TALLER LITERARIO CAUCE DEL NALÓN  mes de ABRIL  a/1


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I. Enciende esta cerilla y cuéntanos lo que ves dentro

    Todo comenzaba cuando, después del silencio iniciático, alguien encendía una cerilla de madera de palo largo y ponía en relación su llama con la vida que se estira, siempre a punto de romperse, entre dos noches eternas. Mientras se consumía el fuego de aquellos instantes, debíamos escribir todo lo que se nos pasase por la imaginación, cualquier cosa por absurda o insignificante que nos pareciese... los textos que siguen explican aquella extraña experiencia.

Es corta y quema

Contaros lo que piensa Mercedes me resulta fácil, porque es alguien a quien conozco muy bien. Ella está quemada, tan quemada como hace tres años en este mismo lugar, en un taller como éste y con el mismo maestro. No puede olvidar la frase: la vida es un breve fogonazo entre dos oscuridades eternas. Ahora con la cerilla encendida en la mano, cierra los ojos, como la vendedora de fósforos del cuento infantil. Pide un deseo: dar marcha atrás y cambiar parte de la historia de aquel primer taller.

El maestro colocaba en cada mesa un diccionario que los alumnos abrían señalando con el dedo una palabra al azar; con ésta y las tres siguientes tenían que elaborar un texto. Mercedes anota: botonadura, botor, botuto y boudoire. Lee la definición de botor, le da un respingo y lo tacha todo. Hace trampa. Vuelve a intentarlo y, ahora sí, encantada, anota: vid, vida, vide, vidente. Y escribe: "Es evidente que no quiere complicarse la vida". El texto quedaba resuelto.

Mercedes abre los ojos. Con tanto cuento se le va el santo al cielo y la cerilla está a punto de quemarle los dedos, sin tiempo para ocurrencias literarias. Entonces, con cara de pánfila, sólo atina a escribir: "Es corta y quema".

Su primera intención fue obedecer literalmente, como había hecho tres años atrás con las cuatro palabras que el azar eligió y que dieron pie a un relato premonitorio de lo que hoy es su frágil presente. Pero salta la chispa. Mercedes es díscola. Como por arte de magia, la literatura le ofrece una segunda oportunidad. Rompe las normas. En esta ocasión desobedece al maestro, que será "benigno" con ella. Tacha lo anotado y escribe: "La cerilla es un breve fogonazo entre dos oscuridades eternas que enciende la hoguera de la vida...". Mercedes necesita tiempo.

Mercedes Pérez Gómez  



Explicación-monumental-cañones-ciervos

Olía a chocolate en polvo y a madrugada. Eran las siete y ya no notaba el resquemor de las legañas parásitas en los ojos. Subía, lentamente, por la calle mientras las sombras producidas por la luz de las farolas reptaban en silencio intentando alcanzarle, pero sin conseguirlo jamás, porque en el punto justo donde le podrían haber tocado desaparecían para volver a nacer luego un par de metros más atrás. Al final de la calle, estrecha y empinada, un frío amanecer despuntaba. El azul, todavía oscuro, era también intenso y de primaveral precocidad. Un vehículo le deslumbró por un instante y agredió la trayectoria de las sombras habituales, que se desplazaron hacia un lado, y la manifiesta oblicuidad de la luz interina las transformó en lejanas figuras. Salpicado por esos rayos descarados tuvo que cerrar los ojos un momento y cuando se hubo recobrado notó que ya estaba en la parada del autobús.

Ésta es la explicación monumental sobre su presencia allí a aquellas horas. Cañones y ciervos no pueden tener sitio en la descripción del paisaje rutinario que le habría de quemar la retina durante los siguientes treinta años, hasta la jubilación, porque le quedaban tan anchos a la vida corriente como estrechos a la literatura.

Francisco J. Lauriño  

Introito

Me ha encantado la noticia,
había sido una grata experiencia
ahíta de humor y de ciencia
literaria. Gracias por la primicia.
Me entusiasmó con avaricia
la idea de hacer acto de presencia,
no se puede obviar esta vivencia
por mor de olvido o de pigricia.
Así que brindaré de buena mesa
comenzando este soneto del revés,
un poco a modo de corolario.
Dispongamos la mente a la empresa
y que sea bienvenido, pues,
este segundo Taller Literario.

I. La vida

Amanece, que no es poco,
y con el crepúsculo de la tarde
se va extinguiendo una llama
de una joven vida que arde.
Amanece con luz cegadora,
mas de ese fósforo menguante
crecen ardientes sombras
que le van quemando la sangre.
Amanece y amanece
pese a que las llamas yacen,
y es que la pertinaz sombra no puede
con ese afán por quemarse.
Entre oscuridades eternas,
la vida... un solo instante.
¡Pero dame una cerilla, Benigno,
aun cuando pronto se apague!

II. Un fogonazo

Acechaban impacientes, adustos, marcados por la frustración. Eran sus familiares más allegados y debían estar a su lado, deber que llevaban con aceptada resignación puesto que proporcionaba un excelente disfraz para su codicia. La prolongada y recalcitrante agonía del señor Marqués tocaba a su fin. El galeno vaticinó, con un gesto de cabeza, lo que ya era inevitable. Procedieron con extraordinaria diligencia en las exequias y, una vez formalizadas, acudieron con presteza al testador ilusionados e ignorantes.

Ilusionados por cuanto que, mal que bien, alguna pequeñez heredarían que pusiera fin a sus miserias.

Pero ignorantes de que el abuelo hubiera dilapidado casi toda su fortuna en casas de juego y mancebías, empeñando sus últimos bienes y posesiones en arañar hálitos de una vida que se le escurría entre las manos como un jabón recién usado.

III. Entre oscuridades eternas

A sus mientes le vinieron miserias y desgracias, mientras se aferraba a la endeble y escasa realidad. Porque no tuvo suerte para nacer, ni para huir ..., ni siquiera para ver la tierra prometida.

Aterido y exangüe, con la negrura de la noche acosándole por todas partes, aún estalló en multitud de gestos inconscientes, desesperados ..., antesala de un último suspiro.

Sus lágrimas se confundieron con la inmensidad marina, pero su cuerpo inerte pudo ser localizado gracias a los menoscabados harapos que quedaron enganchados a la tabla, el único testimonio de la desaparecida patera.

Pedro Gutiérrez Fernández  



Matamos a aquel gato porque sí, porque podía ser divertido; porque Alberto y yo nos aburríamos...

Los gatos tienen sus bocas abiertas, inmensamente abiertas. Los colmillos, tatuados de sangre; el pelaje, enfermo; la cola, desafiante. Los gatos me miran fijamente. Ojos brillantes, cinegéticos. Aparecen y desaparecen alternándose en un vaivén diabólico. Y yo estoy en la cama, expuesto, sin estatura. Me atacan.

Treinta años así, noche tras noche. Desde que Alberto y yo matamos a aquel gato por aburrimiento. Por eso hoy he llamado a Alberto.Treinta años sin hablarnos.

Él no sueña con gatos salvajes. Él no sufre su violencia. Yo sí. "Estás loco", me dice. Casi de inmediato le cuelgo. Solo. Así ha de ser.

Hoy no voy a trabajar. Tengo el rostro cubierto de arañazos. Antes, sólo las piernas o los brazos. Ahora mis facciones se borran, se disuelven en mi propia sangre.

Me arrojo al coche y regreso al lugar donde ocurrió todo. ¿Qué hicimos con el gato? Recuerdo que Alberto se fue a casa. Poco después volvió con una caja metálica, oscura y pesada. "Aquí guardaba antes mi padre sus herramientas", explicó. "Será su ataúd". Arrojamos la caja al río. Se hundió rápidamente y el gato quedó desamparado bajo el agua.

Me meto en el río. El agua me bate con fuerza, agresivo. Pronto tengo todo el cuerpo helado. Encarando a la corriente me acerco al puente desde donde lo tiramos. Por más que miro al fondo, no veo nada. Me hundo, palpo los cantos con las manos, tanteo el terreno ansioso, hambriento, lleno de miedo. La toco. Sí, es la caja. El estómago se me retuerce y la saco a la superficie.

No sé cómo regreso a la orilla (¿estuve a punto de ahogarme?). Sobre la hierba observo la caja oxidada, mordida por el agua y por el tiempo. No la abro. La introduzco con cuidado en el maletero del coche y nos vamos.

El calor de la casa me reconforta. Y el de la caja. La noto tibia y latente bajo mis manos. La envuelvo en una manta y la pongo bajo la cama, cerca.

Estoy cansado. Me tumbo. Pronto llegará la noche.

Llegó desquiciado, ciego. Se metió en el agua y no sintió el río. Se hundió imaginando la caja que no veía, que no encontraba por ninguna parte. "Tiene que estar aquí, no puede haber desaparecido", se dijo. Se hundió una y otra vez, recorrió una y otra vez la intimidad del cauce y desnudó su fondo. "Se la ha llevado", sentenció finalmente.

Salió del agua dejando un rastro de sangre. Subió al puente y miró al río. Alberto se dejó caer.

Clelia Antuña  

Ilusión, tránsito, delincuencia, tambores, tránsito de nuevo, crimen, disimulo, pacien...

Os juro que fui legal. Llevaba un rato pensando sobre qué pensar cuando tuviera la cerilla encendida entre mis dedos, pero durante los pocos segundos que duró su llama, quizás por el poder del fuego como símbolo en nuestro inconsciente o por la fuerza del tiempo que se escapa, conecté con mi zona sumergida por vía directa, sin interferencias, y extraje de ella estas palabras: ilusión, tránsito, delincuencia, tambores, tránsito de nuevo, crimen, disimulo, pacien... Así, con la palabra "paciencia" cortada por la muerte de la llama.

Ahora tengo que asumirlas, para lo bueno y para lo malo. Puede ser que si hiciera cien veces este ejercicio de la cerillita, salieran de ahí dentro otras muchas palabras de todo tipo y color, porque mi inconsciente soporta más de cuarenta años de vida muy variada. Pero las que me salieron aquí, ante la presencia de todos vosotros, fueron precisamente éstas, y me siento como si tuviera que dar una explicación por algunas de ellas, como crimen o delincuencia.

Más bien me siento como un espía introducido en las filas del enemigo que, hablando en sueños, se delata. Porque el inconsciente no sabe mentir, y una de las mayores necesidades del ser humano es la de mentir. ¿Quién puede vivir sin mentir? Revelar toda la verdad es obsceno. Mintamos, amigos, pero, eso sí, no demasiado, porque si mentimos demasiado no nos creerá nadie, y ¿quién puede vivir sin que nadie le crea?

Julio Arbesú  

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