TALLER LITERARIO CAUCE DEL NALÓN  mes de JUNIO   j/1


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VIII. Microrrelatos mineros

     Ahora que tocan las campanas que señalan el fin de una época y más de cien años de carbón nos contemplan, nos propusimos elaborar textos que tratasen sobre las minas, los mineros, las mineras y las mujeres y los niños de las cuencas mineras... quisimos, así, añadir nuestras firmas al ya largo y fecundo manual de la literatura minera.

Partimos de un texto que nos sirvió de primera referencia:


Un lobo y una bicicleta

(Basado en un relato oral de José Manuel Ojeda López)

Suena el campanillazo de la jaula del Pozo Fondón. Son las siete en punto de la mañana, y "Bicicleta" espera desde hace quince minutos, tal como lleva haciendo cada día desde hace doce años, el ascensor que lo conducirá al interior de la instalación minera. "Bicicleta" es un minero de origen castellano, posee una altura considerable y está muy delgado. Camina siempre con presteza dando ligeros tumbos espasmódicos a derecha e izquierda como si le costase mantener la línea recta. Esta forma de moverse le ha valido su actual apodo, hasta el punto de que ninguno de sus compañeros lo conoce por su nombre de pila. No viaja solo: una veintena de mineros adormilados lo acompañan apretujándose para formar un coro taciturno. Apenas se ha puesto en marcha descendente el armatoste, entre un crujir de hierros oxidados, cuando un sonoro manotazo en la cabeza de un minero hace rodar su casco hasta el suelo.

-Cagüen mi madre, nun me deis hostiazos na cabeza, joder, ¿nun sabéis que toi estudiando? -exclama a grito pelado el agredido.

Las risotadas del grupo atruenan por toda la caña del pozo. "Bicicleta" esboza un amago de sonrisa que apenas interrumpe una décima de segundo su habitual rictus de amargura indefinible.

Recién llegados a los tajos, extraen de sus chaquetas un condumio liviano y crían fuerzas antes de acometer la faena. Mientras comen, en intervalos de medio minuto, se escucha un aullido que estremece las galerías. Los mineros sonríen con las bocas llenas. "Esti Llubu ta como una chota, el muy cabrón" -masculla uno de ellos. "Bicicleta", mientras tanto, da cuenta de su desayuno un par de metros más allá de la piña que forman sus compañeros.

El que llaman "Llubu" es un picador, natural de Tolivia. Mide cerca de uno ochenta de altura y carga con un sobrepeso de alrededor de ciento diez kilogramos. Sus pisadas son audibles bastantes minutos antes de encararlo. Es reconocido como uno de los trabajadores más eficientes de la rampla. Desde hace una semana le han adjudicado como ayudante a "Bicicleta".

-¿"Bici", viste ayer la tele?? Salen dos que cuenten chistes y el más llargu ye claváu a ti -dijo "el Llubu" sonriendo.

Como siempre que "el Llubu" lo interpela, "Bicicleta" abre mucho los ojos. Con el dedo pulgar de la mano derecha aprieta la palma de la mano izquierda y agacha ligeramente la cabeza.

-Llamen-y "Llinterna" y va coon otru nomáu "Sacapuntes". Muncho me reí. El mayorón ye claváu a ti, chico, pero claváu, claváu -remachó "el Llubu".

Desde entonces no falta un día en que el "Llubu" no reclame al castellano: "Llinterna ven aquí, Llinterna allumbra allá..." Y, el antes "Bicicleta", se queja amargamente del sobrenombre, y, a menudo, le implora al "Llubu": "Por favor, Lobo, no me llames Linterna, hombre, que me parece muy mal".

Un viernes en que ya han acabado la faena, salen de la rampla y avanzan galería adelante entre una cincuentena de mineros que caminan ligeros ante la perspectiva de un fin de semana liberados de los tajos, y "el Llubu", como es habitual, no deja de increpar al castellano: "Llinterna allumbra aquí home", "Llinterna ven pa’cá coño que nun vemos". Hasta que, harto de sus puyas constantes, Llinterna se encabrita y, agotada su paciencia, se le enfrenta contundente: "Lobo, Lobo, no te pienso aguantar más que me llames Linterna". La advertencia del castellano retumbó en la galería. El Llubu se tomó tres segundos para responder: "Cagüen tu madre, Llinterna, a que te pego una patá en la catalina y te jodo vivu".

Benigno Delmiro Coto    

Accidente inducido

Aquel pozo minero al que vino a trabajar Andrés era como casi todos los demás pozos, pero Andrés pensaba que el pozu aquel era el infierno. Y no solamente porque él venía de una tierra en la que la mayor parte de año el brillo y la luz cegaba; sino porque, además de la oscuridad propia de la mina, había otra oscuridad peor: era la de algunos mineros que no paraban de meterse con él, y con su mujer Dolores.

Éste era un hombre prudente y débil de carácter, pero en la mina, para aquellos otros mineros, no era más que un pobre hombre al que no solamente no respetaban; sino que, también, les servía para descargar su brutalidad en espacios tan reducidos y negros como las ramplas. Especialmente en estos días, los mineros estaban más nerviosos de lo habitual pues hacía poco tiempo atrás que habían tenido un accidente mortal varios compañeros en el Pozu María Luisa.

Llevaba trabajando varios años y el carácter y la personalidad de Andrés cada vez se agotaba más y más. Él cuando llegó al pozo era un chaval moreno, hoy su rostro denotaba una palidez y amargura sin límites fruto de varios años sin esbozar un hilo de sonrisa. Había adelgazado mucho y Dolores estaba muy preocupada: no paraba de decirle que fuera al médico.

Dolores no lo sabía, pero la única enfermedad que Andrés tenía era su amor por su mujer. Ese día no se sentía nada bien; pero, a pesar de ello, Andrés no faltaba ningún día al trabajo. Entre el propio malestar que Andrés tenía y las continuas agresiones, insultos, amenazas y violencia de los otros mineros, Andrés se encontró peor y decidió volver a casa a la una de la mañana, tres horas después de haber entrado en el pozu.

Entró en casa y Dolores no estaba. Se encontró peor de lo que suponía, su debilidad y desesperación fue en aumento. Sólo le acompañaban las palabras e imágenes que sus compañeros continuamente le decían sobre Dolores. Y no pudiendo soportarlo, se puso de pie e inició unos pasos adelante. Abrió el balcón y dejó caer su débil cuerpo al vacío, entre voces: ¡Dolores por qué me has hecho esto! Instantes después, su cuerpo se estrellaba contra el suelo.

Crisis y cambio

Aquel mineru ya no sabía dónde estaba. Todo había cambiado respecto a pocos años atrás. En aquellos años, el mineru sólo tenía que ponerse encima del bancu en la casa de aseo y animar a sus compañeros a luchar. Éstos le seguían y aplaudían su encendida oratoria anticapitalista.

Por ello, entre la empresa y el gobierno de aquella época, decidieron escarmentarlo, enviándole hacer la mili a Melilla y así no poder beneficiarse de la reducción militar y los permisos habituales que disfrutaban los demás mineros.

Pasado el año y medio de mili, el mineru regresó al pozu y volvió a subirse al mismo bancu. Pero sus compañeros ya no le escuchan. Él no comprende que la situación ha cambiado y se culpabiliza porque lo culpabilizan. Trata de mejorar su discurso, lo ensaya, pero sus compañeros lo rehúyen. Sufre una crisis y de forma transitoria abandona el sindicalismo, al mismo tiempo, es abandonado por sus antiguos compañeros.

Francisco Villar Rodríguez    

1948, mina, camino y prado

Quiero dormir. Necesito dormir. Vale con un sueñín de media hora. Descansar un poco. Aflojar. Puedo decir que estoy enfermo, pero... no, que va, eso no vale, porque lo mismo me va a pasar todo el mes, mientras dure la siega.

Voy a ver si así, sentado en el suelo, apoyando la espalda en esta mamposta... Sí, dormir, igual me duermo, por muy incómodo que me encuentre; pero con lo rendido que estoy, voy a quedar como un costeru. Si viene el vigilante, no me voy a enterar.

Bueno, ¿y qué? Tampoco es tan mala persona. Sabe que soy de los que más carbón arrancan. Sabe que cuando cojo el pico armo más polvo que nadie. No creo que tengan queja de mí. Pero ahora tengo que dormir para poder llegar al prado Cotallón y que me esté esperando allí Aurina con una tortilla de patata, la bota de vino y la guadaña bien cabruñada. Por lo menos la mitad del Cotallón tiene que caer, que para eso son los días largos, para segar mientras uno pueda distinguir la yerba de la sebe.

Pero como no me duerma, no sé si seré capaz siquiera de subir hasta el Cotallón. Si se pudiera dormir mientras se camina, aprovecharía esa hora y media perdida de todos los días.

Ahora que, si siego el Cotallón, mañana Manolín nada de ir a la escuela. Que vaya a esparder la yerba. Sólo que en vez de esparder la yerba Manolín, lo está haciendo Ramirón, el vigilante, y de pronto se pone a comer la yerba, y yo le digo: no comas la yerba, que es para la vaca. Entonces anda una vaca por la mina y todos decimos que la empresa no debería de andar cambiando mulas por vacas. Pero es una vaca especial, porque está cantando: Pisa morena, pisa con garbo...

Cantarada.

                             To güelu, esclavu en la mina,

                                y to padre, proletariu,

                                tu fuiste sindicalista

                                y el to fiu nun tien trabayu.

Julio Arbesú Rodríguez    

Desde Córdoba, con amor

La falta de trabajo y de expectativas hizo que aquel pueblecito de Córdoba se quedara casi despoblado. Los primeros emprendedores salieron hacia Asturias y el aire de triunfo cuando volvían en vacaciones, animó a los jóvenes, que aún no se habían decidido, a seguir el ejemplo.

Así fue como llegó Rafael a Langreo. Tenía ventiocho años y una familia a su cargo: mujer y cuatro hijos. Una vez aquí encontró trabajo en el Pozo Pumarabule. No sabía nada de la mina; pero era un trabajador nato. Además sus hijos tenían la mala costumbre de hacer al menos una comida al día y ello necesitaba un jornal que pudiera sostenerlo. Estaba en una pensión en La Felguera y hacía cada día el recorrido a pie, hasta el trabajo.

Su mujer había quedado en el pueblo. El trabajo de ella en un cortijo les serviría para ir remando los primeros meses si no se daban bien las cosas. Pero no hizo falta esperar mucho. En aquellos momentos, la mina y la siderurgia eran el motor de arranque de la vida en una zona que había sido machacada por la "Guerra Civil", pero que gran parte de sus jóvenes estaban marcados por los resultados de la contienda. Se necesitaba mano de obra y desde Andalucía y Extremadura eran muchos los que estaban queriendo irse del campo, en el que sólo los terratenientes tenían un futuro prometedor.

Tres meses después de la llegada de Rafael a La Felguera, hizo venir a sus mujer, Dulce, y sus cuatro hijos. A Dulce le ofrecieron una pequeña hacienda, casa y una huerta, para cuidar por diez mil pesetas al año de alquiler. Acostumbrada al trabajo duro en el cortijo a cambio de la comida y una onza de chocolate para sus hijos, la mujer tardó cinco años en creerse que todo lo que sacaba en la huerta que trabajaba ella, era suyo; y durante cinco años guardó el resultado de vender las lechugas, patatas, huevos, gallinas, pollos, conejos...que criaba en la casa, pues temía que le exigieran más dinero de lo que le habían pedido por contrato. Cuatro hijos más les nacieron en Langreo.

Rafael, que iba al trabajo andando, por la vía del tren y que se fogueó en los distintos oficios de la mina, desde guaje hasta barrenista, sin sufrir ningún accidente, fue a perder la vida en un pueblo de León en donde pasaban el mes de septiembre desde su jubilación, al atravesar la carretera de vuelta a casa.

Dulce, que no quiere oir hablar de Andalucía, sigue viviendo en la misma casa que compartió con Rafael, recordando los tiempos de su llegada a Langreo, y añorando los momentos que compartieron luchando por salir adelante y por sacar adelante a sus ocho hijos...

Antaño amigos

Eran grandes amigos. Habían pasado los mejores años de su vida como hermanos. Habían compartido los juegos, los deberes en la escuela, la primera novia, incluso.

Ahora es la primera vez que su amistad se tambalea. Están en posiciones ideológicas distintas y empiezan a esgrimir razones, para unas y otras decisiones, que, cada vez, los alejan más.

En la próxima manifestación del 1º de Mayo, estarán en bandos distintos: Juan, no puede olvidar a los compañeros que quedaron enterrados por toneladas de tierra, a causa de una imprudencia. Llevaban varios días notando pequeños desprendimientos, que comunicaban al capataz y éste no tomaba partido. ¡Bien! ¡Ya está todo dicho! ¡A trabajar!

Y Pedro, el capataz, tras el accidente tomó partido, por el más fuerte

Helia V. Zapico García    

La noticia

Los representantes del sindicato visitaron a Juan para comunicarle que estaba en las listas del I.N.E.M. para entrar a trabajar en la mina. Al contrario de lo que sus padres pensaban, Juan se alegró; pues siempre le había gustado pertenecer a la brigada de salvamento del pozo Fondón.

Cuando se encontraba con José, un minero perteneciente a la Brigada, le hacía toda clase de preguntas relacionadas con el salvamento, en especial el rescate de los accidentados.

Juan alternaba su trabajo en la mina con su afición al folklore regional. El grupo al que pertenece va a representar a Asturias a Ibiza. Su amigo José le despide con un "¡cabrón!, mientras tú vas de vacaciones yo no sólo tengo que trabajar, sino doblar. "Bueno no te enfades te voy a traer lotería de la que toca para que no tengas que volver a bajar al pozu".

El avión aterrizó en Ibiza. Ya en el aeropuerto, Juan templa su gaita y de su fuelle salen las notas del "Asturias Patria Querida".

En el hotel los componentes del grupo se retiran a sus habitaciones: hay que acostarse temprano, Asturias debe quedar muy alto.

La mañana es espléndida, el cielo de un azul intenso. Después del desayuno, todo el grupo se dispone a conocer Ibiza, comprar recuerdos y buscar la administración de lotería.

Entran en una tienda de regalos y escuchan cómo una emisora de radio da una noticia: un accidente minero acaba de suceder en Asturias. Juan pregunta "¿Han dicho en qué mina fue?". El dependiente le contesta: "me parece haber oído algo así como El Candil". No hay duda fue en El Candín y tiene que haber algún conocido.

Compran un periódico, la noticia es muy escueta: "luto en la familia minera de Asturias, cuatro mineros muertos y un herido muy grave en un accidente en el pozo Candín de Langreo".

Comienzan las llamadas de teléfono, un compañero del grupo se acerca: "son todos conocidos de Lada". Comienza a dar los nombres: sólo hay uno que no sabe cómo se llama, al parecer trabajaba en la Brigada Salvamento y hace unos días entró en el Candín de vigilante. ¡Cagüen Dios! -grita Juan- ése es mi amigo José.

La hora de la actuación se acerca. Juan no tiene fuerzas ni para inflar el fuelle. "Si no puedes no lo hagas -le dicen sus compañeros- nos arreglamos tocando el pandero". "No, esta actuación se la voy a dedicar a todos los compañeros muertos" -les responde.

Da comienzo el festival, los grupos salen al escenario, el Pendón de Asturias con crespón negro.

Un representante del grupo explica a los asistentes el porqué del luto. Pide un minuto de silencio, el público se pone en pie y se oyen sollozos.

Juan toca su gaita como nunca, las lágrimas resbalan por sus mejillas. Baja abatido del escenario, en su rostro se refleja el dolor. Mientras recibe muestras de condolencia de los asistentes al acto, piensa para sus adentros: el dolor es aún mayor cuando se está lejos.

Luisa Díaz Marrón    

Anécdota minera

La jaula del pozo Fondón está averiada, los obreros son trasladados en un medio de transporte hasta el Candín para poder entrar a trabajar.

¿A que hora salís para venir a recogeros? Les dice el conductor, a las seis responden.

La tarea les resulta bien, salen antes de lo previsto. ¿Por qué no vamos andando? dice un minero. ¿Sin lavar? -le responden. Es igual, nadie nos va a ver, si vamos por encima de la fábrica llegamos al Fondón antes que el autobús.

Todos aceptan, y con los cascos puestos los focos encendidos se encaminan al Fondón.

Un grupo de mujeres se dirigen a la novena del Carbayu. Los mineros comienzan a silbar y las mujeres miran al monte, sólo se ven luces. Son almas en pena dicen y asustadas comienzan a rezar.

Luisa Díaz Marrón    

El desencuentro

Sólo puedo salvar a uno de sus gemelos de la última leva forzosa de Franco, embarcándolo en aquel cascarón, lleno de jóvenes moisés rumbo a la tierra prometida, huyendo del infierno. Mañana, tal vez hoy, entrarán los nacionales en Gijón, ella será fusilada: ¡nadie vivo de la F.A.I.!, era la consigna. Moriría con el dolor de saber que su otro hijo serviría a las órdenes del matarife.

Han pasado cuatro décadas y sobre la proa de un viejo carguero soviético se erige una figura inalterable al frío viento de poniente, lleva horas de pie esperando ver tierra y años deseando oler el aire del muro. En su corazón guarda la medalla de honor de Lenin, ganada en el cerco infernal de Stalingrado, donde se forjó como héroe, como hombre.

En la orilla le espera su hermano. No lo conoce pero no lo necesita, será como verse a sí mismo.

Otra figura se yergue en el puerto, impasible, impasible el ademán, diría él. En su cuello todavía brilla la cruz de hierro, esa mítica medalla concedida por el Fhürer a los que sembraban de púrpura las tierras de Europa en nombre del III Reich.

Dos vidas, dos caminos opuestos, hombres educados para dividir la historia por la mitad, dos dinosaurios en un mundo que no los necesita. Cada uno es lo que el otro odia. Los une una madre, los separan dos guerras, dos frentes.

Al ocaso es el encuentro, y las olas del Cantábrico y el fino orbayar son testigos de la magistral lección que recibirán hoy aquellos que aún piensan que la genética marca la diferencia.

Alejandro Martínez Gallo    

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                                De ésta no salen

                                Dieron las siete en el reloj.

                                Dos ataúdes preparados

                                de fina madera de boj...

                                y mineros consternados.

                                De entre el polvo y la piedra

                                primero sacaron a uno,

                                negro como noche negra.

                                No fue capaz ninguno

                                de reconocer su cara.

                                El capataz, un fantoche,

                                y el patrón, un "avis rara"

                                se ocultaban tras el coche.

                                No pasó ni un segundo,

                                entre blasfemias y llantos,

                                sacaron a Segismundo.

                                ¡Cuántos deben morir, cuántos!

                                La muerte cobró ventaja

                                la fría tarde de enero.

                                El carbón fue su mortaja,

                                su dolor, el aguacero.

                                A la boca una mujer

                                se arrimaba temblorosa,

                                solo quería saber,

                                la fiel y abnegada esposa,

                                qué le deparó el destino.

                                ¡Ye imposible, cagondiez,

                                tien más vides que un minino!,

                                era Mamerto otra vez.

El detalle

Finaliza la jornada. Las duchas comunes esperan a los mineros desnudos que, entre bromas y pasos fatigados, acuden con sus cuerpos de pasajero azabache. Un pene blanco destaca entre estas joviales sombras a punto de disiparse. El "guaje" novato muestra extrañeza por el contraste. El veterano artillero le saca de la duda: -es que ese tiene permiso para comer el bocadillo en casa.

¡Cuayá!

¿Y esti pa onde va?- dijo Miguelón cuando iba con los del relevo camino de la jaula.

-Esti va de ayudante pal "Cuadrau&".

-¡Pues si que tien huevos la cosa! Estoo ye cosa del capataz, toi por apostalo.

El "Cuadrau" era un minero de origen vasco, un picador de primera, gran trabajador. Ganaba buenos sueldos como destajista. Tenía ese mote porque era más ancho que alto. Su fama no estribaba tanto en la corpulencia y buen estómago, capaz de empujar varias vagonetas cargadas o de zampar una pota entera de fabes, como en que era medio cegato.

-¡Chaval, tas más blancu que la cuayá!- Los mineros se desternillaban de risa y alguno, que ya iba pensando en el mote que ponerle, quiso aprovechar la ocasión:

-Vamos llamalu "Cuayá";. ¿Qué vos paez?

-Cuando lu vea el "Cuadrau" vva cagase en to los santos. Ye que esto no tien perdón de Dios.

Los comentarios y risas continuaban mientras iban copando el armatoste que les adentraría en el umbral del infierno.

El nuevo ni siquiera barbotaba. Respiraba como si se acabara el aire y observaba. No puede decirse que tuviera miedo, en situaciones peores se vio durante su infancia y adolescencia, y arrestos no le faltaban.

El vertiginoso descenso abortó por unos momentos el ambiente festivo. El brusco frenazo cubrió de seriedad sus caras marcando el comienzo de la jornada.

Un"guaje" lo acompañó hasta el tajo. Juntos recorrieron muchos metros de galería sin mediar palabra, guiados por la tenue luz de las lámparas mineras que portaban en el casco.

El nuevo tropezó con un "costeru" pero no emitió sonido alguno.

-¡Ten cuidao chaval, a ver si vas mancaate el primer día ya!

Llegaron a la "rampla". El "Cuadrau" estaba sentado comiendo un "pinchu de a quilo".

-Cuadrau, aquí tienes a tu nuevoo discípulo, tratalu bien.

-¿Dónde está?

-Delante tuya, ¡hostia! ¿Que ye que noo lu ves, oh?

Al "Cuadrau" casi se le atraganta el bocadillo. Escupió con fuerza lo que estaba masticando, se levantó con un tremendo salto como aguijoneado por el mismísimo tridente de Lucifer y profirió tal juramento que su eco tuvo a bien perpetuarse por entre las mamposterías de la séptima galería del pozo Campanal.

No se esperaba tan cariñoso recibimiento Obiang García, el guineano.

Pedro Gutiérrez Fernández    

La mina

Asturias fue privilegiada porque la naturaleza la dotó, aparte de sus verdes paisajes, de unas materias primas de incalculable valor: carbón, hierro, cobre, oro y otras que en menor cuantía asimismo producían riqueza a nuestra región.

En el siglo XIX fue cuando el capital extranjero invadió nuestra tierra. Hombres ilustres de nuestra región trataron de preparar a hombres y mujeres para que estuvieran a la altura de los conocimientos que exigía la Revolución industrial que se trataba de imponer al terminar el siglo XIX.

Los campesinos empezaron a trabajar en jornadas interminables. Para ello les preparaban cerca de las bocaminas barracones y más tarde los famosos cuarteles. Pero, pronto, aquellos hombres y mujeres empezaron a enfermar del pulmón, mientras los empresarios no querían reconocer su enfermedad profesional. Al final del siglo XIX, a los mineros empezaron a parecerles excesivas las horas de trabajo en la mina y tomaron conciencia de clase de la explotación a que estaban sometidos.

Mi abuelo regresaba tarde del trabajo y, como no tenía donde asearse, yo tenía, aun siendo muy crío, que tenerle preparada el agua en un barreño. Un agua que se calentaba en la cocina de leña donde se curaban los chorizos. Aquel pobre hombre era alto y fuerte y, mientras le estaba enjabonando, yo sólo veía un cuerpo esquelético. Así fue que pronto enfermó. Yo lo quería mucho y tengo grabado el recuerdo del día en que murió. Me levantaron a una hora no muy normal y él estaba allí rodeado de toda la familia y sentado en su cama, falto de oxígeno. Aquella noche falleció, víctima del duro trabajo del minero. Aún sigo recordando aquel cuerpo en puros huesos que yo tanto quería y aquella imagen de mi abuelo moribundo me marcó para siempre. A mi padre le debió de marcar mucho más porque empezó a denunciar a la empresa y, como consecuencia, mi tío Etelvino llegó a ganar el juicio que consideraba a la silicosis como una enfermedad profesional.

José Antonio Camporro Menéndez    

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