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Caracas, Venezuela.

VIDA RETIRADA


   íQué descansada vida 

la del que huye del mundanal rüido, 

y sigue la escondida 

senda por donde han ido 

los pocos sabios que en el mundo han sido! 

   Que no le enturbia el pecho 

de los soberbios grandes el estado, 

ni del dorado techo 

se admira, fabricado 

del sabio Moro, en jaspes sustentado. 

   No cura si la fama 

canta con voz su nombre pregonera, 

ni cura si encarama 

su lengua lisonjera 

lo que condena la verdad sincera. 

   ÀQué presta a mi contento 

si soy del vano dedo señalado? 

Àsi en busca deste viento 

ando desalentado 

con ansias vivas, con mortal cuidado? 

   íOh monte, oh fuente, oh río, 

oh secreto seguro deleitoso! 

Roto casi el navío 

a vuestro almo reposo 

huyo de aqueste mar tempestuoso. 

   Un no rompido sueño, 

un día puro, alegre, libre, quiero; 

no quiero ver el ceño 

vanamente severo 

de a quien la sangre ensalza o el dinero. 

   Despiértenme las aves 

con su cantar sabroso no aprendido; 

no los cuidados graves 

de que es siempre seguido 

el que al ajeno arbitrio está atenido. 

   Vivir quiero conmigo, 

gozar quiero del bien que debo al cielo 

a solas sin testigo, 

libre de amor de celo, 

de odio, de esperanzas, de recelo. 

   Del monte en la ladera 

por mi mano plantado tengo un huerto, 

que con la primavera 

de bella flor cubierto 

ya muestra en esperanza el fruto cierto. 

   Y como codiciosa 

por ver y acrecentar su hermosura, 

desde la cumbre airosa 

una fontana pura 

hasta llegar corriendo se apresura. 

   Y luego sosegada 

el paso entre los árboles torciendo, 

el suelo de pasada 

de verdura vistiendo 

y con diversas flores va esparciendo. 

   El aire el huerto orea, 

y ofrece mil olores al sentido: 

los árboles menea 

con un manso rüido, 

que del oro y del cetro pone olvido. 

   Téngase su tesoro 

los que de un falso leño se confían; 

no es mío ver el lloro 

de los que desconfían 

cuando el Cierzo y el Abregó porfían. 

   La combatida antena 

cruje, y en ciega noche el claro día 

se torna, al cielo suena 

confusa vocería, 

y la mar enriquecen a porfía. 

   A mí una pobrecilla 

mesa de amable paz bien abastada 

me basta, y la vajilla 

de fino oro labrada 

sea de quien la mar no teme airada. 

   Y mientras miserable- 

mente se están los otros abrasando 

con sed insaciable 

del peligroso mando, 

tendido yo a la sombra esté cantando. 

   A la sombra tendido, 

de hiedra y luto eterno coronado, 

puesto el atento oído 

al son dulce acordado 

del plectro sabiamente meneado.

 


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