LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> VECINOS, DE SERGI ECHABURU

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Vecinos

Sergi Echaburu

 

 

Papá hacía días que estaba muy nervioso. Cuando estaba así, se le notaba enseguida; siempre se ponía a chillarle a mamá por cualquier tontería. Todo le parecía mal; la comida, el calor, el trabajo, los programas de la televisión..., y finalmente se tomaba las pastillas rojas y blancas que le había recetado el médico, y parecía que se calmaba.

    Los que siempre pagábamos los platos rotos cuando papá estaba así, éramos mamá y yo. A mí siempre me hacía lo mismo; me prohibía ver la televisión durante un par de días, y si hacía el más mínimo ruido jugando, me obligaba a irme a mi habitación y a encerrarme allí en completo silencio.

- Ya tienes 10 años y deberías ser más responsable - me repetía constantemente.

    Pero durante aquel mes de julio la cosa fue peor. En nuestro edificio éramos cuatro vecinos, había un piso por cada planta y parecía, por el ruido que hacían, que éramos veinticinco. Empezaré por abajo. Los del primero, que eran un matrimonio de unos sesenta años, estaban haciendo obras en su casa. Se habían propuesto reformar todo el piso, y los operarios no paraban de picar, taladrar, y dar golpes de todo tipo, desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Sólo paraban una hora para comer, y llevaban así un mes y medio.

    Los del segundo eran una joven pareja de recién casados, que aparte de su afición a poner la música a todo volumen, habían decidido comprarse un cachorro de fox terrier. El problema es que , debido a sus trabajos, dejaban al pobre perrito solo en el piso durante la mayor parte del día, y el cachorro, por consiguiente, no paraba de llorar y aullar en todo el día.

    En el tercero vivíamos nosotros, y en el ático había una pareja, de unos treinta años, que tenían dos hijas; la mayor, de unos cuatro años, y la pequeña, que era un bebé de dos meses. El jaleo que hacían entre las dos niñas era considerable, ya que, la una no paraba de dar carreras, arriba y abajo, por el piso, mientras que el llanto continuado de la otra era capaz de acabar con la paciencia de cualquiera.

    Con las cosas así, los nervios de papá empeoraron en pocos días. Una noche le escuché hablar con mamá desde mi habitación, con la puerta entreabierta.

- Cariño, tienes que ir al médico otra vez. ¿No ves que tu situación empeora por momentos? - le decía mamá, angustiada.

- Para qué cojones voy a ir a ese médico, si siempre me dice lo mismo y me da las mismas pastillas. "Su problema es el estrés continuado en el trabajo, y eso afecta a su vida cotidiana, haciendo que usted esté irritable y le dé más importancia de la debida a los pequeños problemas que surgen diariamente. Si no se toma las cosas con más calma, acabará por tener una depresión". Ya me sé ese rollo de memoria y no voy a ir otra vez a que me lo suelte.

- Tú mismo cariño, pero yo creo que deberías ponerte en manos de un especialista.

- ¿Estás insinuando que estoy loco?

- No, no es eso. Simplemente digo que estás muy estresado e irritable, y cualquier día

tendremos un disgusto.

- Vamos, no exageres. Tampoco es para tanto.

    Pero sí que era para tanto. Durante los días siguientes las cosas no mejoraron. Los ruidos, de todo tipo, no cesaban y papá, que hasta entonces nunca se había mostrado violento con mamá y conmigo, empezó a mostrar signos de lo contrario. Una tarde, cuando llegó de trabajar, especialmente nervioso, me encontró jugando con mis videojuegos en el salón y, sin mediar palabra, me cogió la máquina de las manos y la estrelló contra la pared, haciéndola añicos. Seguidamente me agarró del brazo, y me llevó a a mi habitación a empujones, encerrándome allí mientras decía a gritos:

- ¿Es que no tienes nada mejor que hacer que jugar con esa mierda de máquina todo el día?. Estudia más y juega menos, si no quieres que me enfade de verdad. Luego escuché como discutía a gritos con mamá, echándole la culpa de cómo me había educado, y también me pareció escuchar algún golpe, aunque no estoy seguro.

    La siguiente fase de la enfermedad de mi padre fue el enfrentamiento con los vecinos. Ocurrió un sábado por la mañana. A las nueve en punto empezaron a sonar los golpes de los albañiles que trabajaban en el primer piso, y el ruido que hacían era infernal. Papá se levantó de la cama hecho una furia, se puso su bata y bajó, como una exhalación, hacia la primera planta. Mamá intentó detenerle, pero fue inútil. Papá nos dijo que nos quedáramos en casa, que no le siguiéramos y , tal como estaba, lo mejor era hacerle caso. Desde casa oímos los gritos de unos y otros, y al cabo de un momento los ruidos habían cesado. No sabemos lo que pasó exactamente, pero lo cierto es que, los días siguientes, los ruidos de las obras disminuyeron drásticamente.

    Durante la semana siguiente pareció que papá se encontraba mejor, y no hubo ningún incidente destacable, a excepción del miércoles, en que mamá, temiendo que papá llegara del trabajo malhumorado, tuvo que bajar a pedirles a los recién casados del segundo piso, que hicieran el favor de bajar la música, con la excusa de que yo estaba enfermo y no podía descansar.

    Cuando llegó el fin de semana papá decidió que lo mejor sería irnos a la casa del pueblo, que el abuelo le había dejado en herencia, para relajarse, y a mamá la idea le pareció fantástica. Lo pasamos muy bien; dimos paseos por el campo, fuimos a buscar setas, hicimos una barbacoa y papá, incluso, me dejó salir el domingo a cazar con él, con la vieja escopeta del abuelo. Yo me sentí muy orgulloso de mi padre, y los dos volvimos a casa con un par de conejos y una perdiz para mostrárselos a mamá y que los pudiera guisar.

    Todo fue perfecto hasta que regresamos a la ciudad. Al llegar a casa, el domingo por la noche, las dos niñas del piso de arriba hacían un jaleo terrible. La pequeña lloraba sin cesar y la mayor parecía estar jugando con una pelota, que botaba sin parar produciendo un sonido rítmico y continuo.

    Papá empezó a ponerse nervioso, pero no dijo nada, y ví como se iba al lavabo y se tomaba dos pastillas, antes de irse a dormir sin decir palabra.

    El lunes por la tarde papá volvió del trabajo muy mal. Algo le había pasado, pero como le ví tan excitado, me metí en mi cuarto, me quedé en silencio e intenté oir lo que hablaba con mamá.

- No puedo continuar en este trabajo. Mi jefe no para de joderme y mi nuevo compañero está intentando quitarme el ascenso, que me corresponde por antigüedad. Me lo he ganado a pulso, y ese pelota de mierda me lo va a quitar. Todos estos años perdidos para nada.

- Vamos cariño, no te precipites y espera a ver lo que ocurre antes de tomar ninguna decisión. Llevas muchos años en la empresa y no puedes dejar el trabajo así como así.- le intentaba tranquilizar mamá.

-Pero tú no sabes lo mal que lo paso allí. Todos están contra mí. Quieren hundirme y echarme. Todos quieren joderme.

- Vamos cariño, no exageres. No será para tanto.

- ¡Siempre me dices lo mismo! Nunca es para tanto - y papá cada vez chillaba más.

    La semana continuó en la misma tónica, hasta que el jueves se produjo otro altercado. La joven pareja del segundo piso había salido por la tarde y, al parecer, habían tenido que dejar a su perrito solo en casa. El pobre animal estuvo toda la tarde aullando y ladrando, y cuando papá llegó, a las seis, lo primero que dijo fue:

- Ya está ese maldito perro ladrando.

    Y mamá le comentó que los vecinos debían haber salido, ya que, el perro llevaba toda la tarde igual. Papá esperó, nerviosamente, a que llegaran los vecinos del segundo y , a pesar de que mamá intentó convencerle de lo contrario, cuando le pareció oír la puerta de la calle y pasos en la escalera, bajó corriendo a echarles un sermón. Esta vez, el chico del segundo no se limitó a escuchar la bronca y aceptar su culpa, sino que le plantó cara a papá y los dos se enzarzaron en una acalorada discusión que duró, por lo menos, un cuarto de hora.

    Cuando papá subió a casa, tenía la cara desencajada y pálida, y me fijé en que temblaba de pies a cabeza y sudaba copiosamente. Parecía sufrir un ataque de ansiedad de esos que ya había tenido alguna vez. Mamá le preparó un té e intentó tranquilizarlo, pero no hubo manera. Luego le trajo sus pastillas y le acompañó al dormitorio para que se acostara. Cuando papá se hubo dormido, mamá volvió al salón y me mandó a la cama, pero desde la puerta del pasillo vi como lloraba y me dio mucha pena.

    El viernes, cuando salí del colegio a las doce y fui a casa a comer, me encontré a mamá en la cocina, como siempre. Al cabo de cinco minutos sonó el teléfono, mamá lo cogió y escuché lo que hablaba con cara de preocupación. Llamaban del trabajo de papá. Querían saber porqué no había ido a trabajar y porqué no había llamado para avisar de que no iría. Mamá se quedó perpleja, pero reaccionó al instante y les mintió, diciendo que papá estaba enfermo en cama, y que ella no se había acordado de llamar para avisar. Se disculpó nuevamente por el despiste y colgó el teléfono.

    Mamá estaba muy nerviosa y ví que tenía los ojos llenos de lágrimas. Cogió de nuevo el teléfono, pero antes de que pudiera marcar ningún número, la puerta de casa se abrió, y papá entró con la escopeta de caza del abuelo en la mano.

- ¿Dónde has estado cariño, acaban de llamar de tu trabajo? - le preguntó mamá, sin poder disimular el miedo que la embargaba.

- ¿No lo ves? He ido a la casa del pueblo a buscar la escopeta.

- Pero, ¿qué vas a hacer?

- Coge al niño y enciérrate en la habitación. No quiero que salgáis de ahí para nada.

- Cariño, no hagas ninguna locura - dijo mamá, al mismo tiempo que intentaba abrazar a papá y cogerle el arma que tenía sujeta en la mano derecha.

    Pero papá le dio un empujón y la tiró contra el bufete que había en el comedor. Mamá de desmayó por el golpe, y cayó al suelo desplomada. A mí me entró pánico y corrí a esconderme en mi habitación. Escuché los pasos de papá, que salía , por la puerta, a la escalera y salí sigilosamente acercándome al umbral para oir lo que pasaba.

    Bajó los peldaños hasta el primer piso y llamó al timbre. La puerta se abrió y sonaron dos disparos. Volvió a cargar el arma y sonaron dos disparos más. Después subió hasta el segundo piso y volvió a llamar al timbre. No escuché abrirse la puerta, y entonces oí como disparaba a la cerradura para abrirla. Mientras volvía a cargar la escopeta, se oyeron varios gritos, y después dos disparos más. Por último subió hacia el ático y , esta vez, golpeó la puerta con la culata del arma, pero arriba no había nadie. Escuché sus pasos bajar hacia casa, y corrí a mi habitación para que no me viera. Desde la puerta entrecerrada ví lo que pasó. Papá se sentó en el sofá y dejó la escopeta a su lado, apoyada en el respaldo. Entornó los ojos y se recostó suavemente. El silencio era absoluto y escuché claramente como papá decía:

- Dios, qué tranquilidad.

    La policía llegó al cabo de unos minutos y, después de detener a papá y comprobar que mamá sólo tenía un fuerte golpe en la cabeza, fueron a comprobar lo que había pasado en los otros pisos. En el primero habían muerto el matrimonio mayor y dos albañiles que estaban trabajando en ese momento, y en el segundo habían caído abatidos el chico y el cachorro, y la chica estaba gravemente herida. Los del ático tuvieron suerte de no estar, porque sino también les hubiera disparado.

    Hoy es día de visita, y mamá y yo nos hemos vestido con nuestras mejores ropas para ir a ver a papá, que está en una celda de aislamiento del Hospital Psiquiátrico Provincial. Sólo nos dejan verle quince minutos a través de una pequeña ventana, y siempre está tumbado en la cama mirando hacia el techo. Parece que, finalmente, ha encontrado el silencio y la tranquilidad que buscaba.      

 

© Sergi Echaburu Soler

 

       

                                                         


BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal  -  2004-2006

sede provisional:  c/ de la Sal, 5   -   08003 Barcelona

actualización: abril 2006


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