D'oh!: los Simpsons y nosotros

Publicado en Granvalparaíso

ME ENCANTAN LOS Simpsons. Es la serie televisiva que he seguido más fielmente y que en más de una década nunca me ha decepcionado. Comparto el sufrimiento de Lisa al ser incomprendida en un medio ordinario e indiferente. Admiro la estoica labor de Marge como dueña de casa, la brillante astucia subversiva de Bart y, sobre todo, la simple pero a la vez compleja sicología de Homero.

La primera vez que supe de ellos fue en Europa en 1991. Vi unos graffitis de Bart en una muralla y el monito me pareció detestable por la cara de gringo. Luego noté que había toda una serie de merchandising que vendían por doquier, y no entendía por qué tanto ruido por unos monos amarillos con los ojos grandes. Más tarde vi la luz y ante mí se me desplegó el mundo demencial y maravilloso de esta serie televisiva.

La serie es brillante por su coherencia; todos los personajes, hasta el más mínimo, sufre su nivel de locura: el tabernero Moe, adicto a la violencia; Otto, un chofer irresponsable y marihuanero; Apu, un vendedor trabajólico y sin escrúpulos, Skinner, un ex combatiente de Vietnam pero humillado constantemente por los alumnos de la escuela donde trabaja; por nombrar a algunos.

Y el humor no se queda allí: Como todas las buenas obras, su mensaje es fácil de entender y funciona a varios niveles, desde la comedia física (golpes, caídas), los chistes y juegos de palabras hasta sátira o citas de obras más “serias” como las películas de Kubrick o Hitchcock.

Uno de sus puntos más notables es el escaso respeto hacia las instituciones y ciertas vacas sagradas de la sociedad norteamericana: en sus capítulos se ha mostrado a los próceres declarando la independencia en una espectacular tomatera, han hecho bromas con el asesinato de Lincoln, han mostrado al ex presidente Eisenhower en compañía de prostitutas, a Kennedy como un impostor que ahora está en el infierno, a Bush (padre) agarrándose a golpes con Homero, y a Clinton como un irresponsable. Han acusado de nazi a Walt Disney y el millonario Monty Burns comenta en una ocasión que hizo su fortuna denunciando comunistas en los 50.

¿Sería posible hacer algo así en Chile? Imposible. No por nuestra falta de ingenio, que lo tenemos, sino porque en Chile no hay libertad de expresión. Periódicamente se cortan películas en cine y televisión y se prohíbe la venta de libros. Sería muy graciosa una serie televisiva chilena que se riera descarnadamente de nuestra sociedad, con capítulos donde, por poner ejemplos, mostraran a Pedro Aguirre Cerda borracho, a don Arturo Alessandri arrojando a sus ministros por la ventana, a algún personaje, como Burns, que se hace millonario entregando comunistas para González Videla o algunas bromas con la nariz de Frei, el bigote de Allende o la escasa cultura de Pinochet, sin contar todas las yayas de los presidentes de nuestra eterna "transición".

De todas maneras, aprovecho de tirar la idea. Pero no es mi intención amargar la lectura de esta columna haciendo análisis político-sociológicos. Así que volvamos a la estupidez y trivialidad de mis amigos Simpson.

Ellos no sólo hacen uso brillante de la libertad de poderse reír de su sociedad, sino, lo que es más loable, de cómo la gente es capaz de reírse de sí misma. Muchas de las estrellas invitadas al programa se tiran tallas a sí mismas. El astrónomo Stephen Hawking prestó su voz para su aparición en un capítulo, donde se muestra su silla de ruedas como un aparato ultra sofisticado que lo saca de apuros y finalmente se asombra ante la teoría de Homero del universo en forma de rosquilla. Mel Gibson aparece en otro episodio donde un productor comenta que es un actor falso, y donde además se muestra a un humillado John Travolta. Adam West (de la serie televisiva a-go-go "Batman") y Leonard Nimoy (el doctor Spock) han aparecido varias veces como actores decadentes recordando su era de gloria. Y todos ellos prestaron alegremente sus voces para doblar sus caricaturas.

En Chile ¿quién se ríe de sí mismo? Imagínense una serie donde mostraran a un Kike Morandé borrachín o a unas trepadoras hermanas Campos, doblados por ellos mismos. Nuevamente, tiro la idea y a ver quién recoge el guante.

En Chile esta serie ha sido siempre emitida por UCTV. A principios de los noventa la moral era otra y sólo se daba los viernes tarde en la noche pues su contenido era considerado demasiado “adulto”. Algo ha cambiado (la sociedad o los ejecutivos del canal) pues ahora los podemos ver de lunes a viernes en un horario más cómodo. Pero tampoco somos tan distintos: muchas de las escenas donde “Los Simpson” se burlan de la religión son eliminadas.

Pero quizá lo más brillante de la serie son muchos de sus diálogos, muchas veces opiniones irresponsables basadas en prejuicios e ignorancia pero, por eso, graciosísimas y a veces muy sabias: "El alcohol es la causa y la solución de todos los problemas de la vida" (Homero); "Navidad es la época del año en la cual todas las religiones se unen para adorar a Jesús" (Bart); “La guerra no es la solución a nada, excepto para todos los problemas externos de Estados Unidos” (Bart); "Normalmente no soy un tipo religioso, pero si estás allá arriba… ¡Sálvame, Superman!" (Homero); (Mientras ven una película bíblica) “Me encanta Dios. Es el mejor personaje de ficción” (Homero); "Estas nuevas religiones no son más que un lote de rituales y cantos raros, para quitarle el dinero a los tontos. Por eso, recemos la alabanza cuarenta veces, pero antes pasemos el plato para las donaciones" (Reverendo Alegría durante una misa); "Lisa, recuerda que en Inglaterra al elevador se llama ascensor, a la milla se le llama kilómetro y a la intoxicación se le llama pastel de carne" (Marge). Etcétera.

La subversión de Los Simpsons fue luego superada por "Southpark", otra notable serie gringa, que fue exhibida en Chile, pero sacada del aire cuando los ejecutivos del canal que la emitía se dieron cuenta de qué se trataba (abundaban chistes escatológicos y el mismo Jesús era uno de los personajes de la serie). Las últimas temporadas de Los Simpson han visto decrecer su coherencia y calidad pero aún son dignas de verse. Y además ya hay una buena cantidad de capítulos de estos seres amarillos que viven en un pueblo pequeño y en una sociedad sospechosamente parecida a la nuestra, que no pierden ni su vigencia ni el tono ácido de su humor.

Ahora debo dejarlos, pues Matt Groening tiene que entregarme un cheque.

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