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  JOSÉ SORIA (Almeria, España)

   tartucas@hotmail.com

 

TU PRIMERA VEZ

 

Roto está el silencio.
Tú ganas.
La noche se abre en tempestades
y anega de negros
mi alma negra

Sorbo a sorbo sorbí tu primavera.
Ante mí te ofreciste sensitiva
huyendo desde ti y confirmando
tu física presencia en mi vida.

                 Solo tomo de ti lo que guardaste
                 y el placer de tu miedo me confirma
                 en el lento morir que me persigue.

                Soledad. Tú rendida, toda quieta
                apretando tus labios, todos rosas
                y mi calma me presta en el delirio
                sensaciones vividas, pero rotas.

                Llegaste hasta mi otoño convencida
                de todo cuanto quieres ahora mismo
                y encuentras mi mirada que perfila
                el sabor y la busca del destino.

                De tu pelo su sol, tu piel temprana
                levantando su vello uno a uno
                y mis huellas que cierran y acarician
                los poros de tu cuerpo, tu cabello

Gasté todo mi tiempo contemplando
el placer que supone la caricia
que tus ojos cerrados en malicia
con ganas la recibe y van temblando

                Yo dejo la mirada postergada
                olvidada en silencio entre tu pelo
                y acerco a ti mis labios y mi aliento
                al rubor en que prenden tus mejillas.

                Es tu grito de alarma ya venida
                a templar esta espera sin retorno
                que se cuelga al temblor que necesita
                que no acabe, que siga, que te prenda.

               Susurras, casi nada,: “soy primera”
               y noto este calor que me contenta
               despreciando la edad, porque esta cuenta
               atrás ha comenzado ya certera

               Tus manos imprecisas ya no intentan
               separar mi cabeza de tus labios
               y tu piel y el reflejo de su pulso
               que se pierde en esquivos lucernarios
               hacen que me derrame poseído
               y poseso a la vez entre tus brazos.

               Aprietas débilmente con tus manos
               los brazos que mantienen mi postura
               con la fuerte presencia de mi ausencia
               que anuncia mi desarme más abrido
               y lanzas ese no desde la nada
               que se incrusta en mi verso ya crecido.

               Ya nada me detiene en mi camino,
               sentar una premisa ya pactada
               sin nombre, sin saber, mas definido
               el tiempo de la espera, la esperanza.

               No existe vuelta atrás, pequeña niña
               ya mi centro presiona inexpugnable
               y monta guardia, herido, tras la ropa.


               Alzo el rostro a mirarte desde arriba.
               Tus ojos siguen quietos desde dentro
               y tus labios dibujan con su miedo
               el ansia de que siga hasta tu centro.

               Desabrocho de a uno tus botones
               con manos que presionan tus latidos
               y en cada uno asomas a mis ojos
               tu pecho que te gime complacido

               Ya sola con tu corto pantalón
               que solo a tu color de aurora tapa,
               por vergüenza, por miedo, por temores,
               te vuelves con el rostro hacia la almohada.

               Un sollozo, un rumor, un casi nada
               que me habla del deseo, mi deseo
               con tu cuerpo debajo y ya vencido
               y tu espalda de nacar, tacto fino,
               en mis manos, diluida como escarcha.


               Y vuelvo con mis labios a tu pelo
               que esconde entre tus oros claro cuello,
               venciéndome otra vez ese destello
              del ansia de acabar rompiendo velo.

              Más espero encendido, y en mis dedos
              la espera de la espera con un: “pero
              ya no escapas, preciosa, cancerbero
              celaré mi apostura en tu morada”

              No te mueves, te callas, ya no gimes,
              casi muerta, los brazos en la almohada
              dejaste de pensar en esas hadas
              mientras, clamor de fuego, mis dos manos
              resbalan por tu piel, rozan la tela
              del pantalón que guarda tu secreto.

              Ya no lloras, no gimes, mas el miedo
              paraliza tu cuerpo, que me deja
              romper tu pantalón que ya es madeja,
              mil hilos que deshacen composturas.

              Encierro entre mis brazos ese vientre
              levantando tu cuerpo que se deja
              alzar en la subida, en la certeza
              de que hoy es el día, no mañana.

              Y descuelgo de ti cualquier vestido
              que marcaba pureza a la pureza
              dejándote venir en la crudeza
              de abrir la puerta falsa a tu destino.

              Te digo alguna cosa, pero callas,
              pues tus años te prestan la vergüenza.
              Tú... ¿Quince, dieciséis?, yo ya cuarenta.
              Tu silencio me presta las agallas.

              He bajado mis labios a tu espalda
              que se crispa a la vez que mil gemidos
              traspasan mi cerebro complacido.
              Soy primero en subirme hasta tu falda.

              Yo aún vestido, tú desnuda en cuerpo
              y alma. Y sigo labios por el centro
              bajando prestamente, mas con calma.

              Descanso en tu cintura con mi lengua,
              tu cintura feliz, casi sin forma.


             Tu intento de parar con dedos blancos
             mi descenso al abismo que me espera
             desgrana mi deseo en mil pedazos.

             Te tomo entre las mías esas manos
             y he vencido, se duermen al costado
             y sigo sin permiso, sin pecado,
             mi tiempo, mi destino preferente.

             He llegado con besos, con mi lengua
             a los montes de atrás, a lo prohibido
             que encierran desde siempre fruta y agua,
             secreto oscuro, flor de paz, de olvido.

             Mas se cierran tus muslos que bien prietos
             son el centro del mundo, de tu miedo.
             Sin prisa los separo con mis dedos
             dejando al mundo abierto oscuro sino.

Recuerdo el primer roce de mi lengua
con el oscuro negro ya prendido.
Marcó tu vuelta rápida rogando
con ese NO en tus ojos encendidos,
con atávico miedo que confunde
el placer con un ser desconocido,
y al volverte tapaste con tus dedos
tu sexo que se cierra entre tus muslos
dejando al aire senos recién sidos.

              Me miras implorándome un favor:
              Dejar correr el tiempo. Otro día.

Desnuda, yo vestido, ¿lo recuerdas?
mi mirada de amor y de lascivia
hicieron que tus ojos ya cautivos
se durmieran prendidos en mi liria.

Marqué cada centímetro del pecho
con marcas de saliva y digitales,
alumbré con mis ojos pedestales
que se alzaban de punta desde el lecho.

             Mientras, tiemblan tus manos más abajo
             y te sigo besando hasta el ombligo,
             mientras, quito de a poco tus dos manos
             de tu centro total, de tu postigo.

Separé tus dos piernas poco a poco
y a poquito libé de tu delirio
y rompiste a gritar y me apretaste
la boca contra el centro de tu río,

y te creíste morir en el momento.
Mi lengua desató tu movimiento,
tu miedo, tu placer, tu ignoto olvido.

Ya rendida, temblando, sin respiro
te quedaste en la cama boca arriba.

Y al verme con la mano desatando
las bridas del placer que me atosiga
suplicaste con lloros y pucheros.

Yo te dije que no pasaba nada
tumbándome a tu lado, yo vestido.
Desnuda te apretaste a mí sin miedo
Quedándose el placer solo contigo.

            Aún espero ese día prometido,
            ese día en que vuelvas a mis labios.
            Tú... ¿quince, dieciséis? Yo ya cincuenta,
            y volver a la esfera, lo prohibido.
 





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