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ALGUNAS DE LAS RUTAS MÁS BELLAS DEL PARQUE

NATURAL DE CAZORLA, SEGURA Y LAS VILLAS.
POR LA SIERRA DE LAS VILLAS- II

© José Gómez Muñoz. Si copias me gustaría saberlo.

 

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:          "Por la sirra de las Villas".           Si         

pincha en este enlace puedes verlo en la editorial y tienda online.   

 

          LANCHA DE LA CIGARRA

            o corazón de la Sierra de las Villas.

           El título de este capítulo es el nombre de un lugar concreto de esta gran Sierra de las Villas. Quería describir la porción de terreno que cae por esta zona y no encontraba un nombre que abarcara todo el espacio que aquí quiero meter. Entre los otros muchos topónimos que en esta porción de sierra existen, ninguno me parecía lo suficiente extenso como para ponerlo en el título. La lancha de la Cigarra, con ser no un punto sino un paraje grande, también reúne unas características muy especiales. Es precisamente la lancha mayor de las diez o doce que hay en la zona por la que pretendo irme. Y es, además, la que corona el terreno con la majestad y belleza necesaria como para ponerla como cimiento aunque en este caso sea cumbre. Al delimitarla casi sale la forma de un corazón real, con su núcleo y  bordes.

 

           Y quería decir que de todos los trozos de terreno que componen las grandes Sierras de las Villas, el más hermoso, subjetivo y a la vez asombroso, creo que es este de la lancha de la Cigarra. Y lo quiero limitar, mirando desde lo hondo del Aguascebas Grande hacia la cumbre. Miro a la sierra desde el valle y no desde la cumbre. Implica una actitud que no es simple. Por la derecha, con el cauce del arroyo Aguascebas de Gil Cobo, por arriba, con la raspa de la altísima cordillera centrada por Pedro Miguel (Blanquillo) y por la izquierda, con el surco profundísimo y gigante del río Aguascebas Grande. De arriba abajo o al revés, por el centro, va un caballete que  fragua las vertientes hacia ambos cauces.

 

           O lo explico de otro modo: me sitúo en la Herradura, punto donde se junta el arroyo Gil Cobo con el Aguascebas Grande. En lo alto, en el centro y a lo largo, me queda Pedro Miguel y la Blanquilla Alta con dos buenos trozos de cumbre a ambos lados. Por la derecha el Blanquilla Baja y por la izquierda el collado del Pocico, no el de la nava del Rico sino el de las Lagunillas de cañá Somera. Desde donde estoy, a la derecha mía, corre el Aguascebas de Gil Cobo, que lo seguimos hasta la cumbre y a la izquierda, corre el río Aguascebas Grande, que también lo seguimos hasta la cumbre. Con dos bellos cauces a los lados, una luminosa cumbre en lo alto y una junta de los cauces en lo hondo, tenemos encerrada la porción de tierra que quiero describir.  La de la lancha de la Cigarra desde la cumbre hasta lo hondo de los ríos.  Las alturas van desde los 750 m. en la junta de los cauces hasta los 1830 m. en la cumbre de Pedro Miguel, pilar del caballete central y núcleo del corazón delimitado.

 

           Y también quería decir que esta lancha, la grandiosamente bonita, empinada y salvajemente misteriosa, también se llama lancha de los Espinares. Mirándola desde abajo, en el centro, por donde va el caballete, entre los dos cauces, tiene un profundo corte.  Es como un collado y ahí crece uno de los pinos más grandes de estos contornos. Se le conoce por el Pino de la Cigarra. Cuando lo serranos pronuncian la palabra lancha, se están refiriendo a un paisaje rocoso que en forma de placa o de morros sobresalen en una ladera entre la cumbre más alta y el valle más hondo. Como si fuera un escalón gigante que tiene una cara muy inclinada mirando hacia las partes bajas y otra cara más llana, por el lado de la cumbre. A esta cara llana ellos la llaman lanchas cuando el paisaje es pura roca, muy difícil de andar, sin tierra para cultivar y con vegetación autóctona. En muchas partes los pinos no han podido crecer.  Cuando el paisaje es tierra más o menos buena, son  poyos y a la cara más inclinada voladeros. El filo entre las dos caras es lo que ellos llaman rastillo que a veces se prolonga hacia la parte más llana de los poyos, con paisajes de rocas sueltas o rajadas, muy agrias y complicadas de andar.  La vegetación que se da en las lanchas suelen ser sabinas, carrascas, romeros, enebros, cambrones, algunas encinas, robles y pinos pero más escasos y salteados.  Claro que estas condiciones no siempre se cumplen a la perfección pero con más o menos matices o variantes, así son.

 

           Cuando desde el valle final o la hondura máxima desde la cumbre, suben varias lanchas, siempre dispuestas en horizontal, ladera arriba hasta coronar la cumbre total, se van formando las escaleras, con el escalón de cada una de las lanchas y el poyo correspondiente.  Por eso ellos algunas veces han bautizado estos salientes rocosos con el nombre de lancha de la Escalera o escalera de Amador. En el fondo es una redundancia pero ellos se entendían y se entienden y de qué manera más hermosa. También es porque para remontar de una lancha a otra o poyo, tenían que trazar caminos y en las partes finales, por tener un desnivel muy pronunciado, los caminos trazaban muchas curvas y hasta tenían que empedrarlos y meterlos por el surco de los arroyos.  También lo llaman escalón o morro.  Complicadísimas formas del terreno que ellos han sabido trocear y sin apenas ciencia escrita, también supieron dominar poniéndole nombres, trazando veredas, levantando cortijos o  tinadas y roturando tierras para sembrar los huertos y regarlos con los abundantes veneros que por estos poyos y lanchas brotan.  

 

           Pues lo que pretendo es hablar de esta gran lancha de la Cigarra que ya hemos dejado bien limitada y encajada en el lugar que le corresponde. Y digo que arrancando desde la cumbre que centra el precioso pico Blanquilla Alta, tenemos el primer escalón de la porción de tierra que hemos dejado entre los dos cauces. En realidad, nosotros no hemos hecho nada más que llegar, ver y asombrarnos de la variedad que la naturaleza por aquí ha modelado. Por ese primer escalón y cumbre total, tenemos paisajes muy bonitos con nombre aun más hermosos. De derechas a izquierdas, nos encontramos con lancha Ignacio, Blanquilla Baja, Blanquilla Alta, Pedro Miguel coronando, poyo   de los Robles, la Torquilla, collado del Pocico, y Sima de las Lagunillas. Estamos en la parte más emocionante del corazón y por donde entra y sale toda vida. Sobre las cumbres descargan las nieves y las lluvias y por las venas que recorren las entrañas, van las aguas, principio de toda vida, hasta los valles para llenar los ríos.

 

           Y si desde esa alta cumbre nos venimos para la junta de los cauces que es donde estamos, lo primero que tenemos, nada más caer hacia este lado y no hacia el valle del Guadalquivir a la altura de Coto Ríos, son las Nogueras, las Hoyicas y el collado del Perenoso. Tres preciosos nombres serranos para otros tantos rincones impresionante bellos. Podría decirse que este es el primer poyo que presenta la enorme ladera. No está llano por completo porque todavía estamos muy en la cumbre que es donde empiezan a nacer los arroyos. En el mismo collado del Perenoso, punto más alto del caballete central, nacen dos arroyuelos que en dos vertientes opuestas llevan aguas al arroyo Gil Cobo y al Aguascebas Grande. Arroyo de los Espinares se llama el que vierte para Gil Cobo y arroyo de las Nogueras el que lleva sus aguas al Aguascebas Grande. Por encima del arroyo de los Espinares y ya casi cumbre de la gran cuerda tenemos una lancha menor. Es la lancha de la Carrasquilla, gemela de la lancha de los Espinares pero la primera  mira la Cenajo de la Blanquilla Baja y la segunda al barranco del arroyo Espinares.  Un poco más hacia la junta tenemos el primer gran escalón. El que nos ha servido para dar nombre a esta porción de tierra y es el que forma la primera lancha con el nombre de lancha de la Cigarra y de los Espinares.  Se ve desde casi todos los puntos de estas sierras y de buena parte de la Loma de Úbeda.

 

           Los Espinares son, ya lo he dicho, un arroyo. El que nace en el collado del Perenoso y vierte hacia el cauce de Gil Cobo. Pero este nombre tan bonito también remite a las ruinas de un viejo cortijo que hubo como a la mitad del recorrido de este cauce. Donde se junta con otro arroyuelo que le entra desde el lado de la Blanquilla Alta. Ahí mismo existen unas tierras llanas, huertas en otros tiempos y por eso todavía tienen cerezos y álamos, y sobre el puntal construyeron el cortijo.  Una vivienda muy pequeña, de pura piedra caliza y tejas rojas pero bonita y remontada en su morrete correspondiente para otear los horizontes. Aunque debo dejar claro que el verdadero nombre de este cortijo es la Pariera. Sitio donde paren las ovejas pero como dentro del nombre de los Espinares se recoge una buena porción de tierra, por extensión al referirse    al cortijo, cañada y algo más, les decían y dicen Los Espinares.  Y los Espinares también son toda la gran morra que presenta la lancha de la Cigarra desde el arroyo Gil Cobo hasta el collado del Perenoso.

 

           Pero parece que el verdadero nombre de Espinares se concentraba y concentra en un prado. El Prao de los Espinares. Se encuentra este punto justo donde, al salir la pista de tierra de la cerrada  de San Ginés,  se divide en dos: para fuente Colorá y el collado Perenoso. Ahí mismo hay un precioso prado de tierra muy buena que en otros tiempos cultivaban y sembraban de cereales. Fue a este rincón a lo que ellos le aplicaron el nombre de Prao de los Espinares. Uno de los primeros trozos de terreno, viniendo desde la cueva del Peinero hacia el Embalse del Aguascebas, al que le regalaron el precioso  nombre de “Prao”. Algunos de los otros son: Prao del Sargatillo, Prao de los Chopos, Prao de Coca,  Prao Maguillo, Prao de los Fresnos, Prao de Majaenrea, Prao Canalejas, Prao Nevao y Prao de la Trocha.  La pista que va para fuente Colorá atraviesa casi por el centro del Prao de los Espinares y al borde mismo queda el hoyo de una peguera. En este Prao de los Espinares también hubo una peguera como en la cañá de la Blanquilla Baja.  Ellos arrancaban las peanas de los pinos, cuando ya estaban secas y convertidas en tea y las cocían en pegueras para conseguir pez: alquitrán o resina  que sudan las teas y que vendían para obtener algún dinero.

 

           La cara más quebrada de esa lancha es la que mira a los poyos de Gil Cobo.  Cae casi en vertical y, donde ya las laderas se han derramado, se forma el precioso  poyo  de Gil Cobo. Una gran franja de tierra que va horizontalmente de un cauce a otro, río Aguascebas Grande y arroyo Gil Cobo, límites puestos por nosotros en este trabajo. Es por esta porción de tierra buena por donde metieron la carretera asfaltada que ahora atraviesa toda la Sierra de las Villas. Es el poyo más grande de toda la gran ladera y aunque presenta, en sus lados, desniveles muy pronunciados, se pueden andar bien. Por donde desciende el caballete, centro del corazón, está el cortijo de Gregorio y la tiná de Rumualdo. Buenas tierras esas y bonito mirador coronado por la gran lancha de la Cigarra. Por donde está la tiná de Romualdo, desde tiempos muy lejanos, en los mapas ponen la lancha del lobo, nombre irreal. Ese rincón  se llama de la Peraleja y la lancha pues también participa de este nombre. Un poco más abajo y en esta misma vertiente tenemos la lancha de la Tejea.

 

           El tercer escalón desde la cumbre hasta la junta se forma desde los poyos de Gil Cobo hacia los surcos de los dos cauces con profundos cortes rocosos en los dos, río Aguascebas Grandes y arroyo de Gil Cobo. Ya se viene cerrando la porción de tierra que estamos describiendo. Nos metemos hacia el pico del corazón, junta de los cauces y curva de la Herradura. Lo bautizaron con este nombre y bien que sabían lo que se hacían. Pero por el centro, el escalón no es tan pronunciado y por eso enseguida cae a la llanura de la Bruna. El caballete se ha hundido algo. Quizá por el peso de la nieve o las toneladas de tierra que han rodado desde las partes altas. Buena tierra ésta y con algunos veneros de aguas purísimas. Es este el tercer poyo del tercer escalón. Hay otro cuarto escalón, con su collado correspondiente en el centro porque ya por aquí, el terreno es cada vez más quebrado. A este escalón y poyo se le conoce con el nombre de la Tejea.  Es el punto central del caballete que ya se ha recuperado del hundimiento y por eso se forma el collado. Para la izquierda y el Aguascebas Grande, es el  Canalón del Molino de la Parra y Caída de la Bruna. Por la derecha la Tejea hasta el Puente Tijera y el barranco del Zarzalar.

 

           Un cuarto escalón se presenta enseguida y este tiene su centro en el collado de las Arenas, ya casi sin poyo porque el terreno se acaba. Se unen los lados porque estamos llegando al pico del corazón. Pero su correspondiente poyo se le conoce con el mismo nombre que al collado: de las Arenas. Mira desafiante, impenetrable y cubierto de pinos, romeros y carrasca a la también tremenda lancha de la Benita. Algo más abajo están los Morrones, que son los últimos escalones o lanchas antes de que el río y el arroyo que nos ha servido de límites, penetre por ambos lados cortando fieramente los macizos rocosos y rompiendo hacia el gran valle del Guadalquivir cuando éste ya va por los olivares de Mogón.  Exactamente en este punto es donde se coloca el nombre de la Herradura. La parte final del corazón, el pico y es por donde se escapan los ríos de agua que han refrescado las entrañas del gran corazón.

 

           En este punto las tierras descansan algo sobre las llanuras y mientras reciben las aguas y observan las siluetas de los rocosos escalones subiendo hacia la cumbre, se preparan para ser bañadas por las corrientes. El cortijo de la Herradura y Bardazoso, están más o menos cerca pero ya al otro lado de los cauces. A partir de aquí, la sierra y sus laderas, toman otros nombres y formas. Pero si todavía quisiéramos penetrar un poco más en el misterio y belleza del corazón que hemos bordado, sería más que suficiente con irnos andando siguiendo sus límites. Arroyo Aguascebas del Gil Cobo arriba hasta la cumbre, luego a la izquierda cumbre adelante hasta Pedro Miguel y el nacimiento del Aguascebas Grande y bajar cauce adelante hasta la misma Herradura. Creo que en la realidad sería casi imposible hacer este recorrido por los tremendos cañones y cortes rocosos que ambos cauces tienen. Pero si de alguna manera fuera posible, quedaríamos más que asombrados de lo inmensamente hermoso, robusto y escabroso de este tremendo rincón serrano. Único en todas las sierras del Parque Natural y único en el mundo entero. Y no exagero.

 

           Así que resumo: Además de la gran lancha de la Cigarra, por esta porción de sierra, tenemos las siguientes lanchas: lancha de la Carrasquilla, lancha de los Espinares, lancha de la Peraleja, lancha de la Tejea, lancha del Cantalar, lancha de la Benita, lancha del Zarzalar, lancha del Agrión, lancha de Perete y  lancha de Ignacio.  Las he nombrado desde arriba hacia la Herradura por el lado de la lancha de la Cigarra y luego he subido hasta lo alto. Así que la lancha del Lobo, no existe por este lugar de la sierra. ¿Cuándo y por qué lo escribieron en los mapas?

 

33- Poyo Gil Cobo, cortijo de Gregorio,    Ir al índice

               llanuras o cañada de la Bruna.

               Al gozo de las praderas limpias.

           Distancia aproximada:       2 k.   

           Desnivel aproximado :       30 m.   

           Tiempo aproximado   :       1,5 h. andando.

           Camino: veredas de animales y sin ellas.
 

     Es esta ruta un agradable paseo por tierras bastantes llanas con rasos de tierras fértiles, espesura de bujes, paisajes rocosos con extrañas y agreste figuras  y algunos manantiales de agua, según las épocas. No va por ningún camino señalado pero precisamente por eso, tiene su aliciente.  Con sólo orientarnos hacia la meta trazada, llanuras de la Bruna, llegamos a ellas sin problema ninguno. Y claro que gusta ir descubriendo la ruta a través de la espesura de los bujes, las complicadas pero bonitas rocas calizas y las suaves laderas. Al final, sentiremos  la satisfacción que produce el encuentro con un paisaje único, lleno de tierras llanas  tapizadas de hierba y rematado por los profundos y grandiosos cortes rocosos de los voladeros. Las buitreras quedan a nuestros pies mismo.   
 

       Lento y quedamente
el nuevo día se presenta,
con muchas nubes por el cielo
que cubren la amplia sierra
de extraña sombra y misterio
y de una muy fina  belleza.
 

  Las llanuras de la Bruna son los terceros poyos o escalones que tiene esta ladera según cae desde las cumbres hacia la junta de los cauces. Es justo donde se hunde el Caballete central entre el Aguascebas Grande y el Gil Cobo. Por eso se forman las llanuras en el punto exacto donde correspondía un collado. En realidad pertenece casi al mismo Poyo de Gil Cobo pero no del todo. El terreno sigue llano desde la casa de Gregorio, con un escalón poco pronunciado por el centro pero por los extremos, con sus buenos morros.

 

           Dejamos el coche en la misma carretera justo a la altura  del cortijo de Gregorio. Un poco más hacia el lado del arroyo Gil Cobo, dejando las ruinas  del cortijo a la derecha, nos venimos. Por entre los bujes, las rocas y siguiendo las veredillas de las ovejas. Pero mientras avanzamos tenemos en cuenta no enfrentarnos al morro del Gil Cobo, más pegado al arroyo y muy levantado. Tiene  1382 m. y es una lancha muy mala de andar por la gran cantidad de rocas abiertas y bujes. Por una hondonada muy suave que presenta algunas dolinas, hoyos, y por el lado izquierdo del morro anunciado, vamos avanzando.

 

           En uno de estos hoyos, pegado a unas carrascas y bastante escondida, existe una cueva. Por aquí es conocida como cueva Honda. La entrada no es muy grande  ni se ve con facilidad pero dentro tiene una gran cavidad, igual que la que hay cerca de la nava del Vilano. En otros tiempos estuvo ocupado por algunas familias de gitanos y luego por hatos de cabras y ovejas. Ahora sólo recoge silencio, la visitan de algún turista y el crujir de las tormentas otoñales. 

 

           En poco tiempo caemos a las tierras que ya son vertiente a las llanuras de la Bruna. Siguiendo las veredillas de las ovejas, atravesamos unas zarzas, más bujes y al poco penetramos en las tierras peladas. Son las llanuras que venimos buscando. Tienen juncos por algunos puntos y, según en qué épocas, de por aquí brota agua.  Son tierras con muy poca vegetación. Las cultivaron en otros tiempos y por eso ahora sólo crían buenas hierbas que toman con gusta las ovejas y los animales salvajes. Con toda comodidad subimos por estas llanuras hacia el lado del arroyo de Gil Cobo y antes de tocar los filos del gran voladero, descubrimos una curiosidad: por toda la llanura se desparraman unas piedras negruzcas. Son restos de mineral volcánico que por aquí han salido a la superficie. Algo de hierro tienen porque pesan mucho y su color es también como el óxido de hierro.

 

           Unos metros más adelante ya estamos en el filo del voladero. Nos sorprenderá la profundidad de barranco por donde se aleja el Aguascebas de Gil Cobo y las cañadas a ambos lados. Son las del barranco del Zarzalar y la de la Tejea. Al frente y más en lo hondo nos saludan la lancha de Benita y las laderas del Ponestillo. En la ladera donde estamos nosotros se nos levantan un montón de picos rocosos que potente y quebrados van cayendo hacia el gran surco del río Aguascebas Grande. Se ven con claridad los collados de la Tejea y de las Arenas y más a lo lejos, las laderas de Bardazoso.

 

           Si nos quedamos por aquí, sentados bajo algún arbusto o roca no tardaremos en gozar de los vuelos rasantes de los buitres leonados. Tienen sus buitreras justo en los mismos voladeros sobre los que estamos remontados. Y claro que sin prisa,  sólo el espectáculo de la preciosa visión hacia los barrancos y la paz de los parajes, nos dejará bien satisfechos. Merece la pena el recorrido de esta ruta por el encanto de los paisajes. 

 

        Recuerdo que jugaba
la niña con la nieve

y recuerdo que bajaba

madre, desde la fuente

pisando la escarchar blanca

y cargada toda valiente

y el padre que allí estaba

dijo, como el que advierte:

- Nuestra niña del alma

jugando con la nieve,

si tropieza y resbala

se irá por la pendiente

y en lo hondo y entre las aguas

será sueño para siempre.


      Recuerdo que la madre

cargada y sonriente

siguió pisando el hielo

frío y transparente
y siguiéndole los pasos

su niña, flor de nieve,

venía con sus juegos

helada pero alegre

como lo era la mañana

y el hermoso y reluciente

rincón de la fuente clara,

del arroyo transparente

y del gozo hecho hada

que existe y fino cala

hasta cuando cae la nieve.

 

                

           34-  PEDRO MIGUEL (Blanquillo),   Ir al índice

           BLANQUILLAS BAJA Y ALTA.

              Una aclaración necesaria.
 

    Antes de entrar a describir esta zona de la sierra que ando recorriendo tengo necesidad de aclararme y aclarar algunas cosas. Resulta que yo creía, porque así lo he leído en algunos mapas y libros, que el pico más alto de estas Sierras de las Villas, se llamaba Blanquillo. Me tenía creído esto y he descubierto que no es así. Se llama Pedro Miguel y en otro apartado de este trabajo digo por qué y desde dónde le vino este nombre.

 

        Quiero decir que ahora tengo muy claro cómo son los nombres y por qué puntos se reparten por estas altísimas cumbres de la sierra. Si le entro a Pedro Miguel, el hasta ahora Blanquillo, desde el lado del Pinar Negro, el de las Aguascebas Grande y no el de las Banderillas, me voy encontrando con los siguientes rincones: en primer lugar Pinar Negro, una porción de tierra llana, con su manantial, sus tornajos para que beban las ovejas, sus gruesos pinos laricios, la soledad de la cumbre y los picos de los verdaderos hermanillos. Son los dos puntos más altos por estas cumbres después de pasar Pedro Miguel en dirección hacia el Almagreros, bien lejos de aquí. Coronan y, por el lado de las Aguascebas Grande, recogen a las tierras llanas y tupidas de hierba de Pinar Negro.

 

     Pues si me voy para el lado de peña  Corva me encuentro con un bonito collado. Es el del Pinar Negro con uno de los hermanillos. Justo en este punto, vertiente al Guadalquivir para la Torre del Vinagre, nace un ramal del arroyo del Zarzalar y de los Membrillos. A la derecha de este collado se eleva una agreste, inclinadísima y fiera ladera de rocas blancas que suben hasta lo más alto de Pedro Miguel.  Todo esto ya entre los mil setecientos metros hasta los mil ochocientos y algo.  Desde las mismas cumbres de este Pedro Miguel cae una largísima cuerda que en forma de caballete se va en dirección a la morra  de los Cerezos y peña  Corva. Por todo lo alto de esta cuerda van los límites de los términos municipales. Vertiente al Guadalquivir para la Torre del Vinagre, Santiago de la Espada y para el lado de la loma de Úbeda, Villacarrillo.  Esta cuerda va haciendo de divisoria entre las dos vertientes dichas.
 

   Si no fuera porque es real
que el otoño está llegando
con su revuelo de hojas,
nubes cubriendo a lo ancho
y la lluvia sin parar,
creería que estoy soñando
lo que por mi mente corre
en este rincón callado.

    Baja desde los mil ochocientos metros hasta los mil quinientos y algo menos y justo por este punto se quiebra la preciosa cuerda. Desde el lado del arroyo del Zarzalar le entra una hondonada y en forma de collado o portillo sin rocas, se quiebra la cuerda dando lugar a unas preciosas praderas a ambos lados. Por aquí mismo cruza una senda que lleva    al cortijo de Aguas Blanquillas y más puntos de la sierra por esta vertiente de la Torre del Vinagre. Todo este punto ya es Blanquilla Baja con un buen trozo de la cuerda que hemos traído desde Pedro Miguel. La Blanquilla Baja no es un pico sino una zona muy extensa por donde hay praderas, arroyos, cumbres, collados y varias veredas.

 

           Después de este collado de la Blanquilla Alta la cuerda divisoria de la las aguas sigue por lo más alto de la cumbre y fragua un cucurucho rocoso. Justo ahí está el Cenajo de la Blanquilla Baja. Al pasar este cucurucho y cenajo, una gran cavidad en la roca que en forma de aguilón sobresale en todo lo alto del cucurucho pero mirando hacia la cuenca alta del arroyo Gil Cobo, ya es Blanquilla Baja. La misma cuerda que hemos traído desde Pedro Miguel pero ahora mucho más baja y suavizada en su lomo. Crecen por aquí grandes pinos laricios y hay ricas praderas de hierba. Por la derecha y cuenca del arroyo Gil Cobo, se van abriendo las cañadas y paralelas a la cuerda divisoria de las vertientes. Ésta sube hasta el nivel de los mil quinientos nueve metros y luego baja otra vez.  Una porción de morretes rocosos y otros sólo de tierra van avanzando hacia  la cumbre de la morra  de los Cerezos que nos queda al frente.

 

           De pronto, la cuerda se rompe otra vez en un bonito collado de tierra buena. Aquí mismo nace otro ramal del gran arroyo del Zarzalar y de Gil Cobo. Por el lado del Zarzalar, están   los cortijos de los Pingos o de los Cerezos y el cortijo del Castellón. El del Zarzalar, que es el de la Golondrina, queda más abajo. Pues quería decir que en este bonito collado, el segundo en la cuerda que divide las aguas y baja desde Pedro Miguel, se encuentra el final de la Blanquilla Baja. Lo que sigue es una gran lancha rocosa, muy agreste y difícil de andar y que corona con la morra  de los Cerezos.  Los caminos para seguir por la gran cumbre se venían o pasaban por el lado de fuente Colorá, el collado del Muerto y salían a las llanuras de Jabalcaballo. Por el lado del sol de la mañana y vertiente a arroyo del Zarzalar, era y es muy difícil andar por lo quebrado del terreno y las muchas rocas. Al menos diez arroyuelos nacen en esta vertiente y todos llevan sus aguas al arroyo del Zarzalar. Por eso este cauce, cuando un poco más arriba de Coto Ríos desemboca en el Guadalquivir, lleva tanta agua. Por el lado de las Sierras de las Villas, la cumbre se hace casi llanura por la lancha de la Escalera, collado del Muerto, fuente del Tejo  hasta las llanuras de Jabalcaballo.

 

           Así que dejo claro que las blanquillas, la alta y la baja, ni son el pico de Pedro Miguel ni tampoco otros picos elevados.  Son dos porciones de terreno  bastantes extensas que, sobre lo más alto de la cumbre, quedan recogidos entre la morra  de los Cerezos y la hermosísima morra de Pedro Miguel.  Dos parajes muy conocido y andando por los pastores de estos tiempos y los de aquellos que, para moverse por aquí y poderse entender, lo bautizaron con los nombres que ahora nosotros conocemos.  Hay muchas piedras blancas por estos parajes y más, cuando la cumbre cae desde Pedro Miguel hacia la Blanquilla Baja. Y aclarado este para mí interesantísimo asunto, me pongo a describir algunos de los puntos concretos de este rincón de la sierra.

 

35- Poyo de Gil Cobo, pino y collado de la Cigarra,    Ir al índice

             collado Perenoso, Pedro Miguel.   16-6-2000.

           A la soledad total.

           Distancia aproximada:  3 k. subida  recorrido por la lancha          

           6 k.          Ida y vuelta.

           8 k.               Hasta Pedro Miguel.

         16 k.               Ida y vuelta. 

           3k.                Collado Perenoso, Pedro Miguel.

           6 k.               Ida y vuelta.

           Desnivel aproximado :   500   m. hasta Pedro Miguel. 

                                                       300   m. al collado de la Cigarra.

                                                       150   m. al collado Perenoso.

                                                       300   m. al portillo Pedro Miguel.

           Altura media en met :          1547 m. al collado de la Cigarra.

                                                       1420 m. al collado Perenoso.

                                                       1600 m. al portillo Pedro Miguel.

                                                       1700 m. cuerda Pedro Miguel.

                                                       1830 m. cumbre Pedro Miguel.

           Tiempo aproximado   :         45     mt. al collado de la Cigarra.

                                                       1,15  mt. al collado Perenoso.

                                                       2        h. al portillo Pedro Miguel.

                                                       3,30 h.  cumbre Pedro Miguel.

           Camino:                             Campo a través y veredas.

 

           Dos pinceladas.

         Hice esta ruta en la calurosa pero transparente mañana del día 16-6-200. Ya tenía leída la sentencia de mi marcha de estas tierras y por eso mi alma vivía bajo los efectos de una honda nostalgia. Pero el encuentro, en este día, con los paisajes que a continuación voy a describir, aunque sólo fuera por unas horas, me llenaron de vida y me hicieron volver a la realidad que tan honda llevo.  Por eso, el recorrido de esta ruta no fue para mí un simple paseo a fin de gastar tiempo mientras llega el otro ni tampoco a la manera que ahora tantos usan de la naturaleza. Fue un encuentro con lo más vivo y fuerte que sobre esta tierra, en lo más íntimo, alimenta la vida que se alberga en mi cuerpo de carne. Por eso digo que la sombra que me regalaron los pinos laricios de las altas cumbres, el vientecillo fresco que me prestó  la mañana, la hierba verde que me ofrecieron las navas y praderas de cañadas y crestas, la música con que me deleitaron los pajarillos, las águilas, los cigarrones y los aires por las alturas y el azul purísimo que el cielo quiso poner ante mis ojos,  fueron recibido en mi alma como un abrazo con el Dios en el que creo. Un abrazo de amor hondo y un beso en el cual recibía el mensaje de su sincero cariño hacia mí. Tuve la oportunidad de ahondar un poco más en lo trascendente, la inmortalidad y belleza por la que tanto suspira mi ser y así, una vez más gusté y vi, que esta pobre vida que me permiten tener bajo el sol, tiene su apoyo y hermosura en lo que “ni los ladrones pueden robar ni la polilla puede roer”.

 

           Y los rincones por donde anduve tienen un gran poyo que de siempre los serranos llamaron de Gil Cobo, en honor al serrano que vivió en el cortijo que ahora es un montón de ruinas junto a la carretera, por el lado derecho según se viene desde la cueva del Peinero para el Embalse de Aguascebas. Las tierras de este hermosísimo poyo se acumulan por el lado izquierdo de esta carretera. Por ahí sembraron muchos pinos de la especie laricio, que ahora ya están más o menos grandes.  Otros muy grandes y hermosos que por aquí crecían, este invierno mismo los han cortado, dejando sólo los más raquíticos y menos bellos. Pero este es otro cantar. Cuando la carretera se hace llana atravesando las tierras llanas que hay cerca  del cortijo, por ahí hay un arroyuelo menor que baja justo del collado que la lancha de la Cigarra tiene en todo lo alto. Donde se ven dos grandiosos pinos laricios que dejaron indultados no se sabe por qué.

 

           Pues siguiendo el surco de este pequeño arroyuelo me fui recorriendo el terreno y mientras remontaba buscaba la senda que en otros tiempos iba por aquí. Ya no se encuentra. Sólo algún serrano de los que la recorrieron en aquellos tiempos podría saber por dónde iba. Pero yo seguí buscando el mejor paso y en unos cuarenta y cinco minutos estuve en el puñado de tierra que la cima de la cumbre tiene justo donde crecen los dos pinos.  Es aquí mismo donde se abre el collado pero un poco para el lado izquierdo, mientras que para el derecho, también se abre otro collado menos interesante pero sí con unas preciosas navas.  Por este lado me viene y en una hora poco más o menos recorrí toda la cumbre que la lancha de la Cigarra tiene por este lado.  El  que pega al arroyo Gil Cobo y por donde se abre la cerrada de San Ginés. Me volví luego para atrás, caí al precioso collado y cañada tupida de hierba, porque para ambos lados arrancan arroyuelos, remonté por una cañada también bonita y me dediqué a recorrer la gran lacha de la Cigarra ahora por el lado que mira para la cueva del Peinero. Cuando ya terminé, volqué para el collado Perenoso y viendo que lo tenía cerca y también me quedaba cerca el portillo que da paso hacia la nava y cumbre de Pedro Miguel, me bajé hasta el collado Perenoso.

 

           Lo crucé, me fui por la veredilla que usan los turistas cuando vienen por aquí para subir al “Blanquillo”, remonté la inclinada cuesta que precede al portillo y cuando terminé de cruzarlo, me encontré con la preciosa cañada de Pedro Miguel.  Es la cañada donde justo empieza a nacer el arroyo de la Espinarea, paralelo al de la Blanquilla Alta y Baja y el del Perenoso. En esta cañada, a la sombra de un gran pino laricio, me paré, estuve comiendo, bebí, me tumbé en la hierba fresca y verde que todavía crece por aquí, gocé el bonito y gran majuelo que crece en el centro de esta cañada y que hoy estaba en plena floración y luego seguí. En unos minutos remonté a la cuerda que viene bajando desde las mismas cumbres de Pedro Miguel, por donde encontré la senda y la seguí. No tenía intención de llegar a lo más alto de este pico sino sólo andar el terreno para gozarlo un poco más antes de perderlo del todo. Hoy para mí, este rincón tenía un aliciente especial. Es el rincón que había recorrido unos diez años atrás en compañía de un gran muchacho amigo que luego murió una noche de Navidad y por eso ya no está. Pero aquella experiencia fue hermosa y como no la he olvidado, hoy la quería rememorar para dejarla dentro de mí con la claridad y hermosura que merece.

 

           Así que un poco antes de coronar a la misma cresta de Pedro Miguel, me viene para el lado de Pinar Negro siguiendo algunas sendilllas que por ahí van y antes de llegar a la cañada de Pinar Negro, me encontré con el mismo rebaño de cabras blancas que tantas veces me he encontrado por las cumbres de estas sierras. Venían ellas desde la fuente de Pinar Negro, la que yo buscaba para beber agua fresca en un día tan caluroso como el de hoy y tampoco llegué a rozar, porque al encontrarme con este gran rebaño de cabras blancas, solitarias ellas, me senté obre las rocas de la gran ladera y ahí me quedé más de una hora. Gozándolas en su ramoneo y paz sobre la hermosísima ladera de Pedro Miguel hacia Coto Ríos y gozando también la amplísima panorámica hacia la sierra de las Banderillas, valle del Guadalquivir, nacimiento de este río y Embalse del Tranco, me dejé morir en la tarde. En la más honda soledad de las cumbres blancas y por eso también, en la más limpísima paz de Dios, viento fresco, perfume a florecillas de tomillos, zamarrillas, jopillos de seda montés, campanillas de las rocas, teucrium y el delicado y bello Convolvulus boisieri, estuve un largo rato. No tenía prisa porque el momento resultaba de lo más supremo.

 

           Pero luego dejé mi ensueño y comencé a regresar sin prisa también. A la tarde le quedaba un buen trecho y como el regreso era todo bajada, me lo tomé con calma y cuando llegué al gran pino del collado de la lancha de la Cigarra, en su sobra, hierba verde, canto de mirlos y otros pajarillos, me eché a dormir la siesta.  Más de una hora estuve en este paraíso y cuando reemprendí la marcha, ya me traía conmigo el regalo más grande que nunca podré recibir en este suelo y que nadie me podrá quitar de ninguna manera.

 

           Diré que los más hermosos rincones por esta ruta son: los dos pinos de la cumbre sobre la lancha, el mismo collado con su pradera volcando para la cañada de Perenoso, la nava para el lado derecho y luego la otra de la cumbre total. El collado Perenoso, el bonito portillo que da paso para las cumbres de Pedro Miguel, la impresionante nava que se abre nada más remontar este portillo y luego las grandiosas vistas que ofrecen la cuerda y laderas de Pedro Miguel.  Pero si tengo que escoger algo entre tanto, digo que la verde nava del portillo hacia Pedro Miguel,  es lo que realmente embelesa, de tanto como agrada. 

 

                                                    La ruta.     

   Cuando tú te vayas

quedarán sin vida los
caminos viejos
de la gran montaña

que solo recorrías

en las tardes blancas

llenando de amor

las horas calladas

y dejando en el polvo

mil huellas de plata.
 

             A las doce menos diez del día 16-6-2000, me pongo a subir desde la carretera asfaltada que cruza por las tierras llanas del poyo Gil Cobo. Hoy el día se presenta sin nubes ningunas, anuncian mucho calor aunque por aquí el aire corre fresco, la hierba todavía se mantiene verde y por entre el espeso bosque de pinos laricios me voy encontrando una gran planta  de cardos azules. Esos hermosos cardos que sólo se dan por algunas partes de estas sierras y que cuando se secan, ya bien entrado el verano y algo el otoño, sus flores son azules por completo. La tierra que  voy remontando es la que cae desde la gran lancha de la Cigarra, donde en otros tiempos sembraron buenas cosechas los que vivían por   los cortijos de por aquí cerca y luego repoblaron de pinos laricios. No han crecido mucho pero por lo menos tienen ya diez o doce años. Todavía no cantan las cigarras. Si se oye el suave siseo de los cigarrones más adelantados y el trino sencillo de algunos pajarillos. También se oye el paso del aire rompiéndose en las hojas de los pinos. Los enebros es ahora cuando ya tienen sus nuevos tallos. Catanaches hay muchos por aquí. Pero lo que más abunda es ese característico y bonito cardo azul que decía antes.

 

           Los majuelos y los rosales silvestres están por completo florecidos y cubiertos con sus nuevas hojas. También me encuentro por aquí muchas florecillas de fresa silvestre.  Son amarillas como los bontoncitos de oro o como las de la zamarrilla. Los pinos son todos laricios. Por aquí la altura a se encuentra entre los mil trescientos y los mil cuatrocientos metros. Hay muchas veredas de las que hacen las ovejas pero todas en paralelo con la carretera que me voy dejando atrás. Yo subo casi recto en busca del collado que la lancha de la Cigarra tiene en todo su centro y es por donde crecen los dos hermosos pinos laricios que se ven desde los poyos de Gil Cobo.  En este primer tramo no encuentro ninguna dificultad. Mucho tiempo llevaba ya deseando hacer esta ruta y por fin hoy se me convierte en realidad el hermoso sueño. Del mismo pino sale como una cañada, comienzo de un pronunciado arroyuelo con agua sólo cuando las lluvias caen en cantidad. Como voy subiendo por el arroyuelo que he dicho, veo que cuando éste va aproximándose al pino, se le presentan dos grandes paredes rocosas por ambos lados. Esto le obliga a cerrarse mucho y por eso, antes de alcanzar el pino, tendré que atravesar la cerrada dicha. No es propiamente una cerrada pero digo que sí para mejor explicarlo.

 

           Por el arroyo subo el último tramo y antes de pisar la tierra que parece cañada cuando se le ve desde la carretera, busco el borde izquierdo de las rocas que estrechan el paso. Por ellas remonto como si fuera saltando escalones de una irregular escalera y me encajo casi al mismo nivel del pino. Son dos pinos en realidad pero el grandioso es uno sólo.  Por estas rocas me encuentro violetas de Cazorla, té de roca y teucrium.  La altura se sitúa por encima de los cuatrocientos metros. Ya llegando al pino veo que por las rocas también crece mucho esparto. También descubro que la única subida y mejor de todas es siguiendo el surco del arroyo, como yo he hecho. Pero antes del primer pino me encuentro una roca gruesa y largada que se sujeta entre dos y forma como un puente.  Debajo hay tierra y ahí ha hecho su cama una cabra montés.  Y ahora ya sí puedo describir con más exactitud como es la porción de montaña que acabo de coronar y que antes llamé cañada. Propiamente es una cañada pero con mucha pendiente que se va ensanchando según corona y antes de remontar por completo, se divide en dos. Por el centro se le ha quedado una loma rocosa y por los lados se hunde el terreno y es  por donde se van abriendo como dos bonitos collados. El de la izquierda es el más grande y bello. Propiamente este collado es el que todos los serranos conocen con el nombre de  collado de la lancha de la Cigarra.   De un collado a otro y justo por debajo del gran pino pasan las preciosas veredillas que los animales han ido trazando de tanto ir a las hierbas de una llanura y otra.

 

           A las doce y media ya estoy a la altura de los preciosos pinos. Corre un buen viento y como a estas alturas es muy fresquito, el cuerpo sudoroso por la subida y el calor que ya regala el sol, lo agradece. Desde el collado mayor, el que da vista al collado de Perenoso, me vengo para al gran pino siguiendo las veredillas y ahora es cuando noto bien que todavía queda una lomilla rocosa que corona por encima del pino de un collado a otro. Por ahí sólo se amontonan las rocas calizas, los enebros y las sabinas y algún puñadillo de tierra con hierba verde. Al llegar al pino lo que más me asombra, a parte de la grandiosa sombra que derrama por la inclinada cañada, es el tronco. Tan grueso que entre cuatro hombre yo creo no lo podrían abarcar pero, además, no es un tronco sólo. Desde la tierra sí sale un sólo tronco pero en cuanto alcanza un metro se divide en dos y luego en otro más. Por el lado de arriba, justo por donde pasa la vereda de animales, al tronco le hicieron un gran corte y le prendieron fuego. Es lo que le hicieron a casi todos los grandes pinos laricios que por aquellos tiempos. Era para que sudara la resina y así recogerla para la fabricación de alquitrán.  Por la sombra de este grandioso pino de la lancha de la Cigarra crece mucha hierba, se esparcen gran cantidad de piñas secas y muchas veredillas. Aquí se vienen los animales, en los calurosos meses del verano, a sestear. 

          

           Durante unos segundos me paro a esta sombra un poco para gozarla con más calma y otro poco para observar la gran panorámica que desde aquí tengo hacia el poyo de Gil Cobo, el trozo de sierra que desde ahí se alarga para el collado del Pocico y también para las profundidades del río Aguascebas Grande y las lomas de olivares, más allá. Sigo la veredilla que pasando por debajo del gran pino se prolonga para el otro también buen ejemplar y por las tierras llanas de la llanura del segundo collado se pierde hacia las crestas más alta que por este lado tiene la lancha de la Cigarra.  Mil ochocientos doce metros alcanzan por aquí las cotas más altas y yo voy ahora mismo por entre los mil setecientos y mil ochocientos metros. Muchos majuelos, florecidos y repletos de hojas verdes, crecen por esta hoya casi nava. También crecen por aquí más pinos laricios pero desde luego no tan grandes como el primero y el segundo.

 

           Remonto un poco siguiendo las sendas de las ovejas y en cuanto termino de recorrer la preciosa y reconfortante hoya, salto por las rocas y corono al puntal. Por aquí ya da vista a la gran cerrada de San Ginés, por el arroyo de Gil Cobo. El viento sigue acariciando con relativa fuerza pero se agradece por su frescura y limpieza. La visión que desde esta altura tengo es de lo más hermoso y más aun resulta espléndida cuando se reconoce cada punto de sierra desde aquí visible. Durante unos segundos me dejo empapar de tan limpio y hondo espectáculo y luego sigo dando la vuelta por lo más alto de la cresta y sin dejar de pisar rocas calizas. El paisaje por aquí es una pura roca caliza descompuesta en miles de rocas con grietas, agujeros, covachas y muchas más figuras.  Ahora descubro que desde esta misma cumbre, para el arroyo de Gil Cobo y todavía en su parte anterior a la cerrada, cae una gran cañada. Es casi paralela a la que baja desde el collado de Perenoso y que se le conoce con el nombre de la Espinarea pero ésta mucho más inclinada y por eso con poca tierra fértil. Sólo algunas sabinas, pinos, enebros y lo demás, rocas. Desde estas alturas se le domina muy bien a esta cañada y las demás partes de la sierra hacia la morra de los Cerezos, Blanquillas Bajas y Alta y cañada del Lobo.

 

           Cuando ya termino de recorre  todo el puntal que dije coronaba por encima de los grandes pinos y es la parte más elevada de la gran lancha por este lado, al dar vista para el collado mayor, en la hierba de la llanura me  he encuentro a una cabra montés comiendo tranquilamente en esa soledad y paz. Me ha visto y sin mucho correr se ha subido para el puntal gemelo al que acabo de recorrer. Pienso que a lo mejor por ahí tiene su chivo. Ahora es la época de que estos animales críen. La cumbre, al llegar a este collado se quiebra mucho. Con el cariño que siempre me despiertan estas sierras y sin prisa, bajo para las tierras llanas del gran collado, lo recorro, me vengo para el lado del sol de la mañana, encuentro el surco de un arroyuelo, miro por entre las matas de majoletos, espinos y enebros por si estuviera por aquí aplastado el chivo de la cabra que he visto y con la misma paz y gozo comienzo a remontar por el arroyuelo, la buena tierra y la hierba hacia el segundo punto en altura en esta lancha de la Cigarra. Este alcanza mil seiscientos veintidós metros y tiene otro gemelo exactamente igual. Sube una preciosa veredilla de animales y por eso, el terreno, se recorre con mucha comodidad. Remonto y lo primero que me sorprende en estas nuevas alturas es una nava. Un rodal de buena tierra con su buen tapiz de hierba y su buena ración de soledad aunque esté en las alturas más hermosas.

 

           Pero lo que más me sorprende es la gran cantidad de cagarruta de ovejas que por aquí me encuentro. Y son cagarrutas frescas. Como si  hubieran estado hace poco e incluso hubieran dormido por las noches. Esto se nota que es terreno que a las ovejas les guste para dormir por las noches. Siguen las veredillas y por ellas continúo avanzando. Termino de remontar otro collado menor y al volcar, para el lado de la cueva del Peinero, otra llanura mucho mayor que la primera, muy larga, con mucha hierba y majuelos florecidos y según va cayendo para el río Aguascebas Grande, la pendiente se pronuncia hasta formarse una pura pared rocosa. Son los paredones que se ven desde las tierras llanas de la cueva del Peinero cuando se sube por la carretera. Desde allí se ven unos acantilados tremendos y yo ahora me encuentro en todo lo alto. Por eso me parece hermosísimo el panorama. Sigo la llanura durante unos metros y conforme va cayendo aparecen los pinos laricios, las rocas y la pendiente.  Por eso me vengo un poco para atrás, busco la comodidad de la cresta montañosa y por entre las abundantes rocas avanzo sólo un poco más. Ya he coronado a lo más alto de la lancha de la Cigarra por este otro punto. Así que ahora me vuelco para el collado Perenoso y me lo encuentro justo casi en línea recta pero en un nivel mucho más bajo.

 

           Desde aquí mismo veo con la mejor claridad la senda que desde el collado Perenoso lleva a las cumbres de Pedro Miguel.  La que recorren casi todas las personas que suben a las cumbres de Pedro Miguel.  Yo también la recorrí una ve y en verano, en compañía de unos amigos, hace ya muchos años. Después de aquella vez, siempre que subí a Pedro Miguel, lo hice por otros caminos. Así que veo la senda que arranca desde el collado Perenoso, sube por una empinada ladera que es la que flanquea a las crestas de Pedro Miguel sin que sea éste, se viene un poco para el lado de la Blanquilla Baja, busca el portillo de esa lancha, se mete por ella, sale a la preciosa cañada donde nace el arroyo de la Espinarea y desde ahí, ya por cualquier sitio se puede remontar a las cumbres de Pedro Miguel.  De modo que observando tan precioso y claro panorama, ahora me entran ganas de bajar hasta el collado de Perenoso, irme por la senda que acabo de describir, recorrerla, coronar por el portillo y subir, si no a las cumbres de Pedro Miguel, sí llegar al manantial de Pinar Negro. Por donde ahora ando no hay agua y en aquella fuente sé que sí mana un buen caño fresco y con sabor a hierba verde. Este plan no estaba metido en mi pensamiento de hoy pero como el día es largo y todavía no es muy tarde, decido que no me será difícil hacer el recorrido que ahora mismo se me ha ocurrido.

 

           Sin pensarlo mucho me pongo en movimiento. Bajo por la lancha que mira al collado del Perenoso, me encajo en este mismo collado, atravieso la pista de tierra que por aquí cruza y sube desde el arroyo de Gil Cobo, busco la sendica que decía antes, la encuentro enseguida, empiezo a recorrerla, vuelco para la vertiente del Aguascebas Grande, paso por entre unos buenos ejemplares de pinos laricios por donde sestean doce o catorce ovejas, llego a un segundo collado mucho menor que el del Perenoso y ahora vuelco para la vertiente del arroyo de Gil Cobo y a partir de este punto, el terreno empieza a elevarse y por eso la senda se endurece. Se agarra a la escarpada ladera en busca del portillo para colarse por él.   Creo que sí fue una buena senda en otros tiempos pero desde luego no para animales de carga. Por eso ahora comienzo a ascender por ella, con todo el calor que la tarde me va regalando y como la inclinación es tanta, sudo de lo lindo mientras remonto. Hay tramos que son muy difíciles andarlos por la pura roca que tiene que atravesar. En invierno estos trozos de senda se hielan por completo. Pero al fin, logro adentrarme por el precioso portillo que tajó el arroyo de la Espinare, lo supero y al terminar de salir de él me encuentro en la preciosa cañada tapizada de hierba fresca. Es una cañada que siempre que la veo me remite a la cañada que el nacimiento del río Guadalquivir tiene por encima de la casa forestal. La que es conocida como barranco de los Teatinos, no la aldea de Santiago de la Espada.

 

           En cuanto supero el portillo y entro a la tierra llana de la cañada la figura que por aquí el terreno presenta es muy hermosa. La senda se pega al surco del arroyo hoy sin agua y durante un buen trecho sube en un juego de zigzags con el arroyo. Muchos pinos laricios con un gran porte de ramas verdes, muchos majoletos florecidos, cada vez más hierba y ésta más tupida y verde y cuando ya creo que es el momento de pararme un poco, lo hago bajo un frondoso pino laricio. Decido que es la hora de comer y que este rincón es un buen lugar. Donde más soledad hay en toda la sierra, donde más lejos estoy de los caminos que recorren los turistas, donde más me arrullan los pajarillos, donde más perfume de naturaleza virgen mana y donde más fresco acaricia ahora mismo el viento. Antes de ponerme a comer me entretengo en hacerla unas fotos a los dos majoletos que en el centro de la cañada y algo ya al final, crecen rodeados del gran tapiz de hierba verde. Todavía se presentan florecido, cubiertos de espesas hojas verdes y tan redondicos ellos que parecen figurines. Sólo mirarlos llenan de un gozo tan fino que no me entran ganas de ninguna otra cosa sino de quedarme aquí con ellos y para siempre.  Pero me pongo a comer y por eso descargo mi mochila. Sobre la fina hierba voy poniendo las cuatro cosas. La sombra del gran pino laricio que he elegido me refresca hondamente, el suave canto de algunos cigarrones me entretienen en la soledad del momento y el aroma que mana de los tres o cuatro charcos que todavía el arroyuelo remansa por aquí, me relajan mucho más. Es un escenario hermosísimo. Muy parecido al que millones de veces he visto en mis sueños.

 

           A partir de este punto y como una hora más tarde, continué con la ruta, como ya dije al principio y durante unas horas más seguí recorriendo las laderas, sendicas y cumbres de esta parte de la sierra. Ahora no voy a continuar describiéndolas porque creo que mi ruta, este día, en realidad se terminó bajo el pino de la cañada de la hierba verde. Donde me paré a comer y durante un buen rato gocé de la más pura sensación de libertad y plenitud que ser humano pueda gozar bajo el sol.  Así que ahora dejo de hablar y me despido. La ruta siguió hasta casi remontar las crestas de Pedro Migue, como ya dije pero ya lo dije. Y también dije que al volver, en el pino de la Cigarra, me paré y eché una relajada y larga siesta. A las cinco en punto llego al pino de la Cigarra y aquí estuve hasta algo más de las seis. A pesar de la improvisada ruta y sus buenos kilómetros, tuve tiempo para hacer lo que me fue gustando y todavía me quedó día. Sólo que me encontraba un poco cansado. Fue un día de mucho calor, bastantes pendientes que remontar y el alma también se encontraba algo desolada. Hoy fue un día de alguna manera muy excepcional.  Y por eso cuando ya me acercaba al coche, me decía a mí mismo que ojalá Dios todavía me permitiera poder recorrer muchos tramos de sendas por estas sierras. Esto me decía sabiendo que mi tiempo por estas sierras ya estaba más que contado.     

                                                      

 Se fue con los pastores

 en busca de la vida                   

 que claman sus amores,           

 en busca de aire fresco             

 de fuentes y rincones                

 que le presten el consuelo        

 de aromas o sabores                 

 que sueña por su cielo.             

 Se fue con los pastores             

 y al regresar  al suelo,               

 dominio de los hombres,           

 a coro le dijeron:                        

 “Tú eres de las flores,               

 aquí, no te queremos,               

 marcha y vete a tus rincones”.  

                                     

        Y los hombres no supieron 

 que donde estaban sus amores

 tenía también su cielo,              

 ciegos, no reconocieron            

 que el raro y con dolores           

 eran, más que todos, ellos        

 aunque  fueran los señores.      
 

           36- Collado del Perenoso, las Hoyicas o      Ir al índice

           cuenca alta del Aguascebas Grande.

           Ruta a la hondura de la cumbre.

           Distancia aproximada:     3,5 k.   

           Desnivel aproximado : 200   m. 

           Tiempo aproximado   :     1,5 h. andando.

           Camino: pista de tierra en buen estado.

 

           Unos metros más arriba de la fuente del Cerezo, la que mana junto a la pista por entre unas piedras y le pusieron una teja para beber mejor, hay un rellano. Aquí dejo el coche. Estoy a un kilómetro trescientos metros de la carretera asfaltada. Por estos días, primeros de octubre, ha llovido mucho y por eso la pista de tierra que llega hasta aquí, al pasar por la cerrada de San Ginés, se ha estropeado mucho. Las aguas han corrido y se han formado surcos muy hondos. Algo más arriba ya la pista cruza el arroyo y se viene para el barranco que baja desde el collado del Perenoso.

 

           Por la izquierda y todavía cuando la pista no ha cruzado el cauce, por entre los bujes, crece un “Pespejón”.  Es un árbol muy bonito, de hojas caducas,  anchas,  aserradas sin púas y algo blancas por el envés.  Se llama Sorbus aria y es del grupo de los serbales y popularmente también se le conoce por Espejón pero los serranos dicen Pespejón. Varias especies crecen en las sierras de este Parque Natural.  Éste que aquí me encuentro madura sus frutas, en ramilletes apretadas y algo más pequeñas que las cerezas, ya bien avanzado el otoño y son comestibles. Al menos yo me las he comido muchas veces y cuando están bien maduras, tiene un sabor agradable. Son muy parecidas, en sabor, color y forma, a las acerolas. Unos metros más adelante, sobre la ladera que cae desde el portillo  de la Blanquilla y retirado del arroyo, crece un precioso tejo. Es grande y tiene el tronco bastante sano aunque cansado por los años.

 

           Sigo la pista, cruzo el arroyo, giro para la izquierda y, al tiempo que remonto, me voy fijando en el paisaje que corona por la derecha. Es el collado o portillo de la Blanquilla Baja. Por ahí remonta una pista y ya en lo alto se vuelve a dividir en dos más. Para la izquierda se mete en una bonita cañada que cae desde las Blanquilla Alta donde también hay buenos rodales de tierra llana. Para la derecha casi corona el Blanquilla Baja. También existen por ahí tierras buenas que sembraban en otros tiempos de cebada, trigo, garbanzos, yeros, maíz y otras semillas. Al volcar al otro lado, vertiente directa al Guadalquivir y a la altura de hotel Mirasierra, se encuentra el cortijo de Aguas Blanquillas. Es el comienzo de uno de los arroyos que dan aguas al arroyo de los Membrillos o del Zarzalar, el  del cortijo de la Golondrina.  Pero ahora dejamos este rincón para otra ruta.

 

           La pista que, esta tarde de otoño recorro, en cuanto avanza unos cien metros, ya se pega al arroyo que viene desde el collado. Al dar una curva, la primera que traza para irse arroyo arriba, me encuentro con un coche que baja desde el collado.  Es el pastor que vive en la majá de la Carrasca, cerca  del cortijo del raso  de la Escalera. Primo de Rufina la de la Fresnedilla. Tiene ahora sus ovejas por el Pocico, el de la Pinar Negro de las Sierras de las Villas. En cuanto vengan los fríos y antes de que caigan las nieves se las lleva por las navas de San Juan, en Sierra Morena. Nos paramos y durante un buen rato charlamos de los nombres y sitios de este rincón de la sierra. También de la hija que tiene y ahora estudia en Villacarrillo algo de informática.