la próxima vez
que el mar retroceda
y los pájaros bobos
y los fugados e incansables
perros insistan para que los humanos
se levanten–: «No escudriñemos
la revelación
del lecho marino
ni busquemos tomar fotografías.
Corramos hacia un terreno más alto
y una vez reunidos allí
–con nuestros hijos,
nuestros gatos y perros
y cerdos, con lo que hayamos
cargado en nuestra manos:
álbumes, cartas–
formemos un círculo
–de rodillas, sentados
o de pie, sin orientarnos
hacia una dirección en particular–
y oremos y guardemos silencio,
abramos nuestros pulmones
para gritar gracias
a nuestros dioses,
gracias a nuestros perros
(David Ojeda, por la traducción)
204 MENSAJES A K
K. se fue
al continente
de pronto
dejando
una contestadora
para grabar
mi primer intento.
Hola K.
sólo llamo para saludarte.
Mi segundo intento.
K. Hola,
sólo quiero
discutir
un par de cosas.
Mi tercer intento.
K. he extrañado
tu voz meliflua.
Mi cuarto intento.
K.K.K.K.K.
Tus conocimientos
de ciencia y automóviles
están golpeando
mis tímpanos
como abejas.
K.
tus lecciones
de química natural
para la crema y nata
de los niños del campo
en la escuela de hojalata
de Arima, Trinidad
invaden mis sueños.
Ahora tengo carro
y compañera
y estoy
desfalleciendo
sobre los posibles
niños y niñas
lanzados de nuestra casa.
K., tengo ciento
noventa y nueve cosas
todavía que decirte.
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