Juan José López Gutiérrez
Doctor en Derecho
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- Pigmalión esculpió en piedra el cuerpo de una mujer a la que llamó Galatea y le salió tan hermosa la escultura que se enamoró de ella, por lo que pidió a Afrodita que le infundiera vida, a lo que la diosa accedió, y pudo unirse a ella y de ella tuvo hijos...
Este mito, que parece un bello cuento menor, refleja
algo más profundo que es el sentimiento del hombre primitivo
en relación con la piedra, en la cual se encarnaba el
espíritu, la vida -el espíritu que anima la vida y la
naturaleza-, en la Prehistoria. Es más, las piedras son los
huesos de Gea, la Madre Tierra.
Una afirmación tan extraña y rotunda
requiere explicación y comentarios, glosas y exégesis
que podemos encontrar en la mitología.
El término griego hieros significa "sagrado"
y litos, "piedra". Sacralizar algo
implicaba tabuarlo, impedir su contacto, por el peligro que
entrañaba para el grupo, siendo la muerte, las divinidades y
la sangre menstrual sus mejores exponentes. Los reyes eran sagrados,
antes de divinizarlos, y no podían ser tocados -aún
sigue la prohibición con el mikado japonés- no
sólo porque cualquier daño que se le ocasionara
repercutiría en un mismo perjuicio para su propio grupo ya que
en él se encarnaba el espíritu de los ancestros, sino
porque el poder que le daba su carácter sacro podía
poner en peligro a los que se le acercaran. Nolli me tangere, dijo
Jesús a su madre María y a Magdalena tras haber
resucitado, "no se os ocurra tocarme", pues acababa de regresar del
mundo de los muertos. Moisés estuvo a punto de sufrir un
percance fatal al ver a Yahvé en el monte Sinaí y
Sémele quedó carbonizada ante la vista de Zeus. El tema
es más complejo pero, en relación con el tema que nos
ocupa, baste con esto por ahora.
Dicho lo cual, recordemos varios mitos sobre
piedras:
- Deucalión (el Noé griego), rey de Ftía, y su mujer Pirra repoblaron la Tierra tras el diluvio universal, arrojando piedras hacia atrás y cubriéndose la cabeza (remedando los gestos de la siembra, o para no mirarlas, no fuera que quedaran a su vez petrificados ellos mismos), obedeciendo el consejo de Temis: "arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre", lo cual entendieron que se refería a las piedras de la Madre Tierra...,
no necesitamos interpretar, retorcer, el mito, cuyo texto lo dice expresamente: las piedras son los huesos de la Madre Tierra y, si los sembramos, de ellos renacerán seres vivos.
También lo sabía Cadmo quien,
- al fundar Tebas, sembró en la tierra los dientes (huesos) del dragón Aonia que protegía la fuente Aretíada (la serpiente fue siempre símbolo de la Diosa Madre), al cual había vencido y matado con su lanza, y de esa tierra surgieron ya armados los spartoi ("sembrados") que combatieron entre sí, sobreviviendo los cinco de los que nacieron los cinco linajes de nobles tebanos...,
y los griegos pelasgos, procedentes de Palestina a mediados del IV milenio, quienes proclamaban su descendencia de los dientes (huesos) de la serpiente Ofión.
Ahora entendemos que Rea, harta ya de entregar a su
pareja Cronos los hijos que ella paría para que su padre los
devorara, cuando nació Zeus
- le dio a comer una piedra envuelta en pañales en lugar de su hijo Zeus y Cronos se lo tragó, sin percatarse del engaño.
Informados como estamos ya al respecto, no resulta
extraño que Cronos se tragara la piedra que Rea le dio en el
lugar de Zeus: simplemente le engañó haciéndole
creer que había nacido muerto. Cronos se tragó la
piedra, el engaño, el muerto.
Hasta los evangelistas lo sabían. Mateo en III,
3.9 y Lucas III,8, aseguran que
- Juan el Bautista proclamaba que Dios puede "de las piedras hacer nacer hijos de Abraham".
El escéptico lector puede pensar, y ése es
su privilegio y su derecho, que estas interpretaciones pueden ser
producto de una mente fantasiosa, quizás calenturienta, para
llevarse el gato al agua, retórica poética que puede
ser ingeniosa como metáforas y juegos de palabras, pero que no
tienen por qué ser confirmadas por la realidad
histórica. A eso debo contestar que los mitos durante milenios
han constituido el acervo cultural, el derecho y la moral, y el medio
de comunicación y aprendizaje de las tribus primitivas (hasta
en la Edad del Hierro, incluso hasta nuestros días), por lo
que bien fuera una vivencia mística de nuestros ancestros con
su entorno natural, bien fuera enseñado y aprendido por la
mitología, el resultado es el mismo: que las primeras tribus
sintieron (o aprendieron a ver) latente en la piedra el
espíritu vital.
Es más, en el alma de la piedra está el
espíritu, valga la redundancia, pero no sólo el
espíritu de la piedra sino el espíritu del grupo, de
los ancestros, y de la naturaleza que conforma su medio, pues el
espíritu de las tribus primitivas animistas animaba
-así interpretábamos nuestra realidad, como los
niños, no en vano nuestra mente estaba todavía en una
fase infantil-; el espíritu, digo, daba vida a todo nuestro
entorno natural que incluía no sólo las plantas y
animales, entre los cuales nos comprendíamos, sino
también los ríos, los árboles, la tierra, las
montañas, las piedras...
Si esto era así, no parece que para este viaje
necesitáramos estas alforjas. Si el espíritu animaba
todo -éramos animistas, místicos, y nosotros no
éramos sino parte de ese todo- es natural que se encarnara, o
manifestara, en la piedra pero no sólo en ella sino
también en los árboles, los ríos, las
montañas..., en todo. Pero no. Nuestros ancestros del
Jerolítico asociaron nuestros huesos con las piedras de la
tierra y asumieron que en ellos residía el espíritu
vital, incluso después de muerto. Más aún, era
el espíritu de la vida en el cadáver del muerto el
que hacía posible que el grupo al cual pertenecía
pudiera seguir vivo, el que aseguraba la supervivencia del
clan (de la especie), y que incluso lo revitalizara. Y
esto ya parece demasiado, a no ser que consigamos una convincente
explicación.
La estatua de piedra con cara de mujer, cuerpo de
león alado y cola de serpiente, era la esfinge protectora. El
término "esfinge" es griego pero proviene del egipcio
shesep-ankh, que significa "imagen viva". Imagen viva en la piedra
donde se encarna el espíritu del muerto. Pero esto qué
es? un puro juego de palabras? en qué quedamos? es la piedra
el espíritu del muerto... o de lo vivo?
Ha llegado el momento, para el lector no avisado, de
informarle que para nuestros ancestros el concepto de Muerte es el
mismo que de Vida. Para ellos la vida no acababa con la muerte sino
que era de la muerte de la que surgía la vida. Veamos:
Los ritos son representaciones dramáticas de los
mitos. Pues bien, en los ritos de Atis en Frigia, Adonis en Chipre y
Fenicia, el asirio Tammuz/Dumuzi en Mesopotamia, Dioniso en Eleusis y
como Zagreo en Creta, Osiris en Egipto, y tantos otros más, en
todas las culturas, incluidas las americanas y las asiáticas,
la víctima sacrificada lo era para, troceando su
cadáver, como se hace desgranando el cereal, poder luego
sembrarlo y que de lo enterrado, y podrido bajo tierra, surgieran
nuevas plantas (nuevas vidas), muchas por cada una de las
que previamente tuvimos que enterrar. Obviaremos los detalles, como
el de que hubiera que controlar al público asistente para
evitar que, en el entusiasmo de la ceremonia, o en la histeria
colectiva si se quiere, se autoemascularan para imitar a la
víctima y poder participar activamente en el ritual. Ya he
escrito en algún otro lugar, y no me duelen prendas repetirlo,
que si una cultura es más o menos civilizada según su
capacidad de sacrificio y sufrimiento en beneficio de las nuevas
generaciones, ninguna cultura fue más civilizada que
aquélla en que se realizaban sacrificios humanos, cuando eran
voluntarios. Pero no me voy a explayar. Baste con la idea de que la
muerte sacrificial, ritual, era regeneracional, pues gracias a
ella era posible que siguiera la vida para todos, para el grupo y
para la naturaleza en general.
Y ello nos permite definir lo "sagrado" como
todo
lo relacionado con la muerte, incluyendo la vida en su
manifestación en ciclos estacionales, como ocurría con
los ritos y las divinidades agrícolas, o de todo aquello que
anunciara el (re)nacimiento, como la sangre menstrual. Y como el
demiurgo que hacía posible la regeneración estacional
de la Naturaleza, de las plantas, de los nuevos nacimientos en el
propio clan, era el espíritu del muerto, podemos concluir que
el mundo sagrado, espiritual, era todo lo relacionado con la muerte, el
propio espíritu (del muerto y también,
en general, de toda la naturaleza) y su posterior previsible
(re)nacimiento en nuevos seres vivos en los
cuales se encarnaba. Todo lo cual se significaba con la piedra
erigida en vertical en santuarios donde enterrábamos al
fallecido, puesta en pie como símbolo totémico
-señal de identidad- del espíritu del clan (i.e.:, de
los ancestros) que se (re)encarnaría en nuevos seres miembros
de la tribu, asegurando la supervivencia de su grupo. Importante, no?
E ingenioso, vive dios. La piedra era, pues, sagrada, en especial la
utilizada en rituales (menhires en santuarios) como
representación del espíritu del clan (de los
ancestros). [Cuando escribimos "(re)" lo hacemos para significar que
los (re)nacimientos, (re)generaciones lo serían de la
naturaleza o del clan como grupo colectivo y no como
resurrección o reencarnación del propio individuo
fallecido, lo que sí ocurriría después, en
pretensiones más recientes, vigentes todavía.]
Ya como Homo Sapiens Arcaico, anterior a nuestra
especie, hace más de 200.000 años inhumamos los
cadáveres. Habíamos tomado ya consciencia de nuestra
propia muerte, de la muerte y renacer del Sol en cada día y
del eterno retorno del ciclo estacional, en que la vida aparentemente
muere pero luego renace con nueva vitalidad. E imitando a nuestra
Madre Gea, la Naturaleza, de cuyo vientre en el subsuelo renace la
vida en manantiales, en la vida vegetal de las semillas enterradas,
en los árboles que hunden las raíces bajo tierra, nos
enterramos en su seno para repetir en nosotros el ciclo vital que
aseguraría nuestra supervivencia como una especie
más.
Novare aut perire, "renovarse o morir", dice
mal el adagio latino, cuando lo correcto para nuestros ancestros era
perire ut novare: era necesario "morir para
poder regenerarse".
Ahora ya podemos continuar. El paréntesis era
necesario para aclarar que no se trata de un juego de palabras,
más o menos ingeniosas, con la intención de embaucar.
No. El tema es serio, no retórico, nos iba la vida en ello,
nuestra supervivencia como especie, y de acuerdo con el tema
recuperamos la gravedad.
Así pues, adoptada la piedra como signo, y
símbolo, del espíritu del fallecido, de cuya muerte
dependía la continuación de nuestra vida en nuestro
grupo y nuestro entorno, erigimos menhires de piedra en los
santuarios donde enterrábamos el cadáver, sobre todo si
éste había sido objeto de muerte sacrificial. De paso,
cuando los monumentos se hicieran megalíticos,
marcarían el territorio de la tribu y servirían de
señal para extraños ajenos a nuestro clan, pero
éste fue un valor añadido compatible con su sentido
original de recordarnos el espíritu del grupo (y por lo tanto
totémico).
Por otra parte, si bien el espíritu embargaba
todo nuestro entorno y nuestra vida diaria, no podíamos
sacralizarla por completo en toda nuestra rutina cotidiana, eso nos
habría sobrepasado y bloqueado cualquier actividad, por lo que
tendríamos que limitar la sacralización a momentos
periódicos en los que, mediante el rito, pudiéramos
hacer presente el espíritu de la Naturaleza y el de nuestros
ancestros, que era el mismo, y centrar en ello toda nuestra
atención.
Los griegos, los mesopotámicos, todos, todas las
culturas, hasta los incas del Cuzco, estaban convencidos de que la
vida del ser humano está latente en las piedras, y por eso a
los difuntos se les representaba con monolitos que erigían con
motivo de su enterramiento. Que luego esa piedra sagrada se
esculpiera, como en la isla de Pascua en el Pacífico, para que
se asimilara al muerto -o al ser humano, en general- es un proceso
natural que devino en la escultura como un modo de dar vida al
fallecido. Por eso
- Laodamía dormía con la estatua de su amado Protesilao, que murió el primero en Troya, tal como había sido vaticinado, por haber sido el primero en desembarcar, y cuando quemaron la estatua, ella se arrojó a las llamas para morir con él.
En el origen, pues, de la escul-tura está la
piedra como alma de los muertos. De piedra fueron las primeras
representaciones del espíritu del fallecido, los menhires,
orígenes de las imágenes, pues en las piedras, no nos
cansaremos de repetirlo, se esculpiría su
representación abstracta o teriomórfica, que luego
estilizados, más abstractos, serían obeliscos.
La vida que latía en la escultura de Galatea se
expresa también en otro mito, el de Lelaps y Teumesia, un
perro y una cierva:
- Lelaps, "huracán", era un perro de caza -de Céfalo- en Tebas al que los dioses le habían concedido el don de no fallar jamás alguna pieza. Teu-me-sia (o Alopex-eco) era una zorra que, en Tebas, saqueaba impunemen-te no sólo los gallineros, sino también algún niño cada año, pues los dioses le habían concedido el don de no ser jamás cazada. Azuzaron a Lelaps contra Teumesia. Fue en las llanuras de Tebas. Todo el mundo quiso verlo. Ninguno de los dos podía fallar: Lelaps no podría dejar de cazarla, pero Teumesia no podría ser cazada, qué ocurriría? Por más que co-rrían los dos, cuando Lelaps se lanzaba a su cuello, Alopex le hacía un quiebro en seco y el perro derrapaba con las cuatro patas tiesas. El resultado era incierto y todo-o nada- podía ocurrir. Hasta que en una curva Lelaps la cerró bien y saltó definitiva-mente sobre ella. Ella tam-bién saltó..., y en pleno salto estaban los dos cuando quedaron convertidos en piedra.
Ganaron los dos. El caía encima ya, ella no
había sido cazada. (En otra versión eran un Can y una
Liebre que, glorificados por sus hazañas, se persiguen
eternamente en el firmamento de noche como constelaciones). La
historia de Lelaps y Teumesia es una parábola exquisita y
pedagógica, por más que aparentemente fuera sólo
un elogio hiperbólico ensalzando una estatua
fascinante.
Por lo demás destaca el hecho de que las primeras
estatuillas mágicas con el fin de fertilizar -fueran de
piedra, madera o terracota- eran todas figuras de diosas. Eran
femeninas, sí, con mamas y caderas abundantes, como las venus
ucranianas o las de Obeid, Ur, o las checas de Dolni, de hace
más de 20.000 años, que insinuaban el triángulo
del pubis -demiúrgico, el signo femenino es todavía la
letra del triángulo, la delta griega D- para que, clavadas en
el suelo, por magia de contacto, simpática o mimética,
hicieran fértil la tierra donde probablemente se enterraban.
Son femeninas, sí, las estatuillas que se excavan, tanto
más cuanto más antiguas son. Pues
en el origen fue la diosa (Gea) y todo lo
demás se engendró en ella.
Si de piedra era el menhir, también de piedra
eran las tumbas excavadas bajo roca, y de piedra -o madera- era la
barca en que el difunto viajaba al más allá, o la de
Ammón Re hacia su tumba por el Nilo, o las navetas de piedra
de Menorca o la barca de piedra de San Andrés de
Teixidó. De piedra serían, cómo no, las
lápidas mortuorias, y de piedra los kouroi y sirenas que
protegían las tumbas de los muertos.
Por asociación con la piedra y por su mejor
manejo eran de madera los ataúdes, las cajas de los muertos. Y
de arcilla las urnas, en épocas del Bronce, con las cenizas
del incinerado que, volviendo a sus raíces, serían en
todo caso luego enterradas en cámaras subterráneas en
su tierra natal.
Así pues, si sabemos que la piedra (o sus huesos)
es el espíritu del muerto y por lo tanto lo es también
de una nueva vida, no nos extrañará que figuras de
piedra o de barro hayan cobrado vida, además de Galatea...,
como ocurrió con Adán (y de su hueso, Eva) o el primer
hombre a quien Prometeo insufló la chispa del fuego en su
figura modelada de la arcilla.
Porque el alma del fuego, la chispa, está en la
piedra..., como también se encarna en la madera,
pruébenlo, basta con encenderla. Acaso no está viva la
llama del fuego? es por eso que nos fascina? o quizás porque
la sigamos inconscientemente viendo como el espíritu que
reside en la piedra y la madera?
Héracles había prometido a su madre
Alcmena en Tebas que cuidaría de su hermano mellizo Ificles y
que volvería con él de la guerra que iba a entablar
contra los moliónidas de la Elide, pero dado que Ificles
cayó muerto en la batalla, lo incineró para cumplir su
promesa de volver con él a Tebas, lo cual hizo con la urna en
que portaba sus cenizas, para darle sepultura en su tierra
natal,
lo que sugiere que la incineración se instituyera
con este objetivo, el de permitir traer los restos de los fallecidos
en batalla fuera del territorio de su clan. Esto es, que la
incineración pudo ser un efecto secundario de las guerras que
se institucionalizaron -con ejércitos profesionales y caudillo
al mando- en la Edad del Bronce, fechas en que coincide con la
cultura de las urnas con cenizas de los incinerados.
Retomando el tema de la espiritualidad sagrada de la
piedra y la madera en los ataúdes, como las piedras son los
huesos de la Tierra, y como de la tierra también son los
árboles (la madera), donde se esconde la chispa -el alma, del
fuego-, no es de extrañar que los ataúdes, las cajas
sagradas, los "sarcó-fagos" (que comen lo
sagrado, el cuerpo que se encierra dentro) fueran de piedra,
de arcilla o de madera, de acacia o de ciprés, de hoja perenne
como símbolo de la inmortalidad.
Ahora ya podemos entender que el mito nos avise que el
héroe de quien se trate está llamado a regenerarse
(divinizarse, nos atrevimos luego) cuando relate que fue arrojado al
agua en una cesta o caja, como ocurre en el caso de Edipo, de Auge
con su hijo, de Hipótoo, de Pelias, de Anfión, de
Egisto, de Moisés, o de Rómulo romano o del persa Ciro,
todos ellos descubiertos y anunciados por pastores. O la misma arca
de la Alianza que, al contener el dios (el espíritu de su
clan, tribu o pueblo), lo diviniza como sarcófago sagrado, por
más que estuviera aparentemente vacía ya que el dios de
los judíos no podía ser representado. O el arca de
Noé, de la que sobrevivirá una nueva generación,
ésta de todos los seres animados, hecha de madera de acacia
como la barca mortuoria de Osiris. Afrodita encerró al fenicio
Adonis (señor, adonais, Tammuz en
Mesopotamia) en un cofre que entregó a la diosa de la
Primavera, Perséfone, para que lo guardara en un lugar oscuro.
Y eso que Perséfone vivía en el Hades, el más
oscuro reino, subterráneo, el de los muertos.
Más aún: Si el arca sarcófago se
introduce en agua (río, mar...), no es difícil
asociarlo con el líquido amniótico que recubre el feto
del ser que va a ser alumbrado (dar a luz, salir del oscuro vientre de
la madre-tierra). El bautismo era un rito de adopción,
extrayéndose del agua de la que va a nacer al adoptado,
representando su inmersión y salida como si se tratara del
líquido amniótico, y la nueva madre simulará
dolores de parto o realizará un ritual en el que se
hará pasar al adoptando a gatas por entre sus piernas,
institucionalizando de este modo la entrada del nuevo hijo en su
nueva tribu. Por eso
- Peribea simuló dolores de parto en la costera Sición cuando recogió del agua la cesta en que fue abandonado el bebé Edipo.
Ya va casando todo.
Las arcas -cajas, cestas..., de piedra, de arcilla, de
madera- no son, pues, sino el lugar apropiado para que los cuerpos
humanos, enterrados bajo tierra (la redundancia es expresa), puedan
renacer, regenerarse, como lo hacen las plantas y todos los seres
animados, desde el vientre de la Tierra.
- El ateniense Demofonte, rey de Tracia, enloqueció al abrir el cofre que le había regalado su esposa Fílide. De la "caja (el vientre)" de Pandora (la primera mujer, la Eva griega), salieron ("nacieron") todas las desgracias humanas (esto es, los seres humanos). Acrisio encerró a su hija Dánae en una celda bajo tierra, donde Zeus la fecundó con su lluvia de oro, engendrando a Perseo cuya vida salvó su madre Dánae arrojándolo al mar en un arca de madera. Fegeo encerró en un arca a Arsínoe antes de venderla al rey de Nemea. Cicno, llamado así en honor del cisne que le salvó de las aguas cuando al nacer fue arrojado al mar, encerró a su hijo Tenes en una urna que a su vez arrojó también al mar. Cípselo (colmena) de Corinto fue escondido por su madre Lábdaca en una colmena (alacena?) para que no lo mataran, siendo el cretense Glauco re-generado por Melampo desde la tinaja de miel en que se hallaba encerrado (tumbas en forma de colmena las había en Micenas y en Creta). Remedando la muerte sacrificial predictible de su esposo Héracles, Deyanira guardaba en un cofre la camisa envenenada con que habría de incinerarle, por lo que esta prenda no podía ver la luz del día hasta tanto llegara el momento de vestir con ella a Héracles, cuyo cuerpo abrasado dio nombre a las Termópilas (pasaje ardiente).
También Reo fue expuesta al agua en un cofre por
su padre Estáfilo. Por cierto que arribó a la isla de
Delos donde parió a Anio, primer caso -único?- de un
nacido en Delos, pues en la isla donde nació el dios-Sol de la
luz, Apolo, estaba prohibido nacer, enfermar o morir (dominio
éste de la diosa del Averno adonde la luz no llega
jamás).
Apolonio de Rodas define expresamente a la nave Argos de
los Argonautas como vien-tre de la madre. El ataúd de madera
tomaba la forma de un barco para realizar el viaje a la ultratumba
por las aguas de Caronte (insinuando por tanto un vientre donde poder
re-generarse).
Hay quien dé más?
Pues más todavía: el tributo que los
primeros reyes tenían que pagar por acceder al trono mediante
su unión con la (sacerdotisa de la) diosa, era la muerte
sacrificial (voluntaria y en beneficio de su clan). Ya lo
decía Anquises, seducido con engaños por la diosa
Afrodita: que ya no había remedio, que no podía escapar
de la muerte el que hubiera copulado con la diosa.
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La asociación de la piedra y el árbol no nos parece forzada o gratuita: como la piedra, el árbol era sagrado, y también se detectan en él rasgos ctónicos (subterráneos, del mundo de la diosa, de los muertos), como las raíces, que se entierran. Por eso los primeros santuarios (nemus) fueron bosques naturales. En los totems primitivos egipcios el santuario central de cada nomo era un árbol sagrado. Fueron árboles también los primeros oráculos. El susurro del movimiento de las hojas de la encina con el viento servía de oráculo a los griegos en Dodona y de expresión a los espíritus en Australia, China, Filipinas, Corea... Los miaokia al oeste y sur de China tienen todavía en cada aldea el árbol sagrado (totémico, en que reside por tanto el espíritu de sus ancestros, esto es, el de la tribu). Divinidades con ramas a menudo pueden corresponder a árboles antropomorfizados. Los árboles hacen llover, además de dar sombra y alimento, y madera para la construcción y para el fuego, y para hacer balsas o barcas que nos permitan flotar y transportar sobre las aguas.
Rasgos todos ellos importantes, tanto como para merecer
un par de mitos:
- El roble de los arios, Zeus, y la encina del Mediterráneo, Hera, se unieron en Dodona, y su noche de bodas duró 300 años,
dice el mito, y dice bien, pues los tres siglos XI a IX
en que se fundieron, con graves conflictos, la cultura doria con la
nativa griega, se denominan "oscuros" por la falta de datos que
tenemos sobre ellos, en los que hicieron crisis los -valores-
míticos y sociales de las tribus nativas ante la
imposición del nuevo orden patriarcal.
- Leto, la madre de los mellizos Apolo y Artemisa, se agarró a la rama de dos árboles, el olivo y la palmera, (o dos laureles) cuando le llegó el momento del parto.
Erisictón, hermano de Forbante, fue mortalmente
castigado por la diosa: el motivo y el castigo fueron que
- por haber talado un árbol sin el consentimiento de su ninfa (su espíritu) le entró tanta hambre que no paraba de comer, y comía tanto que terminó comiéndose a sí mismo,
lo que estamos a punto de sufrir si no paramos antes la tala del Amazonas.
El árbol no fue sólo el primer
tótem (después de lo que sabemos no estamos tan
seguros, es posible que el primer tótem fuera de piedra, la
piedra), primer refugio, primer huerto, más tarde primer
fuego, sino que su concepto se mezcló con el del
número, escritura, calendario y alfa-beto (tema este algo
extenso que no podemos desarrollar aquí pues nos
alejaría del que ocupa este lugar). Los regalos de los dioses
nos llegan todavía de los árboles, en la
Navidad.
Y nosotros, perplejos por nuestro origen, durante mucho
tiempo seguiríamos presumiendo -seguimos todavía- de
nuestro árbol genealógico o hablando
de volver a las raíces como metáfora de encontrar
nuestros orígenes, curioso, verdad?
Nos atrevemos a dar un paso más?: La mirada (del dios)
mata, con-vir-tiéndonos en piedra. Otra frase tan rotunda como
extraña. Y ésta también necesita
explicación. (Damos por conocidos los elementos básicos
de la magia en el mundo primitivo, aunque intentaremos un resumen con
algunos ejemplos. Remitimos, no obstante, al lector a estudios sobre
la magia como los de Malinowski o los de James G. Frazer en su obra
"La Rama Dorada")
Se trataba de predecir las estaciones, los
acontecimientos (o catástrofes) y, previéndolas, las
provocábamos (o nos defendíamos). No importa que
todavía no supiéramos relacionar las causas con los
efectos, nos bastó con crecer en autoestima al creernos que la
Naturaleza nos obedecía, y con ello nos atrevimos a gestas
descabelladas hasta la utopía. Y así, haciendo rodar
aros de fuego, por ejemplo, por la ladera de una montaña,
ordenábamos al sol que se parara en el punto del horizonte en
que llega al solsticio del invierno para iniciar su regreso al del
verano. Se imaginan la emoción, el frenesí, que nos
embargaría cuando en efecto ocurriera, como en efecto
ocurría, que el sol -así lo creíamos- recuperara
su vitalidad tras el invierno gracias a nuestras prácticas
mágicas?
Si la magia fue un hallazgo basado en el error de
asociar los acontecimientos por su contigüidad en un tiempo y
espacio determinados, o por el contacto, o por simple semejanza
(magia simpática, mimética, homeopática: si
similis similem querit, también entonces
similia similibus curantur) resultábamos
vulnerables en las partes del cuerpo en que más claramente se
manifestaba nuestra alma -o espíritu-, como el pelo, nuestro
nombre real que guardábamos en secreto, nuestra imagen, la
huella del pie, o la sombra que proyectaba nuestro cuerpo..., por lo
que la persona sacralizada era transportada -lo es todavía-
con sandalias sobre parihuelas para no tocar la tierra y cubierto
bajo palio para evitar la proyección de su sombra por el
suelo.
La magia nos permitió liberarnos de una actitud
pasiva, sufriente, ante las inclemencias y calamidades naturales de
las que éramos indefensas víctimas, adoptando otra
distinta, arrogante, por la que conminamos a la Naturaleza a
comportarse según nuestros deseos. Fue el grito de "basta
ya!", el "non serviam!" de Luci-fer (el portador de la luz), el "ni
dios ni amo!" de Prometeo, el que nos hizo posible dominarla con la
magia, con la medida del curso de los astros y de las constelaciones
(el calendario), y más tarde con la agricultura y las
canalizaciones.
Pues bien, la representación de un ser vivo (bien
plana, como la pintura, bien en tres dimensio-nes como con la
escultu-ra) nos permitía -o así lo creíamos,
dado el carácter mágico y sagrado con que lo
percibíamos- apoderarnos de su alma. Prueba de ello es tanto
la pintura de Altamira que nos permitió cazar al bisonte, o al
mamut, o a cualquiera que nos pusieran por delante, como la
televisión actual por exhibirse en la cual la gente pierde los
estribos. Y aún sigue vigente el pánico de miembros de
algunas tribus a ser fotografiados o el regusto con que guardamos en
la cartera, cerca del corazón, la foto de la persona
más querida.
Por último digamos que a las "fuerzas naturales"
que queríamos y conseguimos someter las denominábamos
(en griego) daimones y que su
personificación fue fruto del miedo al espíritu del
muerto, pero al ponerles nombre, empezamos con ello a dominarlas. Los
dioses, que creamos a partir de los espíritus, comenzaron
siendo "daimones" y algunos de ellos se quedaron a mitad de camino,
como puras abstracciones, sin llegar a la personifica-ción: la
Violencia, el Miedo, por ejemplo, mientras que la violencia
bélica mereció su personalización en Ares/Marte.
Por otra parte a las divinidades las creamos haciendo divinos
(protectores y oraculares: adivinos) a los
(espíritus de los) fallecidos en sacrificios rituales quienes,
muriendo, se aseguraban la inmortalidad en el espíritu del
grupo. En ese sentido era teológicamente correcto que los
reyes se confundieran con su dios tribal.
(Por cierto que los dioses, al ser inmortales, se quedan
en conceptos huecos, muertos, fríos, mientras que la muerte en
nosotros nos hace vivir con pasión, con emociones, que no
tendrían sentido ni cabida si viviéramos toda la
eternidad. Quizás sea por eso que, aunque
Zeus había sido vaticinado por el oráculo de Temis que un hijo suyo le habría de matar,
él no paraba de copular, como si buscara la muerte desesperadamente, engendrando a quien pudiera destronarle y envidiando a los humanos, que pueden morir y por tanto vivir una existencia real, aunque su muerte sagrada individual les haga realmente inmortales, al lograr con ello que su grupo nunca muera en la vida real, y esto sí que ha resultado un juego de palabras, lindo, verdad?)
Tras estas breves notas podemos ya citar algunos mitos en los que la mirada del dios petrificaba:
- Perseo regresaba con éxito de su misión de decapitar a la Gorgona Medusa, cuya mirada petrificaba (mataba). En la boda de Perseo y Andrómeda, el tío de la novia, Fineo, armó un altercado de resultas del cual Perseo mostró la cabeza de Medusa y quedaron petrificados, además de Fineo, Abaris, Actiages, Agirte, Alciónides, Anfimedón, Anfix, Astreo, Atis, Celedón, Clito, Clitón, Cromis, Dano, Elis, Eriteo, Erix, Etemón, Etión, Flegias, Forfante, Hipseo, Lecabas, Molfeo, Nileo, Pétolo, Polidemón, Tésalo, Toactes...
( Hay quien se refiere al mito de la Gorgona como el
"mal de ojo", la envidia del vecino que te desea algún
daño, y en los tiempos en que éramos animistas
confundíamos la realidad con el deseo, por lo que si te
deseaban algún mal, era como para echarse a temblar)
Recordemos la visión de Yahvé por
Moisés, la de Zeus por Sémele, la conversión en
estatua (de sal, estéril) de la mujer de Lot por volver la
vista atrás, el velo con que deben cubrirse Deucalión y
Pirra para arrojar hacia atrás piedras que se convirtieran en
un nuevo pueblo (litos en griego significa tanto piedra como pueblo),
o la mirada mortal de Orfeo a su amada Eurídi-ce, por haber
querido verla salir del mundo de los muertos, mirando hacia
atrás; o la conversión en pie-dras, por la mirada de
Hermes, de Aglaura, Bato, y tantos más. Como Arsíone
que quedó petrificada al mirar el cadáver de su
enamorado Arcenofonte, o Anaxáreta cuando vio el
cadáver de Ifis. Por no hablar de la mirada mortal de Medusa,
en cuyos pelos de serpientes vio Freud el pánico infantil ante
la primera visión del vello del pubis de la hembra.
Todavía decimos "quedarse uno de piedra" cuando algo
sorprendente nos deja inmovilizados.
Relacionado con lo anterior, la cercanía de los
dioses deriva en maldición: dado que su mirada aniqui-la, su
presen-cia en nuestra intimidad es origen de los males peores.
Véase, si no: asistieron a la boda de Cadmo y Harmo-nía
y recuérdese el horrible futuro de sus cuatro hijas: Agave que
devoró a su hijo Penteo, Ino que se suicidó con su hijo
Melicertes, Sémele carbonizada por la vista de Zeus, y
Autónoe que vió a su hijo Acteón convertido en
ciervo y devorado por sus propios perros; aceptaron la
invitación a la mesa de Licaón y el resultado fue el
Diluvio; acudieron a la comida de Tántalo y ahí
están las historias de pelópidas y atridas que se
peleaban ya en el vientre de su madre; fueron a la boda de Tetis y
Peleo, y allí se fraguó Troya con la célebre
manzana de la Discordia. Sin embargo una vida sin dioses (sin
valores) no merece ser vivida. Lo que pasa es que los dioses se
aburren con los hombres cuando no les pasa nada. De ahí que
nos metan caña, qué sería de nosotros sin
conflictos?
Los arquitectos y sus construcciones, secularmente
aliados con el poder, han dado siempre fe de los valores dominantes
en la sociedad en que han realizado sus trabajos. Sin necesidad de
remontarnos más allá, en la Edad Media (y Moderna) no
podía edificarse ninguna construcción por encima de la
altura de la iglesia, y hoy en día los edificios más
altos son los de las multinacionales, de los Bancos y de las
compañias de Seguros. El término "secular" que he
utilizado no parece correcto, pues su carácter sagrado se
explicita todavía en Roma donde el responsable y encargado de
la construcción de puentes era nada menos que el Sumo
Pontí-fice. Su carácter de sagrado era evidente en la
antigüedad cuando desde los menhires a los dólmenes,
monumentos megalíticos, santuarios astronómicos como
Stonehenge cerca de Londres o las taulas de Menorca, las
pirámides, las tumbas y mausoleos, por no decir todo edificio
comunal, estaban estrechamente relacionados con la muerte. Pero no
nuestra muerte actual que es el fin de la vida, sino la muerte
enterrada de la que surge la vida en su ciclo estacional y que
revitaliza el espíritu del grupo, del clan, de la tribu, de la
especie.
Entendemos que en la Historia se utilice el
término Paleolítico para designar la Edad de la Piedra
antigua, pero preferiríamos -y nos atrevemos a sugerir- que en
la Antropología ese término se sustituyera por el de
Hierolítico, la Edad de la Piedra Sagrada: se
identificaría mejor con los contenidos y objetivos de sus
estudios, al tiempo que marcaría por dónde van -o
deberían ir- los tiros en sus investigaciones.
Por si faltaban argumentos y algún
escéptico no lo tiene claro todavía, recordamos que el
término griego litos significa
"piedra"..., pero también "pueblo".
Otra conclusión inevitable de todo lo expuesto hasta aquí, es que para nuestros ancestros primitivos todo su mundo y su vida era sagrada y espiritual. No hay Historia Sagrada sino que es la Pre-Historia la sagrada. Lo que pasa es que los términos "sagrado" y "espiritual" no tenían para ellos el sentido exultante y poético que les damos nosotros. Lo sagrado era lo impuro, lo tabú, de lo que había que defenderse por su hostilidad, por aplicarse a todo lo relacionado con el espíritu, la muerte, el (re)nacimiento; y el espíritu -que residía en la piedra, en la madera, en el agua, en el aire, en el hálito, l'elan vital...- era malo, era hostil, pues fue creado como proyección psicológica de nuestro miedo al muerto como efecto de nuestros remordimientos que nos hicieron temer que nos habría de castigar (nos exorcizamos de él otorgándole entidad e incluso divinizándolo para convertirlo de hostil en protector). Precisamente por eso, en los sacrificios (originalmente nocturnos) los parientes y asistentes se vestían de negro para camuflarse en las sombras de la noche con el fin de no ser percibidos por el enfadado espíritu del muerto, lloraban ruidosamente para aplacar la ira del difunto (de paso que por magia mimética se forzaría a la naturaleza a llover), al acabar el sacrificio el oficiante regresaba a encerrarse en su casa corriendo que se las pelaba..., etc. Por eso era el espíritu el culpable de todas las desgracias y enfermedades, cuya cura general era mediante exorcismo (para liberar al enfermo del espíritu causante de la enfermedad). Por eso los varones no podían comer habichuelas, porque el espíritu que se aloja evidentemente en ellas (compruébese la ira ruidosa con que escapa de nuestro bajo vientre) no podría re-encarnarse mediante el embarazo, pues era el espíritu (santo, sagrado) el que preñaba a las vírgenes, se llamaran María o no. Y el tabú de esta simiente perduró hasta el siglo IV clásico adne.! por lo que su supresión se celebraba en Atenas con la comida festiva de la Habichuela el día 8 del mes de Pianepsión (octubre) justo antes del ritual del mundo de los espíritus (de los difuntos, de los santos -sagrados-, que es lo mismo, aunque los hayan separado al día siguiente para burlar sus orígenes paganos, o por simple repelús), como celebración del comienzo de la Muerte de la Naturaleza en el invierno. Pero todo esto forma parte de otra historia que no es ahora el momento de contar.
Laodamía, Lelaps, Galatea..., Adán del
barro, Eva de un hueso, Epimeteo de la arcilla en la que Prometeo
infundió una chispa de fuego -la que robó del carro de
Helios el sol o del rayo de Zeus-, las esculturas de piedra que
están vivas, imágenes llenas de magia..., quizás
sea por eso, porque las religiones persiguen la magia, por lo que el
monoteísmo no soporta las imágenes, aunque el
catolicismo las ha recupera-do a través de las numerosas
epifanías y manifestaciones locales de su diosa la Virgen y
Madre María.
En el museo de Corinto vi moverse las correas de cuero
de la falda de un guerre-ro. Debía hacer corrien-te y el aire
las movía. Me acerqué y las toqué..., las
co-rreas no eran de cuero, eran de piedra! Pero yo las vi moverse. Lo
juro por las aguas del Estigia.
(No se citan fuentes ni bibliografía por basarse el estudio en hipótesis personales y en mitos que pueden encontrarse en cualquier manual, no siendo relevante un texto preciso de los mismos)
LÓPEZ Gutiérrez, Juan José. (1994): Los Dioses bajan del Olimpo: Historia de la humanidad a través de los mitos griegos, T. I y II. Centro Andaluz del libro, Sevilla.
LÓPEZ Gutiérrez (Juanjo). (2001 y 2006): Propuesta de una cronología de la Prehistoria sagrada sobre bases arqueológico-geológicas y mitológicas (El migo como Ley y Moral). http://galeon.com/martin-cano/mitocomoley.html
LÓPEZ, Juan José y MARTÍN, María José (1998 y 2004): Una mirada provocatica y femenina a la Mitología como fuente en la ciencia de la Antropología. (Sevilla, España). 7.211/98 (SE). Trabajo presentado en la UNED, Centro Asociado de Sevilla, curso académico 1998/1999 de Psicología. http://galeon.com/martin-cano/mjosemartin.html
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