LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> MASCARADA, DE H.F. SABÉLLICO

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Mascarada

H.F. Sabéllico

 

 

           

 

Alambre

Ella sabía y no sabía lo que le pasó. Tenía nueve años, viajaba con su abuela de Amsterdam a Amsterdam en un silencioso, antiguo tren de primavera, de humo gris paloma y de oscuro hierro. La abuela se durmió blandamente, el vagón quedó vacío con sus luces tenues, entonces entró el hombre, como siempre tan grande y apartando oscuridades. Llevaba puesto el uniforme y le sonreía con sus extraños dientes, la niña le correspondió con timidez —asombrada y muda—. Él, sin despertar a la Abuela, la rodeó cariñoso e implacable, llevándosela de la manita a otro vagón donde había una gran mesa de sucia madera. Se sacó de la cintura una enorme pistolera con un pesado revólver, una placa de reluciente latón de su camisa y puso ambas sobre la mesa, junto a un bolso de cuero. Le quitó a la niña por encima de la cabeza su vestido azul cielo, con bordados patitos amarillos, sin romperlo, y la delicada ropa interior, rompiéndola. Luego la arrojó desnuda sobre la mesa y, desprendiéndose del uniforme y de la áspera ropa interior, envolvió el tierno cuerpo infantil —asombrado y mudo— con su corpachón, sometiendo las carnes de ambos a sudorosas maniobras sin ningún sentido para ella. Después le ofreció un caramelo de limón —que  paladeó asombrada y muda— extrayendo del bolso de cuero varios instrumentos brillantes. A continuación sucedió algo que ella nunca llegaría a comprender. De un solo manotazo el hombre le arrancó la carita que tiró al suelo y, sacando del bolso de cuero una cosa de enredados hilos de hierro la puso sobre su inocente calavera de niña —no sentía dolor ni sensación alguna, todo parecía suceder en un sueño—, como si fuera una ajustada mascarilla. Con un destornillador fue empotrando en los huesos parietales y maxilares varios tornillos de bronce que, invisibles, fijaron la estructura de alambre a la cara vera. Luego recogió la blanda piel del rostro, mojó los bordes con su espesa saliva y la pegó sobre la rígida malla. Que tenía un aspecto extraño, casi un híbrido entre las caretas para practicar esgrima, las que usan los porteros de hockey sobre patines y aquella que soportó la Mujer de la Máscara de Hierro. Es mi alma, se diría ella con el pasar del tiempo. Y esperó, en vano, casi toda su vida, que se oxidara hasta su completa, hasta su total desaparición. Descansó el hombre, contempló su obra y vio que era perfecta. Seguidamente sacó el revólver de la pistolera, le puso un largo silenciador, lo mordió y apretó el gatillo. Ella trató de hablarle, decirle papá, papá, y no pudo. Nunca había visto tanta sangre, nunca había visto sangre, mojó un dedito y probó, ácida como el caramelo de limón. Con ambas manos se palpó la cara de la sienes al el mentón, no notó nada, aunque comprendió —asombrada y muda— que oculto, acechando, latía el alambre. Balanceándose dentro de sí misma, pero sin temblar, se puso el vestido azul cielo y en un susurro dijo cuá cuá a los patitos, que le respondieron, también susurrando, cuá cuá.

 

Ginebra pura

El tambor de mi Colt calibre cuarenta y cinco —como los años que cargo, como los años— me molesta entre la cintura y la columna vertebral, semejante a un tumor que viniera de fuera con dureza insólita. Había estacionado mi cuerpo en una silla metálica y mi frente se adornaba con el brillo del sudor, bajo el sol de agosto, en la terraza de un gran bar de Barcelona, en la plaza Cataluña, que se llama Zurich.

Partí de Bogotá con el bultito de frías esmeraldas duras, con el verdoso relumbrar de la selva al lado mis testículos. Me gustaría frotarlas contra mi caldeada frente, para refrescarla. Peter me las dio para que yo las entregara a unos joyeros catalanes, y esta vez el contacto de ellos llevaría la iniciativa, dándose a conocer.

Y aquí, en esta silla —como siempre mi madre en verano rondándome el filial cráneo—, en este bar, en esta ciudad, dentro de este pesado calor, parece como si 1a humedad me persiguiera desde Colombia y cargase mis piernas con demasiadas persecuciones.

Pido una ginebra con hielo y me equivoco, me traen un gin de espanto.

Al parecer llaman ginebra a esta imitación del gin inglés, muy áspera y alcohólica, carece de la suavidad de la original holandesa, que prefiero añeja, helada en su vejez ambarina. El sucio sabor impregna los anchos labios de mi madre, que recubren insistentes los míos, y al hacer un gesto de justo despecho, noto un peligroso centellear —yo, un profesional siempre alerta—frente a mí, en la espesa luz de agosto.

Miro y veo una muchacha desnuda —¿desnuda?— con sus ojos clavados en mí, los clavo en ella, comprendo que es la mujer más hermosa del mundo.

Desdichadamente la veo, veo a ese ser a pleno sol, terrible como una serpiente del tamaño y figura de un ser humano.

Mi instinto conjuga el verbo esconderse, el verbo huir, el verbo desaparecer, pero mis piernas de papel mojado me traicionan y no me llevan a un taxi, a un aeropuerto, a otra ciudad...

Lleva el cabello muy largo, negra cabellera reluciendo entre tinieblas. Se estira el tenso cuello de potranca nerviosa, esperando destrozar con dientes de saliva dulzona la yugular del garañón.

Los ojos son profundos pozos, con destellos que se hunden en mis globos oculares marcados con el doble sello maternal, desde siempre velando mis ojos grises.

Jamás he visto un rostro tan bello.

Su desnudez —de suave piel nacarada blanquísima, obscena y pura—parece ofrecer todas sus aberturas hacia mí.

Distingo los breves pezones como balas —plomo recubierto de bronce del calibre 22— apuntándome desde los pequeños pechos, que contradicen los que me amamantaron.

Logra conmoverme, a pesar del extraño collar de cicatrices que en su cuello advierten del peligro.

Y hechiceras son sus negras pestañas, bajo las cejas iguales a plumillas de halcón, que ojalá abanicaran los diamantes del sudor de mi frente tan húmeda.

Las palmas de mis manos sobre la frente materna, que duerme sobre la mía. Imborrable madre desnuda —sólo como de costumbre—, probándose caras diademas, que coronan la bóveda entre ambas sienes, que me inventó para siempre.

La presunta muchacha me contempla y su rostro resplandece, creo que sonríe —si a eso se le puede llamar una sonrisa—, me ha detectado.

O estoy loco, o sigue estando completamente desnuda...

Un escalofrío de terror me sobrecoge, he sido arponeado.

Es inútil revolverse, mejor me quedo quieto, inmóvil, cual un conejo acurrucado sobre su propio pellejo tembloroso, con el ave de rapiña volando en círculos, cada vez más precisos e inmediatos, sobre la presa, que soy yo.

Mientras tanto, de la copa sube un vaho de alcohol ínfimo, un frío tufo que me humilla, en mi resignación.

Lo sé con la sabiduría de un hijo, que ya deshecho vuelve derrotado, rendida la testuz, al seno materno que será su tumba. Parece exagerado, o melodramático hasta la caricatura, pero el rey Edipo, ciego, espiaba con un tercer ojo.

Una me dio la vida, otras, como ésta, quieren arrebatármela.

Ellas matan por dentro, y dejan al vacío caparazón del muerto para que deambule sin descanso, mientras sueña con su asesina.

Sus corazones mal ventilados son sangrientos osarios que ansiosos nos aguardan.

Ya sé que hay quienes no creen en las brujas implacables, ni en su hermosura, ni en el mal puro.

No las adivinan jadeantes de placer cuando la víctima ha caído en la red invisible.

Allí se revolverá, infinitos minutos o años.

Ni siquiera obligará al cautivo —o a la cautiva—a destruirse por su propia mano.

Dejará perdurar al guiñapo, idéntico a un roto muñeco pasado de moda.

Mendigando —sin poder conciliar el sueño en la húmedas noches de un agosto eterno—que le sea permitido poder contemplar por favor, por favor un segundo, el rostro de la fiera maravillosa…

Como mi madre.

Que escribió sus órdenes en la piel de mi improbable niñez, mientras viajábamos veloces, en las patas de cualquier droga rentable, entre Las Vegas y Amsterdam, entre Londres y Nueva Orleans o tal vez en este mismo viaje, Bogotá – Barcelona.

Trazando febrilmente su biografía con sus frases inconclusas —mi inocencia dispuesta como testigo—siempre al margen de toda ley.

De un viaje a otro viaje, con sus grandes ojos grises —los míos-- aginebrados de transparentes, blancos de coca.

Pero, en su sabiduría veleidosa, me abandonaba al viento, entonces Charlie, Bob y Peter me recogían —protegiéndome— de las lujosas moquetas rojas, llorando sus ausencias.

Demasiadas veces la contemplé apuntando y apuntándose con el revólver, que nunca la abandonaba, desnuda sobre la colcha de seda. Caprichosa desapareció durante once exactos años.

Retornó, y entonces quiso borrarme, retornarme definitivamente al útero, tal vez cegándome, tal vez intentando matarme, en forma distraída y continua.

Pero alguien le quitó la vida antes.

Sus tres esclavos acabaron alejando —intentaron tres inútiles terapias diferentes— al joven ego de su madre muerta y, en compensación, le enseñaron el delicado oficio de asesino.

Matar, le decía Bob, con inteligencia, con profesionalidad, casi con cariño, sin poner la menor agresividad en ello, le decía Peter, un estar fuera, distante, de esa constante sucesión de muertes ajenas, le decía Charlie. Alguien tiene que hacerlo y es mejor hacerlo bien, con precisión y rapidez, evitando cualquier padecimiento innecesario en el objeto.

Ella no, ella disfrutaba, tenía una maligna concepción del oficio.

Solitaria engendró mis ojos, según susurraba, en plena borrachera de jíneber, después de haberse acoplado con el demonio bañado en sangre que vigila, todavía, en el laberinto de mi cerebro.

Porque nunca aceptó que yo pudiera llamar padre a ninguno de ellos.

Tal vez al que la mató.

Sí, hay que creer en las brujas de cola de tiburón, canto sutil y ojos con palpitar de flores carnívoras.

Los marinos las bautizaron sirenas, porque mientras te cantaban canciones de amor te mutilaban, por arriba y por abajo, por dentro y por fuera para poder comerte mejor, ingenuo.

He visto a Bob destrozarse la cara con una botella de cerveza rota, sin dejar de mirarse al espejo. A Peter colgarse con su cinturón de cuero y a Bob, con su ex cara, descolgarlo con vida, darle la espalda para buscar un médico y tener que descolgarlo de nuevo. He curado como pude los dos balazos de Bob y los otros dos de Peter, heridas no mortales, pues Charlie, en el fondo, no quería liquidarlos.

Así los he visto a los tres, Bob, con lo que fue un famoso rostro de gígolo, el eterno y elegante traje de seda, los dedos señalando a una joya —mi madre—, a una ejecución o a su propia sonrisa irresistible.

A Peter, con el corto pelo color bronce y la piel dorada, desmesurado, los puños enormes, su amor como una sed insaciable —mi madre— y la marca alrededor del cuello.

Y a Charlie, maravilloso duende, de exacto calcular, borrando a cada instante con sus manos torturadas de pianista las cicatrices de los tiros que pegó a sus amigos —por mi madre—.

Los recuerdo arrastrándose detrás de ella como perros.

Pues las sirenas, de irresistible canto seductor no son, precisamente, misericordiosas.

Mi demonio niño las vigila, sabe adivinar aquellas garras membranosas de largas uñas córneas, los fuertes tentáculos con ventosas prensiles, la ácida saliva emponzoñada en labios turgentes.

Y el fétido aliento a flores, ya corruptas, mancillando los temblorosos pechos que tiernos se ofrecen y la resplandeciente cabellera.

Cuando el contacto llegue y diga la contraseña peter a los ojos que me identifican, espero que no repare en mi vacío rostro hechizado.

Absorto, estoy absorto en su condenada belleza, que ha invocado, fantasmal, la de mi madre.

Considero que las dos van desvestidas a propósito.

Son pura ginebra, auténtica, y de la mejor calidad, muy distinta a la que moja mi lengua, quemándola impía.

Inmóvil en la silla, veo impotente que sonríe al camarero en lugar de sonreírme a mí para siempre.

Para disimular a mi madre en mí, he heredado los simétricos rasgos italianos de Bob, la gran estructura marmórea de Peter y el cerebro exacto de Charlie, tras mi rostro de ángel que no envejece. Parezco tener la edad de esta aparición y tengo muchos años más de fuego, hierro y plomo marcando mis huellas.

No podrá conmigo.

Aunque, con seguridad, nada me será tenido en cuenta frente a la sirena que ahora se levanta y, ondulando su belleza —igual a una bandera de carne— viene, como una gran sierpe enamorada, por entre el sofocante aire de agosto en mi dirección.

No puedo apartar mis ojos, mortecinos supongo, del resplandor mate de los suyos.

Dios mío, desnuda se detiene a mi lado, Balanceando las caderas preciosas, parece estar oliendo a cachorro, a dulces besos muertos y a mentira.

Al extenderse su sonrisa distingo unos bellos colmillos puntiagudos de adolescente.

La mujer más hermosa del mundo es este monstruo sin ropa.

Me dan ganas de sacar el Colt y pegarle un tiro entre ceja y ceja.

No soy capaz, creo, de semejante acto defensivo.

Tan débil me siento que puedo considerarme perdido, mas mis testículos se rebelan, el cañón de mi miembro compite en rigidez con el de mi arma.

Me cortaría miembro y arma, y se los ofrendaría.

Y sería su perro.

No, no he inventado un horror, he reconocido a mi verdugo.

Contengo aquel feroz impulso de huir, de correr, porque este lugar huele a policía secreta.

No quiero que vayan a la cárcel mis esmeraldas erectas, los joyeros podrían haber elegido un lugar mejor para establecer contacto.

Atención, mi ama me habla.

Musita una melodía, que no entiendo bien porque un miedo cerval se acurruca en mis oídos y afloja mis orejas.

Me dice lo que sea en latín medieval, no, creo que en catalán, con una deformidad en inglés y un raro acento portugués, babel puro.

¿Amdounas an cigaar?

Como señala, con su pequeña garra exquisita, el paquete de Dunhill, al lado de la copa hedionda, supongo que quiere fumar.

Y yo siento arder mis mejillas, saltar mis lágrimas por el humo acre de la hoguera, donde la quemaremos después, o antes de condenarla. Su deliciosa piel arderá cual pergamino satánico y su carne seductora se derretirá como la cera, aleluya.

Pues ha transformado los huesos de sus amantes muertos en flautas horrendas, que obligan a otros muertos a intentar romper sus ataúdes para correr, carcomidos ya por los gusanos, a postrarse a sus pies y morir nuevamente.

Debería haber justicia en este mundo y en el otro, ella debería arder en el fuego eterno, y yo sería el primero en acercar una llama definitiva  a esos pies maravillosamente infernales.

Así debiera ocurrir.

Pero sólo soy un humilde matador de hombres, con un bultito de verdosas piedras colombianas junto a unos testículos desvariantes.

Atrapado frente a un sucio gin bastardo, castigo tal vez por olvidar por unos minutos el rostro materno, que me cubre, semejante a una mascarilla mortuoria.

Señalo el paquete rojo y dorado, cual inocuo tributo conciliatorio, mas sospecho que será completamente inútil.

Y sólo atino a responderle en latín, el idioma del infierno, que las tinieblas nos alumbran, y nos alumbrarán.

Tenebris lucem.

Y mi mano tiembla, también el Colt entre la cintura y la silla.

Con los párpados caídos espío bajo la cintura y no distingo la gran cola cubierta de escamas, aunque sí su mágico triángulo afeitado.

Lo único que consigo al infligirme una broma con la Bestia, es un  cegarme ante sus desnudas piernas maravillosas.

Todo a mi alrededor se espesa de tinieblas, y siento e1 falso olor a ginebra que me asalta como una muerte adulterada. No como la auténtica de mi progenitora, que me devuelve una vista inútil.

Ginebra pura sus ojos.

Ahora…

Me levanto muy despacio, con el demonio en mi cerebro dando unos frenéticos saltos sangrientos y, sin mirarla, le sonrío con la mueca de marfil con la que me desvela aquella muerta que no muere.

Me giro, dándole la espalda indefensa y con el esqueleto algo diluido doy un salto e intento correr con mis piernas de goma.

La mirada de ella golpea mi nuca, unos gritos confusos, ruidos y un hombre de camisa blanca se me abalanza y yo a mi vez lo golpeo con el codo en el pecho.

Es el camarero, a quien no le he pagado la estafa de la indecente copia de ginebra.

Para no caer manotea mi cintura y yo, para que no palpe el revólver, lo empuño bajo la camisa.

La mirada de ella insiste como el granizo contra mi nuca.

Ahora la vislumbro trotando hacia mí, disfrazada de muchacha, con el paquete de Dunhill entre los bíblicos cervatillos del pecho.

El camarero ha caído, me abraza las piernas y abro los brazos para mantener el equilibrio, consecuencia, en mi puño derecho se exhibe obsceno el Colt.

Apunta a un cielo que no perdona, mientras mi otro miembro, cuajado de esmeraldas, trata de girarse hacia ella.

Dos hombres se acercan corriendo, enarbolando pistolas negras muy reglamentarias. El más bajo corre gritando, detrás de la muchacha     —bruja y sirena— que ya está muy cerca de mí, su boca mentirosa se abre y me arroja unos confusos, cantarines sonidos, esta vez en inglés. El otro pone una rodilla en tierra y sostiene con ambas manos, demasiado firmes para mi gusto, la pistola que me apunta.

Ambos me gritan, coño, tira el arma, que me desprenda de mi Colt, que lo deje caer sobre Barcelona.

En la confusión el camarero sigue intentando derribarme, aferrado a mí como un amante que no ceja, con obsesiva tenacidad.

En situaciones como esta te pueden matar.

Y sería muy desagradable morir con este turbio sabor a alcohol barato en tu boca, madre...

¿Madre?

Tengo a la otra encima y, casi sin importarme que me esté gritando la contraseña peter peter peter, le pego un tiro.

El plomo atraviesa el paquete Dunhill que apretaba contra el pecho, haciéndolo explotar.

Espero haberla matado.

Y que no resucite jamás, amén.

Para festejar el acontecimiento mi miembro se moja en un espasmo de placer y atino a fantasear si mi semen llegará a perturbar el verdor —el valor—de las esmeraldas.

Mi boca se llena de algo ácido, y me doblo por dos sucesivos puñetazos en el estómago, muy dolorosos, era previsible, me han disparado.

Como entre espesos algodones caigo sobre el camarero, que ya no quiere abrazarme y me empuja con histérica desesperación.

Al chocar contra la vereda, la frágil porcelana de mi máscara se parte en mil pedazos y, ya sin protección, mi desconocido rostro arde con todos los fuegos del infierno.

Entonces mis ojos advierten algo a ras del suelo, entre unas colillas hay una calavera desnuda, podría ser la de ella.

Mejor los cierro. 

 

La sobrina de Doris

El viento, ardiente y helado, acariciaba la casi traslúcida piel que cubría su semblante, pero la joven sabía controlar el espesor de su epidermis con toda la fuerza de su voluntad, para que nadie pudiera ni siquiera vislumbrar los grotescos rasgos que ocultaba.

La total desfiguración de su rostro no era visible, aunque temía que se notara través de la exquisita máscara, hasta el momento eso no había sucedido. Pero podría suceder, pequeña, había insistido Doris.

A solas, con todas las puertas cerradas con doble llave, se probaba caretas de carnaval hechas con cartón, pintadas con el polvoriento blanco del yeso, los verdes más duros, un azul de cielo azul, el amarillo de las monedas de oro y un sangriento escarlata. Caretas que olían a árbol roto, a cola seca y a nostalgia. Representaban a seres mágicos, tales como el ratón Mickey, Popeye el marinero o el elefantito Dumbo, cuyas orejas desmesuradas le producían una risa incontenible.

Nunca había visto su verdadera cara, pero se la imaginaba siempre distinta y, lo sabía, siempre horrorosa. Sus cuidados cabellos enmarcaban al delicado cuello bordado con invisibles cicatrices rojas —trepaban como la hiedra por unas mejillas de espanto—, las cuales parecían hechas por una mano experta y alevosa. Y sus ojos no los podía ocultar, devorando todas las luces, empotrados en la máscara, la delataban.

Le bastaba ponerse frente a una brillante superficie —la hoja de un cuchillo, un cristal hecho trizas, una gota de agua o un par de ojos artificiales— para ver a una desconocida que parecía observarla con detenimiento, y rechazarla. Pero ella, tímidamente, le sonreía.

Acabó espiándose en el fabuloso espejito mágico de su tía Doris, al cual suplicó, ten piedad de mí, muéstrame como soy, sin obtener otra respuesta que una compasiva indiferencia.

Como consecuencia de su horrible interior, aparecía casi desertando, alejándose con la elegancia de un paso vacilante y con un disimulado trote vergonzoso. Caminaba como de perfil, de esta manera los transeúntes no se girarían, tambaleándose ante la visión de las provocadas mutilaciones, efectuadas en su mas tierna infancia, según le revelara, sin ahorrar detalles, la hermosa Doris.

Así pues, cuando venía parecía que se estaba yendo.

Sin embargo, había logrado prescindir de su monstruosidad facial e intentaba vivir —o hacía como si viviera—, alegre, como le ordenaba su corazón. A veces agravaba su situación el que muchos y muchas comparaban su cara con la de un ángel, entonces se repetía en su interior, repasando su angustia, si supieran…

Por ejemplo, el mismísimo Daponte —que reinaba patriarcal, un muerto detrás de otro, sobre familias de Portugal y del oeste de Galicia, que tenía su cuota en Londres donde era Bridge y lograba imponerse en Barcelona donde era Pons—, su generoso patrón y mentor, acariciando el inmenso bigote teñido de negro, sonrientes las arrugas y con falsa expresión de mexicano cruel, le aseguraba cada vez que la veía —era su correo predilecto, de absoluta confianza— que la belleza de la joven no tenía parangón.

Ella sugería con suavidad que su repulsivo exterior siempre había sido —afortunadamente— un antídoto contra la lujuria de los hombres.

Él reía, comprensivo ante la evidente locura o juego, y le pagaba unos cientos de dólares de más, por caprichosa ternura de asesino, por respetar su profesionalidad y porque él también jugaba a extravagantes juegos. Si no le gustaran tanto los muchachos la hubiera amado sin control.

La joven atravesaba fronteras como si no existieran, en años y años no le habían revisado el equipaje en ninguna ocasión, pero notaba la ansiedad de los policías al tenerla enfrente, lo que era lógico ante tanta aberración recóndita y brutal. La contemplaban embelesados, sellaban su pasaporte belga, o inglés, o sudafricano —tan falsos como los demás que usaba—, con mucho cuidado y le deseaban buen viaje, sonriendo con evidente turbación.

Piedad despectiva, se decía ella, piedad asquerosa.

Durante años consultó psiquiatras, sanadores, dermatólogos, adivinos, astrólogos y sus equivalentes femeninos, pero a ninguno le confesó que usaba, desde niña, una máscara de piel humana.

En las consultas sugería su drama con tanta vaguedad, tan por encima, que los terapeutas se preguntaban a qué había ido semejante beldad prodigiosa, sin desequilibrio mental alguno.

Sólo una anciana guaraní con una gran fama de curandera, de bruja y de adivina —bruja buena—, en Encarnación del Paraguay le dijo, Blancanieves porá, vos estás poseída, colgada del hilo de una hembra demonio, bruja mala, añamenbuí, tal vez madrastra cambá que no te parió, te hizo gualichu.

Súbitamente culta, le informó que porá significaba linda, agraciada o bonita, como sos vos, añamenbuí engendro del demonio o hijo del diablo —aunque aparezca como Príncipe—, cambá negra negrura y que gualichu es un feroz sortilegio mágico.

Vos estás atrapada en el bosque de tu cara, y los enanitos son sólo duendes y no te pueden defender, y un Príncipe te matará si antes vos no hacés lo que te voy a decir, linda Blancanieves.

Y le propuso la solución.

La curandera la había enfrentado a una verdad inverosímil, ella bajó la cabeza y aceptó sonriente. Le regaló el anillo que aquella no dejara de mirar de reojo, una alianza de oro en forma de serpiente, que se muerde la cola con furia e indiferencia. Y después de beber su infusión de yerba mate con hojas de coca, subió al helicóptero regresando a Asunción, de donde iría a Oruro, para entregar un mensaje de Daponte a un ministro del gobierno boliviano, sobre el comercio de esas hojas que flotaron en su bebida.

Sonreía, sonreía…

Toda su vida intentando enmascarar la máscara.

A veces, ritualmente, había untado sus pómulos, nariz, frente y demás partes del rostro, con su propia sangre menstrual, porque leyó que en el medioevo las brujas sabias lo hacían para cambiar su identidad.

Sangre que, cuando la veía, le producía un inexplicable placer al olerla y tocarla.

En Lisboa, en una de las callejuelas del barrio de la Alfama, cerca de la vieja estación de Santa Apolonia, abordó a una prostituta, vestida con ropas de gitana, muy joven y morena. Ésta, encantada aceptó ir con quien creyó una modelo —tal vez famosa— y ya en el hotel, ambas descubrieron con placer el mutuo sangrar. Luego escribió, con el rojo líquido espeso, en el vientre chato de la adolescente la palabra baby, dándole más dinero y rechazando nuevos besos.

Lo único que conocía en cuanto al erotismo de los cuerpos, era el de otras mujeres, lo cual era absolutamente normal para ella. Este juego,  actividad erótica, sólo se realizó después de la violenta muerte de su tía, depositaria de su amor encandilado de niña.

Ahora, con la abundante compañía de prostitutas tan jóvenes como ella se sentía muy cómoda, casi feliz. Siempre pagaba de más y les hacía obsequios caros, con una elegante cortesía, más una sincera bondad. Daponte la asesoró sobre su trato, luego de regalarle las primeras.

Y le gustaban de pequeña estatura, como muñecas, como las enanitas de Blancanieves.

Tal vez por respeto a su tía, o tal vez como una supersticiosa ofrenda —para que no resucitara, vengativa—, jamás se acostó dos veces con la misma cara y jamás repitió una boca. Se aproximó a las que amaban de otra manera, que no le hacían diminutos tajos en la espalda —con la navaja de mango de nácar—, para después lamerla, es tu auténtico sabor, pequeña.

Antes de hacer el amor, se cubría con un maquillaje que parecía de yeso o tiza, y dejaba sus labios con el color de su propia sangre. Una perfecta mascarilla de geisha, igual a la que le obsequiaron sus colegas tatuados en Tokio. Las profesionales lo consideraban un capricho de clienta, sin saber que era una máscara tapando otra.

Su cuerpo sin cara era espléndido —aunque indigno de la grotesca cabeza, admitía—, comparado con el de otras y porque otras, admiradas, se lo hicieron sentir.

Así era desde que la mujer más bella que conociera nunca, su tía Doris, le explicó como eran de crueles los hombres —todos los hombres, pequeña— y como eran de dulces unas pocas mujeres, empezando por la misma tía, la dulcísima Doris, que tenía los largos cabellos del  color de la miel de mil flores.

Que no lo era, no, la había adoptado —comprado—, vaya a saber dónde, a veces le decía que en Sumatra, a veces en Venezuela, otras veces en territorio comanche —nada menos—, pero demasiadas veces en Rumanía.

El parentesco como cínica cobertura de una apropiación, en cuerpo y alma.

Según el momento —y el desvarío de su mente— afirmaba que la niña, de madre absolutamente desconocida, tenía un delgado trazo de sangre india, negra, japonesa o gitana, pero el padre, el padre era un oficial de policía —nada menos—, muy blanco de piel.

Idea que le repugnaba a esa niña educada en y para la delincuencia, que además era de piel ambarina y casi transparente.

Una auténtica ciudadana del mundo ilegal, muestrario de razas, con el brazo —es un decir—de la ley engendrándola.

Desde los nueve años, sólo pensó y sintió a través de Doris.

Incesante en el continuo placer que le daba con su magnífico cuerpo, sus dedos voraces y su amorosa maldad, así, nena, así.

Placer que ella debía devolverle con lengua curiosa, penetraciones imaginarias, dedos con tacto de mariposa, un pene de cristal azulado como la noche —con estrellitas de plata— o el largo cañón del revólver que dormía bajo las demasiadas almohadas compartidas.

Soñaba con su tía, de día y de noche, y con aquellos perversos, simpáticos disfraces de Walt Disney, tan graciosos.

Blancanieves —ella no, su tía— y su infantil Príncipe Azul encima, cabalgando torpemente las nieves de su blanca dominadora sumisa.

El pato Donald —su tía, no ella— golpeándola con sus gritos y luego besándole la temblorosa piel de niña desnuda, entre falsos llantos.

Pluto —las dos— gruñendo, mordiéndose durante horas, entre los diversos líquidos de sus cuerpos, y ladrando sin cesar.

Y sobre todo ese Bambi —ella, sí, ella— de terciopelo color avellana, perseguido y arrinconado por una tía que lo penetraba con un erecto revólver, por supuesto, cargado. O Bambi transformado en infantil policía, disfraz que odiaba, empuñando a su vez el arma con la dos manos inocentes. De rodillas, sobrina, que vienen los orgasmos azules.

Sí, su tía fue muy cinematográfica en el placer, y en algo más...

Con minuciosa paciencia, le montó un juego de interiores espejos distorsionados, en estos aparecían rostros con mutilaciones, fuegos en la dermis, erosiones de lepra medieval, deformaciones inducidas, eccemas renovadas, pústulas violáceas, sin faltar dibujos realizados con largas e imaginarias cicatrices.

Y más espejos trucados, donde la foto de la niña fue mezclada alevosamente con cientos de fotografías de niñas de rostros destruidos, con labios leporinos, narices rotas o inexistentes, frentes contrahechas, sinuosas heridas secas, cavidades oculares vacías y enmarañadas cejas torturadas.

Como la misma Doris le susurraba, dulcísima, entre caricia y caricia, son tus referencias, muñeca, la vida es así.

Sin flaquear, hasta que la niña tuvo su oculto rostro de pesadilla.

Con mis besos mágicos —afirmaba la falsa maga Doris, actriz famosa en el cine francés de los sesenta por sus besos falsos— yo inventé tu mascara de rasgos puros, como prueba de mi amor, baby. Una simple careta mental que la encadenaba a su ilegítima propietaria.

Con mi dinero —afirmaba la ladrona, traficante y estafadora—, pague enormes sumas para que no fueras tan fea. Cuando eras casi una muñeca, te tuvieron que hacer varias operaciones muy importantes de cirugía estética, y la envolvía voraz con sus piernas, con sus pechos, con sus manos y con sus dorados cabellos.

Incluso le presentó a un viejo cirujano opiómano, pedante y esquelético, quien afirmó haber operado el rostro de la supuesta muñeca, pero eran los románticos besos de su propietaria los que habían creado el antifaz defensor, suponía la ingenua enamorada.

La amada tía le narraba con sus ojos fijos en los suyos —después de interminables orgasmos etílicos—, diferentes argumentos sin ton ni son, sobre la realidad de ambas.

Y ponía la guinda con una brutal alucinación, cuando se realizó mi parto, salió de mi vagina un retoño humano, en ese momento tuve un enorme miembro, mi gran pene.

Babeando, le gritaba que tres hombres destrozaron sus rostros, Joe, el pelirrojo corredor de motos, Andrew, el abogado mulato de Pretoria, y Thomas, que tenía músculos de acero. Estos eran los verdugos que demolieron la cara de Doris, y que pusieron insectos exóticos en las mejillas de mi muñeca para que se pudrieran. Así eran los hombres, maldad pura, pequeña, has de comprenderlo, y si yo te castigo demasiado con el látigo de cuero, tú lo lames y punto.

Aunque la pequeña estaba enterada que su tía devoraba hombres, con indiferencia, insaciable y sin ningún remordimiento.

Y a ninguna mujer, solamente la devoraba a ella, era su tía.

Pero Doris murió en París, impregnada de coca, rodeada de rotas botellas de whisky, bañada en su propia sangre, en sus orines y en lágrimas de cocodrilo.

Eso sí, desnuda sobre una colcha de seda.

Cercenada la hermosa cabeza delirante, amputados los sinuosos brazos y bellísimas piernas, aislado el tronco de magníficos senos.

En una hoja de papel, depositada sobre la abierta boca del sexo, había un  entrecortado texto.

 …una mujer perfecta… que no tenga cabeza para pensarme… ni brazos de mármol para retenerme… ni piernas de humo para dejarme…

Su sobrina, gracias al omnipresente Daponte, la creyó fallecida por una sobredosis, algo muy probable.

Sin embargo Doris, previsora en su madurez, le había hecho legal donación del apartamento de Londres —con las paredes forradas con billetes de cien dólares, es un decir—, más privilegiadas relaciones laborales con socios valientes, de prontuario y pistola, y con otros muy  poderosos, sin antecedente alguno.

En especial Daponte, aunque este jamás mencionaba a Doris y, cuando la joven lo hacía, se le vaciaban los inexorables ojos.

Así comenzó ella, sobrina huérfana, nueve años después de tener nueve, una firme y provechosa  vida criminal.

Sin embargo, los preciosos labios de su tía, siguen quemando o endulzando los suyos, desde el pasado.

Pero su vida pronto será otra, y acabará su retraída soledad.

Tiene dinero guardado para el proyecto central de su vida, tiene los muchos miles de euros necesarios para hacer lo que le indicara la curandera —bruja buena—guaraní.

Para hacer lo que toda muñeca adulta debe hacer, que es morderse la cola como una serpiente responsable.

Comprarse una niña.

De exactos y encantadores nueve años, aunque no en Portugal, como le propuso Daponte, quien ya había fichado dos hermanitos en Oporto, la niña para ella y el niño para él. Ni en territorio comanche, —nada menos—, tal vez en Rumania, en el barrio gitano de Bucarest, alguna pequeña que fuera especial por la sugestión de sus profundos ojos tristes.

Para disfrazarse, y jugar juntas a blancanievespríncipeazulenanitas, también a Bambi, sin incluir el pesado revólver erecto.

Para que fuera su muñeca y ser ella una dulce tía protectora, no le haría chupar ninguna amarga bala de plomo, en lugar de caramelos.

Para preservar la cara de su pequeña dándole una, bonita y normal, sin inventarle ningún espantoso rostro de gárgola que necesitara una máscara absoluta.

Porque ella no era tonta, había muchísima verdad en la boca de la sabia vieja del Paraguay, los príncipes matan como los policías y ninguna niña nace con un rostro.

Se lo fabrican sus tías.

En Florencia encontró para su futura sobrina un rostro perfecto, el de Venus —saliendo de las aguas— pintada por Sandro Boticelli.

Es mi doble, pequeña, mi doble.

Pero no debe distraerse en su biografía cuando está trabajando, aunque sea una tarea de rutina, previa contraseña alguien le hará entrega de un pequeño paquete, entonces es mejor que se apresure…

Sonriente, con el elegante trotar de sus piernas blanquísimas, totalmente desnuda —en su imaginación— llega al bar Zurich, y ve clavados en los suyos los ojos de ginebra de su tía Doris, que brillan —asombrados y mudos— entre el invisible alambre.

¿Y quiénes les susurran cuá cuá?

 

 © H.F. Sabéllico  

       

                                                         


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