UNAS PALABRAS SOBRE LA ÉTICA DE LA LITERATURA

 

Javier Alcoriza©

 

¿Qué es la ética de la literatura? Se trata de un concepto cuyo sentido, en caso de que lo tenga, sólo puede mostrarse de manera tentativa. La ética literaria tiene que ver con el temor y temblor con que nos aproximamos a algunos libros. Lo que esperamos de la lectura es siempre algo diverso a lo que descubrimos con ella. El espíritu se ejercita extraordinariamente; no quiere ser apaciguado, sino alimentado. El lector se vuelve la criatura menos pasiva del universo a su pesar; entonces puede admitir que la enseñanza de los libros perdura en él soterrada, poderosamente, que es testigo de una cadena de efectos de la mayor importancia. Las reacciones de la lectura son constantes y la ética literaria cumple en tal escenario su función. Se trata de un fenómeno intermedio entre la evasión y el compromiso. El buen libro hace que el lector se olvide de sí mismo, pero sólo hasta cierto punto; también hace que el lector tome cartas en cualquier asunto que le salga al paso con renovado afán, pero sin extravagancia. En otras palabras: una buena lectura es algo más que un placer, algo menos que un deber. Decir esto no es negar que haya momentos ciertamente deleitosos entre las páginas de un libro, ni que el doctor Johnson errara al indicar que leer a Milton era, sobre todo, un deber. La persuasión central de la ética de la literatura es la de que compartimos el mismo mundo que el escritor del libro, aun cuando su apreciación se funde en la suspensión de esta creencia. Vivimos, y hemos dejado de vivir, en el mismo mundo. Un mundo feliz, de Huxley, podría leerse como un ensayo, prescindiendo de la artificiosa invención que envuelve la historia. Sin embargo, la impresión duradera del trágico hado de John, el salvaje, se borrará si prescindimos de la fábula. El libro se halla, digámoslo así, en el filo de dos concepciones: no debe ser absorbido por ninguna. No es posible evadirse por completo con la historia ni firmar un compromiso con la denuncia. Si hubiera que decidir, la balanza se inclinaría, no obstante, del lado del compromiso. Sustancialmente, los libros son eficaces instrumentos de cambio.

El obstáculo se hallaría, por cierto, en el prejuicio del lector sobre lo innecesario de aplicar ninguna medida de cambio sobre sí mismo. Todo lector debería hacerse preguntas si estuviera dispuesto a encontrar en las páginas de un libro las respuestas. Tal vez no sea exagerado afirmar que los libros más recomendables son los que dejan en pie mayor número de preguntas, con o sin respuesta. El ensayista Edward W. Said encomiaba con esos términos el cine político de Gillo Pontecorvo. La ética de la literatura se acredita como concepto de uso por la conveniencia de no cancelar la educación del buen lector. Es obvio que la lectura de un libro tiene consecuencias literarias, ya que puede corregir la lectura de otro; y también consecuencias no literarias, pues sirve para modificar pautas de la conducta de la vida. A propósito, el caso de don Quijote es paradigmático. Como al personaje de Cervantes, los libros podrían hacer perder el juicio a todo lector, si todo lector fuera —¿y quién no lo es?—, como en la novela, un “loco entreverado”. Las consecuencias de la lectura son inmediatamente impredecibles, las palabras operan como una carga de profundidad: lo conmueven todo a pesar del equilibrio aparente. Decía Singer, el novelista judío, que el arte se mueve como el mar: estable, pero incontenible, en todas direcciones.

¿Acaso no ha habido una historia de la ética de la literatura? Entre los libros que han cambiado la vida de los hombres habría que destacar la Biblia. Regir la conducta por las palabras del Libro era el propósito de sus mejores lectores, que fueron —separados por un largo intervalo— los judíos y los puritanos. El ímpetu de la enseñanza recibido por los estudiantes del Talmud los habría convertido en los lectores más voraces de un mundo al que habrían tratado de asimilarse en vano. Tal vez no sea inexacto situar en el gueto (si no en el célebre shtetl del citado Singer) la imagen más aproximada del Leserwelt al que se refería Kant como metáfora de la sociedad ilustrada, entre los términos de la diáspora y del exterminio de los judíos en Europa. No es fácil pensar en otro ejemplo de la civilización occidental en que hayan florecido “el estudio del hombre y de las relaciones humanas”, o en que tuviera éxito un experimento de “índole pacífica, disciplinada y humanista” entre las amenazas de la brutalidad. En Europa, el gueto habría sido el auténtico mundo de lectores en que la ética de la literatura pudiera haber dado fruto. Cumplidas las brutales amenazas, el otro gran experimento que brinda la historia sería el de los puritanos que emigraron a un Nuevo Mundo y fundaron su propia comunidad de “santos visibles”. La fe desprendida del Libro se acreditaba en sus acciones. Con el tiempo, el puritanismo derivaría, secularizado, en el americanismo, y un nuevo tipo o arte de lectura y escritura vendría a sancionar la transformación de los hombres piadosos en ciudadanos republicanos. Para la ética de la literatura americana, la Constitución habría jugado un papel correspondiente al de la Revelación en el seno del judaísmo. El contraste sería significativo: frente a la búsqueda textual (y arqueológica, en el caso israelí) de las raíces, América proclamaba la independencia de la historia; frente a la preservación de la ortodoxia, el derecho a la libertad de expresión. El lector americano se convertiría, por tanto, potencial y constitucionalmente, en lector de todos los libros, y el escrupuloso respeto a lo enunciado en la ley suprema del país haría fijar la vista en las “leyes superiores”, en virtud de las cuales serían posibles las enmiendas al texto original. Tras el éxodo americano, a la imagen del pueblo elegido le habría sucedido la del lector común: cualquier lector podría creer justificada, según el mito fundamental de un Nuevo Mundo, la exigencia de mejorar el régimen bajo el que se viera forzado a vivir. La pedagogía del americanismo consistiría en juzgar imparcialmente las acciones según las palabras con que se profesa obrar. La operación es sencilla y, si el experimento se tomara en serio, como nos recordaba Thoreau, el resultado sería revolucionario. Así, la controvertida historia de la ética literaria seguiría pendiente de una sencilla cláusula (con que interpretamos todas las historias): por encima de cualquier consideración, la conducta del ser humano resulta, en última instancia, legible.

 

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