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Rene Novoa (Honduras)





20

Aún no me explico cómo llegaste,
pudiste haber salido del bostezo de algún desmemoriado
o del grito de un niño
que derrapa todas las noches en una acera,
o quizá de las fobias que se enredaron en mi infancia,
da lo mismo, porque llegaste rompiéndome la frente
con la fuerza de una bala pintada de mediodía
para sacar los nombres que se agolpan en mí,
para dejarme tu olor a madrugada,
a jovencitas conspirando contra la inocencia.

Corrompiste la ausencia para exaltar al que espera,
para beatificarlo.
Traías un puño de estrellas
para esparcirlo en los caminos mientras llegabas.

Llegaste,
para que las palabras fueran humanas al ahogarlas,
para vestirte de naranja
y despertar en el verde de los bulevares;
para que tu nombre hiciera sentir la caída al pronunciarlo.
Llegaste desde la tierra misma,
desde el último latido de los que creen.
Llegaste,
evitándome la huida.




21

Tu voz me sabe a camino,
a amanecer de un día,
a noche plagada de luces.
A veces se aleja de mí
y jura que es definitivo,
entonces quedo viéndome los pies
o muevo una mano
para espantar algún recuerdo.
En ocasiones regresa para cerrarme los labios
y abrirme los ojos,
y me cuenta que se enredó en una garganta,
en los muslos de alguna mujer
o que se sentó frente a la puerta de una casa,
en cualquier ciudad.

Tu voz se precipita en los caminos,
corrompe, resucita,
va desnuda por las calles
bailando una canción que nadie canta,
arrastra los pies
y nace un niño,
sabe de memoria los nombres,
los cumpleaños,
de todos los que han muerto;
corre
y los pájaros regresan,
corre
y aparece
–casi imperceptible–
una sonrisa en el rostro de los abuelos,
corre
y vuelve a mí, bailando.

Tu voz,
es la mejor cura contra los años.




Soledades

Hay soledades
que de tanta compañía están solas,
soledades que se nos marchitan en los labios,
soledades benignas,
soledades de a pie,
soledades que nos atrapan en el centro de una cama
y a la orilla de una hora,
soledades que invocan un llamado,
soledades giratorias,
soledades en voz baja,
soledades en los baños.

Hay soledades que espantan fechas y animales,
soledades que se ocultan en un puño,
soledades que no se cansan de esperar,
soledades compartidas,
soledades a medias,
soledades en un lente,
soledades que se deslizan por una espalda de mujer,
soledades que cierran los ojos,
soledades que aún fuman en la ventana.

Hay soledades que detesto por pequeñas
y porque sólo existen cuando vos estás dormida
o cuando yo camino lento.




Poema para dos
(Formulario de consentimiento)

No te queda otra salida:
debés quererme,
permanecer inmóvil
mientras te abrazo y fumo e invento alguna excusa
para habitar en tu memoria,
para no soltarte.
Aunque despierte cansado de vos,
aunque desee que desaparezcás definitivamente
o te diga que en mí ya nada te pertenece,
no hagás caso,
no sos vos ni soy yo,
es esta forma de buscarte que se renueva,
son estas manos que se transforman en caminos, es, nada más, que por momentos olvido que estás en mí
y me alejo,
como cuando un hombre pierde la fe,
como cuando la fe no encuentra motivos,
como en los días en que me descubro demasiado solo
y me pongo insoportable,
y te beso antes de discutir
o después de desnudarte,
insisto: nadie tiene la culpa,
tan sólo sucede que no he entendido,
en esos días cuando cambio,
vos también salís a buscarme
y el tiempo, está jugando a despertarnos.




Insistiendo en el tema

Ella era transparente y azul e intempestiva,
era de granito, de últimos consejos del abuelo
y de cometa que se rompe en el recuerdo.
Llegaba tarde, pero no puedo culparla
porque al acercarse me devolvía las manos.
Descubrió que las huellas son palabras abandonadas
por alguien que no pudo quedarse,
descubrió –también– que al dormir
somos esos que buscamos despiertos.

Había en sus manos cierto de otros que no cesa,
cierto de noticias cargadas de tinta y de balas,
cierto de mí que no retorna.
Había en sus labios cierto de distancia
–distancia de nombres, no de pasos–
que sólo puede ser medida con mis venas.
Había en ella cierto amanecer junto a mis noches.

Ella, aguacero que corta,
partitura del viento,
metáfora de mi soledad;
ella, que aparece cuando quiero extrañarla,
ella, que se deja amar y abre los ojos,
ella que jura que me detesta.
Ella, la que era,
quien fuera,
ha despertado, hoy, en mi cama.



Kamikazes
Un hombre puede elegir cuándo caer,
profunda, estrepitosamente,
caer con sus palabras,
con las promesas que dejó en el cielo.
Puede dormir una tarde
mientras estallan dos pájaros,
llevándose la alegría de los locos.
Puede mutilarse los brazos
para que no lo habite la mañana;
perder la voz, perderlo todo,
intercambiar recuerdos con los años,
alejarse cualquier día.

Una mujer puede sentirse sola,
gritar cuando la asfixia el tiempo,
construir un espacio con los epitafios del mundo,
aburrirse que la condenen a un poema;
puede cambiar de calle,
aunque sepa que abandona un latido.
Puede renunciar a la idolatría de sus pies,
cansarse cuando le canten a sus ojos
y no a los eslabones de su sombra,
dibujar una balsa
para detener las estaciones;
desatarse las manos
para que llueva en su vientre.

Un hombre y una mujer
pueden descubrirse el uno al otro,
deben hacerlo,
ser kamikazes
y lanzarse desde sus bocas
para caer sobre sus cuerpos.



René Novoa
Nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1976. Sus poemas han sido publicados en diarios y revistas nacionales, así como en la revista alemana Portuñol y en la revista chilena Los Poetas del 5. Además, integra las antologías internacionales Colección Sensibilidades, Alternativa Editorial, Ourense, España (2002), y Letras Libres, Editorial Letras Libres y Libros de Autor, Ourense, España (2005).











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