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POLÍTICA:
Muros
EDUARDO
GALEANO
23 de
abril de 2006
El
Muro de Berlín era la noticia de cada día. De
la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos:
el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia,
la Cortina de Hierro…
Por
fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero
otros muros han brotado, siguen brotando, en el
mundo, y aunque son mucho más grandes que el de
Berlín, de ellos se habla poco o nada.
Poco
se habla del muro que Estados Unidos estudia
alzar en la frontera mexicana, y poco se habla
de las alambradas de Ceuta y Melilla.
Casi
nada se habla del Muro de Cisjordania, que
perpetúa la ocupación israelí de tierras
palestinas y de aquí a poco será 15 veces más
largo que el Muro de Berlín.
Y
nada, nada de nada, se habla del Muro de
Marruecos, que desde hace 20 años perpetúa la
ocupación marroquí del Sahara Occidental. Este
muro, minado de punta a punta y de punta a punta
vigilado por miles de soldados, mide 60 veces más
que el Muro de Berlín.
¿Por
qué será que hay muros tan altisonantes y
muros tan mudos? ¿Será por los muros de la
incomunicación, que los grandes medios de
comunicación construyen cada día?
*
* *
En
julio de 2004, la Corte Internacional de
Justicia de La Haya sentenció que el Muro de
Cisjordania violaba el derecho internacional y
mandó que se demoliera. Hasta ahora, Israel no
se ha enterado.
En
octubre de 1975, la misma Corte había
dictaminado: "No se establece la existencia
de vínculo alguno de soberanía entre el Sahara
Occidental y Marruecos". Nos quedamos
cortos si decimos que Marruecos fue sordo. Fue
peor: al día siguiente de esta resolución,
desató la invasión, la llamada Marcha Verde, y
poco después se apoderó a sangre y fuego de
esas vastas tierras ajenas y expulsó a la mayoría
de la población.
Y
ahí sigue.
***
Mil
y una resoluciones de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) han confirmado el derecho
a la autodeterminación del pueblo saharaui.
¿De
qué han servido esas resoluciones? Se iba a
hacer un plebiscito, para que la población
decidiera su destino. Para asegurarse la
victoria, el monarca de Marruecos llenó de
marroquíes el territorio invadido. Pero, al
poco tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron
dignos de su confianza. Y el rey, que había
dicho sí, dijo que quién sabe. Y después dijo
no, y ahora su hijo, heredero del trono, también
dice no. La negativa equivale a una confesión.
Negando el derecho de voto, Marruecos confiesa
que ha robado un país.
¿Lo
seguiremos aceptando, como si tal cosa? ¿Aceptando
que en la democracia universal los súbditos sólo
podemos ejercer el derecho de obediencia?
¿De
qué han servido las mil y una resoluciones de
las Naciones Unidas contra la ocupación israelí
de los territorios palestinos? ¿Y las mil y una
resoluciones contra el bloqueo de Cuba?
El
viejo proverbio enseña:
"La
hipocresía es el impuesto que el vicio paga a
la virtud".
***
El
patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de
las naciones dominantes.
Cuando
lo practican las naciones dominadas, el
patriotismo se hace sospechoso de populismo o
terrorismo, o simplemente no merece la menor
atención.
Los
patriotas saharauis, que desde hace 30 años
luchan por recuperar su lugar en el mundo, han
logrado el reconocimiento diplomático de 82 países.
Entre ellos, mi país, Uruguay, que
recientemente se ha sumado a la gran mayoría de
los países latinoamericanos y africanos.
Pero
Europa, no. Ningún país europeo ha reconocido
a la República Saharaui. España, tampoco. Éste
es un grave caso de irresponsabilidad, o quizá
de amnesia, o al menos de desamor. Hasta hace 30
años el Sahara era colonia de España y, por lo
tanto, España tenía el deber legal y moral de
amparar su independencia.
¿Qué
dejó allí el dominio imperial? Al cabo de un
siglo, ¿a cuántos universitarios formó? En
total, tres: un médico, un abogado y un perito
mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición.
España sirvió en bandeja esa tierra y esas
gentes para que fueran devoradas por el reino de
Marruecos.
Desde
entonces, el Sahara es la última colonia de África.
Le han usurpado la independencia.
***
¿Por
qué será que los ojos se niegan a ver lo que
rompe los ojos?
¿Será
porque los saharauis han sido una moneda de
cambio, ofrecida por empresas y países que
compran a Marruecos lo que Marruecos vende
aunque no sea de su propiedad?
Hace
un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en
un hospital de Bagdad, a una víctima de los
bombardeos contra Irak. Una bomba le había
destrozado un brazo. Y ella, que tenía 8 años
de edad y había sufrido 11 operaciones, dijo:
"Ojalá
no tuviéramos petróleo".
Quizás
el pueblo del Sahara es culpable porque en sus
largas costas reside el mayor tesoro pesquero
del océano Atlántico y porque bajo las
inmensidades de arena, que tan vacías parecen,
yace la mayor reserva mundial de fosfatos y se
dice que quizá también hay petróleo, gas y
uranio.
En
el Corán podría estar, aunque no esté, esta
profecía:
"Las
riquezas naturales serán la maldición de las
gentes".
***
Los
campamentos de refugiados, al sur de Argelia,
están en el más desierto de los desiertos. Es
una vastísima nada, rodeada de nada, donde sólo
crecen las piedras. Y sin embargo, en esas
arideces, y en las zonas liberadas, que no son
mucho mejores, los saharauis han sido capaces de
crear la sociedad más abierta, y la menos
machista, de todo el mundo musulmán.
Este
milagro de los saharauis, que son muy pobres y
muy pocos, no sólo se explica por su porfiada
voluntad de ser libres, que eso sí que sobra en
esos lugares donde todo falta: también se
explica, en gran medida, por la solidaridad
internacional.
Y
la mayor parte de la ayuda proviene de los
pueblos de España. Su energía solidaria,
memoria y fuente de dignidad, es mucho más
poderosa que los vaivenes de los gobiernos y los
mezquinos cálculos de las empresas.
Digo
solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No
se equivoca el proverbio africano que dice:
"La
mano que recibe está siempre debajo de la mano
que da".
***
Los
saharauis esperan. Están condenados a pena de
angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Los
campamentos de refugiados llevan los nombres de
sus ciudades secuestradas, sus perdidos lugares
de encuentro, sus querencias: El Aaiún, Smara…
Ellos
se llaman hijos de las nubes, porque desde
siempre persiguen la lluvia.
Desde
hace más de 30 años persiguen, también, la
justicia, que en el mundo de nuestro tiempo
parece más esquiva que el agua en el desierto.
Eduardo
Galeano, escritor y periodista uruguayo, autor
de ‘Las venas abiertas de América Latina’ y
‘Memorias del fuego’. |