PAULA IZQUIERDO

Té de Jazmín

El mejor verano de su vida no había sido hasta entonces ninguno. No creía que hubiera buenos o malos veranos, sino veranos que pasan sin dejar trazos o aquéllos que se imbrican en la vida modificándola de forma irremediable, quizá, definitiva. Éste fue un verano que influyó decisivamente en la naturaleza de su protagonista.

Aquella noche del mes de julio no sabía qué hacer, dudaba entre quedarse a dormir con su amiga o volver a casa. Después de un rato, descolgó el auricular y con la naturalidad que proporciona la costumbre se inventó una excusa para no regresar a casa de sus padres.

Sacha, desde la cocina, le preguntó si le apetecía un té. No esperó a oír la respuesta. Tomar té de jazmín se había convertido en un ritual en las tardes de aquel invierno, cuando se habían hecho amigas. Pasaron los meses y llegó el calor del verano, entonces podían haber cambiado de bebida, pero siguieron bebiendo té sin mencionar la posibilidad de sustituir aquella bebida caliente por algo más refrescante. Sacha se sentó a su lado en el sofá, le sirvió el té en una taza de porcelana esmaltada, dejó caer una pastilla de sacarina, colocó una cuchara de plata sobre la servilleta  de encaje de hilo y se lo ofreció extendiendo su brazo desnudo y delgado. Repitió la operación y, elevando su taza con delicadeza, bebió pausadamente el líquido. A ella le gustaba observarla, mirar cómo Sacha entornaba los labios cuando se acercaba el borde de la taza a la boca y bebía con mano segura; sus movimientos eran pausados, entre lánguidos y elegantes. Tenía miopía y siempre llevaba las gafas puestas cuando estaba en casa. Ella, a veces, le pedía que le explicara cómo veía sin ellas, hubiera dado cualquier cosa por pder mirar como lo hacía Sacha, por notar exactamente la sensación que producía ser miope; observar el mundo distorsionado, necesariamente influía en su relación con las cosas y con las personas; era distinta, pensaba ella. Los ojos de Sacha eran grandes y oscuros, con las gafas puestas parecían desbordársele de la cara. Aquel verano llevaba el pelo recogido con una cinta. La piel blanca y limpia. Las pernas delgadas y el pecho grande. Era reconfortante contemplarla. Vivía sola desde que cumplió los dieciocho años, ella envidiaba su libertad; Sacha era dueña de sí misma. Cuando hubo acabado el té, Sacha, asiéndose las rodillas y aferrándolas contra el pecho, sonrió levemente, miró a su amiga y comenzó a hablar. No sabía cómo explicar lo que tenía que decir, pero era necesario que su amiga conociera la verdad. Así que describió, paso a paso, lo que había ocurrido.

"Han sido tres días frenéticos", dijo al terminar. Su relato se había alargado durante más de una hora. De esta forma su amiga supo que Sacha estaba en peligro, que sus padres habían recibido una carta amenazándoles con secuestrar a su única hija y que el detective que llevaba el caso había observado y seguido a las dos amigas en las últimas semanas. Era tal el parecido entre ambas que el detective había decidido que se intercambiaran la ropa, que se arreglaran de la misma manera, que llevaran la misma vida. Claro que, para poder realizar este plan, Sacha necesitaba contar con el consentimiento y la cooperación de su amiga. La propuesta no era otra que actuar de cebo para los secuestradores.

Todavía hoy no sabe quién es. Todavía hoy, cuando se mira al espejo, a través de las gafas, aunque ya han pasado más de veinte años, se lo pregunta. Aún hoy se viste como aprendió a hacerlo aquel lejano verano. Sus gustos se modificaron, sus movimientos se sosegaron hasta la lentitud. Desde entonces, siempre que pone un pie en la acera no puede evitar buscar los ojos dela gente, escudriñar a aquellos que la observan, antes de comenzar a andar. Nunca volvió a ser la misma. Si es que alguna vez fue alguien.

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