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Francisca Martín-Cano Abreu
Martín-Cano propone alguas estrategias para
acelerar la transformación de la sociedad y conseguir que la
mujer salga de la subordinación patriarcal en que aún
se encuentra. Entre ellas:
1. Lograr
que las madres occidentales, principales educadoras de sus hijas,
comprendan cuál es el verdadero proceso de adquisición
de los comportamientos diferenciados de cada género y
convencerlas del importante papel que tienen como mantenedoras
inconscientes de la subordinación femenina si no respeta los
derechos sexuales de las niñas.
Porque mientras las madres sigan bajo la influencia de
culturas patriarcales caducas, seguirán promoviendo fuertes
restricciones hacia la castidad de sus hijas, con la excusa de que no
quieren que se conviertan en «ninfómanas». Cuando
con ello les estarán negando, no sólo el derecho a
intensificar su sexualidad como sujeto de placer, sino también
la posibilidad de adquirir verdadera autonomía. Porque,
mientras la líbido femenina sea inferior a la masculina
(dependiente del entrenamiento y de la permisividad sexual desde la
infancia), siempre serán (en general, claro) un «objeto
para el placer masculino».
2. Potenciar la promiscuidad de las jóvenes antes
de elegir y tener pareja (tanto homosexuales como heterosexuales)
para así evitar que surjan los celos.
Puesto que la promiscuidad es genética (ya
sabéis lo que pasa entre las bonobas, que tienen una
sexualidad «insaciable» y «ninfomaníaca»,
y gracias a ello accede al placer sexual siempre que quieren, de
forma promiscua y con una pareja de su elección, tanto del
género opuesto como del propio), hagamos por fin lo que hacen
ellas, sin limitaciones morales, ni religiosas. Si la monogamia
surgió de un régimen familiar en un sistema
jerárquico, en el que el sexo masculino pretendía
ejercer el dominio sobre el femenino, el control sexual deja de tener
sentido en uniones igualitarias. Dado que en las actuales
«familias» de parejas sexuales, tanto homosexuales como
heterosexuales, ambos miembros son trabajadores autosuficientes
económicamente y los mitos románticos del «amor
eterno» han puesto de manifiesto que la monogamia a largo plazo
es causa de problemas, seamos promiscuos. Pero dado que es
difícil ser respetuoso con la promiscuidad e infidelidad de la
pareja, si no se ha mantenido relaciones promiscuas en la juventud,
convenzamos a todos los jóvenes para que se entrenen en la
promiscuidad y en la capacidad de no sentir celos y no reproduzcan el
mismo mito de «amor en exclusiva» a la pareja temporal,
como han hecho las anteriores generaciones.
3. Potenciar la bisexualidad temprana, que
también es genética, tanto en varones como en
féminas.
Dado que si se recibe desde la infancia un fuerte
condicionamiento en ser monosexual, la represión sexual
impedirá convertirse en adultos bisexuales. Sobre todo
potenciar la bisexualidad en las mujeres, puesto que se les
prohibió de manera más fuerte la homosexualidad, con el
objeto de romper la vinculación entre mujeres, causa de su
poder en las sociedades maternales. Así que divulguemos lo que
hacen las hembras bonobas (ya que su conducta da idea de la de
nuestras antepasadas, que debieron de comportarse de forma similar,
como afirma Frans de Waal), para que sirvan de modelos: es la
relación sexual de las hembras adultas la que les sirve para
estrechar vínculos ¡sobre todo con las hembras! Y explica
el poder que llegan a tener sobre los machos (al vincularse
estrechamente mediante el sexo y el acicalamiento). El día en
que la mayoría de mujeres sean trabajadoras autosuficientes
económicamente. Estén unidas en vinculación
horizontal con auténticas compañeras que satisfagan las
necesidades mutuas de afecto, sexuales y de amparo. Camaradas en las
que encontrar apoyo, reconocimiento a la propia valía y darse
aliento mutuo para enfrentarse a las esperanzas frustradas.
Cómplices con las que compartir sensibilidades y pensamientos,
características deseadas y que no se encuentran normalmente en
los varones. Y además colegas en las que satisfacerse
mutuamente las necesidades sexuales. Entonces las mujeres no
tendrán que conformarse exclusivamente con los rudos machos
habituales del patriarcado, con los que han tenido que establecer una
relación heterosexual falta de comunicación. Ni
tendrán que recurrir necesariamente a la prisión de la
institución del matrimonio heterosexual para formar
convencionales familias patriarcales, a cambio de su
subordinación e incomunicación.
4. Mientras tanto divulguemos las soluciones que han
encontrado las parejas actuales, tanto homosexuales como bisexuales,
para que sirvan de modelos.
Por ejemplo, sabemos que las lesbianas deciden abrir la
pareja y tienen esporádicamente otras compañeras
sexuales.
5. Y
recordar las soluciones practicadas por los pueblos patriarcales, a
principios de la revolución patriarcal, como recuerdo de un
tiempo anterior en que la conducta promiscua era lo normal.
Por ejemplo, la promiscuidad sexual se seguía
practicando en determinados días festivos, en las sociedades
patriarcales, en las que imperaba el matrimonio monógamo y la
fidelidad. Y a pesar de que las casadas tenían prohibido el
adulterio (que era castigado de forma despiadada el resto del
año), excepcionalmente al menos una vez al año
podían gozar de todo tipo de conductas deshonestas y
practicaban la promiscuidad sexual religiosa. Además durante
esas fiestas religiosas, los varones se travestían de mujeres
y las mujeres de varones. Y se permitía que las mujeres
mandasen, a lo que los varones habían de someterse. Este
cambio de papeles entre sexos pone de manifiesto además
cuáles eran antes de la inversión patriarcal: recordaba
un tiempo anterior en el que las mujeres habían tenido el
papel que ahora jugaba el varón. Así que ¿por
qué no los imitamos instituyendo por ejemplo un día
para la promiscuidad? Quizás la elección del día
sería cuando se celebren las romerías. De todas formas
es la ocasión en que la sexualidad se desborda. También
se podrían organizar cenas de parejas de amigos, en las que se
juegue al «cambio de parejas», conducta que se ha
practicado en todos los continentes (antes de que el cristianismo
suprimiera tajantemente esa costumbre). Ampliar en
http://es.geocities.com/martincanot/
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Comentario de internauta 1:
Por anónimo el
Wednesday 11 de August 2004, a las 11:02h. CET (#1)
Chiquito enmorbe el de
Martin-cano, ponedmelas calientes, si si todos deacuerdo.
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Comentario de internauta 2:
Más cultura y menos hembrismo
especulativo
Por anónimo el Friday
13 de August 2004, a las 18:08h. CET (#2)
DIFERENCIAS DE COMPORTAMIENTO
7.- La agresividad
La diferencia más
obvia, la más llamativa entre el comportamiento masculino y
femenino es la agresividad. El hombre es más agresivo que la
mujer, como lo son también la mayoría de los machos de
las distintas especies animales. Desde el ratón hasta el
hombre (con muy pocas excepciones), el macho de toda especie es
más agresivo que la hembra. La agresividad tiene una causa
abrumadoramente biológica, no social, como lo prueba el hecho
de que puede anularse o estimularse con medicamentos o drogas (los
neurolépticos la anulan; la cocaína y las anfetaminas
la estimulan). Es verdad que también la sociedad puede
provocar reacciones agresivas. Por ejemplo, la injusticia conduce a
la agresividad. Sin embargo, si la agresividad fuera debida
sólo a causas sociales, es decir, si únicamente
estuviera motivada por aspectos externos, podrían estudiarse
los factores que la desencadenan para acabar con ella.
Bastaría, pues, con evitar a los niños frustraciones
hasta completar el desarrollo de su personalidad para que de adultos
fueran menos agresivos. Sin embargo, se ha comprobado lo contrario.
Esto es, niños a los que en el seno familiar se les da gusto
en todo para evitarles frustraciones, al salir del hogar y
encontrarse con una realidad mucho más hostil, se vuelven
agresivos. Así pues, la agresividad masculina no es social,
sino biológica. Es debida a las hormonas masculinas, sobre
todo, a la testosterona. Y es que, los andrógenos no
sólo poseen un efecto organizador en la estructura interna del
cerebro, sino que tienen también una influencia inmediata
sobre el comportamiento. Por ejemplo, los altos niveles de
testosterona en los adolescentes guardan relación directa con
su excesiva agresividad. Ahora bien, la agresividad no es sólo
cuestión de hormonas. Para poder producir agresividad, la
testosterona necesita un cerebro masculino sobre el que actuar. Si,
por ejemplo, se castra a un macho de rata antes de que sus hormonas
le hayan dado un cerebro masculino, no habrá dosis posterior
de testosterona que produzca la misma agresividad que en un cerebro
masculino. De igual modo, si a una hembra de rata, cuando su cerebro
no ha terminado de madurar, se le aplican dosis anormales de hormona
masculina, se volverá de adulta tan furiosa y agresiva como un
macho. Y lo mismo ocurre con las personas. Una mujer normal no
será jamás tan agresiva como un hombre, aunque se le
inyecten dosis de testosterona, pues su cerebro no está
"programado" para reaccionar ante dicha sustancia de esa forma. En
cambio, a los hombres no muy agresivos sí se les puede volver
más agresivos con una inyección adicional de hormona
masculina.
Así pues, la
testosterona conduce a la agresividad cuando entra en contacto con el
cerebro masculino. Por el contrario, una de las hormonas femeninas
(el estrógeno) posee una acción neutralizadora sobre el
efecto agresivo de la testosterona. No por casualidad, se administra
estrógeno a los presos de conducta violenta, consiguiendo
así una acusada dulcificación de su carácter.
Debido a la testosterona, los hombres son considerablemente
más violentos y asociales en todas las partes del mundo. En
cualquiera de las conductas de marginación social sobresalen
los hombres muy por encima de las mujeres. Del total de detenidos por
la policía, el 88 por ciento son varones. La población
reclusa femenina en España no llega al 10 por ciento. En
Estados Unidos, los hombres cometen el 96 por ciento de los robos y
el 81 por ciento de los crímenes. Es 5 veces más
probable que asesinen ellos a que lo hagan ellas. Sólo en
agresividad verbal se igualan los dos sexos. Los psicólogos
evolutivos han estudiado los homicidios en todo el mundo y han
hallado una pauta consistente: los agresores y víctimas son
generalmente personas de sexo masculino, jóvenes y solteros. Y
es que, desde los 2 años, los niños se muestran
más agresivos que las niñas. Los juegos de éstas
son en su mayoría de colaboración y no competitivos.
Cuando discuten, aunque lo hacen menos que los niños,
resuelven las diferencias con palabras. Los niños, en cambio,
corretean y muestran una permanente actividad. El interés
masculino por mandar y el femenino por mantener las relaciones
sociales son perceptibles desde muy temprana edad. La testosterona
hace que los niños jueguen siempre a enfrentarse. En un grupo
de infantes se perfila una jerarquía que elige con rapidez al
líder y en donde el único objetivo es ganar. La
agresividad del varón, producida por la testosterona, se
canaliza en juegos de acción, peleas, contacto corporal,
competitividad, dominio, liderazgo y un cierto conflicto. Quieren
tener éxito y dominar. Y a medida que van creciendo, juegan de
un modo cada vez más brusco. Los estudios demuestran
claramente que los chicos prefieren la competencia a la
cooperación y las chicas, la cooperación a la
competencia.
Los juegos de las chicas son
más sociales. Juegan por diversión y lo que pretenden
es hacer amigas. Esto se ve también en los animales. A todos
los cachorros les gusta jugar a pelear. Pero cuando cumplen un
año de vida, las hembras empiezan a separarse de los machos y
forman un grupo aparte, en el que practican juegos menos agresivos
que los realizados por los machos. Éstos, a medida que crecen,
empiezan a competir por el liderazgo, algo que les permitirá
perpetuar su código genético. Los humanos, pues, no
hacemos más que repetir los comportamientos de las especies
animales.
El vertiginoso aumento de
testosterona en los chicos a partir de los 10 años hace que se
vuelvan cada vez más agresivos. A partir de esta edad (la
pubertad), las peleas pasan a convertirse en una práctica
habitual de su comportamiento. No es extraño, pues, que el
grupo de edad con mayor tasa de agresividad sea el comprendido entre
los 13 y 17 años. Los chicos de estas edades protagonizan
también los índices más altos de criminalidad.
Después de los 50 años, cuando los niveles de
testosterona van bajando, los hombres se van volviendo cada vez menos
agresivos y más cariñosos. Por el contrario, las
mujeres, al ir disminuyendo sus niveles de estrógeno (con su
conocida capacidad neutralizadora de los efectos agresivos de la
testosterona, presente en pequeña cantidad en todas ellas),
tienden a ser más decididas, seguras y agresivas. Por tanto,
en la vejez, conforme los niveles hormonales de hombres y mujeres se
van asemejando, sus diferencias de agresividad también.
Queda claro, pues, que los
varones (como, en general, todos los machos animales) son por
naturaleza más agresivos que las hembras, lo que tiene una
significación mucho mayor de lo que parece, porque explica en
gran medida la dominación histórica del varón
dentro de la especie humana. Y es que, la testosterona no sólo
estimula en el hombre la agresividad, sino que, además, su
impacto en el cerebro masculino produce deseo de dominación,
decisión y empuje. De ahí que la búsqueda de
poder, de dominio y la conquista de los roles de prestigio, sean
rasgos abrumadora y universalmente masculinos.
Las feministas no
deberían ignorar esto cuando tratan de explicar por qué
la mujer a lo largo de la historia no ha conseguido llegado al poder.
Deberían saber que buena parte de las relaciones que existen
entre las personas se basan en la capacidad que tienen algunos
individuos de influir en la conducta de los demás. Esa
capacidad se denomina "poder" y una de sus formas más comunes
es el "poder coercitivo". El poder coercitivo se apoya en la fuerza y
se basa en la posibilidad que tiene un sujeto o un grupo de ellos de
castigar a otro si éste no se deja influir. Pues bien, no cabe
ninguna duda de que el varón posee un tipo de fuerza (la
física) que le permite ejercer el poder coercitivo sobre la
mujer y colocarse en ventaja para acceder a la conquista del poder
político y social.
Ahora bien, los hombres no
aprenden la agresividad como una táctica de guerra entre los
sexos. Ni enseñan a sus hijos varones a ser más
agresivos; de hecho es al contrario: tratan en vano de que los
niños sean menos violentos. Y es que, la agresividad masculina
supone un problema para los propios varones.
La agresividad, pues, es un
rasgo natural y típicamente masculino, y enfadarse por ello es
tan inútil como enfurecerse porque salga el Sol, por la
existencia de la gravedad o por la presencia del Himalaya.
DIFERENCIAS DE COMPORTAMIENTO
8.-Testosterona y sexualidad
La testosterona no
sólo es la hormona de la agresividad y del dominio, es
también la hormona del apetito sexual, tanto en los hombres
como en las mujeres. Por ejemplo, los chicos, aunque maduran
sexualmente más tarde que las chicas, tienen más
sueños eróticos, se masturban con mayor frecuencia y
tienen relaciones sexuales antes que ellas. Las mujeres, en los
días previos a la ovulación (entre los 18 y 21
días después de la última menstruación),
experimentan un mayor deseo sexual, aumento que viene provocado
precisamente por la producción en sus glándulas
suprarrenales de una pequeña cantidad de testosterona.
ARQUEOLOGÍA (
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