Este cirio arde  en memoria de

Juan Calderón Fabres

(24 de Febrero de 1945  - 21 de Septiembre de 1997)

Tributo a la Memoria de

Juan Calderón Fabres


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EEn San Miguel

Con Max

En Cochoa

En Cachagua

En San Miguel

 

En La Mora, Cabildo

 

Nicho en el Cementerio General de Santiago

 


 
 

 

Presentación

Esta página no pretende ser una apología, sino solamente un homenaje a un hombre que vivió, amó y murió, como tantos en este mundo. Es mi más sentido y profundo homenaje al hombre con el que he compartido diez años de mi vida, el hombre que ha sido el gran amor de mi vida. Es un modesto tributo, pero encierra una gran significancia. Es cuanto puedo hacer para decir a todos que el amor de verdad existe, porque yo lo estoy experimentando. Es nuestro testimonio sobre la realidad y la superioridad del amor. Porque ya no puede hablar, quiero hablar por él. Buscó el amor y lo halló finalmente. Y tanto amó, que su corazón no resistió tanto amar, y no lo acompañó más. Amó y fue y es amado. La reciprocidad del amor es lo que quiero resaltar en esta página. No quiero perder de vista el hecho de que —como todos los hombres— fue imperfecto, cometió errores, estuvo sujeto a las humanas pasiones. Sufrió tristezas, amarguras, discriminaciones, intolerancias, recriminaciones, desamor, rechazo, incomprensión. Fue pisoteado en su dignidad de persona. Disfrutó de la alegría de amar y ser amado. Se alegró con las pequeñas alegrías que la vida da a regañadientes. Pero no pudo disfrutar del fruto de todos sus sueños, planes, anhelos y proyectos. La fragilidad de la vida se lo impidió. Y todo lo que tenía pasó a otros, a quienes nada sabían de sus sueños, de sus deseos, de sus anhelos, de sus aspiraciones futuras. Tampoco quiero pasar por alto —ni menos olvidar— el hecho de que habiéndome amado, me amó hasta el final de su vida, hasta el mismísimo último aliento de su vida. De Juan poseo algo que nunca nadie podrá quitarme ni negarme: porque lo único que me interesa es saber lo que sé: El Amor Nunca Muere. Para mí es lo más importante que he aprendido.

 

I Parte

 

Juan y yo nos conocimos el día Martes 13 de Octubre de 1987 a las 08:15 hrs., a.m., en Avenida Oriental 6135-A, Peñalolén, Santiago. Yo volvía de una licencia médica de un par de días, y él era el nuevo planchador, que venía a sustituir a la señora Edilia Abarca, que, por coincidencia, resultaba ser cuñada de Juan. La señora Susana Najum Palombo, la socia principal y dueña en realidad de la Empresa en que en ese entonces yo trabajaba, y como un hecho excepcional, llamó a Juan para presentarnos. Nos dimos la mano e inmediatamente operó una suerte de atracción, una especie de magnetismo, que marcó —desde ese mismísimo instante— nuestras vidas. Yo me quedé prendado de la personalidad de Juan. Fue como un hechizo. Un amor a primera vista. Fue algo realmente hermoso. Indescriptible. De verdad, las palabras no pueden expresar las emociones que sentí.

Posteriormente, Juan también me hizo el mismo comentario sobre esa primera vez que nos vimos. El magnetismo fue mutuo. El amor brotó en ambos a la vez, y en el mismo instante. Hace diez años.

Sin embargo, no podía yo darme el lujo de una relación homoerótica así sin más. Por definición doctrinaria, y siendo yo miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, me cuestionaba severa y absolutamente cualquier cosa que fuera contrario a la sana doctrina de la Iglesia, según yo la había aprendido. Hasta ese momento, mi lucha en contra de mi inclinación homosexual había sido total y hasta el momento había tenido éxito, manteniéndome absolutamente alejado de toda y cualquier actividad homófila. Mi día empezaba y terminaba en actividades eclesiásticas : la obra misional especialmente me atraía y a ella estaba yo dedicando ingentes esfuerzos. Prácticamente no había actividad eclesiástica relacionada con la obra misional a la que yo no asistiera. En la estaca San Miguel fui Primer Consejero en la Misión de Estaca. En el barrio Juan Griego fui el director misional, y trabajé tanto como pude, en acompañando a los misioneros de regla y a los misioneros del barrio, jóvenes y jovencitas que estaban preparándose para ir a servir ——en cuanto llegara su llamamiento—— una misión de regla, en cumplimiento del mandamiento divino de ir a predicar el Evangelio eterno.

Mis actividades, pues, consumían gran parte de mis energías. La otra parte la consumía mi dedicación al trabajo. De este modo, casi no tenía tiempo para pensar en nada que no fuera la Iglesia y el trabajo. Algo de tiempo dedicaba yo a la familia que me quedaba en Quilpué, desde que yo había salido para Santiago en busca de mejores horizontes.

De manera que la llegada de Juan a mi lugar de trabajo provocó no poca conmoción en mí, en mi escala de valores, en mis desvelos. Por primera vez en mucho tiempo, empecé a pensar en qué pasaría si acaso ocurriera que esto o lo otro. Mi alma se conmocionó a tal grado que tuve que dedicar esfuerzos especiales para mantener el control de mi persona. Siempre me ha gustado ser dueño, amo y señor de mis actos y actuaciones. Nunca me ha gustado abandonarme a las pasiones —sean cuales sean—. Me gusta entrar a todas partes con los ojos bien abiertos. Así fue como entré a la Iglesia : con los ojos bien abiertos, el cerebro atento, el corazón calmo, todos los sentidos prestos a detectar la más mínima cosa que pudiera darme siquiera un indicio de que me había equivocado al hacerme miembro de la Iglesia.

La oración, el enfrascarme en más actividades eclesiásticas y dar más de mí mismo al trabajo fue la manera que yo intenté implementar para atacar y vencer a este sentimiento que me iba invadiendo desde ese minuto mismo en que fuimos presentados Juan y yo.

Pasó el tiempo. Y a medida que iba pasando, se iba evidenciando que mis esfuerzos no estaban siendo del todo exitosos en cuanto a mantenerme alejado de los pensamientos y sentimientos que se iban apoderando de mí en relación a Juan. Evité el trato directo al máximo posible. Me dirigía a él como «don Juan». Ninguna clase de trato coloquial. Ninguna clase de trato social me podía permitir con él, con quien perturbaba de esa manera mis sentidos y mis emociones.

Él me amaba en silencio. Buscaba la forma de acercarse a mí. Pero no hallaba la forma ni la fórmula, ya que yo había edificado un enorme muro defensivo en torno a mí mismo, y no dejaba que él se me acercara, en modo alguno. Yo sabía que lo amaba. Pero no quería aceptar la idea. Era contrario a lo que había aprendido en la Iglesia, a lo que la Iglesia enseñaba, a lo que ——yo creía—— los libros canónicos enseñaban sobre la homosexualidad. Yo debía casarme con una mujer, procrear hijos y ser fiel siempre al Señor y a la Iglesia, junto con la familia que yo fundara. Pero, el sólo pensar en alguna clase de relación sentimental con Juan, era una negación evidente de una verdad eterna que yo había abrazado y proclamaba como la única verdad. Por eso yo tenía que luchar contra ese sentimiento y deseo, y vencerlo. La victoria del espíritu sobre la carne era la única solución y salida a este problema. Y como yo me sentía avergonzado en extremo acerca de estos sentimientos, tenía que enfrentarme solo al problema, con la única ayuda y apoyo de la oración, del Espíritu, del Señor mismo. No podía arriesgarme a ser mal interpretado por mi Obispo, ni —mucho menos— que alguna infidencia llegara a hacer que este «problema» se fuera a saber en todo el barrio.

Para entonces, yo me había cambiado a un departamento en un primer piso, ubicado en Avenida Américo Vespucio 8137, departamento 13, en la comuna de La Florida. Era un barrio popular. Las gentes, de extracción humilde, generalmente se veían bastante mal, porque sus economías eran pésimas. La situación quizás si algo haya cambiado hoy en día. Anteriormente, vivía yo en casa de una tía paterna, en Cabildo 4445, comuna de San Joaquín.

De vuelta de las vacaciones del verano de 1988, la situación no cambió mucho. Pero el hecho de que amigo mío que es mormón ——Luis Valenzuela Cabrera, de Quilpué, y que estaba de novio con una prima materna mía—— se mudara a vivir conmigo y a trabajar en el mismo lugar que yo, alivió las cosas, ya que ambos competíamos por cumplir con más y más actividades eclesiásticas. Íbamos a Noches de Hogar, a actividades dentro de la semana que se efectuaban en el barrio de La Florida II, al que pasé a pertenecer. Tomamos cursos en el Instituto de Religión : Nuevo Testamento, Antiguo Testamento, Libro de Mormón, Genealogía, Inglés...

Durante unos cuantos meses, eso fue una verdadera bendición en mi lucha contra mis sentimientos y deseos carnales. Pero, a poco, Luis cometió un error y tuvo que dejar el trabajo. Entonces comenzaron los problemas de nuevo. Desde hacía varios meses, vivía conmigo un primo materno --Eduardo Castro Contreras--. La verdad es que siempre me pesó el que se viniera a vivir conmigo al departamento. Me restaba libertad. Además, no congeniábamos mucho.

Y mis pensamientos continuaban cada vez más perturbados por Juan. Yo me daba cuenta de los esfuerzos que él hacía por acercarnos. Yo me rehuía tanto como podía. Pero, de vez en cuando, y sin que yo alcanzara a evitarlo, me sorprendía tocando a Juan.

Así, pasó el invierno de 1988

Y llegaron las Fiestas Patrias de 1988. El día Viernes 16 de Septiembre de 1988, víspera de Fiestas Patrias, y como lo dice la tradición, la Empresa nos agasajó, con motivo de esas festividades, con un almuerzo especial, en que tanto empleadores como trabajadores compartimos en un ambiente de camaradería. Después de ese festejo, la tarde queda libre.

Esa tarde, después del almuerzo con que nos agasajó la Empresa, yo tuve que ir al Centro de Santiago para llamar a mi prima materna, Carmen Gloria Suárez Contreras, que estaba en Quilpué, por supuesto. Subí a la micro. ¡Y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme a boca de jarro con Juan! No había otro asiento, así es que tuve que sentarme a su lado. Obviamente, no podía irme de pie si estaba ese asiento libre. Y, una vez sentado, no podía irme mudo. Así fue que nos pusimos a conversar en camino al centro. Y nos pusimos de acuerdo en acompañarnos mutuamente a las cosas que cada cual iba a hacer esa tarde. Él iba a comprar una bandera para poner en su casa para esas fiestas ——la que conservo yo ahora——, y yo iba a telefonear. Pasamos incluso a mirar libros en una librería. Y hasta pasamos a un negocio ——El Completo—— a servirnos un par de cosas. Luego seguimos yendo de un lado a otro por el Centro. Finalmente, lo fui a dejar al paradero para que tomara la micro a su casa. Seguimos conversando. Y enseguida, él fue a dejarme a mí a mi paradero. Y así pasamos, yendo de un paradero a otro. Hasta que a eso de las 23 :00 hrs. Nos despedimos definitivamente esa noche.

Después de eso, la semana siguiente, el día viernes nos pusimos de acuerdo para salir juntos esa tarde, después del trabajo.

Ese día, Viernes 23 de Septiembre de 1988 fue, en realidad, nuestra primera cita : la anterior había sido una casualidad, fortuita. Fuimos al centro de Santiago. Tomamos helados. Fuimos de nuevo a El Completo a servirnos, por supuesto, completos. Él tomó cerveza ; yo tomé gaseosa. Caminamos, vitrineamos por los negocios del Centro. Y, de nuevo, él me fue a dejar al paradero y yo lo fui a dejar al paradero. Hasta que casi a medianoche nos despedimos, y nos fuimos cada cual a su casa. Lo mismo ocurrió los viernes que siguieron. En unas ocasiones, me dijo que, puesto que se había hecho muy tarde, podía ir a quedarme a su casa. O bien, él podía acompañarme a la mía, para que no fuera a pasar nada yéndome solo tan tarde en la noche. Ninguna de esas oportunidades acepté la oferta. Y cada vez, después del ritual de ir al mismo negocio de la calle McIver ——El Completo——, nos íbamos cada cual a su casa, después de andar y reandar el Centro de Santiago, ir por los negocios viendo las vitrinas, hojeando algunos libros en las librerías, conversando sobre lo humano y lo divino. Sin embargo, jamás tocamos el tema de la sexualidad, jamás hablamos de sexo, ni mucho menos de lo que sentíamos cada cual, el uno por el otro. Ambos lo sabíamos. Pero yo, todavía intentando controlar mis sentimientos y deseos, bloqueaba toda y cualquier oportunidad de hablar sobre el tema que nos interesaba a ambos. Y así pasaron los días de Octubre.

El día 31 de Octubre, víspera de Todos los Santos, y debido a que era víspera de feriado ——el 1 de Noviembre——, fuimos al Centro de nuevo. Repetimos casi todo el mismo ritual. Estábamos en la Alameda, en la esquina de Alameda con Nataniel Cox, cuando él me preguntó si podía ir a quedarse a mi casa. Yo, en un lapsus mentalis, ya que casi no me di cuenta de lo que él me dijo, le respondí que sí. Él se sonrió. «¡Por fin !», dijo. Apenas me di cuenta, traté de deshacer el compromiso. Pero ya estaba dicho. Y tuve que cumplir la palabra dada. Entonces pasamos al supermercado que había a unos metros de ahí para comprar algunas cosas para comer esa noche y para el desayuno del día siguiente. Recuerdo perfectamente que compré para el desayuno pechuga de pavo ahumada.

Y tomamos una micro que nos llevó hasta el departamento en que en ese entonces vivía, en la comuna de La Florida.

En ese entonces, vivía conmigo el primo materno de que ya hablé, Eduardo. Su sorpresa fue mayúscula al verme llegar con un invitado. Tras las presentaciones de rigor, tomamos las once, aunque ya eran como las diez de la noche. Después de conversar un poco, vino la hora de acostarse. Yo le preparé la habitación principal del departamento en que vivía. Le cedí mi cama. Él se preparó y se acostó. Yo le llevé unos libros para mostrarle cosas que a mí me interesaban. Pareció interesado. Pero nada más.

Yo me preparé una cama en la segunda habitación del departamento, donde dormía mi primo, para no molestar a la visita. Pero, entonces, cuando me despedía, él me dijo que no podía dormir solo, porque le daba miedo dormir en casa extraña, en habitación extraña y solo. Yo le dije que no podía armar otra cama en esa habitación. Él me respondió que cabíamos demás en la misma cama. Y que bastaba con dormir cada cual para su lado. Después de argumentar y contra argumentar, finalmente accedí a acostarme con él. Como él no tenía demasiado sueño, y yo tampoco, entonces, fui a buscar un montón de libros y revistas para que le diera sueño. En tanto, yo me fui a preparar para acostarme. A él le había pasado un pantalón de buzo y un beatle. Yo me puse un buzo completo y un gorro de lana que dejaba apenas los ojos afuera. ¡Muy bien tapado y aislado de cualquier contacto directo de nuestras respectivas epidermis!

Llegó, luego, el momento de apagar la luz y dormir. Y vino la conversación que había yo rehuido en tantas oportunidades. Juan me declaró que me amaba. Yo le decía que no podía ser, que entre caballeros eso no va, que quizás un tratamiento sicológico lo ayudaría, pero que no había forma ni tampoco necesidad de que nos embarcáramos en un problema de esta clase. Argumentos y contra argumentos. Hablamos hasta altas horas de la madrugada. Yo argüía que era pecado, que la Biblia condena la homosexualidad, que esto, que lo otro... Pero ningún argumento logró derrumbar la convicción con que Juan me declaraba que me amaba. Cuando ya el alba se anunciaba, nos quedamos dormidos los dos. La cama estaba orientada de Este a Oeste. Yo me había acostado al lado izquierdo, es decir, por el lado norte ; Juan se había acomodado al lado derecho, es decir, al lado sur. Durante la noche, en medio de la conversación, los dimes y diretes, y las argumentaciones de uno y otro lado, me había pedido cambiar de lado. Así es que cuando nos dormimos, yo estaba al otro lado, al lado de la ventana, que es el lado sur.

Al despertar yo, en la mañana del día Martes 1 de Noviembre de 1988, lo vi, lo contemplé, y no resistí más a la realidad : le acaricié la cara y se la besé, sin importarme nada ; y así fue que se despertó, sintiéndome y viéndome que le besaba el rostro. Abrió sus ojos, me sonrió, feliz, y, en ese mismo momento, se abrió la puerta de la habitación, sin previo aviso : mi primo, Eduardo, que se había levantado y venía a decirnos que nos levantáramos a tomar el desayuno. ¡Fue todo una sola cosa! ¡Quedó estupefacto al verme besando a Juan en la cara y a él sonriéndome! No dijo nada. Solamente que nos levantáramos a desayunar.

Nos levantamos. Tomamos el desayuno, con la pechuga de pavo ahumada que había comprado la noche anterior. Nos quedamos a hablar casi todo el día.

Sin embargo, nuestra relación no comenzó con una experiencia sexual. Comenzó con declararnos nuestro amor. Comenzó con nosotros hablando, conociéndonos mejor a través de nuestras palabras. Comenzó con sentimientos y emociones expresadas en besos y caricias. Lo sexual vino mucho después.

De hecho, nuestra relación nunca estuvo marcada por lo sexual como lo eminente y lo más importante. Lo sexual se constituyó en el complemento, en la materialización palpable y exquisita del amor que sentíamos ambos.

Talvez fue porque ambos éramos ya mayores cuando nos conocimos. Juan tenía 43 años. Yo tenía 33 años. No éramos jovencitos en busca de experiencias pasajeras. No sentíamos el deseo de un mero contacto físico divorciado de sentimientos y emociones. Nuestras vidas se unieron más allá de lo sexual en lo emotivo. Expresamos sentimientos. Expresamos humanidad. Expresamos masculinidad. Expresamos varonilidad. Expresamos amor, amor, sobre todo, amor...

El amor ha sido definido como lo más importante en la vida. Si uno no tiene amor, nada es. Si uno no puede amar, no es nada. Además, y lo creímos ambos, el amor es sufrido y bondadoso. El amor no es celoso. El amor no se vanagloria, no se hincha de orgullo, no busca sus propios intereses, no se siente provocado. El amor no lleva cuenta del daño. El amor no se regocija sino con la verdad. El amor todo lo soporta. El amor todo lo cree. El amor espera todo. El amor aguanta todo. El amor nunca falla. El amor nunca deja de ser amor. El amor nunca muere. El mayor de todos los dones de que podemos disfrutar los humanos es el amor. Y nosotros siempre creímos en esta clase de amor. Por eso, jamás nos peleamos, jamás nos dijimos groserías. Yo siempre he tenido un mal genio --proverbial, dicen algunas personas que me conocen-- y Juan siempre me soportó ; nunca se quejó de mi mal genio. A pesar de que yo, cuando me enojaba pasaba días sin hablarle. Eso ocurrió en nuestros primeros años. En una segunda etapa, ya no me enojaba de esa manera por nada. Aprendí a dominar mi mal genio gracias al amor de Juan. Él fue quien me ayudó a sobreponerme a mi malhumor. Gracias a él crecí como persona, desarrollé nuevas aptitudes. Y todo, por amor. El amor es perfecto. Lo sé. Lo sabemos.

Y cuando pienso en esos primeros días, siento que el amor es más fuerte que nada y que nadie. El amor puede transformar. El amor puede edificar. El amor puede hacer que las personas creen cosas que jamás imaginaron que podría ser posible. El amor, nunca puede fallar, nunca puede morir. El amor es eterno.

Juan pensó que jamás podríamos durar sino una semana, o, a lo sumo un mes. Es que la vida en pareja no es nada fácil. Incluso cuando el amor es la base para una relación de pareja, suele suceder que demasiadas cosas se combinan en un determinado momento, y todo se acaba. Tenemos demasiados ejemplos a nuestro alrededor de cómo las circunstancias personales, laborales, religiosas, sociales, económicas y hasta sexuales pueden destruir una relación de pareja antes de que uno se de cuenta. ¡Son tantos los obstáculos para establecer una relación de pareja durable! Y vez tras vez, se van acumulando frustraciones, desilusiones, recriminaciones, ... Y uno va desarrollando resistencias a creer en la capacidad propia para encararse a una relación de pareja estable y productiva en términos de beneficio emocional. Demasiadas veces los obstáculos externos y los que creamos nosotros mismos se oponen a nuestra felicidad.

Por eso, se sorprendió cuando le dije que antes que nada, teníamos que analizar las cosas y decidirnos a tomar una acción unida. Teníamos que vivir juntos. Nada podría resultar si cada uno vivía en su propia casa y solamente nos encontrábamos un fin de semana o un par de días a la semana. Si estábamos seguros de nuestros sentimientos, teníamos que luchar por establecer una relación estable y juntos siempre. Esa semana fue crucial. Ambos sabíamos que era cierto. Sabíamos que teníamos que vivir juntos para construir una relación provechosa para ambos. A partir del Martes 8 de Noviembre de 1988, comenzamos a vivir juntos definitivamente. La semana anterior Juan se había quedado día por medio. Yo le tendía trampas para que se viniera más pronto a vivir conmigo : un día no me despedí de él cuando me vine del trabajo y él quedó preocupado. Me vine rápido a la casa y en cuanto llegué, me escondí en el clóset de la pieza que ocupaba mi primo. Tras mío llegó él. Golpeó la puerta del departamento. En cuanto Eduardo abrió la puerta, y sin decir nada ni esperar a que le dijera nada (yo le había dicho que le dijera a Juan que no estaba), pasó y me fue a buscar a la pieza, pero como no me halló siguió y me halló rápidamente en mi escondite.

 

Chiquilladas.

 

Era el amor.

 

Es el amor.

 

II Parte

 

A fines de Octubre de 1988, cuando ya hacía casi un mes que estábamos de «novios» con Juan, cuando el pololeo era mucho más en serio, y poco antes de que empezáramos a vivir juntos, ocurrió un día que estábamos en el trabajo que, al pasar yo junto al puesto de trabajo de la Eva (Evangelina Medina Crespo), ésta me dijo : «¿Así que ahora te gusta la carne de caballo ?». Con tal mala suerte hizo la broma, que Juan la escuchó. Estaba a menos de 3 mts. de distancia. Juan tomó una de las pesas con que sujetaba las prendas en la plancha, y le dijo : «¿Qué te pasa, ...», agregando palabrotas (en realidad, garabatos de grueso calibre), al tiempo que alzaba la mano con la pesa (1 kg., de fierro) listo para lanzársela. Alcancé a interponerme entre ambos y calmar a Juan. Desde entonces, Juan no habló a la Eva hasta muchos años después, en realidad pasaron cinco años antes de que las cosas se normalizaran entre ellos.

Yo siempre me reí del asunto (desde la cómoda posición del después), diciéndole a la Eva que gracias a mí estaba viva y sus hijas tenían mamá todavía y no estaban bajo la férula de una madrastra. Con el tiempo, ella empezó a responder que gracias a ella Juan y yo éramos felices, porque si ella no hubiese hablado, yo nunca me habría "matrimoniado" con Juan. No es cierto. Pero para fines de ese mes de Octubre de 1988 fue que empezamos a vivir juntos, fue la primera vez que Juan se fue a quedar a mi casa.

Después, era ya proverbial esta historia de cómo fue que Juan y yo empezamos a vivir juntos. ¡Claro que todo el mérito era de la Eva!, aunque no fuera exactamente cierto.

En el departamento de la Avenida Américo Vespucio, en La Florida, vivimos un mes con Juan. Entonces nos fuimos a vivir a otro lado, a una casita chiquita de dos pisos, ubicada en el pasaje El Apero 1655, en la villa El Rodeo, comuna de La Florida, en que vivimos apretujados Juan, mi primo Eduardo y yo por todo un año.

Aquí ocurrieron todos los problemas inherentes al ajuste que ocurre cuando dos personas adultas, con clara conciencia de quiénes son, lo que quieren de la vida y lo que están dispuestos a dar y a sacrificar, sacan al tapete de la discusión. Aunque no se discuta con palabras. Los dos primeros meses de vivir juntos fueron parte del idilio inicial. Pero había que enfrentarse a la realidad : los caracteres diferentes, los gustos en comidas discrepantes, ñas creencias religiosas disímiles, las posiciones políticas, la percepción del mundo exterior, los deseos, anhelos, sueños y fantasías de cada uno.

Todas las cosas tienen que acomodarse a las nuevas circunstancias. Cada uno debía renunciar a ciertas cosas y adaptarse a otras. La compatibilización de los caracteres, de las aversiones y gustos de cada uno... en fin... Éramos dos personas adultas, con las cosas básicas y las superfluas de la vida plenamente definidas. Había que hacer redefiniciones. No solamente eso. Mi primo tenía su influencia también en la vida que estábamos empezando a cimentar Juan y yo. Esa gravitación no siempre era positiva. Surgían dificultades a veces solamente porque un tercero quería hacer valer su propia óptica de las cosas. Era legítimo. Pero era problemático convivir en pareja dos hombres y más encima tener que adaptarse a una presencia extraña a la pareja. Esto ocurre en cualquier tipo de relación, sea homosexual o heterosexual.

Además, para llegar al trabajo, en aquella época, teníamos que viajar casi noventa minutos arriba de una micro que iba de la Villa El Rodeo, en el paradero 27 de Vicuña Mackenna, comuna de La Florida, hasta Avenida Oriental con Avenida Américo Vespucio, en la comuna de Peñalolén.

Ese año las vacaciones empezaron en diciembre y terminaban poco después del año nuevo de 1989. El 25 de Diciembre de 1988, la mamá de Juan sufrió un ataque de trombosis que le causó la muerte el 29 de Diciembre de 1988. Yo ya no estaba en Santiago, sino que me había ido a Quilpué para preparar las cosas para recibir a Juan en mi casa paterna. Juan se quedó en Santiago y después de estar unos días con su mamá se iba a ir a Quilpué el 31 de Diciembre de 1988 para ir con mi papá a ver los fuegos artificiales a Valparaíso, el espectáculo del Año Nuevo en el Mar. Cuando Juan llegó a su casa, se halló con la noticia. Estuvo al lado de su mamá hasta que fue sepultada, el día 31 de Diciembre de 1988. De ahí, del entierro, en el Cementerio General, se fue a Viña, donde yo lo esperé. Al bajar del bus, lo noté extraño. Y me contó. Estaba tan apenado. Amaba a su mamá. Aunque ella no lo amó tanto. El papá de Juan, don Fermín, no lo quería a él. Desde pequeño lo trató mal. Por eso, jamás le tuvo cariño, ni tampoco le tuvo apego ni respeto. "El viejo es malo", solía decir Juan. Fue su primera discriminación, de él vinieron los primeros prejuicios. Muchas veces tuvo que subirse al techo de la casa para escapar de los castigos paternos.

Con toda la pena y el dolor que lo embargaban, Juan vino a mi lado. Esa noche y los días que restaron de vacaciones, lo llevé a todas partes, intentando distraerlo y sustraerlo a su dolor. Después de las vacaciones no volvió al trabajo sino una semana más tarde. Estaba en su casa paterna : su papá estaba con una hija, Ana, en Lo Curro. Después del trabajo, yo me iba donde Juan, a Renca. Al día siguiente, tomaba la micro y me venía al trabajo. Después de esa semana angustiosa, Juan y yo nos volvimos a nuestra casa, a La Florida. A continuar nuestra vida.

El amor no es un acto inconsciente. Es un hecho al que uno debe sumarse con los ojos bien abiertos. Nosotros nos amamos con los ojos bien abiertos. No fue una relación sexualista ni sentimentaloide. Era una emocionalidad sujeta al control de nosotros. No era un fuego arrasador, no era un potro desbocado, no era un ímpetu incontrolable. Amarnos fue saber perfectamente bien qué números calza uno. El amor es perfecto. El sentimentalismo es imperfecto. El sexualismo es un ímpetu incontrolable, hasta que el encanto se acaba, y todo se va al traste.

Para satisfacción nuestra, en enero de 1989 la empresa se cambió a su actual ubicación : Álvarez de Toledo 885, en la comuna de San Miguel (paradero 7 de la Gran Avenida, cerca de la metroestación San Miguel.). Ahora demorábamos apenas 60 minutos en una micro hasta el trabajo. Empezaron a darse mejores condiciones en el trabajo también.

Y empezamos a adquirir algunas cosas.

Yo no tenía casi nada cuando Juan se fue a vivir conmigo. Pero cuando nos instalamos en la Villa El Rodeo, Juan fue a su casa a buscar algunas cosas : su cama, sillas, sillones, y otras cosas más.

De a poco, ya que nosotros pasamos a contar con lo que yo llamaba "una economía fusionada", un eufemismo para indicar que todo lo poseíamos en forma mancomunada, empezamos a adquirir cosas. Una videograbadora, una cocina, una máquina de escribir, ... Empezó la maravillosa experiencia de hablar de lo nuestro : «nuestro» sustituyó a «mío» y a «tuyo». Sin darnos cuenta, empezamos a pensar en plural y a dejar los singulares. El uno preocupado por el otro.

Sin embargo, subyacían todavía asperezas, problemas derivados de la falta de ayuda de mi primo y de lo difícil que es amoldar las personalidades para hacer un edificio más firme y mejor cimentado.

Avanzamos en nuestra relación a medida que el amor se iba nutriendo de nuestros respectivos seres. Crecimos y maduramos nuestro amor en la medida en que íbamos avanzando en el tiempo. La pequeña llama inicial no se transformó nunca en un incendio voraz. Solamente una antorcha que arde en medio de la oscuridad circundante, perenne, jamás estorbada por las tinieblas de la incomprensión que la rodeaban. Jamás apagada por el huracanado viento de la discriminación familiar. Nunca ahogada por los prejuicios de que inicialmente fuimos objeto.

Para 1989 todo el mundo en el trabajo supo que estábamos viviendo juntos. Sabíamos que había habladurías, que se comentaba, que se cuchicheaba que esto, aquéllo o lo otro. Pero nunca nadie nos dijo nada en concreto en directo. Las pocas referencias que se podían escuchar eran vagas, imprecisas y absolutamente ambiguas.

Más de una vez sorprendí a la Clementina (Clementina Alfaro Valencia), advertir a las personas nuevas que llegaban a trabajar a la fábrica : "Tienes que tener mucho cuidado con el Juan y con Brus, porque ellos son maricones, y tú sabes que ... " Al menos en un par de oportunidades yo estaba justo detrás de ella cuando lo dijo. Y quedó perpleja cuando yo dije, al final de su discurso : "Sí, así es. Son maricones. Hay que tener mucho cuidado, o te puede pasar lo que a la Eva." ... ¡plop!

Entonces, en Febrero de 1990 nos cambiamos con Juan desde La Florida hasta San Miguel : nos mudamos a un pequeño "departamento interior", como le dice la dueña, ubicado en la calle Brigadier De La Cruz, justo a dos cuadras de la fábrica y de la Gran Avenida. La dueña era "la señora Morsa", apodo que le pusimos por sus dimensiones ... Era una pequeña pieza de 3 por 4 metros, más una cocinita de 1,50 por 1 mt. y un pequeño baño de 1,50 por 1,40 mts. Ahí nos instalamos. Como la cama de Juan no cabía, tuvimos que comprarnos otra : la elección fue una cama nido de 1 plaza. No cabía otra cosa. Porque mis libros, la mesa y las sillas ocupaban casi el 80% de la habitación. En la cocina pusimos unos estantes y ordenamos de tal forma que estaba todo a mano, pero apenas cabía una sola persona. Desde el frente, una señora que vivía con su papá y dos hijos, después, se encargaba de lavarnos la ropa y de cocinarnos a veces, cuando estábamos demasiado cansados (o queríamos flojear) como para ocuparnos de las cosas de la casa. Compramos unas catitas, que eran nuestra delicia. Hermosas aves. (Después se las regalamos a una hermana de Juan.).

Era bueno vivir allí, porque estaba todo cerca : no gastábamos en pasajes para ir a trabajar. Entrábamos a las 08 :30 hrs. a.m., por lo que podíamos levantarnos a las 07 :30 hrs. a.m. Salíamos a las 18 :00 hrs., por lo tanto a las 18 :20 hrs. estábamos ya en casa. La vecina nos cuidaba la casa cuando no estábamos. Como el "departamento interior" se nos hizo chico rápidamente, tuvimos que pedirle a la vecina que nos guardara varias cosas : la cama del Juan y un par de sillas.

En el invierno de 1990 nevó. Fue bonito ver nieve. El problema fue que se acumuló en la canaleta y se nos entró el agua por la muralla del lado oriental, justo al lado de la cama. Desde un baño situado tras la muralla norte, la humedad se pasó todo el invierno, por lo que teníamos que mantener la estufa encendida toda la noche contra la pared para intentar que estuviera algo seco. Para colmo de males, un día llovió tanto que empezó a subir el nivel del agua en el baño y comenzó a salirse desde el piso. Tuve que ir a la ferretería a comprar cemento para intentar hacerle una especie de murito bajo para contener el agua si seguía subiendo. Alcanzó a subir el agua hasta justo el borde superior, cuando pasó la emergencia. De modo que optamos por cambiarnos para no tener que pasar susto más adelante, o el próximo invierno.

En Octubre de 1990 conocimos a dos buenos amigos : Leonardo y Manuel. Ellos eran una pareja que tenía casi un mes de vida en común, desde las pasadas Fiestas Patrias. Yo intentaba hacer amigos, puesto que hasta la fecha no teníamos comunicación con nadie del ambiente homosexual. En "El Rastro" aparecían avisos, a los que yo contestaba si eran apropiados, y hasta puse avisos varias veces. Así fue como me carteaba con varias personas. En un momento determinado Juan creyó que yo estaba buscando "algo" o a alguien. A pesar de que yo le contaba de lo que escribía, y hasta leía mi correspondencia. De manera que cuando vinieron a nuestra casa Leonardo y Manuel, no hubo drama alguno, porque ya sabía de qué exactamente se trataba.

El 12 de Noviembre de 1990 nos cambiamos a la casa que estaba construyendo una compañera de trabajo: María Cecilia González Soto en Segunda Avenida 1330, en el paradero 13 de la Gran Avenida, metroestación Departamental, a corta distancia del trabajo, pero que tenía la ventaja de ser una construcción nueva y no presentar peligros de inundación. Juan no fue a ver conmigo el estado de la casa cuando yo la arrendé. Solamente cuando nos cambiamos la vió : casi se infarta. Es que había un enorme pastizal, de más de un metro de altura, tanto en el antejardín como en el patio trasero : era una verdadera selva. Además, faltaban los pisos de todas las habitaciones ; no había living-comedor, había un corredor abierto que también era un pastizal. Pero la cocina era enorme en comparación con la que teníamos antes, en la casa de la señora Morsa.

Aquí llegamos con Leonardo (la Valery) y Manuel (la Bárbara), a quienes, ya dije, conocimos el mes anterior, cuando vivíamos en casa de la señora Morsa. La primera noche dormimos todos en la misma habitación. Solamente un par de días después, cuando se pusieron los pisos de las habitaciones, nosotros nos quedamos en el dormitorio principal (en realidad, el más grande) y ellos en el otro dormitorio de la casa, un poco más pequeño. Nosotros todavía no teníamos una cocina como las normales, sino una a gas de dos platos. Manuel se hizo de una cocina de pie, de cuatro platos, y esa usamos por un buen tiempo.

Para mediados de Diciembre conocimos a Rafael Moyano Barraza (la Florencia Darwin van Hassenhofen). Él provenía de Uspallata, Mendoza, Argentina. Su madre era chilena y su padre argentino. Tiene un padre biológico distinto del legal, de apellido Castro, al que después conocimos en alguna oportunidad, de pasada. Es un tipo gracioso todavía. Tiene sus cuitas, sus problemas, sus trancas, sus emocionalidades. Excelente persona. Le faltó la guía apropiada. Hoy lucha contra sí mismo y contra el medio. Y ha sabido triunfar sobre ambos. Pero no sobre su naturaleza.

Para las vacaciones de 1991, como en las anteriores y las posteriores, pasamos varios días en Quilpué, desde donde íbamos a la playa. Claro que en ese entonces tuve apenas una semana de vacaciones debido a que había problemas en la parte administrativa de la Empresa y fue necesario revisar antecedentes y papeleos con don Daniel, el hijo de la dueña , y que se había convertido ya en el verdadero gerente general de la misma.

 

III Parte

 

 (Me niego todavía —conscientemente— a escribir esta parte de nuestra historia de amor. Siendo el testimonio de nuestra vida en San Miguel, en la casa donde los años transcurrieron tan felices y placenteros, me niego todavía a romper el encanto de esos días mágicos, cuando el Sol era nuestro y las estrellas el adorno de nuestro amor...)

 

El Desenlace Fatal

 

El relato del último día de nuestra vida juntos, y el golpe artero e inmisericorde del acaso, que rompió en mil pedazos lo que con tanto esfuerzo, dedicación y sacrificio construimos: tampoco tengo las fuerzas necesarias para escribir esta parte tan dolorosa de nuestra historia. Es una tarea para los meses por venir. O quizás nunca lo escriba…

 

La Carta que Jamás Deseé Haber Escrito

 

(El texto que sigue es copia fiel del original, escrito por mí el día 23 de Septiembre de 1997, al día siguiente del sepelio de Juan en un nicho del Cementerio General de Santiago. En el texto reproducido a continuación no se han introducido correcciones de ninguna clase y las emociones y sentimientos expresados en el original no han sido tocados en modo alguno.).

 

Santiago, 23 de Septiembre de 1997.-

Amado mío:

Nos hemos conocido por diez años ya, y esta es la primera vez que te escribo una carta. Lo hago con el corazón roto, con las lágrimas derramando por mis mejillas. No sé si mi egoísmo es demasiado. Mi vida ha quedado hecha trizas desde que has partido. Yo no creo en la vida de ultratumba. Yo creo que la muerte es el fin de la vida y que no existe nada más allá de ese suceso inevitable que es la muerte. Yo creo que te has extinguido en la Nada indeleble, que tu cadáver en el nicho es la única evidencia de que has existido. Creo que la muerte es la aniquilación de la persona. Pero no tengo manera de confirmar ese hecho. Y sin embargo, te estoy escribiendo una carta. La carta que jamás te escribí. La carta que jamás hubiera deseado escribirte. ¿Sabes? El llanto no le presta alivio ni consuelo a mi corazón. Mi corazón se desgarra en medio de mi llanto, llanto amargo, ... De mis labios ha huido la risa al momento de tu partida. Sé que si estoy equivocado y existe algo más allá de la tumba, tú sabrás perfectamente de lo que estoy escribiéndote, y que no necesito escribir todo esto sino como testimonio de lo que estoy sintiendo y deseo expresarte. Tú sabes que te amo y que te he amado más allá de lo que he aceptado que te amo. Mi amor no conoce fronteras, ni barreras...

Porque cuando tu partiste, te llevaste mi alegría, te llevaste mi razón de ser. A pesar de que todavía no adquiero la total conciencia de lo que ha pasado, me siento desolado, devastado hasta mis cimientos. El golpe ha sido brutal, demoledor. Y nada está quedando de lo que tuvimos. Nosotros, Juan, edificamos un hogar, una familia fue lo que constituimos: y teníamos un hogar. Éramos felices, porque nuestras vidas hallaron la respuesta al por qué del amor. Nos hemos amado como pocas personas han logrado hacerlo. Hemos construido con mucho amor, sacrificio a veces, constancia siempre, pero con amor sobre amor, y hemos dado todo de nosotros mismos. Nos hemos negado a la frivolidad de lo superfluo para deshacernos, fundirnos, en una sola voluntad, en un solo sentimiento, en un solo ideal. Nuestro ideario fue el amor. Y nos amamos más allá de todas las fronteras concebibles. Nuestro amor trascendió a todas nuestras personales pasiones, a nuestros personales anhelos y deseos. Nos negamos a nosotros mismos para ser un solo ser, para fundirnos en una sola voluntad, en un solo pensamiento. Y ese solo ser se alimentó del amor, de ese amor que día a día fuimos nutriendo con más amor. Nuestros cuerpos no nos pertenecían individualmente. Nuestros pensamientos eran uno solo. Nuestra verdad es una sola: amar. Por el amor al amor. Así hemos vivido. Por el amor al amor hicimos tantas locuras. Por el amor al amor hasta perdimos la cordura. Y nos sumergimos en el anonimato del que ama y sabe que es amado. Por el amor al amor mostramos nuestros corazones sin timidez ni rubores. Por el amor al amor. En este mundo sin ley donde murió la conciencia y la justicia, donde se mira sin ver y se oculta el sentimiento, donde se reza sin fe, y donde impera el dinero, tuvimos la visión de darnos cuenta de que es necesario volver a las raíces profundas, a las emociones compartidas, para poder merecer las estrellas, el sol y la luna. ¡Que viva el amor con su divina locura! ¡Que siempre viva el amor, por el amor al amor! Porque ambos disfrutamos de la insanía de amar y de sentirnos amados.

Pero, en un solo instante, el zarpazo pertinaz e inmisericorde del acaso ha destruido todo lo que hemos tenido. Y esta mañana, nuevamente, al despertar, y como ayer, me he encontrado en nuestro lecho solo, completamente solo, absolutamente solo, y sin más compañía que la melancolía, el dolor profundo de saber que te encuentras inerte, indemne, en la fría y oscura sepultura en que te colocaron, dentro de tu ataúd. ¿Quién contará nuestra historia? Y, ¿a quién? ¿Acaso a alguien le interesa saber que nos hemos amado, que hemos construido amor, con amor sobre amor, y por el amor al amor? ¿A alguien le importará que dos hombres pueden amarse, más allá del simple deseo? Tantos años juntos, que parece que recién ayer nos habíamos conocido. ¿Recuerdas, amado mío, esa mañana de Octubre en que nos conocimos? ¡Era la bendita primavera que nos prometía ilusiones, alegrías, sueños, todo lo bueno que pudiéramos imaginarnos! Y esta mañana has amanecido en la frialdad ultraterrena del nicho en que te han puesto. Descansa, amado mío. Descansa. Yo, esta mañana, como muchas que han de venir, estaré sufriendo, con el corazón triste y aterrido... deseando estar a tu lado, acompañarte en la soledad de tu sepultura. ¿Cuántas veces nos separamos en estos diez años? Apenas nos separamos cuatro veces: solamente cuatro noches no dormimos juntos y abrazados como estábamos acostumbrados. Hoy te escribo para hablarte de mí, de mis sentimientos en este día. Te escribo para contarte lo solo que me encuentro, el dolor que me embarga. Para decirte que mis lágrimas no se pueden detener, porque te extraño; extraño tus pasos, tu voz, tu presencia... extraño tu presencia en nuestro hogar. Mucho, mi bien, nos hemos adorado. En los azares de la vida hemos disfrutado juntos y reído, y tiernos besos sellaron a la par nuestro cariño. Siempre fuimos fieles a nuestro amor.

Juan, ¿cuánto tiempo estaré así? ¿Hallaré la paz del corazón? ¿Podré apreciar nuevamente el rumor del latido de la tierra? Ven, Juan, y apoya tu semblante sobre mi semblante yerto, para que sientas la amargura de las lágrimas que vierto. Tu corazón contra el mío quisiera ver apretados nuevamente en abrazo estrecho, para que pueda seguir abrasándolos la llama de un solo fuego. Y cuando de mi llanto corra el torrente deshecho, sobre la llama que ardiente vaya nuestros cuerpos consumiendo, en un transporte de dicha nos extinguiremos satisfechos... Yo te llevaré sobre el ala de mis cantos, te llevaré hasta las frescas márgenes del mar que tú amabas, que allí teníamos un retiro misterioso y solitario...

Juan, ángel de mis amores, sé que duermes en la fosa sombría. Mañana nuevamente, como esta mañana, iré a tu lado, y en tu tumba me clavaré en silencio de rodillas. Con fuerte abrazo me sujetaré loco a tu lápida. Tú estás mudo, frío, rígido. Mi pecho exhala gemidos palpitantes y suspiros en confuso rumor.

No deseo perturbar tu descanso. Pero era necesario dirigirte estas pocas líneas, como un testimonio tangible de lo que siento en esta hora funesta. No quiero perturbarte. No quiero molestarte. No quiero lastimarte. Si tú puedes, de alguna manera leer lo que te he escrito, ten la seguridad de mi amor hacia ti, amor que no se conforma con tu partida, y que jamás podrá entender lo que ha pasado. Sabes que estoy dispuesto a hacer lo que sea para que estemos nuevamente juntos. Para seguir amándonos como hasta este mismísimo día. Creo en lo que tú me dijiste una vez: el amor nunca muere. Lo creo. Lo sé. Y sé que si hay alguna clase de vida consciente después de la muerte, tú lo sabes. No tengo que decirlo.

Quien siempre te ama,

Brus.

 


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