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Catalina Valencia (Chile)




Inevitable




La angustia no vino cuando te dejé, ahí, parado en la calle,
si no cuando el sabor de tus besos se perdió en mi saliva
y cuando desapareció el dolor de mis pezones enrojecidos por tu boca,
también ansiosa de beber el blanco y espeso líquido de mi sexo.

En la ventana de tu mundo respiraste la noche
y para apagar el fuego de tu lado oscuro (que descubrí hace siglos), pero no
me permitiste conocerlo todo y tampoco caer hasta dónde yo sabía que estaba
el placer.

¿Por qué no te conocí antes? Preguntaste, mientras tu mano paseaba por mi
voluptuoso cuerpo, por mi cintura, mis pechos y por donde la piel húmeda y
rosada se confundía con tu hábil lengua.

Girábamos por tu espacio lleno de secretos y de la presencia de él, la que
no dejó de mirarte y prohibirte que abrieras tus brazos híbridos para estar
conmigo, para que penetraras en el túnel del hedonismo puro.

Pero la angustia no vino cuando me besaste por última vez, ni cuando en la
despedida se deslizo por mi cadera, sino cuando imaginé que al regreso a tu
lujurioso y ambiguo escondite ya no te emborracharías más con mi denso
perfume a mujer.

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Exquisito letargo




¡Es un milagro! Decías mientras me clavabas profundo y sin piedad la punta
de tu espada húmeda y altiva. La intensidad de tu oscura y endemoniada
mirada sobre mis ojos abiertos de placer. De pronto... un silencio y es que
un recogimiento me envolvía por completo el alma... ya el cielo estaba en
mis manos y aunque tu boca mordía mis ensangrentados pezones ya no había
forma de despertar de ese exquisito letargo para regresar a mi puta vida
terrenal.

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Manos




Ibamos volando sobre los cauchos veloces
el frío cemento entonces era el cielo perfecto
para suspendernos en mórbidos deseos
que nuestras manos comenzaban a dibujar.

Yo, con los ojos cerrados exploraba su blanca piel,
deslizaba por ahí mis oscuros sueños
los que apenas se alumbraban con las luces de la infinita carretera,
extensa, sinuosa, recorrida como él.

Nuestras manos bailaban sin parar una danza
que desconocía tanto como a ese hombre,
un ritmo que con una poesía drogada
comenzábamos a interpretar sin vergüenza ni premura.

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Otra vez




Otra vez me perdí entre los pasajes de mis cuentos, aquellos rincones
oscuros que me dan la bienvenida para gritar mis distorsiones ocultas y para
convertirme en el ser sexuado que soy. Confundida en esa penumbra desnudo
mis deseos y vuelvo a llorar agua negra interminable, aquella que me hace
escribir con sangre y dolor para luego deshacerme entre la nada y
convertirme en miles de partículas para volar a los escondites lujuriosos
que me vieron desdoblarme en mujeres de seda negra y en roja pasión, en una
ninfa despiadada y en un ángel infernal. Otra vez me confundí con la
filosofía nocturna, en el aliento mojado de las bocas animales, en las
canciones rítmicas de los gritos orgásmicos y en los aromas de los cuerpos
que siempre me invitan a pecar. Otra vez...

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Con las piernas al cielo




Con las piernas juntas y hacia el cielo oscuro me elevabas para amarme
bruscamente con la fuerza del animal en que estabas convertido. Dominada por
tu bestial figura mirabas como mis pechos se agitaban con cada golpe tuyo,
para inspirarte y hundirte infinitamente, el dolor que me regalabas de a
poco se volvía desesperante placer y cuando estaba a punto de dar el
resuello final volvías a atacar para que mi útero violado se estremeciera
con los líquidos ácidos que emanaban a caudales de tu miembro incansable.
Con las piernas al cielo...

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Húmeda soledad




Húmeda soledad que me acompaña esta noche con gemidos silenciosos que
propinan las lujuriosas escenas que imagino y cada vez que aprieto despacio
mis fuertes piernas. Emana generosa por entremedio de mi sexo hambriento de
carne y saliva para ahogarme exquisitamente en su tibieza delicada que hasta
quisiera yo misma beber. Húmeda soledad que después de regalarme un
estridente orgasmo me invita nuevamente a sumergirme en su cálido
para cantar sola esta lasciva canción.


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