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En
las décadas finales del siglo XV el marco político de la Europa Occidental
ofrecía un cuadro de relativa pacificación después de los numerosos
conflictos que la habían golpeado durante el siglo XIV y los tres primeros
cuartos del XV. En 1434 habían finalizado las guerras husitas; la interminable
guerra franco inglesa, llamada de los Cien Años había concluido en 1453; el
conflicto entre los reyes de Francia y los duques de Borgoña había acabado en
1477. y la guerra civil inglesa, conocida como la de las Dos Rosas había sido
resuelta en 1485 con la entronización de la dinastía Tudor; ello sin olvidar
los acontecimientos hispánicos ya referidos y la paz de Lodi de 1454, que
restableció por algún tiempo el delicado equilibrio entre las diversas repúblicas
y Estados italianos.
Sin
embargo, aquella era una paz frágil, pues las pretensiones patrimoniales de las
dinastías europeas que aspiraban a engrandecer sus dominios territoriales y a
reforzar en el interior y en el exterior su fuerza y prestigio, constituían un
campo abonado para todo tipo de conflictos. Estas tensiones se daban, además en
el marco de unas monarquías compuestas institucional, política e incluso étnicamente.
Así, por ejemplo, los reyes de Inglaterra eran también príncipes de Gales y
soberanos de Irlanda, además de tener pretensiones sobre Escocia. Los reyes de
Francia dominaban Bretaña, de habla céltica, y reclamaban sus derechos históricos
sobre Nápoles y Milán. Los de Polonia eran soberanos de la Prusia de habla
alemana y grandes duques de Lituania, una área enorme y diversa étnicamente. Y
más complejo aún era el Sacro Imperio Romano Germánico, que incluía desde
Bohemia y Moravia, de habla checa, a los Países Bajos flamencos, pasando por
los territorios del Norte de Italia, los cantones suizos y una multitud de
Estados alemanes.
Con
el despuntar de los tiempos modernos el proceso histórico se acelera, las
relaciones entre los Estados se hacen más dinámicas y más interdependientes,
los instrumentos de la política exterior se desarrollan con un vigor inusitado,
las guerras se generalizan y los juegos de alianzas, ligas y balanzas de poder
adquieren una complejidad sin precedentes. La explosión de la nebulosa
cristiana de los tiempos medievales en expresión de Jean Delumeau daba paso a
un sistema de pluralidad estatal cuya afirmación llevará a Europa a siglos de
intensas convulsiones, teniendo la Monarquía Hispánica nacida de la unión dinástica
de los Reyes Católicos un protagonismo principal en este proceso.
A
Fernando le ha sido atribuido generalmente el papel de director de la política
extranjera de la nueva monarquía de los Reyes Católicos, J.M. Doussinague
resumió las ideas rectoras de su política internacional en el lema la guerra
contra los infieles, la paz entre los cristianos, y más recientemente J.N.
Hillgart ha señalado el eje mediterráneo como el ámbito fundamental de los
objetivos internacionales del Rey Católico. Sin embargo, tal como veremos, la
multiplicidad e intensidad de la proyección exterior de la nueva monarquía son
de tal magnitud que resulta muy difícil resumir en una sola idea, eje o
directriz las orientaciones que siguió la política internacional hispánica en
las largas cuatro décadas que van del inicio del reinado en 1474 a la muerte de
Fernando en 1516.
En
primer lugar, es evidente que para apreciar con más exactitud los caminos y
objetivos de la política exterior de los Reyes Católicos hay que contemplar
los compromisos heredados por Fernando e Isabel de las políticas aragonesa y
castellana. De Aragón recogieron los esfuerzos de Juan II por dominar el reino
de Navarra; los intentos de recuperar el Rosellón y la Cerdaña, que Luis XI de
Francia había arrebatado al padre de Fernando durante la guerra civil catalana;
el interés por establecer alianzas con los enemigos de Francia, tradicional
rival de la Corona de Aragón en el Mediterráneo, y también la estrecha relación
de Fernando con su primo Ferrante de Nápoles (hijo ilegítimo de Alfonso el
Magnánimo). De Castilla, después de los tratados de Alcaçovas, se conservó
la amistad con Portugal y se fomentaron los lazos dinásticos que unían a ambas
Coronas; también la defensa de los intereses económicos y las rutas
comerciales que vinculaban las ciudades y puertos castellanos con el Norte de
Europa. De Castilla y Aragón conjuntamente se heredaron unas intensas
relaciones con el Papado y una proyección africana, ya tradicional en la Corona
de Aragón y creciente en Castilla como prolongación de la guerra de Granada.
Finalmente, los descubrimientos colombinos dieron a la Monarquía Hispánica una
extensión atlántica ya esbozada en la conquista y colonización de las
Canarias. Globalmente, la preponderancia de las directrices derivadas de la política
catalano-aragonesa es manifiesta, especialmente por lo que respecta a las
relaciones con Francia, rompiéndose en el reinado de los Reyes Católicos la
tradicional alianza franco-castellana de los siglos medievales.

Parece
incuestionable que los inicios de la hegemonía española en Europa hay que
relacionarlos, entre otras cosas, con el desarrollo de unas estructuras
administrativo hacendísticas de signo moderno que permitieron sustentar y
evolucionar a los instrumentos claves de su política exterior: la diplomacia y
el Ejército.
Como
es sabido, es en la Italia renacentista donde se encuentran los orígenes de la
diplomacia moderna. En el principio de las guerras de Italia, Milán, Venecia y
Nápoles empezaron a enviar representantes permanentes a España, Francia,
Inglaterra y a la corte imperial, y, entre los grandes soberanos, fue el Rey Católico
el primero en emplear este instrumento de relación e información de la política
exterior.
Desde
1480 se establecieron embajadores residentes primero en Roma y después en
Venecia, Londres, Bruselas y ante la trashumante corte austríaca. El soldado
Francisco de Rojas, el clérigo Juan de Fonseca, el letrado converso Rodrigo de
Puebla y los nobles Lorenzo Suárez de Mendoza y de Figueroa y Pedro de Ayala
son algunos nombres de la veintena de servidores del servicio diplomático español
de los Reyes Católicos. A pesar de las insuficiencias que obstaculizaron la
acción de estos embajadores residentes (lentitud de los correos, falta de
recursos, etc.) este instrumento de la política exterior fue mejorando,
convirtiéndose en una pieza valiosísima para el planteamiento y ejecución de
las empresas político militares del Rey Católico, especialmente en la formación
de sus sistemas de alianzas, terreno en el que aventajó a los otros grandes
estadistas del momento.
La
atención otorgada al fortalecimiento de las estructuras y potencialidades
militares de la Monarquía se convirtió en uno de los logros de mayor
trascendencia futura del reinado de Isabel y Fernando. Si en las beligerancias
del conflicto sucesorio castellano y en las campañas de la guerra de Granada aún
predominaron unas formas militares de carácter medieval, en los últimos años
del siglo XV y en las primeras décadas de la centuria siguiente se va
conformando un ejército permanente y controlado directamente por el poder real,
realizándose asimismo avances sustanciales en cuanto al número de hombres
movilizados, el armamento y las técnicas militares.
En
el período que abarca el reinado de los Reyes Católicos y del primer Austria,
la Monarquía Española aumentó espectacularmente sus capacidades de movilización
de recursos humanos en tiempos de conflicto, aventajando en este terreno a las
otras grandes potencias del momento. Las estimaciones de Geoffrey Parker
reflejan perfectamente este ascenso:
|
AÑO |
MONARQUIA
ESPAÑOLA |
MONARQUIA
FRANCESA |
MONARQUIA
INGLESA |
|
1470 |
20.000 |
40.000 |
25.000 |
|
1550 |
150.000 |
50.000 |
20.000 |
Paralelamente,
los gastos destinados a la función militar se incrementaron notablemente, no
solamente en términos absolutos sino también respecto a lo que representaban
en el total de desembolsos de la hacienda real, constituyendo al final del
reinado de los Reyes Católicos una proporción superior al 50 por 100.
En
el aspecto organizativo, las pragmáticas reales de Segovia (1496) y Tortosa
(1503) establecieron disposiciones sobre los sistemas de reclutamiento,
clasificación del personal militar, contabilidad y organización de la
intendencia e, incluso, un esbozo de un código penal militar; y por aquellas
mismas fechas se crearon en Baza y Medina del Campo parques de artillería para
la fabricación de armas de fuego y para la formación de especialistas, entre
los cuales destacaron los nombres de Diego de Vera y Pedro Navarro.
Finalmente,
las campañas de Italia proporcionaron un vasto campo de experimentación de las
técnicas y tácticas militares. Las coronelías de Gonzalo Fernández de Córdoba,
que prefiguran los famosos Tercios Españoles, constituyen la nueva infantería
que triunfará sobre las lanzas de la caballería francesa en los célebres
choques de Ceriñola y Garellano. Se trata de grandes agrupaciones de tropas,
unos 6.000 soldados divididos en 12 capitanías; en que los infantes armados de
pica, de espada corta y rodela se combinan con la fuerza de fuego de los
arcabuceros, cuya proporción será cada vez mayor. Su disposición en formación
cerrada, al estilo de las legiones romanas, complementada por unidades de
caballería ligera, demostrará durante muchos años su superioridad en los
campos de batalla europeos.
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