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SOCIOS INSTITUCIONALES
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Un día complicado José Luis Caballero
Felipe Huerta, treinta y dos años. Inspector de policía, alto, moreno, atractivo, bien vestido. Entra en la sala de interrogatorios de la comisaría Centro. Es una estancia amplia, con dos ventanales casi cenitales, muy grandes. El mobiliario se reduce a una mesa rectangular, madera pintada de gris y cinco sillas. Una está en la que podríamos llamar la cabecera de la mesa, en uno de los lados cortos, las otras, dos y dos, en los lados largos del rectángulo. Hay dos lámparas colgadas del techo, metálicas, con bombillas de sesenta vatios, a una altura que ilumina a las caras sentadas y deja en sombra a los que estén de pie. Además del inspector Huerta hay dos hombres, ya sentados, juntos, en uno de los laterales. -Soy el inspector Huerta. -Encantado, señor Huertas –dice uno de los hombres, evidentemente el abogado, por la ropa, la soltura y el portafolios sobre la mesa- Yo soy Rafael Salas, abogado. -Huerta. Sin ese –dice el inspector. -¡Ah!, sí perdone, Huerta. Ya conoce usted a mi cliente, el señor Roca. -Sí, le conozco. –el inspector saca un bloc del bolsillo interior de la chaqueta- Si les parece, mientras esperamos a mi compañero repasaremos algunos datos. –se sienta en una de las sillas frente a ellos. -Perfecto. -Jaime Roca Vizuete, nacido en Barcelona el 24 de octubre de 1958. Vendedor… -Ejecutivo de ventas, si no le importa –dice Jaime Roca. -Dígale a su cliente que nadie le ha preguntado nada –espeta el policía. Se produce un movimiento nervioso entre abogado y cliente. -No creo que… -intenta decir el abogado. -No se trata de lo que crea, señor letrado. Esto es un interrogatorio oficial y todo lo que su cliente diga puede ser utilizado. Adviértaselo. -Señor Roca –el abogado se dirige a su cliente- Le aconsejo que no diga nada salvo que se le pregunte directamente. –el señor Roca asiente mientras el color rojo de la cara le sube de intensidad. -Sigamos –dice el inspector- Vendedor. De estado civil casado con Maite Rosell García, separado de hecho y en proceso de separación judicial… -el señor Roca va a decir algo pero la mano del abogado sobre su brazo le disuade- …. Domicilio actual, Hotel Cristal… detenido ayer jueves día 12 en su anterior domicilio, calle Mendieta, sin número, acusado de agresión, allanamiento de morada, violación de orden de alejamiento e intento de asesinato. –El señor Roca sufre un súbito ataque de furia que le congestiona la cara y le hace ponerse en pie. El abogado tira de su brazo para que vuelva a sentarse y el policía se echa hacia atrás en la silla esperando acontecimientos. Jaime Roca se sienta finalmente. El inspector Huerta va a seguir leyendo cuando se abre la puerta de la sala y aparece Vicente Paiva, inspector de policía, cincuenta y seis años, calvo, de buen peso y aspecto afable. Lleva documentos en las manos y una pequeña grabadora. -Señores. –dice- y se sienta en la silla que preside la mesa- Soy el inspector Paiva y llevaré esta investigación por orden del juzgado número doce que ve su caso. Espero que haya explicado usted sus derechos y deberes a su cliente. -Por supuesto. –dice el abogado. -Y que el inspector Huerta les haya comunicado las acusaciones. -Sí, inspector. -Bien. Empecemos pues… -pone en marcha la grabadora- A las ocho de la noche…. –En ese momento suena un teléfono móvil. Es el de Huerta. Éste se levanta, lo descuelga y se va hacia un rincón de la sala. -…. Una patrulla de la Policía Nacional –sigue hablando Paiva. Huerta lo hace en voz muy baja: Te he dicho que no me llames cuando estoy trabajando, por dios. –le dice Huerta al teléfono. -…. Y su esposa se encontraba, según los servicios sanitarios…. –recita Paiva. -Ya lo sé, teníamos una cita –está diciendo Huerta- pero no trabajo en una oficina, no dispongo de mi tiempo como tú… -… según el parte médico… -sigue diciendo Paiva. Huerta ha colgado el teléfono y vuelve a sentarse. Perdón, dice. -Los agentes le encontraron a usted intentando reanimar a su esposa, -dice Paiva- labor que siguieron los sanitarios…. Supongo que no es necesario seguir con el relato de las incidencias médicas, en fin, traumatismos, erosiones, heridas, que, supongo, obra en su poder, señor letrado. -Sí, sí, inspector. -Bien. –Paiva respira hondo- Ahora, si no le importa, señor Roca, nos gustaría oír su versión de lo ocurrido en la tarde del jueves día 12. Roca se aclara la garganta y avanza las manos juntas por encima de la mesa. Es un hombre de buena estatura, bronceado, con el pelo gris peinado hacia atrás y escrupulosamente afeitado. Sus manos son grandes y luce las uñas cuidadas aunque lleva erosionados los nudillos de la mano derecha. -Pues verá. Llegué a casa como todos los días, sobre las seis de la tarde… -¿Perdone? –dice Huerta- Si no ando equivocado tenía usted una orden de alejamiento de su esposa. ¿Qué es eso de que volvió a casa? -Mi cliente no tenía intención de violar esa orden. –dice el abogado. -Pero la violó. –remacha Huerta- ¿Reconoce que la violó? -Técnicamente sí –dice el abogado- La patrulla le encontró allí pero mi cliente entró en la casa al percatarse de que su mujer podría necesitarle. -Explíqueme eso, señor Roca –dice Paiva. -Pues… -balbucea Roca- Pasé por delante de la casa… con el coche y vi que algo no iba bien… -¿A qué se refiere? –pregunta Huerta. -Pues, señales en la casa, cosas que no estaban en su sitio… -¿Cómo qué? –insiste Huerta. -¿Voy a tener que soportar esto? –exclama Roca dirigiéndose a su abogado. -Dígale a su cliente que se calme –dice Paiva con tranquilidad. El abogado cuchichea al oído de su cliente. En ese momento se oyen unos suaves golpes en la puerta de la sala y ésta se abre. Aparece la cabeza de una agente de policía. -Inspector, Felipe. Tienes una llamada, que tu móvil está desconectado y es urgente. Paiva asiente con la cabeza y Huerta sale de la sala. Huerta sale a la estancia principal de la comisaría, coge el teléfono de su mesa. -¿Diga? –una pausa- Por Dios, ¿es que no podemos hablar de esto en otro momento? Estoy trabajando. –nueva pausa- ¡No pude ir!, joder, tenía una declaración en el juzgado, no puedo largarme cuando me de la gana. –algunos de los policías desparramados por la sala escuchan la conversación disimuladamente- Oye, tan fácil como pedir hora para otro día. ¿Qué tu abogado qué? Yo no estoy tratando de boicotear nada, ¿te quieres separar? Pues nos separamos, pero no me jodas. –cuelga el teléfono de un golpe. Saca un paquete de tabaco y enciende un cigarrillo. Da unas caladas, lo apaga en el cenicero de su mesa y vuelve a entrar en la sala de interrogatorios. -…. No lo sé, tal vez al intentar reanimarla… -está diciendo el señor Roca. Paiva mira a Huerta y luego, fijamente, al acusado. -Me estaba diciendo el señor Roca que se manchó la camisa de sangre al intentar reanimar a su esposa. –dice con un tono absolutamente escéptico. -¿Le salpicaron las gotas al hacerle el boca a boca? –dice Huerta francamente de mala leche- ¿Cree que somos idiotas? -No tiene usted derecho… -dice el abogado. -¿No tengo derecho? ¿A qué no tengo derecho, señor abogado? ¿A dudar de las mentiras de su cliente? ¡El la golpeó hasta dejarla inconsciente! Cuando oyó la sirena de la patrulla se puso a hacerle el boca a boca, ¡muy conyugal! Y la sangre le salpicó la camisa cuando le reventó el labio de un puñetazo. -No hay testigos de eso, señor inspector –dice el abogado. -Lo hay, señor letrado –interviene Paiva- Hay un testigo, su esposa. Está en coma, pero confiemos en que salga de él y pueda decirnos quién la golpeó hasta casi matarla. -¡Fuiste tú, cabrón! –grita Huerta. Roca se envara en la silla, se vuelve a poner rojo y golpea la mesa. -¡Es usted un… ¡ -dice y se corta. -No puede tratar así a mi cliente –interviene el abogado. -¡Yo no la toqué! –grita el señor Roca. -No tiene ni huevos para reconocerlo. –le espeta Huerta. -¿Qué no tengo …? –el abogado le sujeta de nuevo del brazo. -Tranquilicémonos un poco –dice Paiva muy lentamente- Señor letrado, aconseje a su cliente que no pierda los nervios. No le conviene. -¡Y usted sujete a su subordinado! –grita Roca, muy alterado. -¿Cómo ha dicho? –dice Huerta y se pone en pie. Paiva no dice nada pero le observa un poco tenso. -Haga el favor, señor Roca –dice el abogado- Inspector, -se dirige a Paiva- Nos tranquilizamos, de acuerdo, pero todos. Mi cliente se siente acosado. Huerta está de pie mirando a Roca con los puños apretados. El acusado le aguanta la mirada, tenso. -Tranquilízate Felipe –dice Paiva- El señor Roca se va a portar como un buen chico y no va a decir más inconveniencias. Vamos a ver. –Huerta se sienta- Tal y como yo lo veo, las cosas son así. Usted pasa con su coche por delante de la casa. Efectivamente ve cambios en el jardín como me ha dicho, parterres pisoteados, flores arrancadas y han desaparecido las esculturas de piedra que tanto le gustaban…. -Mi cliente creyó en la posibilidad de un ladrón. -Si, sí por supuesto –sigue Paiva- Por tanto decide violar la orden de alejamiento y entra en la casa con la llave que todavía guardaba contraviniendo también la orden del juez. -¡Es mi casa! –exclama Roca y el abogado le vuelve a sujetar el brazo, esta vez con fuerza. -Una vez en la casa, su esposa se enfrenta a usted… -Mi cliente afirma que la encontró en el suelo, desmayada… -Estamos haciendo una hipótesis, señor letrado. Déjeme terminar. –Huerta está lívido sin quitar los ojos del señor Roca- Supongamos que la encuentra tan fresca, digamos viva y coleando; ella se cabrea, cosa lógica, le insulta, usted se enfada a su vez, cosa también lógica, y hay una pelea. De una cosa sale otra, se le va un poco la mano y ella acaba con un traumatismo cráneo encefálico que la mantiene en coma. Usted intenta reanimarla, claro está, porque su intención no era causar daño, y en esto que llega la patrulla a la que han llamado los vecinos al oír el escándalo. –se hace un silencio- La cosa está en que si fue así como sucedió, usted es culpable de la violación de la orden de alejamiento, con atenuantes, naturalmente, de agresión en el calor de la discusión con resultado de lesiones… bien, señor letrado dígale que eso se soluciona con un par de años en libertad condicional. Huerta, ceñudo, no dice nada pero su mandíbula apretada, sus puños y sus ojos clavados en Roca lo dicen todo. El abogado mira a su cliente y éste mantiene los ojos fijos en Paiva. -Bien –Paiva se pone en pie- Vamos a dejarles solos unos minutos y hablen ustedes con toda libertad. Ya ve que la cosa puede resultar beneficiosa para todos si no nos empeñamos en esa historia inverosímil de un ladrón que no ha robado nada. Paiva y Huerta salen de la sala. Paiva, con la mano sobre los hombros del inspector Huerta, se lo lleva fuera de la estancia principal de la comisaría. Salen al pasillo y de allí a la calle. Al fresco de la noche, Paiva respira en profundidad, saca un paquete de cigarrillos y le ofrece a Huerta. Encienden los dos y Huerta va a decir algo pero se le adelanta Paiva. -Sé lo que me vas a decir. Que ese cabrón apaleó a su esposa a conciencia. Que es culpable de todo lo que le echemos y que le estoy salvando. -Eso es. Ahora dirán que sí y se volverá a ir a casa como si nada, a darle otra paliza. Así no vamos a ninguna parte. No eres el poli que yo conocía. -¿Ah no? ¿Y qué debo hacer según tú? -Apretarle las clavijas, hacerle que sude y mandarlo a juicio por intento de asesinato. Tenemos a la mujer. Cuando pueda declarar lo crucificaremos. -Sí. Estaría bien… si ella estuviera viva. -¿Qué dices? –Huerta se queda con el cigarrillo a medias. -Que la mujer a muerto. Me han llamado del hospital antes de entrar. No tenemos testigos ni su declaración. -¡Joder! -Ahora es con resultado de muerte. La cosa cambia. Y si conseguimos que declare sin saberlo tenemos un punto de partida. Y aún nos quedan un par de balas en la recámara. Hay un tipo dispuesto a declarar que salió de la oficina diciendo: voy a matar a esa zorra. Y otra cosa más que hemos encontrado en la basura. -¿Qué? -Un puño americano. Las erosiones que lleva en los nudillos no son de la cara de ella como nos pensábamos, son del hierro. ¿Entiendes?, mano del esposo, hierro, cara de ella. ¿Lo ves? Se llevó un puño americano, eso desmonta la teoría de la pelea sin intención. -Pero estás ocultando pruebas. -No. Todavía no ha entrado como prueba. Aparecerá en cuanto él confiese que los golpes son suyos. Y es evidente que el abogado no lo sabe. Y si se lo dice, no importa, entonces el muy imbécil no aceptará el trato y lo tenemos igual cogido por los huevos. –Huerta da una calada el cigarrillo. -Lo siento. –dice Huerta- No estoy en mi mejor momento. -¿Cómo va lo tuyo? -Fatal. No fui a la cita con el abogado y se lo han tomado como un boicot. Gloria me va a dejar en pelotas. Me quedo sin casa, con un bocado menos en el sueldo, sin nada. En la calle, joder. -Lo siento. -Sí. Yo también. Nunca pensé que ella me haría esto. -¿El qué? -Esto, joder, Vicente. Plantearme una demanda como si fuera su enemigo. Va a saco, a desplumarme. Y no hay derecho, no soy ningún monstruo. -Supongo que no. Pero ella tampoco. Tendrá sus motivos. -¿Tú de qué lado estás? -De la justicia, ¿recuerdas? Tenemos ahí a ese gran cabrón que seguro que empezó igual, ¡ah! Pobre de mí, mi caaaasa, mi mujer, mi esto, mi lo otro… -Joder. No he matado a nadie. No le he puesto la mano encima en mi vida. -Ya, hijo, pero eso no es una medalla, eso es tu obligación. Ese hijo de puta tenía la obligación de proteger a su esposa y de dejarla respirar cuando ella dijo ¡se acabó! Y ya lo ves. Te juro que si por mí fuera le pegaba un tiro. -Esta bien –dice Huerta- ¿Qué quieres que te diga? -¿Yo? Nada. Dios me libre de juzgar a la gente. Por suerte nosotros sólo tenemos que llenar los informes, presentar las pruebas y a otra cosa. -De acuerdo. La culpa es mía. Yo la he engañado. Se ha enterado y me ha enviado a la mierda. -Te lo mereces. Y ahora vamos a darle su merecido a ese cabrón de ahí dentro.
© José Luis Caballero
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BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal - 2004-2006
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