LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> ÚLTIMOS CLIENTES, DE LLUÍS GUTIÉRREZ

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BÚltimos clientes

Lluís Gutiérrez

 

El tipo guapo bostezó y dio un vistazo rápido por el local, se fijó especialmente en las mesas del fondo. En una ocasión, hacía ya tiempo, había cerrado el pub dejando encerrados a una pareja que estaba follando discretamente en la última mesa y no se enteró de que los dejaba encerrados. Al día siguiente cuando fue a abrir a las cinco de la tarde les encontró esperando. No estaban especialmente enfadados, pero se habían comido toda la existencia de patatas fritas y frutos secos salados y habían acabado con tres botellas de litro de zumo de melocotón, habían pasado sobriamente de bebidas alcohólicas, así y todo la factura alcanzó los cien euros. Fue toda una constatación de que follar estimula el apetito y de que no se puede cerrar un pub especializado en rincones oscuros sin vigilar atentamente las mesas del fondo. De cualquier manera hacía ya tiempo que había tomado la costumbre de encender todas las luces del pub antes de cerrar; era una molestia ya que se tenía que desplazar hasta el cuarto donde estaban situados los mandos generales del local, pero le evitaba posteriores problemas.

Cuando regresó de encender las luces, dos fulanos grandes y sólidos como un autocar, correctamente vestidos, le estaban esperando pacientemente junto a la barra.

Amigos, son las tres de la madrugada y el día ha sido duro, me temo que estamos cerrados, mañana será otro día. Lo dijo acariciando con la mano izquierda el bate de beisbol que guardaba bajo la barra por si se presentaba algún caso desagradable, aunque en realidad no lo había tenido que usar nunca, solo en un par de ocasiones se había visto en la necesidad de sacarlo de su escondite y su sola presencia había bastado para zanjar cualquier posible problema.

Uno de los tipos grandes le sonrió amigablemente, aunque el tipo guapo pensó que en su sonrisa había algo tan erróneo como un seto florido en un vertedero; el otro parecía aburrido, con ganes de irse a dormir, y aquello le pareció una buena señal. Fue precisamente el adormilado quien le alcanzó con una bofetada que le lanzó hacia atrás haciéndole chocar contra la estantería de las bebidas. Usó la mano abierta, el otro tipo seguía sonriendo amigablemente. Imaginó que mientras acariciaba al bate de béisbol, sus ojos debían estar mostrando todas las posibilidades de acción que el miedo le impedía llevar a la practica y que debía tomar nota para la próxima ocasión.

Sonrisas le hizo la pregunta, una pregunta realmente inesperada. Él contesto que no tenía ni idea mientras intentaba acercarse a la barra y al bate de béisbol. La segunda bofetada del tipo que tenía sueño le lanzó rodando con violencia contra las botellas, varias cayeron al suelo y se rompieron, debían ser de alguna de esas mariconadas dulces que algunos clientes de poco aguante al alcohol piden de cuando en cuando, lo notó por el aroma a esencia de frutas que se expandió por el local. Sonrisas saltó sin aparente esfuerzo por encima de la barra y se le acercó calzándose un puño americano, el otro parecía cada vez mas soñoliento.

En aquel momento se le enrampó la decisión y empezó a verlo todo negro. Sonrisas ya tenía el puño americano bien sujeto y le volvió a hacer la pregunta mientras lanzaba una mirada llena de comprensión hacia el bate de béisbol, que ni siquiera había podido llegar a coger.

Empezó a hablar, les dijo todo cuanto sabía y que en realidad era bastante. Se sintió afortunado al ver que había acertado las respuestas, que lo que les había dicho era precisamente lo que aquellos tipos querían saber.

Sonrisas se quitó el puño americano y le dijo que había sido muy amable, también preguntó si se debía algo por el estropicio. Soñoliento parecía a punto de caer dormido sobre el mostrador de puro aburrimiento.

Cuando se fueron se quedó tumbado un buen rato hasta que la respiración se fue normalizando, luego probó a levantarse. Y se sintió orgulloso de haberlo conseguido. Se miró en el espejo, un ojo se le estaba cerrando rápidamente y del labio inferior partido un hilo de sangre se deslizaba barbilla abajo dándole un feo aspecto de desaseo.

La mano le temblaba cuando se sirvió un vaso grande ginebra, al tomar el primer sorbo le escoció la herida del labio. Posiblemente fue aquello que le hizo romper a llorar.

 

© Lluís Gutiérrez

 

       

                                                         


BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal  -  2004-2006

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actualización: abril 2006


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