JUAN MANUEL DE PRADA, JUAN BONILLA,
ESPIDO FREIRE, IGNACIO GARCÍA-VALIÑO,
NICOLÁS CASARIEGO, LUCÍA ETXEBARRÍA

La impostora

Juan Manuel de Prada
Primero me sacudió una intuición brusca, después la sospecha se fue abriendo camino entre los vericuetos de la somnolencia, ya por último la certidumbre se apoderó de mis sentidos, mezclada de perplejidad y pavor. Aquella mujer que dormía a mi lado no era Adela, aunque sus facciones testimoniasen lo contrario: perduraban en ella la nariz judaica, la boca ancha y quizá demasiado risueña, la frente despejada donde ya se agolpaban las primeras arrugas, la melena rubia y un poco calcinada, pero el olor que impregnaba su cuerpo no era el mismo (apestaba a perfume), tampoco su postura en la cama (bocabajo y replegada sobre sí misma, como un feto) era la favorita de Adela, que solía dormir boca arriba para que sus senos no se deformaran. Quince años de convivencia marital me habían inculcado un conocimiento minucioso de sus hábitos y preferencias: cuando descubrí, a la luz dudosa del amanecer, que la impostora llevaba ropa interior negra (un color del que Adela abominaba, por parecerle en exceso fúnebre o perverso para las intimidades matrimoniales), pegué un respingo y me incorporé de la cama.

La impostora dormía plácidamente, con una respiración casi muda que contradecía la respiración un tanto aparatosa, como de motor diesel, con la que Adela atormentaba mis insomnios. La observé de cerca, y fui hallando otros detalles incongruentes con mi mujer: un resto de rímel apelmazaba sus pestañas (Adela se desmaquillaba antes de acostarse) y un esmalte carmesí incendiaba sus uñas larguísimas (Adela siempre con la lima y el frasco de acetona en ristre). Si el sosiego hubiese acompañado mis pensamientos, habría llegado a la conclusión de que mejoraba con el cambio.
Pero no los acompañaba. Antes de telefonear a la policía o de expulsar a la impostora con cajas destempladas, intenté reconstruir los acontecimientos de la noche última. Habíamos asistido, Adela y yo, a una fiesta bastante petarda y abrevado cócteles de sabor indiscernible.

Juan Bonilla

Ya saben, de esas fiestas en las que siempre te encuentras a algún humanista que te pide opinión acerca del Tercer Mundo con la sola intención de poder infligirte luego su mes de vacaciones de safari, o alguien asalta tu conciencia para pedirte apoyo en la lucha de una asociación de alérgicos que quiere que se les reconozca su derecho a aparcar en los lugares reservados a los coches de los minusválidos. Adela y yo apenas nos separamos mientras resistimos en aquella sala de techos distantes y paredes tapizadas por garabatos comprados con dinero escamoteado al Ministerio de Hacienda. Nos mirábamos de vez en cuando, no sé si para darnos fuerzas o para solicitar socorro. La mezcla de perfumes que había contaminado el aire, empezaba a marearme. Le hice un gesto a Adela para que abreviásemos nuestra estancia en la fiesta, y ella, pidiéndole disculpas a la señorona, collar de perlas estrangulándole el cuello porcino, que estaba castigándola con una ristra de cotilleos a los que ella aseguraba no dar crédito aunque sí les estuviera dando amplificación, se desplazó hasta el cuarto de baño. Debió ocurrir entonces. Mi mujer se retrasaba. Empecé a ponerme nervioso. Temía que se hubiese encontrado con alguno de esos cazamuñecas que abundan por ese tipo de fiestas y estuviese incordiándola con halagos cursis. Cuando Adela regresó a mi lado, casi diez minutos después de haberse alejado, noté un rubor extremado en sus mejillas. Se había recogido el pelo publicando su extraordinario cuello. ¿Nos vamos?, le pregunté. No, me contesto, todavía no. Ésa es de las típicas respuestas que no te extrañaría oír en boca de nadie, salvo en la de Adela. Ella hubiera recurrido a una pregunta para decirme que quería permanecer un rato más en la fiesta. Algo así como: ¿No es muy temprano para marcharnos? o, quizá, ¿no te apetece quedarte un poco más? ¿Te ha pasado algo?, insistí. Necesito una copa, me dijo. Otra frase que jamás pronunciaría mi mujer. Ella prefiere las desviaciones, las confesiones disfrazadas, las peticiones sutiles. Adela me hubiera dicho: ¿No nos vendría bien tomarnos una copa? Sin tratar de disimular la extrañeza con una sonrisa forzada, fui a buscársela.

Espido Freire

Bebió despacio, contuvo la respiración y un escalofrío al reconocer el alcohol, y se alejó de mí nuevamente. Caminó hacia la ventana y retiró la cortina. Llevó de nuevo su copa a los labios. Contemplaba las luces sucias de la noche, los coches que se removían en la calle y que parecían cajitas de juguete en la distancia. Luego giró bruscamente, dejó caer la tela de la cortina y me miró con las cejas alzadas, como si esperara una confirmación, o una pregunta. Me acerqué a ella y deshice uno de los rizos que culebreaban sobre la nuca.
-Me he despedido ya de Juan Luis -insistí-.
-Espera un poco. Susana quedó en que pasaría a recogernos.
-¿Para qué?
-Quiere que nos acerquemos luego por Los Últimos Días.
-¿Hoy? -pregunté- ¿Y por qué yo no sabía nada?
-Pero si ya te lo comenté... Da igual -suspiró-. Ni siquiera sé si iremos allí o no.
Me recliné contra la pared, incómodo.
-No me gustan ese tipo de bares.
-Ya lo sé.
-Dentro de poco te convertirás en la madre de Susana.
Mi mujer ladeó la cabeza sin dejar de sonreír, y saludó con la mano a un conocido que se retiraba ya. Tal vez no hubiera estado en el aseo, tal vez se había escabullido hasta un teléfono y había acordado allí cómo planear el resto de la noche; y Susana, en un gesto de generosidad característico, habría decidido que bailaríamos al son que tocase donde a ella se le antojase.
-No te enfurruñes -dijo Adela, y me propinó una palmadita en la cara-. Para una vez que soy yo la que quiere salir...
-No eres tú, es Susana. Dentro de poco te divorciarás para hacerle compañía.
Adela pareció dudar.
-No sé lo que haré "dentro de poco". De todos modos, tenemos que cambiarnos. No podemos aparecer vestidos así en Los Últimos. ¿Prefieres quedarte en casa?
Meneé la cabeza. Ella fijó de nuevo la vista en algo invisible que permanecía oculto tras la ventana. Se llevó la mano al pelo para recoger en el prendedor el rizo suelto, y creí ver un tirante negro bajo su vestido.
-Ahora no puedo volverme atrás -dijo-. Susana viene de camino. No estás enfadado, ¿verdad? ¿Estás enfadado?


Ignacio García-Valiño

-No, ¿por qué iba a estarlo? -repuse-. Y percibí un brillo de espanto en la mirada de Adela, que no supe a qué atribuir, pero procuré disimular mi estremecimiento.
Su forma de preguntarme "¿nos vamos?" había sido tan impropia de Pablo como esta última respuesta. Mi marido me hubiera tomado del brazo resueltamente para salir de esa estúpida fiesta, sin preguntas, pues era lo que ambos deseábamos. Por eso sentí vagamente que no era él quien me lo preguntaba y di una respuesta evasiva:
-No, todavía no.
Necesitaba ganar tiempo para reponerme de esta impresión. Le pedí que me trajera una copa. Su sonrisa forzada fue mi última y pavorosa confirmación. Era como si dentro de su piel se hubiera instalado otra persona que se llamaba Pablo y era él, aunque no el hombre con quien me había casado, el que yo conocía o creía conocer. Permanecía el cuerpo, pero no su postura, el verde mar de sus pupilas, pero sin claridad; su expresión, aunque extrañamente opaca, ajena a él.
Cuando fui al baño sentí que ya estaba huyendo. Llamé a Susana porque necesitaba un testigo, una confidente que me espantara el delirio, pero sobre todo por un súbito pánico a lo que me quedaba de noche con este nuevo Pablo, y creo que era el mismo miedo a la locura, a tropezarnos un día en la calle con alguien que es una misma -no tu doble, sino "tú"- o a despertar una mañana junto a un hombre a quien jamás has visto antes o, peor aún, junto al que llevas levantándote cada mañana durante años y que, sin embargo, no reconoces. La revelación súbita de que el otro es un extraño para ti. De que cualquier otro es un extraño. Que Pablo, al fin y al cabo, nunca fue Pablo. No se trataba de una metamorfosis repentina. Sencillamente se me había caído de los ojos algo que me impedía verlo, la costra de la costumbre, la capacidad de proyectar sobre él una identidad ilusoria. Cómo había llegado hasta aquí sin saberlo.
Y aún había algo más; la consciencia de que Pablo no era él, el hombre en el que siempre pensaba cuando pensaba en Pablo, me hacía comportarme de modo diferente. Mis propias respuestas y reacciones ante él carecían de naturalidad y confianza. Mis palabras brotaban del miedo o la confusión, salían de una boca que no era la mía. Siempre había notado que yo no era la misma sola que con Pablo. Pero ahora, además, su presencia me enajenaba. Temía lo peor: acabar acostumbrándome a este nuevo Pablo, a su continua metamorfosis; ser una extraña para mí misma.

Nicolás Casariego

Aquello me impulsó a rociarme con un perfume en el baño. No era consciente de lo que estaba ocurriendo. En un santiamén me puse unas uñas postizas y abrí un pequeño armarito en el que la anfitriona había escondido, quizá por las prisas, la ropa interior de la que se había desprendido al cambiarse para la fiesta. Era negra, atrevida y de mi talla. Me sentí como un autómata en un sueño. El espejo me miró, mostrándome una mujer tan alejada de mí que su visión me reconfortó por un instante, porque era más yo que ninguna de las anteriores. Recogí mi melena en un moño, y salí al encuentro de aquel Pablo. Apenas advirtió mi cambio de imagen, algo que corroboraba su estado mental amorfo. Desorientada, mis zapatos me dirigieron hacia la ventana. Vi el vacío a través del cristal, y entonces me di cuenta de cuál era la razón, de que sólo por medio de una metamorfosis podría acercarme a Pablo, converger con él en algún punto de nuestro torbellino de mutaciones. Pero, ¿y si Pablo no se encontraba dentro del Pablo que me informaba lastimero de que se había despedido del petardo de Juan Luis? ¿Y si fuésemos dos asteroides agujereados viajando por galaxias lejanas? Susana, Susana me daría la respuesta. Al traerme la copa y observar cómo me la tomaba de un trago, Pablo dejó caer un comentario pintoresco.
-Adela, ¡vaya manera de abrevar!
¡Abrevar? ¿Desde cuando Pablo decía "abrevar" y no beber? ¿Acaso era yo ahora su yegua y él mi potrero? Pero en ese instante irrumpió Susana, y me la llevé rápidamente a un aparte.
-Susana -le espeté, sin saludarla siquiera-, ¿quién es ese tipo del traje gris?
-¿Pero qué te has hecho en el pelo, amor?
-Ese -le señalé, acompañando el gesto con una mirada asesina que exigía una respuesta rápida y certera-, el que parece un pulpo en un garaje.
Susana rió, creyendo aún que se trataba de una broma burda.
-¿Estás loca, querida? ¿Quién coño va a ser? Pablo, Pablito, el idiota de tu marido.

Lucía Etxebarría

-Muy bonito -dijo Lucía para sí cuando acabó de leer los cinco folios que le habían remitido-, o sea, que pretenden que resuelva todo este galimatías en un folio, y encima para mañana... dejando aparte que la idea no es nada original...
-Y que lo digas -le respondió Él-. lo hemos leído, desde Borges hasta Desafío Total, tres mil veces, y lo de que la historia la construyan cinco personajes ya les ocurrió a André Breton y Philippe Soupault -apuntó Ella-. Trabajaban en escritura automática... lo sé porque yo hice la protagonista de Nadja...
-Bueno, queridos -interrumpió Lucía-. si no os importa, vamos a lo nuestro, que yo voy con prisa ¿os importa hacer escenas de sexo explícito?
-Ningún problema -respondió Él-. ¡si yo he trabajado de secundario para Bukowski...!
-No te lo vas a creer pero yo... yo nunca he hecho una escena de ésas -dijo Ella- últimamente he estado trabajando en novelas de la Martín Gaite, todo muy suave, ya sabes. ... puede que me ponga un poco nerviosa, pero... adelante.
Manos a la obra, pues, se dijo Lucía, y comenzó a teclear: "Abandonamos la fiesta sin apenas decir palabra, y mantuvimos el mismo silencio terco a lo largo de todo el trayecto hasta la casa. al llegar, bien cargados de copas, nos dirigimos al dormitorio como guiados por un piloto automático. nos desvestimos el uno a espaldas del otro, como habíamos tomado por costumbre, y nos tumbamos paralelos en la cama de matrimonio, en ropa interior. Él me deshizo el desusado moño con cuidado y luego estiró de las cintas del sujetador (negro, aunque él no lo supiera) que me resbalaron por los hombros, hasta que la prenda me quedó enganchada en la cintura, como un liguero. entonces comenzó a lamerme los pezones.
Ella me atrajo con fuerza hacia sí, y culebreó como una anguila para colocarse debajo de mí. nos deshicimos del slip y de la braga a tirones impacientes. A Él no le costó ningún esfuerzo entrar porque yo estaba húmeda como una esponja.
Mientras la embestía yo pensaba que me estaba follando a Lolita, a Alicia, a Matilde de la Mole, a Anita Ozores, a Ana Karenina, a Emma Bovary.
Pensaba que me estaba haciendo suya, pero no era así, era yo quien le absorbía, yo quien lo estaba haciendo mío. yo, Nora Flood, Antoinette Cosway, Leticia Valle, Jane Eyre, Claudine Renaud.
No una impostora, una impostura. La que hace que el lector crea que la protagonista es un ser real. Y yo sabía que Él era Heathcliff, Kurtz, Fredéric, Leopold Bloom, el capitán Acab. Parte de Él era yo. Parte de Ella era yo. Y en ese revoltijo de estrógeno y testosterona ambos intentábamos reconstruir el Uno Primigenio que se escindió hacía muchas, muchas eras. llevábamos siglos buscándonos en otros, intentando recomponernos, volver a tener cuatro brazos, cuatro piernas, cuatro ojos. Llevábamos siglos intuyéndonos, vagando de libro en libro, y sólo cuando nos acoplábamos, sincronizando nuestras respiraciones al unísono como si se tratase de una sola, sentíamos durante un instante que podíamos conseguirlo, fundir identidades, reunirnos.
Ella adelantó las caderas para incrustarme mejor, hizo tenaza con las piernas y contrajo los músculos de la vagina, aprisionándome en su interior. la sensación fue tan fuerte que retrocedí bruscamente y salí de Ella para evitar correrme.
Él me dio la vuelta y me colocó boca abajo sobre la cama, yo me dejé hacer, temblorosa de placer, no de frío ni de miedo.
Contemplé su grupa blanca y dorada, tal y como había sido retratada en tantos libros. Me coloqué sobre Ella y la envolví entre mis brazos, abdomen contra espalda, cubriéndola como una manta.
Yo sentí su sexo, terso y duro, socavando mi espalda, tan duro como había sido retratado en tantos libros. Él susurró muy lentamente: ¿quieres que te lo haga por detrás?, y las palabras resbalaron perezosamente por mi oído interno, bajaron por el estómago y me explotaron en la pelvis.
-No -respondí entre espasmos-, todavía no.
            Primero me sacudió una tentación brusca, después la sospecha se fue
            abriendo camino entre los vericuetos de la somnolencia, ya por último
            la certidumbre se apoderó de mis sentidos, mezclada de perplejidad y
            pavor. Aquella mujer que dormía a mi lado no era Adela...

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