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Valmore Muñoz Arteaga (Venezuela)


vajomar@cantv.net


La muerte inicia de nuevo su danza
mientras las manos del visitante
brotan de los susurros de una vieja mujer
sudorosa a olivo y a lienzo nocturno.

Mis ojos, animales fúnebres,
están llenos de aparecidos,
de columnas de lunas arrojadas
sobre un murmullo de fuego ceñudo,
mi frente se extiende desde mi boca alucinada
y germina en vacío
entre las aguas de un río transparente
donde ya no caben otros rostros ni otras semillas.

La muerte inicia su danza
sobre un jardín de pesadillas de ángeles cabizbajos,
sobre las pulsaciones de la vida
acabada a los pies de los verdugos,
la muerte y su caligrafía de ecos
miran desde el llanto
donde comienza la voz del éxtasis.

La muerte tiene la edad de las uñas del deleite,
de las órbitas, de la acequia llena de hojas,
la muerte inicia su danza
y nosotros aquí sudamos almas de luz ciega
bajo el manto del caído tras un pacto de sombras y gemidos.
Esperamos un rosario de olas marinas,
Esperamos un nuevo espacio turbulento,
una agonía redentora, una danza mortal, un mundo!




Tu rostro está poblado
             por temblores de lenguas,
             por un brinco de selva subyugada,
             por un tránsito de lámparas
tras un faro en la noche
bajo las plumas insomnes
de una plenitud en espera.

Tu rostro está poblado
             por el aceite demorado de un rito,
             por un anillo de rocío comido por los ojos,
             por una serpiente de lagos
                    donde tus senos asidos a mis labios
                    lamen la coyuntura de la noche.

Tu rostro está poblado
por una mujer y una niña de frentes anegadas,
             por un alma interrogante
             debajo del columpio de la noche
                   por un comunicado de sagradas compañías
agolpadas en las ranuras de un trueno subterráneo
por donde se desprende el instante
cuando termino mi canto.




Cuelgas de los ojos de una virgen
insistes en demoler con las uñas
el musgo que tiembla
sobre los finísimos talles de la memoria.
Había un laberinto de abismos frutales
bajo el canto que sorprendimos
en medio de tantos corredores,
de tantos chapoteos de perfume remoto,
de tantas tormentas tendidas sobre un montoncito
de peras ardientes.
Desde una rosa de los vientos interrogabas
    abriendo las ventanas de las despedidas,
todo se conjugaba al silencio del amor
abrigabas el calor de las escaleras
circundas secretamente bordea
    las voces cómplices
    clavadas en el fondo del misterio.
Vencíamos a la muerte
en ese refugio supuesto
    escondíamos las memorias
    dentro de otras historias
forjadas por aires de agua.
Desconocíamos el dolor sangrante
    de viajes en piraguas
    hacia otras provincias
       donde todo pretende construirse
con la levadura de los fantasmas de otros tiempos.
Septiembre traía un perfección de enigmas en las uñas,
el futuro se abre como orquídea de niño perplejo,
traía entre sus dientes una perla robada
a los días de diciembre,
fuimos nosotros quienes la robamos
para seducirla de nuevos sudores,
mientras, cuelgas de los ojos de una virgen;
y esa perla de mujer de otra raza
       cobra otro brillo
un brillo de túnel hambriento,
un brillo de encuentro inaudito
aún espera…
          aún espera…
En el fragor de la noche
aclaras tus catástrofes de mujer absoluta.




Te sujeto por tus labios de otra orilla
no te muevas,
no te muevas,
no rompas con tu aliento
los ventanales anafóricos
de unos muslos de albahacas,
abiertos al malecón de un alba,
de una hoja imitación del palpitar
de otro aliento vacilante.

Cierro tu labio
concluido desde mi lengua,
cuerpo de un naufragio,
animal hundido en el borde
de la noche.

No te muevas,
no palpites.
No te hagas secreto
de pintura sin nombre.

Un ojo con miradas,
el caos de la muerte
ríe para no poblarse de memoria.

Te sujeto de los labios
para no beberme los planetas.
Para hacerme en la noche
y dejar de ser
el lado más oscuro de tu rostro.




vamos andando sin mirar cómo caen los sentidos
sobre la hierba seca, silenciosa
desnuda en los ojos infantiles
de un lenguaje de hojas
          que bailan en la íntima claridad del pasado.

vamos escuchando cómo gotea el largo viaje
sobre éste instante de fragancias marchitas,
sobre éste minuto mirado desde el sueño
donde suele revivir la realidad más perfecta,
más incómoda para éste mundo de relojes
                 y de nubes atadas a las horas intensas
cuando las palabras transpiran otro sudor
irreconocible y profundo.

vamos aprendiendo que somos palabras arrojadas al aire,
al tiempo de recorrernos secretamente,
al segundo respirado por las sombras eternas,
a éste constante recuerdo de olvidar
el sonido que nos habita,
el silencio de las figuras
                que mueven al mundo
                bajo el sorbo antiguo de lo efímero,
                                                          lo fugaz,
                                                           lo revelado,
tras las cortinas de este tiempo enclavado
en las estrellas más altas de éste lejano universo.



el rincón de la noche mostraba tras sus dientes
cómo trece caballos masticando ríos de sangre
arrastraban por sus cabellos la desnudez de los ángeles.

maravillados, borrachos
los culpables desviaban la mirada de las estrellas
hacia un acantilado de sombras funestas
de donde pendía un rosario de ahorcados
que desgarraban lo que les quedaba de encías
contra las paredes de la vieja casa
donde Dios bajaba a espiar su aliento
sobre las espaldas de las meretrices.

con su dedo de abismos exploraba
las dimensiones del sueño
que apunta desde su oscura presencia
las puñaladas de los enigmas.

los límites de una tierra baldía
pendían del ruido venido como sótano de miradas cósmicas,
de la terraza de aquel lejano miedo
a sorprendernos con los fantasmas
incrustados en los negros cuadros
             donde acostumbra ir la memoria a respirarse el olvido.




la noche de tu cuerpo comienza en el mío,
en el ritmo despejado de las frutas tibias que te nacen
rompiendo la tristeza de mis domicilios invisibles.

eres silencio de espejo sin alma

con tu lengua bautizas la sangre
la inconsistencia de mi itinerario de fantasma,
de rincón donde se delata la sombra.

déjame iniciar mi respiración de tormenta
en los suburbios más oscuros,
en las calles que colindan con los antepasados de los magos,
en el segundo de los árboles del patio cuando las hojas giran
para celebrar la llegada del alba.

la noche de tu cuerpo me persigue en los insomnios
en mi lucha sórdida para evitar la muerte,
en la relativa seguridad de los asombros.
en este deseo de naufragar en tus cabellos sueltos
que circulan entre las cosas que más amo.

déjame lamer la piel de los lagos,
la superficie del anhelo, el rincón que encontré para amarte
lejos de la mirada de los dedos donde transcurre el mundo.
déjame un pedazo de tu olor sobre la mesa
luego de la cena de los ángeles
para arropar mi desnudez,
la parsimonia de volver siempre a tu imagen.

la noche de tu cuerpo es una fiesta,
es un banquete perdido entre las ramas del deseo
de las cosas que pasaron, de los recuerdos que siempre
vuelven siempre,
de la luna de París lavando su cara en tu vientre
como si estuviera a punto de morir.
la noche de tu cuerpo rueda por encima de mi cuerpo
tu noche y la mía desnudas jugando a hacer un océano de sollozos,
tu noche y la mía la visión recóndita de la demencia
tendida sobre las formas del fuego
         la puerta de todos los regresos.




tu boca abierta a las avenidas de la noche
me recuerda la sed de siglos detenidos en mi boca
que te nombra en la oscuridad de estos días
hechos cataclismos de jardines colgantes.

tu boca se abre para nombrar todas mis apariencias
y los hilillos de ternura dibujados por tus labios
para regocijo de mi corazón

asumen la existencia del horizonte hacia donde apuntan
las crestas de los recuerdos.
ella, tu boca entre abierta, desata las olas
que se nos atraviesan entre los mares de nuestras orillas.
ella sabe lo difícil que me resulta
fijar su presencia en los caminos ya andados por mis labios.
si fuera mi boca tan joven como los siglos
desandados por los sueños
mucho más allá de esta necesidad
de tomar las edades que me sobran
y guindarlas en tus labios en secreto pacto de estanque mágico.
pero el tiempo de tu boca y la mía ha pasado bajo el puente
de las posibilidades horribles,
ni las apariencias salvan esta lejanía de esperanza inaudita.
me detengo ahora en medio de la blasfemia
para quemar tu cuerpo con mis ojos que despiertan
sólo para verte desde mi edad de piedra
en la que siempre florece tu presencia de alucinante regodeo
desnuda caminando desde la sombra
        donde oculto los instantes cuando te aprendo de memoria.



















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