|
LAS CUATRO ESTACIONES Del Último Edén
Del Libro "Las Cuatro Estaciones del Último Edén", del mismo autor.
El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño libro titulado: "Las cuatro estaciones". Si pincha en este enlace puedes verlo en la editorial y tienda online.
AL
COMIENZO, la sierra estaba llena de arroyos claros que surgían de
los manantiales en lo hondo de los barrancos y tapizada de bosques espesos
que eran como sombras impenetrables por donde, en libertad, volaban y
corrían los animales silvestres y las nubes grandes cubrían, sin
interrupción, las altas cumbres donde otras nubes blancas relucían al sol
y en lo hondo de los valles, se remansaban los lagos de aguas purísimas
manchadas sólo por el azul del cielo o la luna en las noches claras y por
todos sitios, no existía nada más que silencios, el rocío temblando en la
hierba verde, el respirar de Dios, aleteando y recreándose en el mágico
sueño del edén que en la sierra, latió al comienzo. Y como vio Dios que era bueno que el hombre también llenara y dominara este trozo del paraíso, un poco más acá de aquel comienzo y cuando todavía no estaban ni las carreteras ni los postes de la luz eléctrica y sólo existía un silencio grande que cubría los valles y una niebla tenue que lenta avanzaba por las cañadas y un gran puñado de arroyuelos que limpios caían por las laderas y las riberas resplandecían de hierba húmeda y por las colinas se apiñaban los árboles milenarios y por las hondonadas se amontonaban las nieves y bajo su capa de escarcha dura, se recogían las lagunas de aguas inmaculadas y por entre los agujeros de las peñas, brotaban los manantiales y en los charcos remansados, color de cielo y trébol tierno, bebían los animales.
Una de aquellas blancas mañanas, cuando el campo estaba en calma, casi de puntillas llegaron ellos y buscaron un rellano junto a las corrientes nítidas y donde el bosque tenía su claro y las rocas ofrecían un refugio, decidieron construir su nido y sólo tres eran: la niña color amapola y el hombre y la mujer y nada más llegar, revisaron el lugar, se sentaron sobre la roca y mientras pensaban cómo y de qué modo levantaban la morada, la primera vivienda humana que tuvo forma en el rincón-paraíso de este concreto trozo de sierra, la niña se fue con su juego. - Por el río subo haber si doy con la fuente. Dijo a la madre. - Y yo me voy por el bosque haber si encuentro un tronco recio que sirva para la viga de la entrada. Afirmó el padre. - Mientras, yo limpiaré de piedras la tierra para preparar el lugar. Aclaró la madre.
Y al poco, cada uno se ocupó en sus sencillas cosas y cuando ya caía la tarde, la primera casa que se reflejó en las aguas translúcidas del gran río, se alzaba hermosa y nada espectacular: sólo cuatro palos, unas ramas cortadas en el denso bosque, tres piedras algo ordenadas, la cueva tallada en la roca y el resto, ellos tres: la niña con sus juegos, el padre en sus tareas y la madre con sus quehaceres y a un lado y otro, el bosque lleno de seres vivos, los valles solitarios, las fuentes cantarinas y las nubes surcando el limpio cielo y así fue y surgió aquella primera mansión y aquellos fueron los primeros que tomaron posesión de las riveras y el dulce río que surge a la vida.
Y en cuanto ellos fueron un poco dueños del paraíso, uno de aquellos días, subieron por la ladera buscando el collado pequeño. - En cuanto terminemos de coronar veréis el barranco que a ese lado se abre. Decía el padre. - Y el río ¿por dónde va? Preguntó la niña. - Frente a nosotros lo veremos cruzando el valle. - ¿Y los charcos que decías? - Ya pronto aparecerán porque, en lo hondo de las tierras del collado que vamos a remontar, es donde se remansan. - ¿Ahí brota el manantial que es fuente de la vida? - Lo primero que se ve es el río cayendo y remansándose en los charcos y tiene más remansos que corriente y entre las piedras grandes, un trozo de cascada y por el lado de abajo, se extiende la arena y de un lado a otro se abre un lago limpio y ahí mismo, en el centro del charco, es donde brota el manantial. - ¿Y a qué se parece? - Yo sólo sé decirte que surge en borbotones redondos, como si estuviera hirviendo, cada vez más grandes y sin parar en ningún momento y por el mismo charco los borbotones se duermen y en olas arrugadas, las aguas se alargan hasta que rebosan y caen por la corriente del cauce que sigue bajando y en cuanto terminemos de subir y lleguemos al collado, ya veréis qué barranco y el río pasando por su centro.
Esto hablaban los tres aquella mañana mientras recorrían la tierra subiendo por la ladera y apartaban el monte con sus manos porque no iban por senda alguna ya que todavía por la sierra, nadie había trazado caminos y al rato, ya estuvieron sobre la ondulación del collado y el aire fresco que subía del río, los acarició y las profundidades de los bosques, los llenó de asombro y el barranco, por donde se remansaban los charcos claros y el borbotón surgía, era hondo y estaba lleno de silencios y el río lo bañaba por su centro y lo contemplaron durante un instante y luego siguieron bajando y como no tenían caminos, trazaron varios zigzags mientras descendían por la ladera y enseguida estuvieron en las orillas de las aguas.
Y sobre la arena, se quedan quietos y durante un rato observan el movimiento del venero y a sus pies rebosa el charco, un poco más abajo, la corriente se ciñe por entre las rocas y algo más adelante, ya surca el valle y tras los oscuros cerros del fondo, se pierde el río que según se aleja, cae más en picado buscando la parte baja del valle grande, por donde ya no se ven nada más que sombras densas y lejanías borrosas que levemente dejan adivinar los grandes cortes de rocas en las laderas y los bosques más apretados a un lado y otro y más cerca de ellos y del charco donde surgen el borbotón, la tierra llana de las orillas del cauce, rezuma humedad y es buena tierra ésta y por eso ya la han observado despacio. - Un día, nos pondremos a trabajar en ella y sembraremos las cosechas. Dice el padre.
- Pero ahora que ya estamos junto a las aguas, voy a meterme en el charco a coger los peces que por ahí nadan. - Según se ve, es grande la profundidad del remanso y hasta anuncia que te hundirás en él y puede que de esas aguas no salgas más. - Eso es lo que parece viéndolo desde fuera pero yo voy a meterme y ya verás que conforme vaya entrando, las aguas me empezarán a llegar primero por la rodilla, luego subirán hasta la cintura y cuando ya esté pisando el manantial, lo más que me cubren es hasta el cuello y hasta ese punto quiero llegar porque es donde los peces son más grandes y nada me pasará.
Y así fue como casi sin esfuerzo, iban tomando posesión de la tierra y de los frutos que la tierra ponía ante ellos para que cogieran y comieran, aquellos hombres primeros que poblaron estas sierras.
Y luego ya, más humanos comenzaron a llegar y buscaron los sitios buenos y allí donde brotaba un manantial y había un rodal de tierra fértil para cultivar, los hombres se fueron parando y construyeron, primero chozas en las mismas cuevas y luego rústicas casas de piedra y junto a ellas, levantaron tinadas paras las ovejas y cochiqueras para los marranos y trazaron sendas estrechas para ir de un barranco a otro y a las casas de sus hermanos y cuando pasó más tiempo, la sierra entera estaba llena de gente que eran pastores y carboneros y hombres que pescaban en los ríos y cogían bellotas en invierno y cuando ya los árboles, en sus huertos, fueron tantos, recogían uvas y membrillos y nueces y cerezas y de todas clases de hortalizas e hicieron matanzas con sus marranos y gallinas y dominaron y amaron la tierra sacándole el sustento con el sudor de su frente y si no vivían felices del todo, sí se sentían en sus rincones propios y en el calor del chozo y junto a sus familias y su trabajo y sus nevadas grandes y sus gozos y penas y sin parar de ir y venir siempre con sus luchas y sus sueños enfrentados y abrazados, al tiempo.
Pero más acá de aquel comienzo, llegaron los otros hombres que eran administración y como lo dominaban todo y amaban a la tierra de otro modo, allí donde sólo había pastores llenando, amando y cultivando los ranchales, tomaron cartas y dijeron que desde aquel momento, el monte y los manantiales y los senderos, estaban regulados por leyes y luego dijeron que no se podía cortar ningún árbol porque todo era propiedad de la Marina y en cuanto pasó el tiempo, muchos de los espesos bosques de la sierra, se quedaron despoblados y los primeros que habían llagado, sufrieron y fueron expoliados.
Y algo más tarde que, fue cuando ya la sierra se quedó sólo con dos árboles y medio de aquellos grandes bosques que existían desde el comienzo, llegaron los de la otra cara de la administración que se llamaba patrimonio y donde los primeros habían cortado los robles, ellos plantaron pinos y más pinos. Otra vez prohibieron que los pastores tomaran las tierras con sus ovejas y no pasó mucho tiempo y otra cara de la administración siempre nueva, llegó trazando caminos y construyendo fuentes de cemento allí donde desde el comienzo había brotado un manantial de aguas limpias. Grandes casas de piedra donde al principio estuvieron las humildes chozas de los pastores y también prohibieron muchas de aquellas cosas, a los hombres que habían llegado primero y cuando ya parecía que la administración, esta y aquella y en silencio y siempre contra la paz y el rincón de los serranos del comienzo, tocaba fin, llegaron más y dijeron que los montes tenían que ser coto nacional y luego parque natural y también dijeron que, los pocos de aquel comienzo que aún quedaban junto a sus manantiales y sus huertos y sus rústicas casas de piedra, con sus ovejas y perros, fuera porque ya esto era otra realidad perfectamente regulada para otro mundo nuevo y que los caminos, muchos cerrados y otros carreteras y en lugar de ovejas, turistas en masa y en todo tiempo.
Y lo que surgió con aquel silencio del comienzo y los humildes hombres que cultivaban sus tierras y eran buenos y tenían su gozo entre el agua pura de los manantiales y sus huertos, fue agonizando poco a poco en una lucha a muerte, lenta y dolorosa que quedó escrita sólo en el cielo y en la vida de cada persona de aquellos y en el silencio de su ancha tierra que, a pesar de los unos y de los otros, sigue siendo suya y así les pertenece aunque ni siquiera ya existan y ahora, día a día, se busquen sus recuerdos y las señales de sus casas y los huertos y los nombres y los sencillos caminos que iban de un barranco a otro llevando sueños a los hermanos vecinos o pidiendo ayuda y luchando con el medio, allí, donde al principio estuvo Dios creando y dando vida y amando y bendiciendo porque vio que todo, en aquel primer día, era bueno.
Nace el río Guadalquivir en la profundidad de las sierras, ahora parque natural, y cuando este se remansa por el valle, sesenta kilómetros tiene ya y ahí justo, donde las cristalinas corrientes cortan la cuerda larga para escaparse de las montañas que le han dado vida abundante, decidieron construir el muro del pantano y como al remansarse, las aguas cubrirían el fértil valle, pues la aldea quedaría inundada y con ella y las tierras, para siempre perdido un enjambre de caminos, cortijos, huertos, rebaños de ovejas y también familias enteras y árboles.
Pero antes de que las aguas cubrieran al valle y, en su centro a la aldea, decidieron expropiar las fincas, echar a las personas de sus rincones de siempre, destruir las casas y borrar las huellas para que todo viniera a la paz y limpieza que necesitaba el embalse, mas el grito de los que se arrancaban, junto con los que se quedaban y murieron, llegó al cielo y mientras las tierras llanas se iban perdiendo para siempre bajo las aguas, un lamento quedó eterno emergiendo desde las profundas sierras y las purísimas aguas del llamado río Grande.
¡Y si era el verano! Pues ya verás tú: con los calores, sombras por todos sitios... Álamos, los árboles que te he dicho antes, la frescura de los arroyos, fuentes de aguas heladas por todos los rincones, en cualquier lugar podías sentarte a descansar. Las siembras ya estaban para segarlas y los segadores, entonces todo era a mano, segando a brazo partido. Llevaban las mieses a las eras, trillaban con los mulos, porque entonces no había las maquinarias que hay ahora y se hacía con los mulos y un trillo de los de aquellos tiempos, que era una tabla lisa con piedras incrustadas.
Comenzaba la recolección de todo. Conforme maduraban las frutas se iban cogiendo y se preparaban las cosas para el otoño, encerrando los granos en los atrojes, la paja guardándola para los animales, las huertas en toda su madurez y como te he dicho tantas veces, no teníamos nada de fuera pero es que no nos hacía falta. La tierra nos lo daba todo y en abundancia.
En los veranos nos sentábamos en la puerta a tomar el fresco y allí cenábamos y los chiquillos jugando por las eras al esconder, a los corros y saltando a la comba, mis primas y yo... El verano, en mi paraíso perdido, yo ahora lo siento como al sueño más bello que deja sobre el alma la dulzura más suave y, por ser tan inalcanzable, se convierte en puro dolor.
Ir al índice Y MI DUDA, Dios mío, y mi miedo, que es dolor y sabiduría y al mismo tiempo, gozo que quema sin dar la muerte y temblor eterno, es si seré capaz y debo, expresar la verdad real que en lo más profundo me desgarra dentro siendo tan particularmente mía y, todo Tú en ella pleno, que quizá y, a pesar de todo, me falte valor para mostrarme sincero en esta empresa de sangre y llanto que ahora, por tu amor y su amor, comienzo.
Porque cuando esta mañana son las ocho y estoy sentado en la roca, frente al cristal del agua que por el arroyuelo se aleja y apenas hace un rato que el sol ha salido y el viento se lamenta al romperse sobre las ramas de las grises madroñeras, en mi rincón pequeño, en medio de este bosque húmedo y tan lleno de flores frescas, hoy tengo algo nuevo que decirte, que como siempre eres Tú pero hoy nuevo porque están estos campos que nos unen en una misma brizna y ahora llenos de sol recién nacido.
Toda la noche he estado atravesándolos y Tú detrás de mí o no sé si yo detrás de Ti, apartando el monte para buscar la senda que se está perdiendo y pálida tu cara en la presencia de las sombras y tu silencio. Tantos días en estos campos siguiendo tus huellas, perfume que anhela el alma del amado, sin la ciudad y su panorama gris cemento con tanto ahí enredado, es algo grandioso en mi vida, desde aquellos tiempos.
Y podría decirte muchas cosas. Como que ayer, al llegar del río, donde nos bañamos en aquellas mil mañanas de primaveras, a las sombras de las encinas viejas, me senté contigo y largamente, en el silencio, hablamos de la eternidad y el amor que nos corre por el corazón. Un pequeño barranco hice en la tierra excavando con mis dedos mientras te miraba en las hojas que el viento movía, en el río que corre y en la sierra siempre limpia y verde y, a voz en grito, de Ti hablando y también podría decirte lo de cuando por la tarde, el sillón sobre la hierba y la sombra de las madreselvas. Allí mismo estuviste junto a mí y me hablaste y al final me dijiste que tienes tu alma llena de amor para conmigo y que estás enamorado del mundo y los seres que creaste y al oírte, volví a ser el mismo.
- Y ahora sí creo, que estoy loco por vosotros. De todas maneras, aunque tú percibas que algo muy extraño pueda resultar de este amor que le tengo, no te preocupe, no digas nada de ello y deja que pase el tiempo.
Te escuché sin apenas comprender y luego te dije que quizá por esto, algún día tendrá que pasar algo. Sí, algún día puede que pase algo pero ahora estás aquí: en el frío viento que sube del valle y me roza en la cara y duermes grandioso metido en tu saco de azucenas blancas o quizá no duermas, porque justo ahora mismo te he oído en el trino del ruiseñor que revolotea por la espesura aunque no se oye ningún otro sonido excepto el del arroyuelo que corre y dos pajarillos más que saltan de un quejigo a otro árbol.
Y aquí, en el suelo, casi acurrucado en tu calor, he dormido esta noche y ahora aquí, tan cerca de Ti que te rozo y te respiro, te escribo para que me recuerdes y así la memoria de este encuentro, sea eterna y te digo que me gustaría verte más nítidamente y sé que ahora sí puedo porque en esta sabiduría, ya me has hecho progresar algo y por eso creo que sólo tengo que levantarme de esta roca, abrir la puerta que se cierra en mi alma y mirar hacia los azules puros del valle y ya está. ¿Que dónde encuentro yo mi felicidad?
Lo inmediato es que dentro de un momento voy a golpear con mis dedos las perlas de rocío que cuelgan de las hojas de hierba para que las flores se despierten a este nuevo día y después te voy a llamar y entonces, voy a verte dormido, lleno de belleza tierna, sonriendo y, de entre tanto floreciendo a la vez que noblemente jugando, en un rincón pequeño de este edén tuyo, un día cualquiera por la mañana temprano y quizá luego, te lleve hasta el charco transparente para que te laves, como si fuera un encuentro de verdad y un despertar mágico dentro de la dimensión de lo eterno y, por mil millones de noches, soñado.
¿Que desde dónde hablo de Ti? Ahora, que todo está en silencio y el bosque duerme y Tú también mientras, la luz del sol va llegando y yo, recién venido de las llanuras del valle, por las sendas que se borran, estoy sentado en la roca que baña el agua de tu arroyuelo y la sierra al frente, eterna, limpia y verde y gritando que lo importante es que estás y no eres violento por desfallecimiento sino por el vigor y la verdad y lo claro. Por eso, ahora que la mañana es tan pura y los dos estamos solos frente al campo ¿por qué no me dices quién eres y quién soy en este encuentro tan silencio y tan fieramente proclamado?
Ir al índice REUNIRTE EN DOS PALABRAS tanto y tanto, ya me gustaría y también poderte coger en el remolino que la corriente deja según pasa y meterte dentro de mí para que vieras, aunque sí lo sabes.
Ahora, temprano, porque todavía no ha salido el sol, no estoy a la intemperie sino en la iglesia que las hojas de bosque derraman por la ladera y tengo mi alma tan llena de paz, que corriendo por ella, te siento dulce, más amigo hoy que ayer y también de los otros y claro: esto ni tenía que decírtelo pero es que ¡si Tú supieras, si supieras cuánta belleza entra por mis ojos y mi corazón saborea!
Cuando ayer, hora a hora me sentía alejarme de Ti atravesando esos otros campos que me son raros, cuando por la noche todavía seguía alejándome y cada vez más las cosas me empezaron a ser extrañas, desde mi asiento y mudo y a veces con mis brazos cruzados y a veces con ellos lánguidos y cayendo sin peso, todo el rato perdida la mirada camino arriba por entre las nubes, cuando ayer esto sucedía ¡qué dicha! Y siento que ni estoy a la intemperie ni en el vacío porque me llenas y me rebosas con tu beso.
Ir al índice Y AL POCO DE LLEGAR aquí, una tarde, hacía mucho frío y habían limpiado el monte, cortando madroñeras y robles y por ahí andaban quemando las ramas y lo vi desde mi rincón pequeño y entre otras cosas, me entraron ganas de irme con ellos y bajé por el camino que bordea la fuente grande y al rato ya estaba a su lado y calentaba mis manos en las llamas alargadas y entretenido con los que por allí también jugaban.
No lo busqué ni lo esperaba pero de pronto, noté que Tú estabas, porque mi alma se quedó parada y fue tu cara, la singular belleza que de ella mana, la forma de estar y en aquel momento o tu mirada, lo que me dejó concentrado todo en tu figura y te observé despacio y por el interés que dentro me despertabas, ya sabía que te había elegido entre mucho, en este suelo.
Y algo después, aquella tarde te marchaste y mis ojos te siguieron hasta que te perdiste en la curva del camino, entre los jardines de las amapolas rojas y al poco, se hizo de noche y luego pasaron dos días más y todas las mañanas, a las nueve en punto, yo me ponía frente al camino por si te veía llegar porque mi alma tenía interés en volverte a ver de nuevo y también por las tardes, cuando se ponía el sol y luego al medio día, te busqué y esperaba impaciente que asomaras, con tu aroma y tu beso.
Y le pregunté, muchas veces, al que cuida de las ovejas por si te había visto y muchas otras veces me fui pasando por el campo hasta el arroyo de la cascada blanca y me senté al borde del camino a esperarte, por si aparecías, charlar contigo pero transcurrió el tiempo y ni una sola vez te vi.
Y quizá no te vuelva a ver con el traje y el resplandor de aquel día y como dentro de poco voy a marchame de este rincón y seguro que no regresaré más a él, te morirás Tú, se morirán los pinos viejos que arropan con sus sombras la curva por donde te perdiste y quizá nunca sepas que una tarde, cuando te vi por primera vez, me llenaste de gozo el alma y tampoco, puede, que llegues a saber que te estuve esperando durante mucho tiempo y esta mañana, he dedicado un rato a pensar en Ti y para decirte, que te recuerdo y te quiero, aunque sólo fuiste como la luz de un relámpago pero dejaste herida que no paran de sangrar y conmigo llevo.
Ir al índice TENDRÍA YO QUE saber escribir bien y no como lo hacen esos autores de famosos libros ni tampoco como aquellos inmortales poetas sino que a mí me gustaría saber escribir con pequeñez, con ese lenguaje del aire que pasa y del silencio que duerme sobre el paisaje cuando sale el sol cada mañana o así parecido al gorgojeo de los gorriones que se alborotan por entre los árboles, antes del amanecer.
Porque desde mi rincón pequeño, el de las plantas verdes delante del arroyuelo limpio, me atrevería contar algo de las mil cosas que, poco a poco, cada día voy viendo como por ejemplo, hoy observo que ya no revolotean las golondrinas sobre el cielo azul del marco de luz en la llanura y es porque se está acabando el verano y como a las golondrinas y a los vencejos no les gusta el frío, porque no son de estas tierras, se han marchado y esto indica que ha llegado septiembre y volverán las nieblas porque ya han vuelto las nubes y desde este rincón pequeño las estoy viendo pasar con sus tonos oscuros y con sus arrugas deshilachadas y sus gotas cristalinas y ya andan inquietos los ciervos por el valle y al fondo, la sierra, eterna, limpia y verde.
Entre tanto y los silencios que me ahogan, creo que lo bueno empieza ahora porque creo y siento que de todas las épocas del año, el mes más hermoso, es septiembre y sobre todo para una sierra tan grande como ésta y que tan sola y vacía, parece, a lo largo de todo el verano, aunque no sea así pero llega septiembre y se ven tonos amarillos y ocre, por aquí, por allá y miro y me voy dando cuenta de estos matices y de otras muchos que en mi se van durmiendo.
Y es que el rincón pequeño es como un gran balcón desde donde se ve medio mundo y, además, como por este espacio corre mucha vida a lo largo de las horas, aún se observa, se siente, se palpa, bastante más de lo que se ve y se sabe y por eso decía antes que me gusta, cantidad lo que en estos días estoy descubriendo y digan lo que quieran pero septiembre es bello por las lluvias que de nuevo se ponen en marcha y el sol que se torna naranja, al apagarse por las tardes y los silencios profundos que arropan esta casa vieja, grande y sin techo a la que desde hace tanto vuelvo y cada tarde, ahora y cada mañana después y siempre con el único deseo de sentir tus pasos, estar contigo y gustarte y verte y con el alma ardiendo y atenta para recoger las cuatro cosas esenciales que son necesarias y quiero, para que cuando ya me vaya del todo, por aquí, quede algo de sus huellas y de mi aliento.
Ir al índice NUESTRO RÍO GRANDE, el que atraviesa tu sierra bella y roza mi rincón pequeño, anoche seguía corriendo limpio y hasta parece que me esperaba y me fui por los campos, cuando todos dormían, menos Tú y él, y llegué hasta el borde mismo de sus aguas y en el charco transparente, donde jugamos cuando niño, me paré y me puse a buscarte por si quería decirme algo o simplemente me esperabas.
Y lo primero que vi, quizá lo único, lo que con más fuerza brillaba, por su tremenda transparencia, fue lo que tanto aquellas tardes a los dos nos gustaba: la luz hecha viento, fundida con el agua, las piedras temblando en el fondo, por donde el charco se derrama, el vado pequeño y por allí ellos: nuestros amigos, los humildes, los que en silencio tanto te quieren y casi no hablan para no herir el rumor de las hojas que se mueven.
Pasaban, como en aquellos tiempos, las aguas claras de nuestro río grande y buscaban los caminos que ahora se borran y hasta la cintura ellos se mojaban, dándose ánimo para no hundirse y tanto, unos a otros, se ayudaban, que cruzaban y se iban pero allí se quedaban, eternos, siempre atravesado las limpias aguas, fundiéndose con las piedras que en el fondo bailan, contigo y las melodías de nuestro río de plata y bello.
Ir al índice A LO LARGO DE LA NOCHE me ha arrullado la corriente y como las aguas pasan casi rozándome, avanzan por entre la espesura y la oscuridad y sólo de vez en cuando, el viento se ha unido a su coro de notas pero ni el aire cálido, con sabor a eterno, que siempre mana de tu valle, logra hacerme olvidar, porque aquí estuviste, compartiendo juegos, por entre el verde de los pinos aunque esta noche son nuevos estos lugares.
Al salir el sol oigo a las ovejas que subiendo por el río, ya se van por la ladera y algo más tarde me siento en el peñasco de mi rincón pequeño y miro hacia el valle y veo el cielo limpio, algunos pajarillos cantan y miro al cerro de enfrente y lo veo todo cubierto de monte oscuro y espeso y la sombra de la mañana se derrama sobre el misterioso bosque donde también hay enebros, sabinas y madroñeras y más allá, la sierra, limpia y verde.
Y la sombra, mezclada con la bruma y esta añoranza en mi alma, lo hace frío, solitario, bello y doloroso y un poco más abajo se funde el arroyo con el río grande y como Tú no estás o si estás, no te ve mi alma, por eso lloro.
Ir al índice DE LA MISTERIOSA CASA de piedra, construida al comienzo del arroyo, cerca del chorrillo, en la pequeña pradera y al abrigo de las nieves, metida entre las colinas y coronadas de pinos, tengo una imagen viva que me rezuma con el sabor de los manantiales más puros porque se funde con las rocas de las laderas y se pierde todos los años bajo la nieve del invierno y aparece con la primavera y durante el verano, vigila al arroyo que desciende y a veces, sobre la cumbre y el silencio celeste de las rocas blancas, se mecen majestuosas cinco nubes negras.
Al verlas, siempre pienso que eres Tú que llega para irte de paseo por tu sierra y por esto y otros mundos que se hacen sueño donde el sol derrite a la nieve para convertirla en esencia de agua virgen, de la hermosa casa de piedra, tengo una imagen que me arde en el corazón. Me arde y me duele con el fuego que no destruye y sí quema y por eso te decía que de la misteriosa casa de piedra, ¡Dios mío, lo que yo sé y me hierve por las venas!
Ir al índice DE LA NIEVE QUE por la cumbre, años y meses atrás he visto caer y luego extenderse como una sábana que cubre el suelo, de los barrancos redondos, de las praderas y arroyuelos que salen de los manantiales, del silencio y la oscuridad de la montaña, también guardo un recuerdo que me hiere y sabe a miel y de aquí que una vez más tendría que enredarme y como los veneros, por las entrañas de la sierra, perforar el núcleo del silencio y purificarme para luego aparecer gritando.
De la nieve por las cumbres, mezclada con los rebaños de ovejas y la soledad de los pastores, del balido de los corderos y la hierba verde de las cañadas, del frío de las noches y los caminos empedrados de escarcha, del rocío y las tormentas por las cuevas y majadas, de la primavera y las aguas limpísimas que la nieve deja, ¡Dios mío, lo que yo sé y cómo también ahora me aprieta en la garganta!
Ir al índice AL VERLOS, aquella tarde, comprendí que reflejaban otra verdad rotunda: Venían de vuelta y atravesando veredas, buscaban las montañas verdes, donde en verano tienen sus pastos y sus ovejas tomaban las llanuras, las cañadas y las fuentes y como la emoción de la tierra amada les palpitaba en el alma, varios se adelantaron, avanzando a un ritmo mayor que el del rebaño.
Al final de la llanura se vieron solos y entonces el pastor los llamó desde lejos y les dijo que no: - Si corréis tanto no veréis lo que pasa en el rebaño y se andáis menos y os quedáis atrás, será tarde cuando descubráis lo que ha pasado por eso os digo que hay que ir por el camino al ritmo que marquen los animales para verlos siempre y estar presentes en el momento justo porque el buen pastor se mueve con el ritmo que avanza con el día, lento y profundo pero preciso y verdadero y por eso es tan rotundo.
Aquella tarde, al verlos, comprendí que eran casi la verdad perfecta que Tú nos anunciaste y los que conocen a sus ovejas y se ajustan a ellas sin pretenderles llevar a otro ritmo distinto para no adelantarse ni quedarse atrás y ellos son tus humildes del valle, amigos míos por sus almas limpias ¡cuánto saben desde su estar callado, sus praderas verdes, la música del agua y la soledad del sol que les besa!
Ir al índice DEL MONTE DONDE nace el río que conozco, entre las raíces de plata del pino que lo regurgita, de la sombra densa que se esconde en el rincón, donde los enebros se amontonan y los narcisos crecen a puñados, del chorrillo que cinco metros corre, regando berros y salta tres rocas antes de fundirse en el cauce mayor, de la pendiente de la ladera y el barranco alargado, siempre húmedo y en invierno con niebla, de este lugar pequeñito, oculto a los ojos de tantos pero tan inmenso y con tanta belleza, de este trocito de tierra fértil, con paredes de rocas sangre, protegiéndolo al sur y también con praderas llenas de hierba, ¡Dios mío, cuánto también sé y cuánto mi alma lo recuerda! ¡Cuánto en mis noches lo sueño y mi espíritu lo abraza y lo besa y se funde y es tierra con tu sierra!
Ir al índice Y TE DIGO ESTO, porque a pesar del tiempo, no se me borran en el alma. Los veo en mis sueños y aunque ya el cortijo no existe, ni las huertas, ni la fuente ni las ovejas pastan por las tierras, siempre bellas del barranco, los tengo vivos y como trozos perfectos que salieron de tus manos para completar los paisajes que por aquí pusiste, y aunque ahora hayan desaparecido, quedan, grabados en alguna región imperecedera y permanecen con la luz de aquellos días y latiendo con la fuente y el viento y también en mi recuerdo.
Claro que los veo todavía subiendo por la senda, atravesando la asperilla donde el arroyo se cierra, trabados en las ramas de las parras, cortando los racimos jugosos, amasando la harina para el pan y ya con el horno encendido, sentados frente a las llamas que en la cocina danzan bellas, mientras en la noche, fuera en el campo, cae la nieve y corren los arroyos.
Siguen y son ladera y aunque aun tienen frío y esperan, como pertenecen al grupo de los humildes y por eso amigos en lo más hondo de mi corazón, sus almas son la esencia de este pequeño rincón mío que Tú me has dado y un poco la meta de mis sueños y la fuerza de lo que nunca podrá apagarse.
Ir al índice LA OTRA NOCHE los vi caminando: siguen pasando por la vereda estrecha, que tallada en las rocas, atraviesa el tajo donde el río se angosta. ¿Era la última tarde? ¿Fue la primera mañana? ¿Es esta aurora que nace? ¿Es la noche que tras el monte espera? Tú sí lo sabes pero yo ¿Dios mío? La única verdad que palpo viva, es que me queman con el dolor de lo que permanece fiero y no acaba sino con la muerte y tu real presencia. Como si fueran los únicos que ni el tiempo destruyen, junto con el eco de sus pasos, el color sangre de las rocas y el río que brama cual herida fiera.
Avanzan juntos, como siempre, y llamándose “hermanos”. ¿Suben a las praderas? ¿Van al manantial de las aguas asombrosas? ¿Recorren en valle tras sus ovejas? Quizá van con sus mulos cargados con la harina del trigo que en el molino han triturado las piedras y pueden que vayan al pueblo a comprar aquello que no les da su sierra, que regresen de ir a la boda de algún otro hermano, de la fiesta, de la lucha con los olivos, de regar la huerta que en el “piazo” chico empapa las aguas del río o de recoger las cerezas, que en la cañada, el sol ya ha convertido en sangre añeja.
¿Claro? Sólo a ellos pasando por su senda, con el perfume concentrado de todas las madreselvas y Tú que no paras de darle su abrazo y sólo esta noche, con su figura limpia, lo que me duele dentro y esta espera y sólo esto, Dios mío, tengo claro y a ellos perforando el tiempo y a tu amor que me quema y quema.
Ir al índice SU DECISIÓN FUE nítida y la razón tuvo que ser profunda: en pleno vigor de su vida, en libertad, cortó el hilo que la alimentaba. Otra cara de la gran verdad que Tú me muestras. ¿No quiso manchar su corazón limpio? ¿Le quitaron tanto y tanto le cerraron los caminos?
Al lado suyo estaba yo cuando caía la tarde. Me habló de su casa en el cerro, de la familia, la cosecha y los animales. Me habló de su alma, del rincón donde se los encontró y las palabras que le dijeron, de la realidad nueva que a partir de aquel momento, como una espada amenazante, se instaló en su vida. - Me han dejado sin caminos por donde ir, sin tierras que sembrar, sin luz en mi mente y sin gusto por respirar. ¿Dime tú qué hago?
Lo acompañé un poco más mientras subía y cuando me separé, lo animé a mantenerse fuerte, porque Tú estabas de su lado: él era de los débiles, de los humildes, sin casa ni techo, de los de corazón bueno y alma transparente. Pero nada más alejarme, sentí el golpe rocoso y el desgarro del grito de la muerte.
Al volverme, lo vi tendido, palpitando todavía y caliente, con los ojos fijos en las nubes y ya inerte, como las rocas caramelo de las montañas donde tiene sus raíces y su corazón valiente. ¿Qué podría yo decirte? ¿Qué pasó y pasa por mi mente? Que fue una decisión libre, llena de amor y valiente y aunque se rompió, humillando su mente, nadie más que Tú, Dios mío, y él, que enseguida brotó en fuente, ganasteis en la lucha aunque os quebró la muerte.
Ir al índice A LO LEJOS APARECIÓ la tormenta, repleta de nubes negras amenazantes y relámpagos fieros. En un instante, en forma de caños de viento, dobló a los pinos, en truenos espantosos retumbó por los barrancos, en cascadas de granizo, nieve y lluvias, se derramó en las cumbres y en vellones de niebla ceniza, rodó por las laderas, cubriendo a los arroyos y a los rebaños de ovejas. Vente mi niña aquí entre mis manos, que en las matas espesas estamos a salvo.
Le dijo el padre al tiempo que corría llevándola abrazada cual trozo de su alma, pretendiendo que las gotas no la mojaran. Pero el diluvio fue tan de pronto y tan intenso, que en unos minutos, sus caras se hicieron charcos y sus manos y pies, ríos y cascadas. De los enebros, donde se refugiaron, las ramas saltaron, los cauces bajaron plenos, las piedras de las pendientes se hicieron añicos por los aires, las vaguadas se llenaron, la sierra se anegó y tanto las aguas la cubrieron, que la niña exclamó: No sé cómo nos iremos de aquí si la tierra es un mar, con tanto escurrir, y tanto temblar.
Pero a la media hora, ya no caían granizos. Tres minutos después se apagaron los truenos, al rato pequeño se desinfló el viento y a la hora en punto, se abrieron las nubes. Brillantes aparecieron las praderas llenas de hierba recién mojada, las ovejas por ahí comiendo, los charcos relucientes y por encima de la oscuridad, el sol y el azul del cielo. Al sentir el gozo, después de temor, el padre dijo: Ves como te decía que la tierra no es un lago, sino el amanecer con Dios y tú a mi lado.
|