TALLER LITERARIO CAUCE DEL NALÓN  mes de MAYO   m/1


TEXTOS   MAYO   m/1    m/2     m/3    m/4    m/5    

V. ¿Qué pasa en los recovecos de las parejas de largo aliento?


     A partir de un relato breve de José Hierro nos adentrábamos en el mundo de la pareja. Hurgábamos en los intersticios de las relaciones cotidianas entre ELLOS y ELLAS y analizábamos esos extraños rebotes imprevistos fruto del roce exigente.

Paradoja

Así no puedo continuar, pensaba Carlos, tengo que controlarme, quiero a Beatriz y soy incapaz, después de varios años de pareja, de decirle: "te quiero, Beatriz".

Carlos, era un bonachón pegajoso, dormilón, de un vergonzoso enfermizo y de una inseguridad embrutecedora. De hecho, ese estado colérico y enfurecido de Carlos siempre se manifestaba nervioso, como una descarga eléctrica, cada vez que Beatriz, con una sonrisa de gata, le arrullaba: "dime que me quieres Carlos".

Incluso en esas situaciones, Beatriz nunca perdía el sentido del humor, actitud que enfurecía aún más a Carlos. Ya podía éste tronar con sus descargas que Beatriz no perdía la sonrisa y las ganas de jugar con el amor. Ella no paraba de decirle a Carlos: "eres hermoso muy hermoso, cada vez te quiero más, no me importa para nada que seas un gruñón".

Beatriz era una mujer muy atractiva, elegante, moderna y culta. Tanto es así que había hecho varios cursos sobre "Técnicas de Tolerancia y Situaciones Conflictivas", lo que le estaba sirviendo para llevar más cómodamente su existencia. Además, le gustaba la música y el cine, y era una mujer fina y con sensibilidad.

La pareja tenía dos hijos y solían pasar muchos fines de semanas en el campo, en la casa de los padres de Carlos. Éstos eran ya mayores, pero todavía mantenían la huerta y unos árboles frutales que servían de alimento fresco para el disfrute de toda la familia.

Carlos siempre se había llevado bien con su padre, con el que salía a visitar antiguas propiedades en la Vega. Aquel domingo, como de costumbre, salieron por la mañana a ver unos árboles. A Carlos le pareció que esa era una muy buena oportunidad para decirle a su padre: "¡Padre, tienes que escucharme! Desde los años que convivo con Beatriz, soy incapaz de decirle: te quiero". Carlos quedó sorprendido consigo mismo, pues nunca le había salido esa expresión: era un problema que lo ahogaba.

-¡Ya lo has dicho!, y, como ves, no te hhas enfurecido -comentó el padre. A partir de ese instante todo iba a ser diferente para Carlos. Extrañamente, se sintió alegre al librarse del enorme peso que llevaba encima. Todo parecía cambiado. De vuelta a casa, Beatriz lo notó menos tímido, más alegre, hermoso y tierno que nunca.

Al llegar a la habitación, Carlos abrazó por detrás a su esposa y le susurró al oído: "¡te quiero Beatriz! Aquella noche, entre caricias sensuales, los dos cuerpos se fundieron atrapados por el placer.

Los días fueron pasando y Carlos se encontraba cada vez más animado. Beatriz, por el contrario, sufre y está cada vez más ausente, sin alegría, había que sacarle las palabras con desatascador. La alegría y el bienestar de Carlos, la confundía, la reducía y vivía mentalmente bajo la protección de su madre-confidente.

El desajuste vital de Beatriz era tan llamativo que Carlos, asustado, le preguntó a la madre de Beatriz. Ésta asustada le indicó que su hija lo quería tal y como era antes. Esto no se lo puedes hacer a mi hija, con los muchos duros que a mí me costaron aquellos cursos. Querido yerno, todas las cosas en la vida requieren su tiempo y tú a mi hija no la has avisado de ese cambio.

Francisco Villar Rodríguez   

La Cebolla

Mi marido es un buen hombre y no es porque yo lo diga. Cuando hablamos de los hombres, las vecinas o las amigas, me dicen que tengo suerte de tener un marido tan trabajador y tan formal. Yo les digo que también tiene sus cosas, pero cuando ellas me cuentan sus problemas, les doy la razón y no me atrevo a decir nada.

¡Y es que se ve cada cosa! Sin ir más lejos, el marido de la vecina del segundo es un borracho. No es la primera vez que lo encuentro durmiendo en el portal.

Otros se gastan la paga en el bar, en mujeres o en el juego y las dejan sin dinero para dar de comer a sus hijos; por no hablar de los que, además, les pegan.

¡Cómo para decir yo lo que me molesta de mi marido! Así que les doy la razón y me callo.

Pero la verdad que es un problema y un día sí y otro también discutimos y nos enfadamos por esa tontería. Porque es una tontería, que hasta me da vergüenza decirlo. El problema es que a mi marido le gusta comer cebolla cruda, y yo no soporto el olor a cebolla.

Se lo he dicho cientos de veces, y él siempre con la misma cantinela: que si la cebolla cruda es muy buena para los dientes y para no sé cuantas cosas más.

Sí para los dientes debe de ser buena, porque tiene una dentadura fuerte, que no le falta ni una sola pieza; pero a mí esta manía me está poniendo de los nervios, que es que lo llevo cada vez peor.

Se lo he dicho cientos de veces y como si nada, porque esa es otra: lo testarudo que es, que como se le meta una cosa en la cabeza ya no hay nada qué hacer.

Le digo que, por lo menos, cuando coma la cebolla, después se lave los dientes, y él va y me dice que entonces es como si no la comiera.

Ahora me estoy dando cuenta de que mi marido no tiene ningún vicio gordo, como los de los maridos de mis vecinas; pero que no es sólo lo de la cebolla. Y es que muchas cosas pequeñas son como una nube de mosquitos, que todo el día te están picando, y ya no sé lo que es peor.

Mejor voy a dejarlo porque esto de pensar es como las cerezas en un cesto, que tiras de una y te sale una docena.

Ya me lo decía mi madre: el pensar mucho las cosas, algunas veces sirve para arreglarlas, pero otras para ponerlas peor.

Paz Tomás Pañeda   

Carlos

Indalecio me dijo: "Juan, vete poniendo tus cosas en orden, es cuestión de semanas". Salí de su consulta, pensé que se acercaba para mí el momento, tanto tiempo dilatado, de decirle la verdad a Carlos: se lo debía. A mis setenta y cinco años, pocas cosas tenían valor para mí. A Manuela la hice sufrir hasta su muerte. De los hijos mejor no hablar: mi relación con ellos es un auténtico desastre. Pero, desde hace diez años, con Carlos, todo es diferente. Desde su nacimiento fue como un rayo de luz para mí. Él cree que su abuelo fue un héroe durante la guerra civil, se vanagloria de ello con sus amigos. Cuando van a casa, les enseña las medallas guardadas en la vitrina y los pequeños se quedan boquiabiertos, rememorando en sus mentes batallas invisibles para nosotros, los adultos. Iré a recogerle a la salida del colegio y trataré de explicarle lo que realmente pasó con Pepín: me va a ser difícil poder explicárselo, ya que yo siempre le digo que lo más importante en esta vida es la amistad, y Pepín y yo siempre fuimos inseparables, hasta en su muerte.

Viene hacia mí, me da dos besos: "espérame abuelo, voy a jugar al fútbol". Era un puro torbellino, me senté en el banco a esperarle. Cuando íbamos para casa le dije: "tienes que comprender lo que te voy a contar, ya no me queda mucho de vida y quiero que sepas la verdad". "Abuelo, no digas tonterías". "Escúchame Carlos, esas medallas que hay en casa, más que por ser un héroe, me las dieron por delatar a mi mejor amigo". "Abuelo me estás engañando, Pepín era tu amigo". "No Carlos, es la verdad, a veces se cometen errores hijo y, en mi caso, me persigue toda mi vida; sólo tu abuela lo sabía y por eso la hice sufrir tanto". Vi en su rostro un gesto de decepción, su inocencia se quebró, echó a correr sin volver la vista, sólo gritaba: "¡Mentira, mentira, me estás engañando, te odio abuelo!". Aquellas palabras produjeron una sacudida en lo más profundo de mi ser: "¡Carlos!", grité, pero ya no me oía.

Se encerró en su cuarto y sólo salió para cenar, traté de hablar con él. "Carlos", le dije, "déjame en paz, abuelo, no quiero saber nada de ti". Me retiré a mis aposentos, pensaba que lo tenía bien merecido, toda mi vida había sido un engaño. A media noche fui a su habitación: estaba dormido, sobre sus mejillas se veía el rastro de lágrimas derramadas. Fui hacia la vitrina y de un cajón saqué una pistola.

En el velatorio todos loaban mi vida, Carlos enseñaba a sus amigos las medallas y les decía: "mi abuelo fue un héroe".

Fernando Fernández Tamargo   

Recuerdos

Esta mañana, como me costumbre, me dispongo a realizar las tareas de ama de casa. Me fijo en el arca de madera que un día me regalara mi tío; la abro; en ella guardo las fotografías. Las voy mirando y cada una me trae distintos recuerdos.

Fue en aquella fiesta, tú llegaste en moto -hace cuarenta años tener una moto era todo un lujo-, me sacaste a bailar y desde aquel día nuestras vidas estuvieron unidas para siempre.

No fue todo un camino de rosas. Yo no me atreví a decirte que militaba en un partido político; temía tu reacción.

Un día me dijiste que me habían visto en la carretera de Pajomal hablando con un hombre, yo no podía decirte quién era ni qué hacíamos allí. Te enfadaste: fue nuestra primera riña.

Otro día, vienes a despedirte. Te marchabas, había huelga e ibas a pasar unos días a tu pueblo. Te pido un favor: llevar un paquete a un compañero que está deportado en Zamora (es la huelga de 1962). Me dices que te estoy comprometiendo, no te atreves, tienes miedo; pero, al fin, lo llevaste, incluso hablaste con la dueña de la pensión, que era conocida tuya, a favor de este compañero. Lo hice por ti me dijiste. Yo te lo agradecí siempre.

Llevamos casados dos años y vamos a tener nuestro primer hijo. Mi madre fue de viaje a Francia: tenía que hacer un trabajo para el partido. Te mentí, te dije que había ido a cuidar a un familiar a León. Cuando te enteraste de la verdad, no lo comprendías: ¿cómo es posible que se pueda dejar a una hija a punto de parir? Estáis todos locos no os comprendo -me dijiste. El enfado te duró varios días. Me pediste perdón el día que nació nuestro hijo.

Pasaron varios años y yo sigo metida en follones como tú dices. Lo que no puedes soportar es que yo esté metida en política: te parecía que no era cosa de mujeres, una vez te enfadas y luego me pides perdón, otra vez te enfadas y vuelta a pedir perdón...

Me dio una gran alegría cuando me enteré que estabas dispuesto a formar parte de la junta directiva de una asociación cultural.

Una noche llaman a la puerta, abro, llevo el niño en brazos, me empujan: ¡policía! -dice una voz. No preguntan por mí, es a ti a quien vienen a buscar. No lo comprendes, tú sólo eres el tesorero de una asociación cultural. En el registro encuentran propaganda que yo tenía guardada, te llevan detenido, quiero ir contigo, no me dejan, tengo miedo, no me podré perdonar si algo te ocurre.

Pronto das la vuelta, no te hicieron nada; pero te advirtieron que la próxima vez vendrían a por mí, que era la culpable de todo, que más te valdría dejarme, que te iba a complicar la vida. A pesar de todo no les hiciste caso. Empezabas a comprender que mi lucha era necesaria.

Colaborabas conmigo. Íbamos a repartir propaganda, a manifestaciones, reuniones... me acompañaste durante la campaña electoral, con tu cámara al hombro te dedicaste a grabar todos los mítines en los que yo participaba, fiestas, charlas, lo último que grabaste fue el entierro de Juanín Muñiz Zapico.

Sigo mirando las fotos y me paro en una muy espacial. Al verla recuerdo el día en que te fui a ver al hospital: te iban a operar. Estabas muy enojado porque iban a ser las elecciones sindicales y no te habían llevado la papeleta para votar. Perdona, me decías, tú no tienes la culpa; pero no lo puedo evitar.

Miro detenidamente la foto. Es la primera entrega de carnés del sindicato donde estabas afiliado. Qué orgulloso se te ve mostrando tu carnet, y al fondo unos retratos: Lenin, La Pasionaria y el Che.

En el arca no sólo hay fotografías; hay también una cartera con tu D.N.I. Y dos carnés: el del sindicato y el del partido en el que llegaste a militar.

Luisa Díaz Marrón   

La vida a dos...o más

Mariano y Sara son dos personajes cercanos a los taitantos. Hace un porrón de años que se frecuentan pero no se conocen. Me explico: salen juntos, están juntos, duermen juntos, pero cada uno en su onda.

O sea, que juntos pero ni revueltos ni siquiera próximos. Uno no se explica cómo fue aquello de quedar y no volver a separarse. Como tampoco se puede uno explicar la lejanía que los mantiene atentos el uno al otro, tan cerca y tan lejos... Bueno hay algo que puede explicar la relación tan prolongada pero de tan poca intensidad: la campechanía de Mariano y la aceptación de Sara.

Mariano es un pedazo de pan. Un hombre tranquilo, bonachón, pacífico, transparente... No se ha parado a pensar cómo sería la vida sin Sara. No se la imagina. Vamos, que no cree que fuera posible un mundo en el que Sara no estuviera a su lado.

Sara es inquieta, inconformista y con un genio de mil demonios. No se imagina un hombre que quisiera manejarla, que quisiera decirle cómo tiene que vestir, cómo tiene que organizar la casa... en una palabra: mandar por encima de ella. No ha parado a repensar su vida.

De repente, un giro en veinticuatro horas hace que la vida se torne diferente, dispar. La falta de un elemento de los dos que componen esa unidad "sui generis", convierte la dualidad única en unidad discontinua. La estancia de Mariano en el hospital, veinticuatro horas una y otra, una y otra... desbarata el mundo de Sara: que ella pensaba tan organizado.Y no digamos el mundo de Mariano: que él sabía tan completo. Para Mariano, tan tranquilo él, tan pacífico él, tan inapetente él, las horas se hacían laaaaargas, interminables. No llegaba nunca la hora de la visita.

Para Sara, tan inquieta ella, tan inconformista ella, con tan mal carácter ella, las horas de visita pasaban rápido, como en un abrir y cerrar de ojos. ¡Era tan corto el tiempo de visitas!

Cuando el médico les dijo que Mariano tendría que ingresar periódicamente, se miraron con estupor, descubriéndose por primera vez y tomando conciencia de la distinta dimensión del tiempo, antes y ahora; y siendo conscientes del diferente curso de sus vidas, en y durante la espera.

Helia V. Zapico García   

Sequía

Elisa sólo quería hacer el amor cuando llovía. Por eso pasaba los veranos sediento de ella e imaginando borrascas instaladas sobre la Cordillera Cantábrica durante meses.

Me volví adicto a los pronósticos del tiempo y alérgico a los anticiclones.

Cuando el sol se clavaba en el cielo, Elisa se resecaba. La piel le amarilleaba y le costaba caminar erguida. Por más que intentara acercarme a ella con caricias, susurros en la oreja y regalos sorpresa, nada la sacaba de su apatía. "Ay, déjame, no me apetece", "me encuentro mal, Ernesto, no seas pesado", "no te me arrimes tanto que me das calor", eran algunas de las frases que empleaba para evitar mis embestidas.

Intenté de todo para solucionar el problema. Un mes de vacaciones en Londres con un tiempo de perros la desinhibieron hasta el punto de que casi nos echan del hotel por los ruidos nocturnos. Enlazada a mí constantemente, me parecía otra, viva, suave, insistente, olorosa. Pero al regresar todo volvió a ser como siempre.

También acudimos a un psicólogo. Medio año de buceo en el inconsciente. Los progresos, sin embargo, se redujeron a una masturbación un día de veinticinco grados a la sombra. Cuando todo acabó, ella se sentía culpable y herida y no lo volvimos a repetir.

Hace un mes que no llueve y estoy que me llevan los demonios. Anoche soñé con el diluvio universal. Elisa y yo recluidos en el Arca de Noé y rodeados de unos cuantos bichos que, la verdad, no me molestan. Lo único importante es que llueve, llueve sin cesar, tormentosamente, a raudales. Las nubes se han solidificado en un espeso techo gris del que no deja de manar agua y Elisa y yo dejamos que todos los animales se mueran de hambre porque vivimos exclusivamente entregados a nuestros juegos sexuales.

Sin embargo, el cielo es de un azul intenso que resquema. Hiervo. Le he dicho a Elisa que no puedo más y hemos decidido separarnos. Regreso a casa de mi madre, al "ya te lo decía, Ernesto, ya te lo decía". El tiempo pasa y sigo pendiente de los pronósticos metereológicos y paso las horas mirando el barómetro de castaño que cuelga de la pared del comedor, sobresaltándome con cada oscilación.

Hace poco he conocido a Sofía. Hermosa, tranquila e inteligente. Sexualmente, normal. Sin embargo, sólo soy capaz de hacer el amor cuando llueve, como si Elisa se viniera sobre mí con cada gota de lluvia.

Clelia Antuña Frías   

¿Quién te ha dicho que roncas?

Cuando ella se propuso no preguntarle nunca quién le había dicho que roncaba, era sincera. Gozaba tanto de aquel súbito cambio hacia la ternura, que no estaba dispuesta a estropearlo por culpa de los celos. Y eso que era celosa, muy celosa. Y además estaba convencida de que se lo había descubierto otra mujer, con la que se había acostado.

A pesar de aquel propósito, pasados cinco meses, se lo preguntó. ¿Por qué? Porque los celos la carcomían; porque necesitaba que él le contestara que no había dormido con otra; y sobre todo porque la ternura de él no duró ni cinco meses. Volvió poco a poco a ser el egoísta de siempre, hasta el punto de que una noche le dijo:

-Joder, chica, si yo ronco tanto como tú, no sé cómo lo soportas, porque esto es insoportable.

O sea, que volvía a la tortura de todas las noches, pasada la dulce y efímera tregua.

Sí, volvía, pues pocas noches después la despertó zarandeándola violentamente, como antes.

-¡Marta, Marta, deja de roncar, coño, que me desesperas!

Sí, volvía. Y ella volvía a callar sintiéndose culpable, a pesar de que él también roncaba, y además sabía que roncaba. Tenía que resignarse a vivir una vida al diez por ciento, como se decía a sí misma. Frente a un noventa por ciento de egoísmo, frialdad, mal humor y reproches, tan sólo un diez por ciento de ternura. Esa era la proporción de su matrimonio casi desde la luna de miel, sólo trastocada por la tregua.

Ni siquiera ella misma sabía que ya había tomado la decisión de preguntárselo. Con femenina astucia esperó a uno de los pocos momentos débiles de él, aquellos raros momentos en los que se sentía querida y lo notaba vulnerable.

-¿Con quién dormiste aquellas noches?

-¿Qué dices?

-¿Quién te dijo que roncabas?

-¿Quién iba a ser? Mi compañero de habitación. Pablo Roca, un catalán. Nos tocó juntos por un sorteo de la organización.

-No te creo. Dime la verdad. A que fue una mujer.

-Fue una mujer con un bigote de dos palmos llamada Pablo Roca, catalán, moreno y peludo.

-Júramelo.

-Pero, Marta, no me seas ridícula. A esta alturas...

-Júramelo por la salud de tus hijos.

-¡Hala!, además por la salud de mis hijos. ¡Con qué tonterías me sales ahora!

-Vale, ya sé a qué atenermme. No lo juras porque no eres capaz de jurar por la salud de tus hijos sabiendo que mientes. A ellos por lo menos les quieres.

-Y a ti también. No seas tonta, Marta.

-Tonta o no tonta, el caso es que tú no juras.

-Está bien. Te juro por la salud de mis hijos que quien me dijo que roncaba fue Pablo Roca, de sexo varón. ¿Vale con eso?

Ella se quedó verdaderamente sorprendida mirándole a los ojos a la vez que se le soltaban las lágrimas. Él sonrió incómodo, apartando la mirada como si mintiera. Pero ella estaba completamente segura de que no mentía.

Sin embargo, era cierto que mentía. Por eso apartó la mirada. No había jurado en falso, porque realmente fue Pablo Roca quien le dijo que roncaba. Formalmente, había dicho la verdad. Pero si es que el mundo se rige por implacables designios divinos ante nuestras culpas, los niños enfermarían. Es hipócrita decir la verdad en lo superficial mientras se miente en lo profundo. Durante aquel congreso de Mallorca durmió en la misma habitación que Pablo Roca, pero tuvo una amante de un día, el último precisamente. No asistió a la ceremonia de clausura porque había alquilado un coche y pasado el día con ella cerca de Formentor, en una cala solitaria de aguas cristalinas.

Marta se quedó tranquila gracias al juramento terrible y falso. Ahora ya era tarde para remediarlo. Sólo cabía esperar que el mundo fuera en realidad tan caótico como parece, sin ley alguna de Dios o del destino que se vengue de los violadores de juramentos.

Julio Arbesú Rodríguez   

*-*-*-*

"Hay un tiempo para todas las cosas bajo el cielo". Cómo le gustaba aquella frase de la Biblia. Cómo deseaba que fuera cierto, levantarse una mañana y descubrir que estaba donde siempre había querido estar. Mirar por la ventana y sentir que todo era bello, que el día recién inaugurado encerraría en su vientre un gozo definitivo. Mirar su casa y que cada cosa estuviera en su sitio. Mirarse hacia dentro y constatar que su alma estaba allí fragorosa y cálida como una paloma de Abril.

No sabía cómo había llegado a ese punto, pero su alma, su vida y su casa estaban regidos por el caos, por una peligrosa entropía que escoraba, a menudo, en el vértigo. Por eso aquella Semana Santa decidió que no iban a hacer ese viaje al sur. Ya se lo podía imaginar: la autopista atestada de conductores estresados, su propio precipicio queriendo buscar contra reloj, algo, no se sabe qué suerte de atardecer o playa donde hallar una paz que no llegaría. Su marido no lo entendió:

-Pero bueno, mujer, te pasas todo el año queriendo viajar y ahora que podemos no quieres. La verdad es que llevas un tiempo muy rara... ¿qué te pasa?

Pero Victoria no sabía lo que le pasaba. Sabía que no estaba haciendo honor a su nombre porque la derrota se instalaba cada día un poco más en su pecho.

Quiso irse a un monasterio, sola. Escogió uno en Toledo, los monjes abrían sus muros llenos de historia a los viajeros que, como ella, buscaban otra cosa. Allí empezó a recordar quién era o más bien quién quiso ser. Aquella habitación blanca, aquella austeridad, el olor a incienso. Sabía que allí estaba todo lo que había amado. El espíritu tangible de un hombre que lo había sido todo en el pasado pero al que había renunciado para siempre.

Según pasaban los días se encontraba más a gusto entre aquellos muros, en el pequeño jardín, en la capilla y su luz como irreal. Apenas se cruzaba con los monjes a la hora de comer y en las misas; los otros huéspedes tampoco tenían ganas de conversación, como ella. Y, de pronto, aquella semana se convirtió en quince días y luego un mes. Su marido no dejaba de llamarla por teléfono:

-¿Cuándo vas a volver?, ¿te encuentras bien? Me tienes preocupado.

Victoria no quería irse, día a día notaba que le iba creciendo como hiedra un calor muy cercano a la felicidad. Se cortó el pelo, dejó de pintarse los ojos, cada día necesitaba comer menos para alimentarse. Se prometió a sí misma no volver a hablar con nadie si no era estrictamente necesario. Crecía en el silencio. Todo estaba en el silencio, todas las respuestas, su vida entera. Su viejo amor. Todo el amor.

Cuando pasaros tres meses y su marido vio que ya no quería ni ponerse al teléfono, fue a buscarla. Estaba irreconocible: delgada y blanca como un espectro, los ojos hundidos y con una luz que le dio miedo.

En cuanto llegaron a casa, hizo que la viera un médico. Pero ya nunca más la recuperó, Victoria vivía en el silencio. Fue, ya para siempre, silencio.

Ana Rosa Fernández Pérez   

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