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Coches
MARÍA MAIZKURRENA
Sólo un 20% de las familias vascas no tiene coche. Es bueno que quien lo necesite pueda tener vehículo propio, pero es malo que tanta gente lo necesite. Eso indica que la gente huye de los transportes públicos o que estos son insuficientes. Un transporte público de calidad, como el metro de Bilbao, atrae a los viajeros. Pero el coche no sólo es un práctico medio de transporte: es el habitante privilegiado de una civilización que, en el caso de América, organiza el espacio pensando en sus necesidades y, en el caso de Europa, le cede el espacio tradicionalmente reservado a los seres humanos.
El coche no es solamente una necesidad real y un bien material, es también una necesidad artificial y un bien espiritual. Es el espíritu de aventura con tracción total, la rebeldía convenientemente encauzada, la distinción suficientemente compartida, la belleza, la seguridad, el peligro o la horterada: al gusto del consumidor. Es la piedra angular de nuestra cultura material y un delator cabal de sus insuficiencias. Las factorías donde se fabrican las codiciadas máquinas van y vienen por el mundo como si tuvieran ruedas, buscando mano de obra barata y flexible. Los vehículos han dejado de ser simples y fiables, como los míticos Ford o Volkswagen de antaño, para ser complicados, sofisticados y frágiles juguetes de alta tecnología. El Ford T puso el coche al alcance de los trabajadores: hoy un trabajador puede tener coche y no tener puesto de trabajo. El derecho al coche está por encima del derecho al puesto de trabajo y el mercado de trabajo es tan grande como el planeta. Allá van las factorías, al sitio donde producir sea más conveniente para que los señores trabajadores, como les llamaba López de Arriortua, puedan seguir comprando coches si consiguen no estar parados durante algún tiempo. Además, tener vehículo propio con frecuencia es necesario para ir a trabajar. También para ir de vacaciones, si uno quiere acceder a esos lejanos paraísos a los que acceden otros miles de ciudadanos en sus imprescindibles máquinas transportadoras.
Nuestro sistema de vida ha reducido el espacio a base de pagarle al coche un peaje demasiado alto, pero ¿quién puede prescindir de él? Ni los usuarios ni la economía. Cuando se venden pocos, las estadísticas tiemblan de miedo. Pero se venden demasiados y el Departamento de Transportes del Gobierno vasco tiene los pelos de punta: Euskadi no se puede permitir 25.000 nuevos turismos al año durante muchos años más. Nuestros sueños ocupan demasiado espacio. Y, encima, contribuyen al calentamiento de la atmósfera. Un futuro atestado de máquinas y ardiente como este verano de pesadilla podría ser el lugar al que vamos, cómodamente sentados en nuestros carísimos coches. Demasiado caros.
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