HERNÁN LARA ZAVALA
Con el diablo de su parte
Miriam ya había oído que las pacientes del doctor Martínez Nájera la habían visto después de dar a luz. Algunos pensaban que se trataba tan sólo del efecto del cloroformo, con lo que entonces se las anestesiaba, que lanzaba a las mujeres encintas al despeñadero de sí mismas y que las angustiaba en una prolongada caída llena de alucinaciones y de imágenes disparatadas. Había escuchado también el rumor que circulaba por el viejo Hospital Inglés que se encontraba en las calles de Mariano Escobedo, ahí donde está el Hotel Camino Real, y que entonces se consideraba casi en las afueras de la ciudad. Se lo había contado otra paciente, en la sala de espera del consultorio cuando se enteró de quién era su ginecólogo. "¿Cómo? ¿Te estás atendiendo con Martínez Nájera? ¿Y vas a dar a luz en el Hospital Inglés? Qué valiente". Y entonces le refirió aquello de que con Martínez Nájera había trabajado una enfermera de unos dieciocho años, de ojos color ámbar y de abundante cabello castaño que era conocida por su belleza y por el trato delicado que les daba a las pacientes al aplicar las inyecciones, al medir la presión, al quitar y poner los sueros. "Yo estaba medio adormilada cuando me dijo voltéese que la voy a inyectar, me puso la ampolleta y cuando me volví no lo pude creer. . ." Miriam le preguntó a otra de las enfermeras qué tanto había de cierto en lo que se rumoraba. Ella le contestó que alguna noche había escuchado un llanto en el sótano pero que no se había aventurado a bajar por temor a encontrársela aunque en realidad, que ella supiera, nadie, salvo las que da ban a luz y todas las clientes del doctor Martinez Nájera, porfiaba haberla visto. Pero el caso es que Miriam ni siquiera había sido anestesiada.
Fue un jueves del mes de febrero del 46. Miriam iba a ir con su marido a la Plaza México, recién inaugurada y que venía a sustituir el Toreo de la colonia Condesa, a ver lidiar a Manolete, cuando empezó a sentir las primeras contracciones. Prefirió no ir a los toros y le cedió su codiciado boleto a Jorge, su cuñado, el marido de su hermana, que era un aficionado perdido. Como iba a dar a luz por primera vez en su vida y no sabía lo que le esperaba trató de estar lo más presentable: se bañó, se lavó el cabello, se puso loción por todo el cuerpo y se dispuso a esperar. Cuando Víctor, su marido, llegó feliz de los toros luego de una estupenda faena, a la casa en las calles de Artes, en la colonia San Rafael, hicieron un pequeño veliz, y pasaron por la madre de Miriam, para que la acompañara. Fueron al hospital. Serían cerca de las nueve de la noche cuando llamaron al doctor Martínez Nájera. No estaba en casa, se había ido a una cena y regresaría tarde pero le darían el recado tan pronto volviera. El doctor de guardia auscultó a Miriam. No hay urgencia, dijo. Tanto Víctor como la señora, comentó refiriéndose a la madre Miriam, podían retirarse. El bebé nacería hasta el día siguiente. La calma y la paz que había conservado Miriam hasta entonces se empezó a perturbar. No te vayas, le pidió Miriam a Víctor. Vengo mañana temprano, le contestó él sin dar pie a mayor discusión. Mamá, ¿tú no te quedas? Pero como era otra época y otras costumbres, su esposo intervino: "una vez que nazca el bebé, por ahora es mejor, como recomendó el doctor, que trates de descansar".
Se cambió de ropa, la enfermera en turno le tomó los generales y antes de salir le dijo: si necesita cualquier cosa timbre por favor y vengo en seguida. Salió de la habitación y la dejó completamente sola. Entonces no había televisión, ni interfón para comunicarse con las enfermeras. Miriam vio su habitación: sórdida, vieja, de techos altos, las paredes pintadas de color crema, con muchas puertas y todas muy altas: la que daba al pasillo, la que daba al Jardín, la que daba al baño, al estilo inglés, con perilla sólida y una placa de metal para enmarcarla Los pasillos del hospital eran estrechos, larguísimos: en una iluminación tenue y mortecina. Cuando uno iba a visitar a alguien tenía la sensación de haber ingresado en un laberinto donde sólo se veía una puerta tras otra en un caos informe y confuso. Había concluido el horario de visitas y reinaba silencio sepulcral en el sanatorio. No se le ocurrió otra cosa para mitigar su miedo que ponerse a rezar el rosario. No se pudo concentrar. Oraba mecánicamente. Por una parte las contracciones seguían y por la otra la historia de la enfermera había vuelto a su mente ahora que se había quedado sola. El rumor era que el doctor Martínez Nájera, que era un hombre casado y con hijos, se había enamorado perdidamente de su ayudante. Que con el tiempo se habían hecho amantes y tenían una relación muy intensa. A partir de que ella lo aceptó, el doctor acostumbraba llevarla a todos los viajes que hacía al interior de la república con el pretexto de que iba como su enfermera. Hasta que una noche, camino a Guanajuato, sufrieron un accidente en el automóvil: chocaron contra un camión de redilas estacionado sin luces en el acotamiento. El doctor, que era el que conducía, salió ileso pero a la enfermera, que iba a su lado, se le arrancó la cabeza de cuajo.
Las contracciones la despertaron. El dolor era cada vez más intenso y más prolongado. La fuente estaba rota. No quiso desesperarse. Decidió aguantar. El médico de guardia le había asegurado que el bebé no nacería antes de doce horas así que no tendría mucho caso molestarlo. Recordó lo que le había dicho el doctor Martínez Nájera en cuanto a la frecuencia y duración de las contracciones, los síntomas previos al nacimiento. El dolor fue en aumento hasta que se hizo casi intolerable. Las contracciones duraban ya mucho. Decidió tocar el timbre. Sin bajarse de la cama buscó el cable, cogió el interruptor y se prendió de él como para amortiguar el dolor que con cada minuto se hacía más intenso. Empezó a sudar frío. En lo que le pareció una eternidad oyó finalmente que se abría la puerta y vio entrar a una enfermera. Antes de que dijera cualquier cosa Miriam balbuceó "Creo que ya va a nacer. . .". La enfermera la descubrió: "sí, creo que está a punto. . .", afirmó la misma Miriam. La enfermera se dispuso a ir por el doctor. "No se vaya", le pidió Miriam agarrándola del delantal Y en ese momento Miriam pensó en lo grande y lúgubre del hospital, en todo el tiempo que le había llevado a la enfermera llegar hasta su cuarto, en el dolor, en el miedo y la inseguridad que sentía ahora que iba a tener a su primer hijo. Así que se aferró a la falda de la enfermera y con voz decidida le dijo: "usted no sale de aquí, usted no me va a dejar sola en este horrible cuarto. . . " Y entre el forcejeo y su dolor perdió la sensación del tiempo.
Cuando Miriam se dio cuenta estaba escuchando el llanto de un niño y el doctor Martínez Nájera se hallaba junto a ella mirándola con ojos benévolos y comprensivos. "Mire qué valiente, le comentó él, tuvo un varoncito sin ayuda de nadie. Vine tan pronto como recibí su recado. Ya le llamé la atención al doctor en turno por su diagnóstico desatinado y a las enfermeras por no haberla acompañado". "¿A las enfermeras?", preguntó ella. "Sí, respondió el doctor, cuando yo entré a su habitación usted estaba dando a luz completamente sola".
Página Principal
Descarga zip (word)