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SUEÑO DE JUVENTUD
E V A R I N A

© José Gómez Muñoz. Si copias me gustaría saberlo.

 

 

                ¿Qué buscas esta mañana de azul cielo y cuando la primavera ya está vistiendo los campos con la música de las sonoras fuentes y con la sangre de las amapolas  tiernas que, llenas de rocío, se abren y para  ti  florecen en un dulce beso? ¿Qué buscas  tú, hermana mía, alma de mi sangre, por este suelo?

 

Pasan varios días; una tarde, a primera hora, desciendo por la ladera hacia el cortijo, busco la huerta de los granados, la atravieso, llego a la alberca, en su brocal, a  la sombra de las ramas del gran cerezo, me siento. Tengo conmigo el cuaderno y el bolígrafo para dedicar un rato a escribir. Es lo que me he propuesto pero ahora  que empiezo voy descubriendo que no es fácil; por momentos me dominan las emociones; se me amontonan en la mente, quieren salir todas a un tiempo. Las experiencias que he vivido en la cuidad ahora me hierven dentro, me roen el pensamiento, me torturan el alma, me estrujan el corazón; no me dejan en ningún momento.

 

Y  hoy, me siento enfadado contra Nieves, el símbolo de lo pijo, según dicen ellos. En estos momentos me digo que la odio, que la desprecio.  Y me digo que es una persona de poca categoría humana por sus tonturas, sus egoísmos y sus caprichos. Se ha comportado conmigo a lo salvaje, sin delicadeza, sin educación, sin respeto. Porque aunque sea más culta   y posea más dinero no es importante mientras no se haga sencilla, humana, pavesa con el viento y gota de rocío en la mañana y que refleje, sin adornos postizos ni trajes nuevos cada día, el sol que cada amanecer Dios nos regala.  Y por esto me digo que la odio y la poca consideración que ha tenido conmigo, porque yo, donde la luz del universo se hace eternidad y tengo mi llanto en cascada inmaculada, la quiero.

 

Contemplo la llanura hacia el río; por momentos crece en mí el deseo de superarme; voy a luchar con todas mis fuerzas para conseguir la fama, el éxito, el dinero. Me haré mucho más importante que ella; le demostraré mi inteligencia, la grandeza de mi corazón, le echaré en rostro su poco amor, su egoísmo y cuando ya sea importante y se acerque a mí, me digo que la despreciaré, la humillaré, para que vea que obró mal conmigo pero luego...

 

Al otro lado de la llanura, subiendo por el río, han construido una urbanización de casas de lujo; es casi un pueblo pequeño, con calles, antenas de tele, poste de luz, fuentes públicas. También en la falda del cerro, frente a la huelga, han levantado varios edificios modernos; algunos están casi rozando el huerto de las violetas que tan dentro llevo. Estas construcciones dan un aspecto nuevo al campo; por supuesto que no me esperaba esta nueva fisonomía, aunque en realidad ni me gusta ni me disgusta, porque, Dios mío, yo ahora y desde aquellos días ¿qué soy por aquí y qué tengo?

 

Y esta tarde está el cielo nublado, el viento en calma, la temperatura templada, cantan los ruiseñores y por el arroyuelo, se oye la corriente saltar por las piedras, a los rebaños de ovejas, cerca del río, se les ve comiendo su hierba y los gañanes, en la ladera este, labran la tierra. Estoy en mis pensamientos, distraído en el campo y la tarde y llorando mi dolor secreto, cuando de pronto oigo la voz de una persona a mis espaldas.

- ¡Hola!

Miro y frente a mí y de pie, la  veo.

- ¡Hola!

Le contesto.

- Me llamo Evarina ¿Puedo sentarme a tu lado?

- Sí que puedes y, además, lo quiero.

- Te he visto cruzar las tierras del campo en silencio y vengo a conocerte ¿Eres nuevo?

- No del todo pero soy, por aquí y ahora, nuevo aunque sea muy viejo.

- Nunca te he visto antes.

- Tampoco yo a ti.

- Vivo en este cortijo desde hace tres años.

- Bastante más hace que yo me fui de él pero tú ¿de dónde eres?

- Nací en la ciudad, no tengo padre, mi madre se llama Zarina y también vive en la ciudad pero se viene de vez en cuando a estas casas que tenemos enfrente donde ellos dicen tienen su recreo.

- Y hoy ¿dónde está?

- No lo sé; quizá en la ciudad. La veo de tarde en tarde; no me quiere mucho; cuando nací me dejó con un matrimonio sin hijos, los pastores de esta finca, que ella conocía y con esta familia he crecido y con ellos vivo ahora. Los dos son buenos, me aman pero desearía estar con mis  padres verdaderos porque los quiero.

- ¿Qué le pasó a tu padre?

- No lo sé, no lo conozco. Mi madre no está casada, nací cuando ella tenía dieciséis años y según me dice, de un juego.

- ¿Cuántos tienes ahora?

- Nueve

 

Evarina se ha sentado junto a mí. Enseguida me doy cuenta que tiene necesidad de cariño. Es bajita, con la cara algo redonda, los ojos negros, miradas melancólicas,  penetrantes, viva de voz y agradable y su pelo también es negro. Con interés la acojo a mi derecha. Me sorprende y al mismo tiempo me alegra, encontrarme una criatura como esta en este sitio. Parece inteligente. Le hago algunas preguntas y la dejo que hable. Como si me conociera de siempre, me cuenta todo lo que sabe de su vida, de su madre, del grupo, de su dolor chiquitito y de su endeble sueño.

 

Y al rato me pregunta:

- Y Tú ¿qué hacías aquí?

- Estaba mirando la tarde y pensando, mientras voy tras mis recuerdos y al mismo tiempo, estaba buscando un camino que vagamente adivino, iba por entre las laderas y el bosque que arranca del valle pero ahora, ya se habrá roto de viejo porque no lo veo.

- ¿Y éstos cuadernos?

- Es para escribir un libro.

 

Y me sigue haciendo preguntas. Se interesa, poco a poco, por todo lo mío, se alegra que haya venido, que esté escribiendo el libro y que nos hayamos visto esta tarde. Ya que el sol está cayendo por el horizonte y las colinas de los robles, me pide que me vaya con ella; desea presentarme a la familia con la que vive, le hago caso y atravesamos el huerto, llegamos al cortijo, saludo a los que hacen las veces de padres y me dicen que se alegran conocerme, que esté aquí, que me haya hecho amigo de Eva y por la noche me quedo en el cortijo con ellos. Al día siguiente Eva y yo, nos vamos a la huerta, bajamos al arroyo, atravesamos la llanura, nos sentamos en el río, nos divertimos con las cuatro cosas sencillas que nos ofrece la naturaleza que sí es bella y con la sencillez más transparente y el cielo, nos lo pasamos bien, nos hacemos buenos amigos, hablamos de muchas aventuras y de muchos sueños.

 

Y por la tarde me lleva a la parte alta del cortijo porque quiere enseñarme el edificio donde vive su madre; desde este lugar se ve. Me lo muestra diciendo:

- Mi madre, siempre que viene a este rincón, canta; se asoma al balcón de su casa, mira hacia el barrando y se pone a cantar. La he oído muchas veces y hay días que canta canciones tristes, modernas o antiguas; en otras ocasiones, sus cantos son alegres y también hay semanas que me paso el día entero esperando oírla cantar, es la señal para saber que ha venido y como la quiero...

- ¿Viene mucho por aquí?

- Los fines de semana con el grupo; alguna vez con sus padres; ella vive con sus padres y sus hermanas y el resto, sola, dice que como el viento.

- Me gustaría  conocerla.

- También yo lo deseo.

 

Y un poco después de esta conversación,  llueve menudamente y  la tarde es fría, oscura, incienso. También Eva está triste. Se lo noto en sus palabras; le salen bañadas de cierta pena. Pasado un rato, bajamos del rellano. Por la noche también me quedo con ella en el cortijo y al día siguiente por la mañana, en cuanto se levanta, viene a buscarme. Desayunamos juntos; la que hace las veces de su madre, la hermana Esperanza, está satisfecha con mi presencia y mi amistad con Eva; me lo dice durante la comida. Al final de ésta Eva busca unas tijeras de podar árboles y nos vamos al pequeño bosque que hay en la entrada del cortijo viejo.

- ¿Me ayudas a podar estos rosales?

Me pregunta  en un juego.

Los árboles son pequeños cipreses que han sembrado a un lado y otro del camino; les cortamos las puntas. Terminamos dos horas más tarde. Dejamos las tijeras, subimos por el camino que lleva a los fresnos, nos paramos en mitad de la ladera; desde aquí, entre las encinas, se ve la llanura, la colina, el río, al valle; hablo y le digo:

- En otros tiempos,  este valle fue muy triste. Cuando la guerra, lo arrasaron, lo llenaron de cenizas pero antes de eso, fue muy bello.  Tanto que yo te diría que mi Valle, fue lo más hermoso que Dios creo sobre este suelo.

- Y ahora ¿es que no es bello?

Me pregunta ella.

- Es cierto; da gusto sentarse en esta ladera y verlo ahí a nuestros pies; no hay otro gozo mayor; hasta el viento nos roza con la suavidad de un beso.

 

Me escucha; mira despacio las nubes que pasan, no dice nada. Por el camino baja una mujer; viene vestida de negro, trae un pañuelo liado a la cabeza. Al vernos se aparta de la senda, se acerca a nosotros, nos saluda. Junto a nosotros se queda un rato, nos cuenta que su marido está parado, que su hijo pequeño, el de los ojos azules, amigo de Eva, llora mucho y está triste.

- No sé qué hacer; en casa no hay ni pan ni dinero. Todo el mundo dice que en cuanto Andalucía tenga autonomía el problema del paro se solucionará, poro mientras tanto ¿qué hacemos nosotros?

Nos dice. Mira con ojos de melancolía, se le caen algunas lágrimas; Eva la consuela diciendo:

- Llégate al cortijo; como otras veces, te darán algo.

Y un rato después la mujer se va. Baja por el camino, la miramos; estamos preocupados por ella. La niña  me mira; en sus ojos leo que le duele lo de esta mujer y su hijo pequeño.

 

Me acuerdo, en estos momentos, de la gente que vive en las últimas casas del pueblo al lado norte. Todos los que aquí se amontona son pobres. Los niños están sucios, rotos, con trozos de pan en las manos; las casas  techadas con pedazos de lonas, chapas, monte, las calles llenas de barro, papeles, trapos, latas y por entre ellos y su miseria, vagan famélicos los perros.

- ¿Qué culpa tiene ella para sufrir esta privación?

Pregunta Eva.

- ¿La conoces de algo?

- Vive a la derecha del río, al final de una llanura en una cueva vieja y abandonada. Viene por aquí de vez en cuando para que le demos algo de comer. Si pudiera te aseguro que le ayudaría por encima de todo.

- También yo lo haría; mas siempre he pensado que mucho de este mal, tan abundante en nuestra región, se solucionaría con sólo amarnos los unos a los otros. El problema no es tanto ni de dinero ni de estructura política, sino también comprensión y amor, de justicia.

Eva no responde. Algo más tarde dejamos este lugar. Atravesamos la llanura plomiza de las rocas ásperas al lado norte. Conforme avanzamos por ella me habla diciendo:

- Aquí, en este rincón, la primavera pasada, el grupo de amigos donde está mi madre, organizó una misa. Estuve con ellos; fue precioso aquello.

 

No le contesto; miro la llanura, sigue hablando. Me cuenta que jugó con su madre, que el cielo estaba lleno de nubes, el campo de flores,  que algo después llovió reciamente y luego sólo gotitas menudas; me cuenta que se refugiaron debajo de los árboles y que dos horas más tarde, cuando las nubes se fueron, todo el campo se llenó de espeso olor a tierra mojada y el monte de rayos blancos de un sol nuevo. La escucho con interés. Se le sale el alma por la boca narrando sus recuerdos; llegamos  al otro lado de la llanura. Nos paramos en su borde. Ella sigue hablando, de lo mucho que este lago le gusta, de los buenos ratos que aquí ha vivido también en compañía del grupo. La observo; mira las aguas con entusiasmo, se separa de mí y corre por su orilla siguiendo su canto y su juego.

 

Y en estos momentos, por mi mente cruza un pensamiento. Eva es tan deliciosa que se parece al mismo sueño que llevo en lo hondo de mi alma, me pregunto por su madre, tengo ganas de conocerla. ¿Por qué le ha negado su amor a una criatura como esta? ¿Por qué no la quiere? ¿Por qué el mundo permite que sobre seres tan inocentes caiga un tan gran desprecio?.

 

Estoy en esta idea cuando veo que se acerca a mí, se sienta a mi lado y habla diciendo:

- Yo sé que las aguas limpias de este charco forman como la puerta de un mundo mucho más bello que este donde ahora vivimos; un mundo que aunque está aquí, al mismo tiempo no lo está. Siempre que he venido por esta curva del río, lo  veo y lo siento.

- ¡Espera!

Le digo pero no detiene su conversación.

- Puedo penetrar a través de estas aguas; no tirándome desde esta roca y zambulléndome en ellas; hablo de otra cosa. Puedo penetrar fundiéndome con este líquido sin dejar de ser lo que soy y llegar a ese otro mundo del que te hablo y sueño.

- ¿Cuál es la forma?

- Por ahora la desconozco pero sé que existe.

- Si lo sientes y lo crees es porque existe. ¿Quizá contemplándolo largo rato quietos y concentrados en el brillo y movimiento de este charco?

- Puede que sea así, o a lo mejor se trata de quedarse quietos en mente y cuerpo hasta alcanzar cierta altura en armonía y paz con el mismo centro.

- Quizá pudiera ser eso pero lo importante está en que tú sabes que el charco, sus aguas claras besando estas rocas, son puerta de algo. Esto es lo importante y bello.

 

Le digo. No hablamos más. Estoy algo sorprendido por su manera de expresar lo que siente, su serenidad, su misterio. Algo más tarde nos alejamos del lago que el río a cruzar remansa sereno, regresamos al cortijo. Soy feliz junto a Eva. Me he encontrado en estos campos algo que no esperaba; estoy contento. Eva es una niña deliciosa; no se parece a las demás personas que hasta hoy he conocido, tampoco a las niñas de la ciudad. Es otra cosa nueva. Su tristeza, su soledad, su dolor dulce, el deseo de tener cerca a su madre la hace diferente, o al menos, eso creo. 

 

Ahora ya me he quedado en el cortijo para siempre, o quizá para un tiempo que no tengo fijado. El encargado me ha pedido que trabaje en el  huerto; la idea me parece buena; así podré estar cerca de Eva, hablar con ella, verla siempre que lo desee y aprender  ¿quizá su juego?

- Acepto el trabajo con una condición.

Le digo.

- ¿Qué condición?

- Que no se me imponga ni se me marquen horas fijas; me encargo del huerto, de labrarlo, recolectar las cosechas; lo hago todo pero como quiera y a la hora que quiera. Es de decir: a mi modo y en la  libertad que necesito y sueño.

 

Ante esta proposición mía el encargado se me queda mirando extrañado y me responde diciendo:

- Tendré que consultarlo con el dueño.

Al día siguiente viene el dueño, un tal D. Fernando. Al enterarse de lo que pretendo me busca y me dice:

- Es la primera vez que alguien me propone condiciones como estas pero está bien; vamos a probar. Desde hoy, el huerto como si fuera tuyo; lo que produzca para mí y a cambio recibirás un sueldo. Haz lo que quieras y como te parezca que luego veremos.

 

El encargado está presente cuando cerramos el trato; no sale de su asombro, no acaba de comprender que yo vaya al huerto a trabajar cuando me parezca; todos lo que trabajan en la finca tienen jornadas de ocho horas; han de engancharse a una hora fija y terminar a otra hora fija. Lo mío no es así; es algo nuevo; él no podrá meterse conmigo en nada, no mandará en mí, no puede marcarme ninguna tarea ni obligarme, haré mi trabajo en libertad. Hoy, aún no he comenzado.

 

Son las doce de la mañana; ha transcurrido una semana desde la tarde que conocí a Eva; estoy sentado bajo las encinas que miran hacia el arroyo del  huerto por detrás del cortijo; tengo conmigo los cuadernos, intento escribir; desde el día en que comencé hasta hoy, la ilusión crece en mí, sueño en el libro, tengo ganas de verlo construido, será importante para mí, porque, además, mi libro no se  parecerá al de tantos; sé que será algo nuevo, original, bello, como mi único amigo, mi propio hijo, la perpetuidad de mi existencia; por esto ha de ser por completo diferente. Hay muchos en este mundo que escriben su libro cuando ya están acabados; yo aún no estoy quemado; escribo mi libro porque deseo vivir, por la necesidad de vida y la urgencia de transmitir lo que me arde dentro.

 

Veo a un muchacho que sube por el camino; viene desde las casas de lujo.  Es alto, rubio, con gafas, barbas también rubias. Al llegar a mi altura me saluda; sus modales intentan ser corteses, finos; me pregunta por Eva.

- Creo que está en el cortijo.

- Vengo a saludarla; le traigo noticias de su madre.

- ¿Eres de los del grupo?

- ¿Por qué lo preguntas?

- Eva me ha hablado de vosotros.

 

La oigo, en estos momentos, llamándome; sale del cortijo, se viene hacia el  huerto, le contesto, veo que corre hacia mí, antes de llegar exclama en un vuelo:

- ¡Hola Rafa!

Se abraza al muchacho. Este la besa, la acaricia.

- ¿Y mamá?

Pregunta enseguida.

- Venía a decirte que esta semana no vendrá.

- ¿Qué le pasa?

- Ayer organizó una comilona con unos amigos y se fue a un cortijo de la campiña; allí estuvo todo el día. Cuando nos despedimos nos dijo que hoy vendría pero cuando esta mañana fuimos a recogerla estaba en la cama; su padre nos dijo que no podía levantarse. Por la noche se fue de discotecas en compañía de los amigos; luego, a las dos de la madrugada, se comió un cocido. Así que hoy estaba que no podía con su cuerpo.

 

Miro a Eva mientras oigo el relato del muchacho; veo que se entristece; quiere hablar; no puede, noto que sufre, me da pena, el muchacho sigue diciendo:

- No te preocupes; ella, a pesar de tantos amigos, tantas fiestas, tantas risas por las calles  de su ciudad, a pesar de esto, nos quiere. Nos tiene en un rinconcito de su corazón no mezclados con los demás sino en un sitio especial que se parece a un nido de mariposa y su vuelo ¿No debe ser esto motivo de ánimo y para estar contentos?.

Eva lo mira; no sabe qué decir; de alguna manera siente un poco de consuelo con las palabras del muchacho pero en sus ojos sigo viendo que no es feliz. Lo de su madre le duele; calla, guarda silencio. El muchacho se queda un rato con nosotros y intenta distraer a Eva; ésta, una vez y otra, le pregunta por su madre, qué cosas hace en la ciudad, si vendrá algún día antes del próximo fin de la semana que está corriendo. Rafael le responde a todo, es sincero, le cuenta las cosas tal como estas son. Lo oigo; me gusta que trate así a esta criatura. Aunque sea pequeña y por lo tanto, su capacidad de análisis no llegue al de las personas mayores pero creo que tiene derecho a saber las cosas tal como son; creo que en el caso de Eva hay más obligación de ser nobles y sinceros.

 

Pasada media hora el muchacho se levanta, anuncia su marcha.

- ¿ Y por qué no te quedas con nosotros?

Le pregunta  Eva.

- Es que hemos quedado, los del grupo, en la casa de Inma.

- ¿Para qué?

- Hoy celebramos el cumpleaños tres de nosotros; esta noche tenemos pensado organizar una fiesta. Nos hemos traído los focos, la batería, el equipo de sonido. Quedamos juntarnos en su casa para preparar las cosas, ordenar el local, ¡ Eva lo siento!

 

Se acerca a ella, la besa, me da la mano, nos despide, se aleja por el camino. Evarina se viene cerca de mí, se sienta a mi lado.

- Por lo menos ya sabes que mamá no vendrá; así no la esperarás en vano.

Le digo en forma de consuelo.

- Sí pero estoy casi segura que no ha salido de ella pedirle a Rafa que venga a darme la noticia; nunca se acuerda de mí.

- Mas yo sí estoy aquí contigo; soy tu amigo, te quiero. Además, ayer me dijiste que hoy íbamos a tener visita. ¿Quién viene a vernos?

- Es David.

- ¿Y quién es David?

- El hijo de la mujer que la otra tarde nos encontramos en la ladera del cerro. Todos los sábados viene con su madre a por algo de comida.

- ¿Sabes qué se me ocurre?

Me mira con interés y a continuación me pregunta:

- ¿Qué?

- Que podíamos irnos con ellos. Me gustaría conocer a su padre, dónde vive, cómo son los paisajes que rodean su casa. ¿Qué te parece?

- bueno; así te presento a mis dos amigos del Valle de los quejigos espesos.

- ¿Quiénes son esos amigos tuyos?

- Los hijos del hermano Roberto: Griselda y Oscar.

- Me encantará conocerlos; trato hecho.

 

Y la cojo de la mano, nos levantamos, nos vamos hacia el cortijo. Comentamos nuestro proyecto con la Hermana. Esperanza. Le pedimos también que nos deje quedarnos una noche en casa de Griselda y lo aprueba diciendo.

- Pero ya sabes, hija mía: siempre mucho cariño y mucha dulzura y mucho respeto.

Media hora más tarde llega la visita. En cuanto veo a David me alegro mucho. Es rubio, ojos azules, gracioso. Tiene once años. Eva le anuncia enseguida lo que tenemos pensado. Se alegra. A él y a su madre, la Hermana Esperanza le regala un queso, verduras, frutas del  huerto, leche. Una hora después salimos del cortijo.

 

Subimos por el río, torcemos a la derecha, atravesamos la colina de espesas cornicabras, bajamos por la pendiente norte, cruzamos los arroyuelos que se descuelgan por la colina, llegamos a los bosques de los robles espesos, divisamos la meseta. La llanura está tupida de hierba baja y verde. Al final de ella, algo al sur, nacen siete u ocho arroyuelos. Al lado norte, en la orilla, casi en el centro de los dos extremos, está la cueva donde vive David. Al acercarnos compruebo que es vieja como el tiempo; al lado norte, entre las grietas de las piedras, crece multitud de beleño.

 

El rincón resulta misterioso, frío, triste. Lo asocio a las personas que aquí viven y parecen como si ellas estuvieran muy sufridas de la vida; como si ya no les quedaran ganas de saber del mundo. Llegamos, saludamos al padre de David. Nos acoge con afecto, nos hablan de su trabajo. Este hombre toda su vida la ha dedicado a hacer carbón y venderlo en el pueblo. Ahora, por ningún sitio necesitan ni le dejan hacer este trabajo. Como no tiene ni dinero ni casa, se ha quedado a vivir en este rincón. El dueño de la finca le permite estar en la vieja covacha.

- ¿Me han dicho que vienes de la ciudad?

- Estuve allí.

- ¡Hombre, a ver si puedes hacer algo por nosotros!  Sobre todo por mi hijo. No quisiera que cuando sea mayor fuera lo que yo. Quizá puedas hacer algo. Tienes estudios, conoces gente, sabes hablar; deberías luchar para liberar a nuestra región de su miseria, deberías gritar, lanzarte, hacer algo bueno. Es incomprensible lo que pasa en nuestra tierra; mientras unos nos morimos de hambre otros tienen grandes fincas sin cultivar, dedicadas a los ciervos, a la caza, a construcción de casas de lujo o segundas residencias, al puro recreo no es justo lo que ocurre en nuestra región. Por eso, vosotros los jóvenes, los que tenéis el futuro en vuestras manos, deberíais hacer algo para liberar al mundo de lo que le están imponiendo.

 

Lo oigo con interés. Sé que habla acuciado por la necesidad, sé que tiene razón, sé que piensa honradamente pero a mí ¿para qué me dice estas cosas? ¿qué puedo hacer?. Estoy fracasado, encerrado, solo, marginado. Para él soy una persona importante; sin embargo, la realidad es que no tengo nada más que mi propio cuerpo, mis sueños, un lago de amor en el corazón sin producir vida, muchas ilusiones rotas, más dolor de los muchos palos que ya he recibido de unos y otros y espinas que se me clavan en silencio y me duelen hasta la muerte que ni siquiera tengo.

 

Eva quiere mucho al padre de David, también a su madre y a él. Con ellos nos quedamos largo rato, hablamos de muchas más cosas que parecen asuntos importantes,  jugamos por la llanura, nos vamos hasta donde están los charcos de la meseta, justo donde los arroyos empiezan a fluir. En estos lagos nadan pequeñas bandadas de renacuajos, saltan multitud de ranas. Nos entretenemos persiguiéndolas, cogiéndolas en nuestras manos. Cuando la tarde empieza, a caer despedimos a David, a sus padres.

- No dejes de venir otro día y no olvides lo que te he dicho que para todos será bueno.

Me dice al despedirlo.

- Vendremos otro día.

 

Y mientras nos retiramos siento compasión por ellos; lo están pasando mal. Están solos, son pobres de veras, no tienen nada bajo el sol. Nos alejamos de la casa, buscamos el cauce del arroyo, bajamos hacia el río. El arroyo, en cuando sale de la meseta, se queda encajonado entre grandes rocas. Eva me aclara que:

- Siguiendo esta dirección tenemos que llegar hasta el río, para luego cruzar su cauce por el puente de la urbanización y desde aquí continuar hasta la huerta de los granados del arroyo pequeño.

 

Miro; veo que para atravesar las rocas del arroyo no existe ningún camino. Lo hacemos improvisados, sobre la marcha, nos emociona. Las rocas tienen todas las formas y tamaños; son redondas por algunos sitios, afiladas por otros, hundidas, onduladas. A cada paso es una emoción nueva; barrancos, escalones, aristas, arrugas, pocetas, picos, vaguadas, retama, tomillo, lentiscos y romeros. En lo hondo del barranco retumba la corriente; arriba, al lado sur, se mecen los arbustos sobre la colina de los cerros.

- He venido aquí muchas veces a jugar con David.

Me sigue diciendo.

- Por mi parte es la primera vez que veo este lugar.

Llegamos al final del pequeño montículo, descubrimos la llanura.

- Es el Valle de los robles espesos.

Vuelve a decirme señalando con la mano.

- ¿Ahí vive Griselda?

- En aquella casa que ves entre los árboles que se amontonan verdes.

Miro recreándome. La panorámica es fantástica. Entre la espesura de los árboles se ven pequeñas casas rodeadas de jardines. Me dice de nuevo:

- Hasta hace poco, según el padre de Griselda, esta llanura ha sido un paraíso de paz y belleza y de riqueza y de trabajo para los que aquí, desde siempre, vivieron.

- ¿Qué pasó?

- El padre de Griselda, Roberto, se le ocurrió una idea. Pensó que si todos los que vivían en estas parcelas se unían formando cooperativas, las cosechas podrían mejorar y defenderse así de las explotaciones de los dueños.

- ¿Qué sucedió después?

- Sucedió algo que es mejor que te lo cuente ese hermana nuestro. Le gustará explicarte esta historia, cuando lleguemos y lo conozcas dile que te hable, ya verás.

- De acuerdo.

 

Mientras seguimos bajando contemplamos la gran belleza del Valle. A nuestra derecha hay altos cerros, sus cumbres están llenas de nieve. Eva me dice que los ha escalado muchas veces en compañía de Griselda y Oscar.

- Con ellos, en este Valle, he jugado mil ratos, he corrido de un lado a otro, he subido la ladera, me he bañado en el arroyo, he cogido frutas de los árboles; mil días de lluvias, frío y sol he vivido por los rincones de este Valle bello. Me he escondido en la cueva de las rocas, me he sentado en la ladera a la sombra de los pinos.

- ¿Vino alguna vez mamá contigo?

- Nunca y esto ha sido lo único que siempre me ha faltado para ser feliz al completo y  es lo  que más deseo en este mundo: vivir en una casita en este lugar, como Griselda, en compañía de mamá y papá; me gustaría mucho.

 

Al oír esta confesión pienso en ello detenidamente. Me alegra saber este sueño suyo. Ya caminamos por la llanura, seguimos la senda que va entre las casas hacia donde vive Griselda. La abrazo por la cintura, la pego a mí, mudo, le digo que la quiero, lo entiende, guarda silencio. En cierto modo he conseguido lo que pretendía cundo la invité a venir a ver a sus amigos. La he alejado del recuerdo de su madre, ha pasado un día feliz, se ha divertido. De alguna manera la tristeza que sitió cuando supo que su madre no iba a venir se ha evaporado aunque no del todo.

 

Llegamos a la casa de Griselda cuando el sol está puesto. La casa es preciosa; se levanta sobre un pequeño desnivel del terreno; la rodean fabulosos jardines: Rosales, gladiolos, cilindras, lirios, amapolas, lilas. Por la parte que da al arroyo los jardines son más extensos, están más apretados, recogidos dentro de una valla de madera alrededor del edificio nuevo y viejo.

 

Según nos acercamos observo con interés la hermosura de este rincón. Llegamos a la cerca, abrimos la puerta de listones, avanzamos por la senda sorteando las plantas del jardín; la puerta de la casa está llena de macetas, arropada por las ramas de una gran higuera, un viejo nogal, tres ciruelos, varios almendros; en la entrada, al lado izquierdo, mana una fuente cristalina; también a su alrededor crece la hierba buena, la albahaca, los limoneros, un rosal de flores pequeñas; la pared de la casa está cubierta de hiedra que brilla en verde negro.

 

Griselda es la primera en vernos; está sentada en la puerta como jugando con algún sueño dulce; se levanta rápida, abraza a Eva, me saluda, llama a su madre, a Oscar, a su padre. Ella es bajita, de pelo castaño, un poco feo, de cara áspera sin apenas hermosura. Habla poco, oculta sus emociones, no muestra mucho entusiasmo; su carácter es cerrado. Sin embargo, me doy cuenta que sí quiere a Eva, la acoge con calor, la trata como a una hermana. Las dos y Oscar enseguida juegan, se van de acá para allá y aprovechan la poca luz de la tarde que ya está muriendo.

 

Y mientras tanto, estoy con su padre, con su madre. Ambos faenan en la parcela entre los tomates, los pimientos, las lechugas. En cuanto me doy a conocer, en cuanto les hablo, me empiezan a tratar como si fuéramos amigos de mucho tiempo. Por la noche varios vecinos vienen; nos sentamos al fresco bajo la parra a la luz del candil de aceite. La madre de Griselda prepara una mesa y en ella almendras, queso, chorizo, nueces, vino. Charlamos, saboreamos los frutos sabrosos que de este terreno. Enseguida sacan sus preocupaciones en la conversación. Tienen problemas; Roberto me los cuenta.

- Ahora mismo, todas las familias del Valle, estamos viviendo un momento difícil; no sé si te has enterado.

- Eva me contó un retazo.

- Llevamos ya muchos años cultivando estas tierras, siete  generaciones, como el número de la Biblia. Aquí hemos nacido, crecido y aquí vivimos con nuestra familia e hijos. Ahora y hasta hoy las teníamos arrendadas. A ellos se les ha ocurrido convertir este Valle en un gran complejo residencial; es decir: Pretenden abrir carreteras, levantar edificios, excavar pozo para meter tubos de plástico y cemento y para retener las aguas sucias, tender líneas eléctricas, derribar los cortijos que ahora hay y acotar el monte para criar ciervos, cabras monteses y gamos. Ya nos han dicho que no quieren ni ovejas ni las cabras que siempre tuvimos nosotros por aquí  ni gente que viva en sus cortijos en el monte. Nos dejarán sin vivienda, sin trabajo, nos obligarán a emigrar como a otros muchos y también nos quedaremos sin raíces y sin centro.

- ¿Qué pensáis hacer?

- Desde hace tiempo, todas las familias del Valle, celebramos reuniones. Hemos acordado formar una sociedad; unir estas tierras, cultivarlas en común, repartirnos los beneficios. No queremos que desaparezcan estas casas; instalaremos riegos, abriremos nuevos huertos, construiremos invernaderos, comercializaremos los productos hacia los pueblos y las ciudades vecinas. Pero sobre todo queremos una cosa: Respetar la belleza del Valle; aspiramos a sacar siempre la mayor riqueza de él pero sin romperlo. Nos esforzaremos en salvar a los arroyuelos, las aguas limpias que los llenan, los árboles salvajes que los pueblan, el monte, las plantas, los pájaros, los jabalíes y los manantiales con sus fuentes y fresnos.

 

Amamos a este paisaje. En medio de él hemos vivido desde pequeños, hemos pastoreados las vacas y las ovejas, hemos regado los huertos con el agua que brota de las rocas en las faldas del cerro, hemos construido nuestras casas con las maderas de los árboles que crecen en él. Aquí nos casamos, tuvimos nuestros hijos, nos hemos amado y respetado los unos a los otros. Son demasiados recuerdos, demasiadas cosas las que guardamos entre las colinas de estos cerros para que ahora vengan los de la ciudad rompiéndolas. Sabemos que ellos no respetarán nada. Irán a lo suyo; sólo les interesa especular unos con los otros para ganar cuanto más dinero mejor.

 

Vamos a elevar nuestra protesta a los sindicatos, al gobierno, a los organismos internacionales. No nos dejaremos arrebatar estas tierras. Es el pan de nuestros hijos, el sustento de nuestro hogar.

En estos momentos Roberto es interrumpido por los otros de la reunión que acalorados medio gritan diciendo:

- No queremos hacer daño a nadie; al contrario, pretendemos que estas tierras produzcan más y mejor y que sigan siendo nuestras.

- A nadie robamos nada. Todo lo que hay aquí es nuestro porque lo hemos trabajado y sudado.

- Sabemos que haremos las cosas mejor que ellos, por esto: Porque amamos este suelo.

- No queremos que nadie negocie con lo que nos pertenece.

- Eso es: Para bien de nuestros hijos este Valle ha de ir hacia el progreso, lo abriremos a todo el mundo pero el control queremos tenerlo nosotros para que no nos exploten más. Ya está bien de aguantar, de que otros nos roben.

 

Los escucho atento; deseo conversar a fondo con ellos, interesarme por sus cosas; no lo consigo. No sé qué me pasa esta noche. Pronuncio algunas que otras palabras pero sólo sirven para enfriar el tema, para apagar el interés. Esta noche no es para mí importante ni esta gente ni sus problemas ni su Valle. Creo que lo que me pasa es que el esfuerzo que he hecho para desterrar de mi corazón el cariño por Nieves, por la ciudad, los muchachos del grupo, Anabel, me ha dejado agotado. Ahora ya no hay fuerza en mí capaz de encender nueva ilusión por las cosas. Nada de lo que encuentro me es interesante; no siento estímulos, no siento ilusión, no siento pasión. Es como si mi auténtico yo no estuviera ya conmigo o como si en el fondo sintiera el mismo miedo que a ellos les atormenta.

 

La reunión se apaga; entre palabras triviales, de despedida, unos y otros se van yendo. Ahora hace frío; el viento ha refrescado mucho; la brisa que corre por el Valle viene cargada de olor a juncos, en el jardín cantan los grillos, las ranas en la orilla del arroyo, las lechuzas en el bosque, las zorras por la falda del cerro. Es ya de madrugada cuando por fin la reunión queda clausurada. Algunos me miran; esperan que dé algún consejo, que opine sobre sus cosas, que me ponga de su lado y les eche una mano porque la necesitan. No lo hago; no sé cómo hacerlo. Coincido con ellos en algunos de los puntos que han tocado; en otros no. Mas sí creo que hacen bien pensar que el Valle les pertenece; hacen bien defenderlo para que no se lo lleven ellos. Si estuviera en su lugar haría igual. Pero ¿en qué lugar yo me encuentro?

 

Cuando ya estoy en la cama, antes de coger el sueño, repaso mis recuerdos. Entre ellos, llega la primera Grisel. También esta noche la echo en falta. Es seguro que me hubiese unido más a esta gente, a este Valle si ahora sintiera su calor. Ni siquiera Evarina es capaz de llenarme tanto como para que no eche de menos a Grisel; ni Roberto ni el encanto de Griselda ni la ilusión que ahora siento por el libro me llena plenamente. Echo de menos a Grisel; me falta, me duele, sigo sin ser ni tener nada. Echo de menos un camino por donde caminar de la mano de mis sueños y vestirlos de realidades palpables.

 

Ahora esta gente me han contado, me han abordado con sus problemas. No puedo hacer nada por ellos, no puedo unirme a sus causas ni quedarme entre ellos. Dentro de mí llevo mi tragedia. No me libero de ella; me punza, me duele, estoy solo. Esta noche se revuelve en mi mente la idea del suicidio. Sí que me suicidaré, en cuanto tenga el libro terminado, en cuanto acabe de decir lo que necesito y debo. No puedo seguir indefinidamente así de este modo; el zumbido nostálgico y triste que me corroe dentro es demasiado. Me quitaré la vida en cuanto termine el libro.

 

Mientras me alimento y me doy ánimo y fuerza meditando esta idea, del Valle, del denso silencio, oigo como si surgiera una gran voz llamándome. Es una voz irresistible que se me clava dentro y me quema y suena como a un gran concierto de música bellísima. Y yo casi quiero gritar diciendo: AVoy, porque esto es lo que deseo pero Dios mío ¿cómo, si ya ves que no puedo?

 

Oigo los gallos al rayar el nuevo día. A Roberto levantarse, a su mujer, a sus vecinos. Sobre las diez lo hago yo; un poco después Eva, Griselda, Oscar. Dos horas más tarde los despedimos. Nos lo hemos pasado bien. Eva está contenta, ahora nos alejamos, ya todo el mundo anda ocupado en las cosas del Valle. Bajamos por el río, buscamos el puente. Mientras caminamos no deja de hablarme de Griselda. Ha sido muy feliz a su lado.

- Es por completo distinta a mamá. En mi madre siempre tiene que hacerse lo que ella quiera. Griselda es callada, sufrida, no guarda rencor. La quiero de una forma distinta a como quiero a mamá. No me gustaría que ella se enfadara nunca conmigo.

- Seguro que no lo hará.

- ¿Tú lo crees?

- Estoy seguro.

 

Y guardo silencio; noto su alegría. Es casi la una y media cuando cruzamos la urbanización. Mientras me sigue hablando doy vueltas a una idea; pensando precisamente en ella voy a hacer lo siguiente: Trabajaré en la huerta, ahorraré lo que gane, me uniré al padre de Griselda, compraré un trozo de tierra en este rincón, levantaré una casa, me traeré aquí a los que hacen de padres con Eva; así podrá estar cerca de Griselda, podrá ver, cada vez que quiera, a David. A él y a sus padres también pienso acogerlos en este rincón; de este modo hago algo útil y trazo un futuro para Eva. En este Valle se vive bien, es como la nueva ciudad soñada por el padre de Griselda, sin que sea ciudad sino paraíso de bosques e hierba verde.

- Mira la casa  de Inma.

 

Me dice al cruzar cerca de un edificio. Lo miro. Vemos salir de él a tres muchachos, van hacia el centro de la urbanización. Vienen borrachos. En las manos uno trae una botella de vino, otro una guitarra, el otro un cencerro. Están vestidos de flamenco; sombrero cordobés, pantalones estrechos, chaqueta corta. Caminan abrazados, cantando, pronunciando un montón de palabras incoherentes y tontas, tambaleándose de un lado a otro. Ella los reconoce, me dice que son del grupo, al cruzarlos uno,  dice:

- ¡Hola Eva!  Mira como estamos; venimos de una fiesta.

La niña no les contesta; tampoco yo.

En la casa de recreo se ven banderitas de colores trabadas en la entrada, junto a la piscina, por los árboles del jardín. También la batería en un rincón de la cochera, botellas de ginebra por el suelo, vasos de papel, colillas de cigarros.

 

Hoy es domingo; en estos momentos oímos las campanas de la capilla llamando a misa. No nos paramos; seguimos. Del peral que hay en la ladera junto al manantial cogemos frutas. Ya están maduras, gordas, dulces. Las saboreamos sentados a su sombra. Al llegar a la curva del río donde el camino se separa de éste para irse hacia la huerta, nos bañamos. El agua está fría pero resulta agradable a estas oras del día. El río viene limpio, sereno, hermoso; en esta curva se ensancha, se llena de tarayes, fresnos, juncos. La hierba hoy aquí, está verde, alta, florida, poblada de mariposas y huele a perfume del Valle.

 

Y lo digo porque el perfume de mi Valle cada noche, sea invierno, otoño o primavera, se alza desde su escondite de violeta humilde y cuando en sueño me trasciendo, siempre llega y se me cuela por el alma y me empapa como si fuera una lluvia fina que acaricia la tierra amada para que la sementera mantenga sus raíces vivas y broten sus espigas y den su grano y la cosecha que nadie conoce porque es de otra materia y otro reino pertenecen.

 

Un poco más arriba, en la llanura, nos tropezamos con el que hace las veces de padre de Eva. Las ovejas se extienden por el llano, pastan tranquilas al son de los cencerros y entre ellas y en los rasetes el monte, retozan los corderillos. Nos paramos un rato. Comentamos cosas. Seguimos. Atravesamos el arroyo del estanque y los álamos, subimos la cuesta, cruzamos la era y llegamos al cortijo.

 

Al día siguiente, temprano, engancho la yunta; me voy al huerto, aro las tierras, recojo la hierba, abro regueras. Al medio día me baño en la alberca, descanso a la sombra; por la tarde, me voy al río, camino por él, me siento en su orilla, contemplo las aguas, medito en mi vida. Recuerdo a Nieves, pienso en mis padres, me imagino a la ciudad, Inés, los del grupo, Anabel. Al pensar en ella siento compasión. Sé que todos son más importantes que yo y, sin embargo, no son nada. Nieves, con toda su polvareda de estudios, con toda su importancia para no dejar que me acerque a ella, no es nada. Acabará sus estudios, los que sean, colgará el título en su casa, se pondrá a trabajar si es que puede, a vivir cuanto la vida le vaya trayendo. Al final será nada; ni importante ni grande ni inmortal. Lo escribo en mis cuadernos.

 

Añoro a Grisel. La amo, la sigo amando, sigo teniendo nostalgia de ella. Se fue de mí sin poder gozar ni el cariño ni la bondad que llevo dentro del alma; antes de conocerme a fondo, antes de que pudiera darle cuanto conmigo ha nacido. Seguiré amándola siempre; hasta la eternidad.

 

Al caer las tardes busco a Eva; paseo con ella por el río, charlamos, jugamos, nos quedamos en el campo hasta bien entrada la noche. De nuevo al día siguiente, a primera hora escribo en los cuadernos. Muchas cosas no me gustan. Son triviales, no tienen fuerza, están fuera de tono, carecen de sentido, son poco reales, poco expresivas. Lo que he vivido, lo que estoy viviendo, es otra realidad. Arranco las hojas, las rompo, me desanimo.

 

A media mañana trabajo en la huerta; me acompaña Eva. Regamos las higueras, los granados, los cerezos, las hortalizas. Cuando estamos cansados nos bañamos, comemos frutas, jugamos a algún juego, buscamos nidos de pájaros. Al caer la tarde contemplamos el sol. Eva sonríe, yo también para hacerla feliz, más dentro estoy triste. Recuerdo a Grisel. Cuanto más vivo más necesito tenerla conmigo. Ahora, estos campos, no son como antes; no la borra el tiempo.

 

Pasan los días; trabajamos en la huerta cada vez con más cariño. Paseamos; hablamos de cosas, escalamos los cerros, escribo mientras ella duerme a la sombra junto a mí. Poco a poco nos vamos tomando cariño. Gozamos la primavera, la despedida de ésta, la entrada del verano. Zarina, la madre de Eva, no viene a verla; tampoco los del grupo. Ella la recuerda, me pregunta.

 

Sin embargo, una mañana, entrado el verano, estamos en la huerta; oímos voces en la curva del río. Dejamos el trabajo, bajamos por el arroyo, llegamos a las aguas. Son los del grupo. Rafa es el primero en descubrirnos.

- ¡Hola!

Nos dice con su mano desde el centro de las aguas donde nada.

- ¡Eh!  Mirad quien nos visita. Grita anunciando nuestra presencia al grupo. Son unos treinta entre muchachos y muchachas, llenan todo el río; nos hemos parado en la orilla frente a ellos; miro a Eva; no nos atrevemos a bajar; Eva está nerviosa, su cara está cambiada, sus ojos buscan a su madre; la descubre.

- Mira, es la que ahora mismo atraviesa el charco.

Me dice. La llama; corre pendiente abajo, llega a la arena, espera que Zarina salga; la abraza, la besa, la vuelve a besar. Eva se le cuelga del cuello, se aprieta contra su madre, se traba a su cuerpo con sus piernas, sostiene su cara pegada a la de la muchacha.

 

Bajo la ladera, me acerco, oigo a Eva que dice:

- Es mi amigo, mamá.

Zarina me sonríe, me da su mano, me invita a que me quede; se acerca Rafa, también me saluda, va llamando a los compañeros, me los presenta. Entre unos y otros me explican:

- Hemos venido a pasar un día y bañarnos en este lugar. Quédate.

 

También me lo pide Zarina, Eva. Accedo. Me llevan hacia la sombra del fresno, me ofrecen tabaco, no lo acepto porque no he fumado en mi vida. Me piden que les hable, que les cuente cosas; lo hago. Todos los muchachos de este grupo son estudiantes de BUP, COU, primero de carrera. Ellas son más jóvenes. La mayor es Zarina, tiene veinticinco años.

 

Pasado un rato estoy entre ellos como uno más. Nos bañamos, pescamos, nos sentamos en el borde del charco con los pies metidos en el agua; dejamos pasar el tiempo. En verano siempre da gusto zambullirse cuando el sol aprieta y las chicharras cantan. Miro a Evarina; la encuentro feliz. Juega con unos y otros, la llama su madre.

- ¿Te vienes a la roca?

- Enseguida mamá.

 

Las dos nadan, atraviesan el charco, alcanzan la roca, la escalan. Desde un pequeño escalón se zambullen, salen a flote, sonríen, repiten el juego. Zarina nada con mucha elegancia.

- Vente con nosotros.

Me dice Eva mientras atraviesa el charco. Alzo mi mano, la saludo; le digo que me quedo con los amigos de su madre. Siguen zambulléndose. Pasa media hora. Salen del charco, corren por la orilla corriente arriba pisando la arena. Donde la corriente sale de un gran charco se paran. Arrastran dos troncos, los sumergen en el agua. Son dos troncos de árboles viejos; Zarina salta la primera sobre uno de ellos, la imita Eva, los empujan hasta dentro del río. La corriente empieza a arrastrarlos con suavidad; los maderos se deslizan lentamente aguas abajo. Llenas de gozo las dos se dejan ir río abajo; mueven sus pies en forma de remos colgando a un lado y otro de los troncos. Cruzan por delante de nosotros más abajo. La miro. Su alegría me hace feliz. Mas de pronto los maderos, casi al mismo tiempo, entran donde la corriente se desliza con más fuerza; las improvisadas barcas empiezan a precipitarse veloces. Zarina da voces pidiendo socorro, se tambalea, salta a las aguas abandonando el tronco. También Evarina grita. Su madero, cada vez más, es envuelto por la corriente; pide auxilio.

 

Cuatro metros más abajo la corriente se divide en riachuelos pequeños; a un lado y otro hay muchas rocas, juncos, tamujos. Hacia este lugar se precipita Eva. Advierto el peligro; me levanto, corro río abajo por el borde. Mas antes de que me ponga a su altura el tronco se desplaza hacia la orilla, tropieza en los juncos, vuelca, Eva cae, pide socorro. La corriente la arrastra; salto al agua, el cauce me envuelve; la busco, la veo hundirse, flotar, desaparecer entre los remolinos, las matas, las rocas, los juncos. En uno de los vuelcos queda trabada en unas ramas; nado rápido, la alcanzo, la corriente me empuja, sin embargo, logro asirla por las espaldas, me tumbo hacia atrás, la pongo sobre mi pecho procurando que su boca queda fuera. Las olas siguen arrastrándonos, nos hunden, nos llevan hacia el centro, hacia la orilla. De pronto, aparece el remanso del charco; al llegar aquí la corriente se serena, se ensancha. Con Eva sobre mi pecho nado charco adelante, alcanzo la arena de la orilla; bajo la sombra del fresno nos quedamos tendidos agotados, nerviosos. Estamos cansados; hemos tragado agua, hemos dado muchos tumbos. Ahora, más que dolor en el cuerpo lo que estamos es agotados. Sin embargo, Eva está bien. Asustada, tumbada sobre la arena, me mira y me dice:

 

- ¡ Qué susto! ¿verdad?

No le contesto; sólo le sonrío. La miro. Realmente ha sido una pequeña aventura bastante emocionante. Oímos los del grupo que se acercan.

- ¿Estáis bien?

- Perfectamente.

- ¿Le ha pasado algo a mamá?

Pregunta Eva.

- No; tubo la suerte de ser despedida por las olas hacia la orilla.

Aclara Rafa. Ellos nos dan la mano, nos levantamos. No tenemos ni heridas ni rasguños; estamos bien. Caminamos río arriba y en la curva, bajo las remas del fresno, nos volvemos a juntar. Comentamos el accidente. Evarina habla y habla temblando de emoción; sin embargo, a partir de este momento, los muchachos del grupo miman, rodean, charlan más con Zarina. Para ellos Eva no es importante; apenas si le hacen caso, apenas si le prestan atención. Eva se da cuenta de ello, avanza la tarde. También Zarina empieza a olvidarse de la niña; se va más con los muchachos. Esto, por momentos, preocupa a Eva; lo noto. La veo mirar a su madre, de vez en cuando, triste. Descubro que empieza a perder su felicidad. También los del grupo y yo comenzamos a sentirnos incómodos. El ambiente empieza a enrarecerse, no sabemos por qué.

 

Más sí me doy cuenta que Zarina es ajena a ello porque juega, sonríe, va de un lado para otro ajena a lo que nosotros estamos sintiendo. Esto me intranquiliza; busco, no tardo en descubrir que es precisamente Zarina. De pronto, se ha convertido en el interés de los muchachos del grupo. Ella admite el juego, le agrada ir  adelante. La tensión crece. Nos sentimos mal, nos miramos unos a otros, observo con interés a Evarina. La noto triste, no habla, mira con recelo a su madre, está apenada. Lo que sucede es que Zarina está coqueteando, flirteando con uno de los muchachos del grupo. Eva, cuando ya la tarde anda para irse, está a punto de llorar. También en los demás del grupo ha crecido el nerviosismo. Me buscan, me piden que les explique.

 

- ¿Tú sabes qué pasa?

Lo sé; mas también me da miedo o cierto reparo hablarles de ello; sin embargo, cuando veo como está Eva, me siento enfadado.

- ¡Qué situación más tonta!. Comenta Rafa.

- No me explico lo que está ocurriendo.

Dice el que en el grupo llaman el poeta.

- Tengo la impresión de que estamos siendo utilizados.

Sigue exponiendo Rafa.

- No me esperaba esto.

- El cato es que todo está confuso, oscuro.

- La causante de este enrarecimiento es Zarina.

Les digo.

- Ella siempre está igual.

 

Vemos que en estos momentos ella se da cuenta de nuestra preocupación. Está comprobando que los del grupo, Eva y yo le estamos haciendo el vacío. Sólo está con ella el que anda enamorándola. Inquieta, nerviosa va de acá para allá sin abandonar al muchacho que se interesa por ella.

Se pone el sol, deciden irse del río. Antes de empezar a caminar se acerca a dos de los muchachos en actitud zalamera, inocente. Ellos la aceptan. Entonces pregunta:

- ¿Qué ocurre?

- No lo sabemos.

Se acerca a Eva; me mira y dice:

- Están todos enfadados, ¿qué pasa?

 

Por su actitud, por el tono de su pregunta descubro que en lo hondo de su alma hay inocencia, más, en la superficie, está llena de cinismo, de miseria. No juega limpio, nos está engañando; ha perdido su paz, anda nerviosa, dominada, totalmente, por la pasión. Por un lado quiere vivir sus emociones; por el otro desea que todos los del grupo se sigan manteniendo unidos a ella. Al hacer este descubrimiento me acuerdo de Anabel; me entra tal rabia que la abofetearía ahora mismo si no fuera por los muchachos. Pienso en Eva que está conmigo, es su hija, tiene nueve años. ¿Cómo tiene corazón para hacer lo que hace?. Sin rodeos hablo y digo:

 

- ¿Sabes una cosa?

- ¿Qué?

- Siempre pensé que a los hipócritas habría que abofetearlos, sin piedad, para que confesaran su pecado, allí donde uno se los encontrara.

- ¿Por qué me dice esto?

- Porque puede que para alcanzar la verdad uno deba cometer pecados, caer, levantarse, hacer lo prohibido pero las personas no deben pasar jamás, delante de los otros, por lo que no son. El hipócrita debería confesarlo públicamente; también el que comete falsedad. Aquel que se arrepienta, se le debe perdonar pero nadie, en este mundo, tiene derecho, si en su corazón practica el mal, a presentarse delante de los otros con cara de inocente. Esto debería perseguirse y castigarse. Uno debe ser siempre lo que es y cargar con ello.

- No sé a dónde quieres ir con tus palabras. Yo si que no comprendo como sois los hombres.

 

Guardo silencio. Los del grupo me miran; también Eva. Están un poco extrañados por mis palabras y su tono. Ahora ando dolido por muchas cosas. Pienso en Eva; por eso hablo así.

 

He descubierto que en estos momentos está queriendo arreglar las cosas mientras tiene en su corazón el interés por otra persona. Está humillando a Eva; utilizándonos a nosotros. Junto al río, diez metros retirado de nosotros está el muchacho por el que siente interés. Es alto, de ojos azules, pelo negro. Lo llama. Me doy cuenta de su intención oculta. Quiere cobijarlo bajo nuestro calor, quiere tener a todos los demás del grupo para no perderlos al mismo tiempo que no está con ellos sino con el que ama. Al descubrir esta intención me lleno de rabia. Veo a Rafa, que también disgustado, se aleja de nosotros; en voz baja me dice:

- No me quedo porque como lo haga voy a hablar y no quiero.

Zarina se da cuenta. Al ver que Rafa se aleja siente que algo se rompe en su interior. Se va hacia él; lo coge del brazo, lo mira asustada, le dice:

- ¿Cuándo quieres que hablemos?

- ¿Para qué deseas que hablemos?

- Noto que hay que hablar de muchas cosas.

- Sí, desde luego, eso sí es cierto.

Rafa guarda unos segundos de silencio. Veo que su rostro se transforma. Habla y dice:

- Tú quieres hablar porque has vislumbrado que hay muchas cosas muy distintas a como te gustarían que fueran; esto no te agrada. Está bien, hablaremos pero acepta de antemano que nunca podrás conseguir que lo que es cuadrado sea redondo.

 

Zarina mira a Rafa; está sorprendida por lo que acaba de oír. Suelta su brazo, se vuelve al grupo, prescinde de Rafa. Parece no haber comprendido. Detrás de Rafa se van dos o tres. Ella ahora no sabe qué hacer; no sabe si quedarse junto al muchacho que ama, si irse detrás de los que se alejan, si venirse hacia mí, si besar a Eva. Está desorientada, perdida; hasta sus ojos andan turbios, inquietos.

 

Emprendemos el camino de regreso; es Rafa el que lo encabeza; voy detrás con Eva de la mano; Zarina avanza la última con dos más. No hemos andado treinta metros cuando empieza a quedarse cada vez más atrás solo con el muchacho que ama. Los que vienen con ella aligeran el paso; se unen a nosotros. No hablan, vienen callados. En la llanura que hay más abajo de la huerta Eva y yo nos despedimos. Asun, una de las