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SANTA MUJER VERÓNICA

Con estas palabras relata, nuestra Presidenta de Honor y Cofrade Protector, Inmaculada Seguí Carbonell el nacimiento de la Imagen de nuestra Cofradía:

Cuando comenzó nuestra Cofradía, procesionaba con una Imagen cedida por la Parroquia, a la que hicimos un traje. Pero nuestra ilusión era tener nuestra propia Imagen, por lo que después de mucho buscar, nos decidimos por un escultor del que nos dieron las mejores referencias, se trataba de Don Valentín García Quinto, que firma sus obras con el nombre de Albatera. Dicho escultor recibió el título de Hijo Predilecto de su ciudad natal, Albatera, en reconocimiento a su obra en los distintos campos de la creación artística y cultural. Nos trasladamos desde San Juan a dicha localidad, ya en su casa, y tras los saludos correspondientes, pasamos al taller de trabajo, donde tenía verdaderas obras de arte, adquiriendo en nosotros la certeza de que se trataba de un artista en su especialidad. Le expusimos nuestra idea y él aceptó hacernos una Imagen que representara a nuestra Cofradía.

 

Lo primero que pidió, fue que le diéramos las ideas que teníamos de lo que queríamos que fuera nuestra Imagen, pues él tenía en su casa, en depósito, la Imagen de la Verónica de Albatera. Era una Imagen espléndida hecha por él, pero no era lo que nosotros queríamos. Vimos otras Imágenes, pero ninguna correspondía a nuestra idea.

 

En principio, le pedimos que fuera de tamaño natural, pues la que teníamos hasta ese momento era muy pequeña; queríamos que representara a una mujer apenada, pero no tránsita de dolor, ya que no tenía que ser como la Virgen, a la que hay que representar afligida. Queríamos una mujer bondadosa, que se apiadara de un hombre, cargado con una cruz, cubierto su rostro de sangre y sudor, al cual se acerca para ayudarle limpiando su rostro. Que no pusiera ninguna lágrima en su rostro. Le sugerimos que se pareciera a nuestras mujeres, pues la que tenía parecía de raza judía y eso quizás en nuestro pueblo no hubiera gustado.

 

Pasamos a elegir la madera para esculpir la Imagen y como no éramos entendidos, nos dejamos aconsejar, dejando que escogiera la mejor, para realizar su trabajo. La impaciencia y la ilusión, por ver como se iba desarrollando el proceso, nos hizo hacer muchos viajes; en el primero vimos como había empezado, tenía ya diseñados la cabeza y las manos, explicándonos el trabajo a proseguir, pues aunque ya parecía una cabeza de mujer, era una cosa tosca y áspera, muy rugosa, diciéndonos que no nos preocupáramos, que después le daría un acabad blanco, de forma que esa cara y esas manos parecerían reales.

 

Pasó un mes y nuestra impaciencia nos hizo trasladarnos de nuevo a Albatera. Don Valentín no se encontraba en su domicilio, pero su madre, muy amable, nos acompaño al taller y nos mostró nuestra talla. Quedamos anonadados, pues la Imagen que nos mostraba la señora, era una cosa diminuta, parecía la cabecita y el cuello blanco de una muñeca. Le dijimos que era imposible que aquello fuera nuestra Imagen, pero la señora aseguraba que si que lo era y que el verla así, era debido al tratamiento al que se sometía la madera, para ablandarla y hacerla suave, que no nos preocupáramos que cuando viniera su hijo Valentín, el porqué de este cambio. Regresamos a casa muy preocupados, pues no pudimos ver al escultor. Hablamos con él por teléfono y se rió de nuestra preocupación. Pasó otro mes y de acercaba la fecha de la presentación y bendición de la Imagen. Volvimos a ir a ver la talla y entonces si que fue para nosotros una sorpresa. Contemplamos una Imagen como si fuera de carne y hueso, con un realismo impresionante, de tamaño natural, con una cara perfecta, que muchas creíamos ver se parecía a una de nosotras, con un gesto apenado y esos ojos mirándonos, con su cuerpo de mujer y esas manos que son preciosas y que sostienen el paño con el que secó la cara de Jesús, que se abren y se cierran, dejándonos ver su Faz Divina.

 

 

Cuando estuvo terminada, fuimos a por ella y entonces hubo que acoplarle el traje, que previamente le hizo Dña. Josefina Giner (La Judi) y le llevamos a su casa la Imagen, para que se lo hiciera a medida, teniéndola en su casa unos días. Cuando la llevamos al templo, no dejaba de decir el vacío que les había dejado. También tuvimos la confección de un nuevo manto.

Como la Imagen no podíamos estar llevándola y trayéndola hasta el taller de la bordadora, una de sus hermanas, subida en una mesa hizo de maniquí para ajustar el traje y el manto de la Imagen. Esto es una pequeña anécdota, de las muchas cosas que podrían escribirse.

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