LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> EL CRIMEN DE ESTELA PARIS, DE DAVID BARREIRO

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El crimen de Estela Paris

David Barreiro

 

 

Siempre recordaré aquella madrugada de adviento que conocí a Magallanes en el Bel-Luna. Me fijé en él porque tuve la extraña sensación de que la barra terminaba en la turbia penumbra de un tipo consumido por su sombra y envuelto en el humo de un cigarro que iluminaba de ámbar su barbilla. Eran cerca de las cuatro y ya había comenzado el desfile fúnebre de hombres solitarios y mujeres de ayer que salían en silencio y sin prisa del club, después de haber desovado los recuerdos en los estribillos de las canciones de Tom Waits. En los rescoldos de la noche, Magallanes y yo entablamos una conversación agridulce como su mirada de cartón piedra. Pensé que un tipo como aquél sólo podía ser periodista o detective privado. Deseché la primera opción porque no encontré codicia en sus ojos, y me reafirmó en la segunda el mercurio que se paseaba impúdico por sus venas.

Por aquel entonces yo me sentía solo y hundido, incapaz de disfrutar de los placeres que la vida supuestamente le concede a un chaval de menos de treinta años, tratando de olvidar que trabajaba en el peor tugurio de la ciudad. Quizá por eso me resultó agradable compartir las ruinas del pasado con aquel hombre y constatar que la depresión y la voz de la caída no llamaban sólo a mi puerta. Estuvimos largo rato hablando de jazz, hasta secar una botella de Black Bust. Entonces el silencio nos fue ganando terreno, por lo que cambié el rumbo de la conversación:

-         Eres de fuera, ¿verdad? No recuerdo haberte visto por aquí.

-         Muchacho –me contestó sin mirarme- es imposible que me hayas visto antes. He estado secuestrado. Digamos que soy un rehén en mi propia vida.

-         ¿Y qué haces aquí, te has liberado?

Magallanes inició un movimiento al baño maría con su mano derecha y desdobló un papel amarillento del periódico El Comercio de hacía varios años. Reconocí la imagen recortada, no era la primera vez que la veía.

-         ¿Qué quieres saber? –le inquirí- ese caso ya ha sido archivado hace tiempo por la policía. De hecho, ya no hay caso alguno, se ha convertido en un mito de la ciudad, la gente lo ha olvidado. No te conviene remover esa mierda.

-         ¿A qué te dedicas, muchacho? – me preguntó, mirando la fotografía del periódico.

-         Soy camarero, ya lo has visto.

Magallanes me miró fijamente y sentí que se acercaba sin moverse.

-         No me tomes el pelo, me has puesto las aceitunas en el Martini como si aliñaras una ensaladilla rusa.

Sonreí, aquel tipo era especial.

-         Está bien –concedí- digamos que conozco gente, doy información, y éste es un buen sitio para esa clase trabajo. No se puede ganar uno la vida sólo sirviendo copas a tipos como tú, aunque el alcohol les resbale por la epidermis, como parece ser tu caso.

-         Ahórrate los chistes, muchacho, no me sobran el tiempo ni la paciencia. Dime quién sacó esta fotografía, ese tal C.B. que firma. Al parecer se ha retirado y ha borrado sus huellas con aguarrás. ¿Sabes dónde está? Te pagaré bien.

Mantuve silencio y continué lavando un par de vasos, como si valorase la situación, aunque tenía muy claro cuál iba a ser mi respuesta.

-         Mañana a las diez en la Escalerona. Iré contigo. Si no, no hay trato. También  yo tengo ganas de ver al viejo Charly, hace tiempo que no sé nada de él.

-         De acuerdo, hasta mañana por la noche, entonces.

-         ¿Cómo que por la noche? -contesté- a las diez de la mañana, por la noche tengo que estar aquí.

-         Eso es imposible muchacho, tendrá que ser por la noche.

-         ¿Y por qué, si se puede saber?

Fue entonces cuando me contó Magallanes, aquella madrugada de adviento, que había nacido un cuatro de julio a unos pasos del Bel-Luna, en una casa con vistas al mar, pero que sin embargo tenía un alma nocturna y un corazón de invierno e interior, como la planta de mi sala de estar.

-         Sólo una vez he pisado la playa San Lorenzo -me confesó entre dos tragos- fue una noche de estrellas ausentes que cogí un puñado de arena para reponer la que había perdido el reloj con el que mido el tiempo de cocción de los huevos duros, que gotea secano. ¡Joder! Era tan desagradable sentir esa humedad bajo mis pies descalzos que desde entonces camino por los zócalos. Vayamos por la noche, será mejor para ambos –afirmó mientras me mostraba sin discreción la empuñadura de su pistola.

-         Me has convencido -dije- mañana por la noche entonces.

Magallanes sonrió, cogió su sombrero del guardarropa y se fue del Bel-Luna con lentitud, como si le costara seguir sus propios pasos.

-         Sólo una cosa más –grité cuando ya abría la puerta- ¿cuál es tu nombre?

-         Magallanes.

-         Yo soy Dani – contesté, aunque la respuesta le llegó cuando sus pies pisaban ya los zócalos humedecidos de las calles de Gijón.

Así fue como, a la noche siguiente, Magallanes y yo nos encontramos bajo la lluvia en el balcón de la playa San Lorenzo y caminamos en dirección a Cimadevilla, el cabezo del que nació Gijón, y al que en ese momento era nuestro destino, la casa de Charly Belvedere.

El viejo Charly Belvedere había estado tantos años trabajando como reportero para El Comercio que corría la leyenda por la redacción de que las primeras fotografías las había tomado al óleo. Durante todo ese tiempo, el viejo Charly no se movió de la sección de sucesos, desde donde retrataba las sombras de aquella ciudad en apariencia idílica, pero que escondía turbidez bajo los adoquines. Había visto tantos cadáveres durante su vida que él mismo decía que su corazón se había convertido en un puñado de escayola y que, para él, visitar la morgue era mejor que asistir a una tertulia. El viejo Charly Belvedere pasaba tanto tiempo entre los muertos que una vez le escuché decir, acodado la barra del Bel-Luna tras el asesinato de Eugenio Caicoya en el 89, que congelaba los filetes para la cena en el depósito.

Quizá por eso, no extrañó a nadie que a Charly Belvedere le concedieran el Pulitzer por la fotografía que tomó al cadáver de Estela Paris, aquella vedette que fue asesinada de un tiro en la cara el otoño lluvioso del 93. En la imagen, la misma que me había enseñado aquella madrugada de adviento Magallanes en el Bel-Luna, se veía a la mujer tumbada sobre la acera, con la vida en otra parte y la cabeza apoyada sobre un cojín de seda.

-         ¿Crees que Charly Belvedere mató a esa mujer?

-         No.

-         ¿Y qué quieres de él entonces?

-         Saber por qué tomó esa fotografía.

-         ¿Quizá porque era su trabajo?

-         Agradezco tu sorna, muchacho, pero no lo vuelvas a intentar, no es lo tuyo. Tu amigo Charly ha ocultado parte de la historia, y quiero saber la verdad. Sólo es eso.

-         Creo que estoy perdido.

-         Chico, el asesino de Estela es abono para las vacas. Ya me he ocupado de eso. Pero hay algo que no encaja en esta historia. El criminal era un ladrón de tres al cuarto. Desde luego, no iba por aquel callejón con una pistola en una mano y un almohadón de seda en la otra.

Traté de asimilar la información que me había aportado Magallanes y para cuando hube terminado ya estábamos frente a la puerta del apartamento de Charly Belvedere.

-         No sé qué será de él, hace tiempo que no le veo.

-         Espero que no esté criando malvas –contestó Magallanes- no nos será de mucha ayuda en ese caso.

A continuación introdujo una pequeña ganzúa en la cerradura y abrió la puerta con una sutileza casi conmovedora. Nada más atravesar el umbral ambos oímos los ronquidos estentóreos de Charly provenientes de la sala de estar. Entramos y le encontramos atrapado por el sofá en una postura imposible, rodeado de botellas vacías de ginebra y restos de comida. Olía como un vertedero. Magallanes fue a la cocina y llenó una jarra de agua fría que vertió sobre la cabeza de Charly. Curiosamente éste se despertó sin sobresaltarse de su plácido sueño. Aquel hombre había tocado fondo.

-         ¿Qué coño pasa? ¿Ya no puede dormir un pobre viejo en su propia casa? – protestó, sin demasiada convicción.

Magallanes no quería andarse con rodeos y antes de que Charly concluyera su queja ya le apuntaba en la sien con su pistola. Yo guardaba una prudente distancia.

-         Quiero que me cuentes la verdad sobre la fotografía de Estela, viejo, y no me hagas repetírtelo.

Charly dudó un instante, me miró, y luego pareció descartar cualquier resistencia, nada parecía importarle demasiado a esas alturas. Quizá por eso el viejo Charly Belvedere se confesó ante nosotros aquella noche:

-         Hacéis bien en no creer lo que se dice por ahí, muchachos, estos ojos han visto el horror y la pérdida, pero nunca nada comparable a la mirada sin fin de aquella chica tan hermosa. Fui yo quien puso ese cojín bajo su cabeza, es cierto. Dejar aquella cara sobre los adoquines hubiera sido como destallar una flor. Dios mío, era tan bella que el orificio de la bala en la mejilla parecía la huella de un beso prolongado.

En ese instante Magallanes bajó el arma y dejó a su mirada perderse en el horizonte salado del Cantábrico. Después escupió un par de lágrimas de cera, se levantó y se fue. Yo salí tras él. Aquella fue la última vez que vi a Charly Belvedere, a los pocos meses le encontraron muerto sobre el asfalto en sombra del patio interior de su edificio.

Fue también la última vez que vi a Magallanes, aunque no pude evitar preguntarle si había conocido a Estela Paris.

-         No lo suficiente – contestó.

-         ¿Era tan hermosa como decía el viejo? – pregunté.

Entonces Magallanes me clavó su mirada ausente y me dijo algo que no olvidaré:

-         Cuando Estela salía de paseo, las calles grises de esta ciudad se transformaban en un escenario, muchacho, era tan bella que sólo deseabas que cuando se despidiera de ti, en realidad sus besos no fueran más que unos puntos suspensivos.

Eso fue lo último que me dijo Magallanes antes de irse. No le he vuelto a ver desde entonces aunque corre el rumor de que pasa por la ciudad cuando el viento del nordeste sopla con la violencia suficiente para que la inercia le deje a los pies de la barra del Bel-Luna.

 

© David Barreiro  

 

       

                                                         


BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal  -  2004-2006

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actualización: abril 2006


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