Nació  en Santa Eulalia de Sorribas, Concejo de Tineo (Asturias) el 1 jul. 1723, de una familia acomodada, descendiente de hidalgos. Sus primeros años de estudio los pasó en Santillana del Mar, donde tenía un tío canónigo de la Colegiata. A los 15 años de edad regresó a las tierras asturianas y continuó en Cangas de Tineo ( hoy Cangas del Narcea ) sus estudios, que habían comenzado en Artes y finalizaron en Leyes.

En 1745 terminó la carrera de Derecho y comenzó a ejercerla con gran éxito y rápido prestigio. Perfecciono sus conocimientos de latín, griego y árabe, de los que tradujo algunas obras y llegó a ser Doctor en Letras Clásicas, Historia y Jurisprudencia. A los 24 años, publicó su primera obra histórica: Disertaciones históricas del Orden y Caballería de los Templarios, dedicada al rey y donde aparecen fijadas sus ideas regalistas que explayaría con motivo del Concordato de 1753. En 1748 fue nombrado académico de la Historia, donde participó en la colección de los códices escurialenses del Concilio de España y disertó sobre Las leyes y el gobierno de los godos de España. El prestigio adquirido ante los ojos del rey, le valieron el nombramiento de fiscal del Consejo de Castilla (1762), primer cuerpo del Estado y órgano esencial en la vida política. En el cargo de fiscal, Campomanes tuvo- que informar de algunos acontecimientos famosos del reinado de Carlos III (expulsión de los jesuitas, causa formada al obispo de Cuenca y la llamada del «monitorio de Parma»). Secundó a Aranda en la decisión de expulsar a los jesuitas y advirtió del peligro que significaba el aumento de, manos muertas en su escrito Tratado de regalía de amortización (1764).

Los cargos y honores se suceden; en 1763, miembro de número de la Real Academia Española; en 1772, caballero de la Orden de Carlos III; en 1774, director de la Acad. de Jurisprudencia La Concepción; en 1780 recibe el título de conde; en 1782, ministro gobernador del Real y Supremo Consejo de la Mesta. Es ante todo un político, un hombre ilustrado, profundamente preocupado por el estado económico y social de su patria, a la que quiere transformar; un acérrimo regalista que, desde la fiscalía del Consejo, señala al Gobierno la política a seguir en materia eclesiástica. En sus escritos económicos busca el bienestar material de la nación, proponiendo un plan de reformas que es, en resumen, el programa político del despotismo ilustrado. Impulso las Sociedades de Amigos del País para tender a la solución de cuantos problemas planteaba el progreso, desde la perfección de la enseñanza técnica, agricultura, etcétera, hasta la beneficencia pública. La profusión de los discursos de C. sobre todos estos temas da una noticia clara de sus preocupaciones. Con la muerte de Carlos III se inició su eclipse, aunque por unos años continuó en el gobierno de Carlos IV.

Decadente de salud, las intrigas cortesanas de Carlos IV, le fueron exonerando de sus cargos y como paliativo y agradecimiento a los servicios prestados se le designó Consejero de Estado vitalicio, con los emolumentos que hasta entonces percibía. Y casi ciego, falleció en Madrid, el 3 de febrero de 1802.

El 18 de abril de 1991, se le tributó un publico homenaje en la villa de Tineo, levantándose un busto en su memoria.

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