LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> ATAÚD JOHNSON Y SEPULTURERO JONES JAMÁS FUERON AL COTTON CLUB, DE LLUÍS GUTIÉRREZ

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Ataúd Johnson y Sepulturero Jones jamás fueron al Cotton Club

Lluís Gutiérrez

 

 

           

Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones son los policías negros más famosos del género hard boiled, más conocido en nuestro país como novela negra americana. De la mano de su creador, Chester Himes, impartieron, a su manera un tanto brutal, la justicia en el neoyorquino barrio de Harlem. La frase “la pistola de Coffin Ed podía matar a una piedra y la de Grave Digger enterrarla” era toda una declaración de intenciones de los métodos que estos dos héroes sucios usaron para hacerse respetar entre la abigarrada ralea de delincuentes que en los años 40 y 50 poblaban Harlem.
     En los tiempos en que ambos trataban de conseguir su placa en la Escuela de Policía de New York, un modesto local llamado Club Deluxe situado en el 644 de Lenox Avenue, en pleno corazón del barrio negro de Harlem, cambiaba su nombre por el de Cotton Club, eso sucedía en 1921 (sería trasladado a Broadway en 1936). Comenzaba así la historia que, con la ayuda de un pianista negro, Edward Kennedy Ellington, “El Duque”, se convertiría en una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. Algunos operadores turísticos ofrecen hoy visitas al actual Cotton Club.
     En el año 1920 el gobierno de los EEUU declara ilegal la venta y consumo de alcohol. Nace la Ley Seca, cuya consecuencia inmediata, aparejada con un lucrativo negocio en manos de la mafia, es la aparición de numerosos bares clandestinos. Sólo en el barrio negro de Harlem se calcula que había más de 500, algunos de ellos disfrazados de lavanderías, los otros de club de variedades, entre los cuales destacaba el Cotton Club. Escasos pero no inexistentes, otros se camuflaron bajo la apariencia de asociaciones benéficas o religiosas. Cualquier cosa que justificase la entrada numerosa de parroquianos servía para vender alcohol.
     Por las mismas fechas, en los estados del Sur, el linchamiento de ciudadanos negros no se consideraba un deporte pero sí una actividad moralmente aceptable en numerosas circunstancias. Por su parte, la policía de Harlem, en su mayoría blanca, llegada la ocasión, se conformaban con apalear a los ciudadanos de color sin llegar al linchamiento. Este era un procedimiento mal visto desde todos los sectores del poder en la ciudad de New York. Se recomendaba por tanto no llegar a esos extremos.
En Harlem se vivía mejor que en Alabama, aunque sólo fuese porque si un ciudadano negro era asesinado, lo más probable es que su asesino también fuese negro, lo cual resultaba más equitativo, más democrático, en último término, más ajustado a la ley de la igualdad de oportunidades, que es fundamento y base de toda la sociedad de los USA.
     Fuentes apócrifas de escasa fiabilidad declaran que por esos años Ed Johnson formaba parte del coro parroquial y que fue expulsado por unas discrepancias acerca del paradero de la colecta dominical. Por su parte, Jones hacía pequeños trabajos para un conocido proxeneta de Harlem y cuando fue detenido con la recaudación de la noche descansaba entre los muslos de una de las prostitutas de la cuadra de su empleador. En este caso no se conocen discrepancias.
     La amistad de nuestros dos héroes se inició, según todos los indicios, en un calabozo de la comisaría de la calle 125; tal vez esa circunstancia influyese en su posterior decisión de ingresar en el cuerpo de policía de la ciudad de New York. Sin embargo esta relación de causa y efecto nunca se demostró.
     El Cotton Club estaba regido por la mafia y nació con la vocación de convertirse en la alternativa para un público blanco adinerado, al más antiguo Apollo Theatre situado de la calle 125, en el que se mezclaba sin problemas un público multirracial. En el Cotton Club la entrada al público negro estaba prohibida. Podríamos decir, sin incurrir en error, que si el Apollo fomentaba la negritud, el Cotton la explotaba. Cada miércoles por la noche el Apollo daba la oportunidad a jóvenes músicos y cantantes negros de actuar ante el público. Entre quienes por primera vez se subieron al escenario del Apollo es necesario destacar a quienes años después fueron dos primeras damas del jazz: Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan.

Ella Fitzgerald, con sus zapatos rotos, su apariencia estrafalaria alejada del más mínimo sex appeal provocó las carcajadas de los asistentes hasta que cantó. Su voz y sentido rítmico arrasó en la votación que debía decidir a quién se le entregaba el premio en metálico de aquella noche, que incluía, además, un contrato de corta duración para actuar en el Apollo. Este premio jamás le fue entregado, sin embargo el pianista de la orquesta de Chick Webb, que actuaba allí, ya se había fijado en ella.
     Chick Webb era enano y jorobado a causa de una malformación de la columna. Según cuenta la leyenda, la prueba que Chick le proporcionó a la Fitzgerald en su orquesta fue un éxito en el aspecto puramente técnico, no así en el estético. Webb dijo que no la quería trabajando con ellos, que su propia presencia anómala ya era suficiente para la orquesta. Pidió que la echasen del escenario lo antes posible, sus palabras exactas fueron: «sacadme a ese horror de mi escenario». El valedor de la Fitzgerald intervino diciendo: «No te preocupes, ya la echo yo, y busca a un nuevo pianista para tu jodida orquesta, porque me voy con ella». Ante una situación que ponía en peligro la integridad de su orquesta, a Webb no le quedó otra alternativa que ceder y aceptó a Ella como su vocalista.
     Chick Webb se había resistido hasta aquel momento a incorporar, según dictaba la moda, vocalistas a las orquestas de swing que él dirigía. Pronto el brillo de la Fitzgerald opacó a Webb, hasta tal punto que en más de una grabación aparecía el nombre de Ella como cabecera del disco en lugar del de Webb. A la muerte de este a causa de sus numerosos problemas de salud derivados de su malformación en la espina dorsal, la orquesta continuó su actividad como “Ella Fitzgerald y su Orquesta”.
     Por el escenario del Apollo se pasearon las más grandes orquestas negras: Chick Webb, Fletcher Henderson, Count Basie y Jimmy Lunceford, entre otros.
     El Cotton Club, buscando un público de economía brillante (gángsters, hombres de negocios, gentes de la alta sociedad en busca de emociones fuertes) cambió su política. Los negros quedaron excluidos, aunque sus atracciones eran cien por cien negras; en ellas mezclaban el sex appeal de las coreografías de bellas muchachas negras con la música del más sofisticado músico negro del momento, Duke Ellington, el creador, según la publicidad de los gestores del Cotton, de la “Jungle Music” o música de la jungla. Para los críticos serios “El Duque” era lo más parecido a un compositor de música clásica traducida al jazz. Llegó al Cotton de la mano de Irving Mills, uno de los más sagaces mánagers del momento, proveniente del elitista Kentucky Club frente a Times Square. La apuesta de los gestores del Cotton Club fue
por un músico que ya apuntaba alto, aunque desde el Cotton la carrera de Duke Ellington alcanzó unas proporciones galácticas que le permitieron desarrollar el potencial musical que bullía en su interior.
El tercer club significado de jazz de Harlem fue el Savoy Ballroom, un local típicamente negro situado en el número 596 de Lenox Avenue entre la 140 y la 141. Este local mantuvo su actividad hasta el año 1958 y tenía una característica que le diferenciaba de sus competidores. Cada noche en su escenario se libraba una batalla incruenta entre dos orquestas de jazz. En algunas ocasiones eran orquestas locales compitiendo con orquestas de otros estados. Había también grandes eventos en los que eran las dos orquestas que más seguidores tenían en el momento las que competían. Ese es el caso de la famosa batalla que libraron las orquestas de Chick Webb y la de Benny Goodman, el interés fue mayor al enfrentarse una orquesta dirigida por un clarinetista blanco, Goodman, con otra dirigida por el baterista negro Webb. Los propios músicos de Goodman, en especial Gene Krupa, admitieron haber sido derrotados aquella noche.
     Estos enfrentamientos no llegaban a extenderse entre los seguidores de una y otra orquesta, ellos lo hacían bailando con una pericia que difícilmente se encontraba en otro local; el riesgo existía, sin embargo. Quizás ese riesgo fue el culpable de que Ataúd Johnson y Sepulturero Jones, antes de entrar en el cuerpo de policía de la ciudad de New York, fuesen contratados como cuerpo de seguridad y así garantizar el orden en el local. Su puesto no lo mantuvieron más que unas pocas semanas ya que la dirección del local comprobó de forma fehaciente que las estadísticas de los clientes ingresados en el hospital por la intervención de los nuevos encargados del orden iba en peligroso aumento. Fueron despedidos.
     La fama del Savoy Ballroom fue tanta que el saxofonista Edgar Samson compuso una pieza, ‘Stompin´ at the Savoy’, que alcanzó tal celebridad que fue versionada por prácticamente todos los grandes músicos de la época. Quizás la versión más brillante es la de Ella Fitzgerald. En ella se rinde homenaje a dos grandes hitos del mundo del jazz: en primer lugar el título homenajea al Savoy y al Stomp (*); en segundo lugar la aplicación por parte de Ella Fitzgerald de la técnica del scat (**), que pocas voces en la historia del jazz han sido capaces de interpretar como ella, gracias a la ductilidad de su voz.
Corre el año 1929, se produce el crack de Wall Street y la Gran Depresión. Estos acontecimientos sacuden a EEUU sorprendiendo a sus confiados ciudadanos; 15 millones de parados, uno de cada cuatro trabajadores, inundan las calles, carreteras y trenes. Una nueva clase social nace entonces, se hacen llamar “hobbo”, van de una punta a otra del país en busca de algún trabajo que les facilite el sustento, por temporal que sea. Viajan en los trenes, escondidos en los vagones de ganado, rehuyen la vigilancia de los inspectores del ferrocarril, saltan en marcha al llegar a las estaciones, se esconden hasta que el tren reemprende su marcha y corren para tomarlo de nuevo. Su música no es el jazz de moda sino una mezcla de blues y balada vaquera, su instrumento preferido no es ni el saxofón ni el piano, ni la trompeta ni el contrabajo, no es la batería ni la guitarra, es el único instrumento que se puede llevar en el bolsillo mientras se corre delante de un inspector de ferrocarriles o de la policía, es la harmónica.
     En el estado de Mississipi, en un solo día, se contabiliza la cuarta parte del estado en pública subasta; la Gran Depresión se ceba en los estados sureños. En esta ocasión la población negra no se puede sentir discriminada, sufre la crisis en la misma o mayor medida que lo hace el resto de la población.
     Harlem sufre de forma especial esta crisis, a la vez que se preparaba para sufrir la próxima llegada de dos nuevos patrulleros recién salidos de la academia de policía, quienes tras unos pocos años de patrullar las calles se ganaron los apodos de Ataúd Jonson y Sepulturero Jones y una bien merecida fama de ser capaces de acabar con un tumulto con su sola e intimidatoria presencia. Y especialmente la de sus revólveres, que no dudaban en disparar al menor signo de desorden.
     La época dorada del swing y de los grandes clubs de jazz bailable de Harlem se acabó. En Kansas City, en el estado de Missouri, el jazz sufre un proceso de mestizaje con la música más personal de los negros de los estados del Sur. Es la música que ya se cantaba en los campos de algodón, que se cantaba en los barracones de esclavos, donde se disfrazaban las letras para criticar a sus amos sin que estos fueran conscientes, (al patrón se le disfrazaba de esposa para poder decir cómo le maltrataba, a su dura vida de episodio amoroso), la música que pastores de almas ambulantes interpretan en las iglesias rurales acompañados de una guitarra, en ocasiones una harmónica y de una compañera-cantante-recolectora de limosnas que les sigue en su deambular.
El blues contamina la música de jazz, introduce en ella nuevos acordes e incluso un nuevo sentimiento. Los músicos sureños invadirán los estados del Norte, el jazz deja de ser un entretenimiento bailable, el swing que reinó hasta aquel momento se convirtió en lo que para muchos músicos siempre fue, un entretenimiento y un negocio. Los dueños del swing ya no eran los directores de orquesta capaces de aglutinar a su alrededor a un numeroso grupo de excelentes instrumentistas; los vocalistas que antes eran el complemento de la orquesta tomarán su relevo en el podio de la fama y en los corazones del gran público. Comenzó el reinado de Frank Sinatra y Bing Crosby. El pequeño combo arrinconó a la gran orquesta; las grandes salas cedieron el paso a pequeños antros, como el Minton´s, también en Harlem. Allí se gesta el nuevo jazz, una música para expertos, la edad de sus fans alcanzará otras magnitudes. El jazz se hizo adulto, sus intérpretes decidieron bautizarle de nuevo. Desde ese momento se habló de bebop, y Charlie Parker junto a Dizzy Gillespie fueron los nuevos profetas.
     Ataúd y Sepulturero se convirtieron en dos policías escépticos que no esperaban nada bueno de su barrio. Y por supuesto perdieron la oportunidad de visitar el Cotton Club, ya que en Broadway no eran bien recibidos; los policías negros pertenecen a Harlem, ellos no pudieron escapar de su barrio como lo hizo el jazz y poco después lo hará el blues.
     Hacía unos años, un escritor negro llamado Chester Himes, en los Estados Unidos repartía su tiempo en escribir unas magnificas novelas sociales que jamás le reportaron reconocimiento o dinero y en alguna estancia en prisión por atraco a mano armada. Himes emigró a Francia, allí un editor llamado Gallimard le aconsejó que escribiese las novelas que nunca pensó en escribir estando en su país, se refería a lo que en Estados Unidos se conocía como género hard boiled y fue popularizado por las revistas pulp (***). En Francia la colección que editó Gallimard se presentaba enmarcada en tapas negras y se llamó Serie Noire. Chester Himes siguió el consejo del editor. Le fue bien.
Algún tiempo después, y de la misma manera que no pudo soportar los conflictos raciales de su país natal y emigró, se cansó de soportar las interminables huelgas que asolan a Francia (no existe documentación que pueda atestiguarlo, pero no parece descabellado pensar que fuese ese el motivo y no otro para su nueva emigración) y se trasladó a España, fijó su residencia en Alicante y vivió pacíficamente al borde del Mediterráneo hasta que la muerte le buscó. Y si bien no lo hizo de la forma en que Ataúd Johnson y Sepulturero Jones hubiesen escogido para él, mientras exhalaba su último suspiro no pudo evitar pensar que lamentablemente sus dos héroes jamás tuvieron la suerte de gozar de una actuación de Duke Ellington y su Jungle Music en el Cotton Club, debido a que en Harlem el entretenimiento del negro se había convertido en la diversión del blanco, y recordó la frase con que Duke respondió a un periodista blanco que le preguntó por qué la música negra se basaba en la disonancia: «La disonancia es nuestra forma de vida en América, somos algo aparte, pero una parte importante de este país».


 

   (*) Ritmo de tiempo rápido 2/4, 2/2, o 4/4 derivado de las marchas y muy usado en el jazz primitivo de las bandas de New Orleáns.
   (**) Técnica usada en el jazz que consiste en vocalizar silabas sin sentido de forma que el oyente aprecie a través de la voz humana el sonido de los distintos instrumentos que componen un combo de jazz.
   (***) Las revistas pulp, llamadas así por estar confeccionadas con papel reciclado, iban dirigidas a un público poco exigente en materia literaria y contenían relatos de acción y misterio, sin embargo de ellas, especialmente de Black Mask, saldrían autores como Dashiell Hammet y Raymond Chandler

© Lluís Gutiérrez  

 

       

                                                         


BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal  -  2004-2006

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actualización: julio 2006


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