Título

La Villa de San Vicente como la pudo ver Carlos de Gante

 

 

Separador

MI VILLA MARINERA

¡Oh, San Vicente señera,
cuánto añoro tu ribera!...
¿Quien no se siente poeta
y tu memoria respeta?.

A lo largo de la historia
te fundiste con la gloria
dejando a toda tu gente
el más hermoso presente.

Y la historia tan viajera
que nos legó San Vicente
se nos une a La Barquera

en un poema latente
de mi Villa marinera
donde el pasado es presente.

Rafael Sánchez Ortega ©
11/Enero/03

 

Crónica del viaje de Carlos de Gante a España relatado por Laurent Vital 1517-18. Se le supone ayuda de cámara del rey Carlos I y, por su lenguaje y en opinión de García Mercadal, originario de la parte francesa de Flandes. Su viaje viene comentado por Sanderus en su Biblioteca Bélgica manuscripta (Lille, 1641.), que habla también del manuscrito de Vital como pertenencia agregada a la catedral de Tournai, el cual llevaba por título: Le voyage de Charles d'Austriche, depuis empereur 5 de ce nom, en Espagne, pour Laurent Vital, serviteur domestique du dit prince. Gachard supone pudiera ser el manuscrito nº 14.523, adquirido en 1835 por la Biblioteca Real de Bruselas, perteneciente a la primera mitad del siglo XVII, copia del original que hiciera el canónigo Jerónimo Winghe. Existe también otra copia del manuscrito en la Biblioteca Nacional de París (nº 10.220). Traducción al castellano: Viajes de extranjeros por España y Portugal. José García Mercadal. Vol. I. Op. Cit.

Se recoge únicamente el capítulo XL relativo a la llegada y estancia del Rey a la Villa de San Vicente de la Barquera. Hacemos notar que hemos encontrado la traducción citada en varios libros de historia y aunque las mismas difieren en la manera de llamar a objetos, vestimentas, etc. no creemos que alteran de manera sustancial el detalle de esta Crónica.

Obras consultadas: Cantabria vista por viajeros de los siglos XVI y XVII de José Luis Casado Soto. Cinco siglos de viajes por Santander y Cantabria de Dámaso López García.


Separador


XL - DE CÓMO EL REY FUE RECIBIDO CON GRAN JÚBILO EN EL PUERTO DE SAN VICENTE, EN DONDE SE PUSO MUY ENFERMO.
Así, pues, al día siguiente, veintinueve de septiembre, día de San Miguel, después de haber oído misa nuestro señor el Rey y desayunado muy bien, partió de Colombres para hacer dos leguas largas de muy malo y penoso camino y llegar a un puerto de mar llamado San Vicente de la Barquera, donde hay una hermosa villa situada en la falda de una montaña, en el que las casas llegan por un lado hasta el agua, y donde la mayoría de los habitantes son pescadores que todos los años van a la mar del Norte a pescar los peces que llamamos bacalaos. Cuando en San Vicente oyeron que el Rey caminaba hacia su villa, la mayoría de las gentes acomodadas, fueron a su encuentro muy lejos; y cuando lo encontraron, todos apeados, fueron a hacerle la reverencia y luego volvieron a montar a caballo acompañándole hasta su alojamiento. Entonces, al entrar en esta villa, las mozas le acompañaron muy gozosamente, cantando y esparciendo alegría, hasta su palacio, que estaba junto a la villa, en un monasterio de franciscanos, en cuyo convento se alojó también doña Leonor, hermana del Emperador y todas las damas y doncellas de la corte y algunos señores y grandes dignatarios. 

Este monasterio estaba en un sitio muy hermoso muy bien situado, pues, por un lado, tenía la vista de la villa; por otro, la de los viñedos, por un tercer punto se veían las altas montañas; y por último, la mar, que llegaba por una ancha entrada hasta la muralla y el jardín del monasterio. Esta entrada estaba llena, dos veces al día, por la mar que hasta allí llegaba, y había construido allí un gran puente de madera, sobre pilares de piedra, que tenía más de dos buenos tiros de arco de longitud, para pasar carretas, caballos y todos los que pretendían ir a Castilla, por ser el camino obligado. 

Ahora bien, aunque el Rey permaneció allí por espacio de catorce días, no era su intención permanecer tanto tiempo, sino seguir adelante e ir hacia Santander, donde una gran parte de sus nobles le esperaba, como les había mandado. Pero después se cambió de propósito por la peste que en aquel momento decían que reinaba en Burgos y en los alrededores, a causa de lo cual se determinó no ir a Burgos sino a Valladolid; y dio contraorden a sus nobles y a todas sus gentes, que no le esperasen ya en Santander sino que siguiesen a Aguilar y allí le esperasen; puesto que en breve se encontraría él allí; y mandó traer consigo sus bagajes, lo mismo que su cámara y su guardarropa; y que su capilla y sus joyas fuesen al dicho Aguilar; así, pues, bagajes, cámara y guardarropa fueron embarcados en pinazas, para evitar el camino de las altas y difíciles montañas que hay entre Santander y San Vicente; son estas pinazas unas embarcaciones ligeras aptas para seguir la costa de puerto en puerto. 
Pero, por el mal tiempo que hizo después de haber embarcado esos bagajes, los que los llevaban por varias veces estuvieron en peligro de perecer y anegarse, a causa de que venía el viento del mar, rompiendo contra la tierra, obligándoles a ir contra las rocosas peñas, por medio de las grandes olas que hacia ellas los compelían y echaban; y temiendo tocar en ellas, a causa de que su vida pendía de eso, con gran esfuerzo y trabajo, diligentemente resistían lo mejor que podían con sus palos y remos, soportando entonces mucho tiempo gran trabajo para salvar sus vidas. En efecto, tanto aguantaron que al fin se encontraron tan agotados y cansados, y ya casi vencidos y perdidos, que después dijeron que si el viento no se hubiese vuelto contrario, es decir, bueno para volver al sitio de donde venían, hubiesen quedado irremediablemente perdidos y perecido en la mar. Por tres veces fueron arrojados hasta cerca del puerto de San Vicente, adonde pretendían llegar, pero cada vez estuvieron obligados a volver, de tan peligroso que era entrar en dicho puerto; de modo que, al fin, estuvieron obligados a hacerse llevar adentro, a fuerza de cuerdas y remos, con toda diligencia, teniendo las cuerdas atadas por un cabo a sus pínazas y por el otro a las embarcaciones que los llevaba adentro a viva fuerza. 

Unos días después de haber llegado nuestro señor el Rey a dicho San Vicente, los de la villa mandaron cerrar un ruedo en medio una ancha tierra llana, adonde dos veces al día la mar llegaba, para correr allí toros ante el Rey. Se celebró allí este entretenimiento una hora después de haberse retirado la mar. Entonces vi, por varias veces, a un mozo de Castilla, rápido y seguro de sí, el cual, a pie firme, esperaba a un toro excitado y en el más furioso estado en que podía estar, que iba a todo correr para derribarle y matarle; y cuando este hombre veía que estaba tan cerca de él como para chocarle, se arrojaba por delante, entre los cuernos del toro, luego de tal modo le abrazaba y apretaba el cuello con los brazos que, con la gran velocidad, el animal se llevaba al hombre encima de la cabeza y entre los cuernos. Mas, a fuerza de tenerlo apretado por el cuello, el toro quedaba obligado a caer con el hombre; pero este, como bien advertido de su acción, en cuanto se sentía por tierra con el animal, se le ocurría mantenerle los cuernos contra ella hasta que él estaba levantado ya; luego, huía y se ponía en salvo antes de que el animal le hubiese vuelto a alcanzar para dañarle. Por esta causa fue tenido por hombre gallardo, valiente y muy agudo. 

Ahora bien, como en el capítulo precedente habéis oído hablar de una danzadera, aquí también oiréis hablar de otra muy gentil, a la cual muchos vieron bailar tan bien como yo, porque lo hacia en plena calle y de día, y lo hacía tanto por la gozosa llegada del Rey como para dar recreo a los señores y nobles de su corte. En efecto, después de haber acompañado las mozas al Rey y a su señora hermana al alojamiento, fueron todas, según la usanza del país, cantando y tocando sus instrumentos, que eran como tamboriles de un solo fondo provistos de sonajas. A mi parecer, creo que eran muy bien doscientas mozas alrededor de dicho señor Rey y de su hermana, todas vestidas a la morisca, llevando zarcillos y collares y tantas sonajas llevaban en brazos, piernas y cinturas, cuantas había en las panderetas. Iban vestidas con camisas hechas con telas fruncidas lo mismo que las camisas engalanadas, algo así como una pastorcita, y en cuanto a adorno de cabeza eran todo lo contrario de aquellas de Ribadesella, que llevaban canutillos enroscados medio colgando sobre la frente, pues estas mozas de San Vicente los llevaban colgando por detrás sobre la espalda y no eran redondos sino aplastados, de forma trapezoidal, o, para darlo mejor a entender, como las capuchas de terciopelo y adornos de corte. Ciertamente, algunas de ellas lo llevaban tan extrañamente que me costaría mucho trabajo poderos describir bien cómo iban. Así, como habéis oído, estas mozas con su bonito tamboril de sonajas, llevaban un gran turbante como lo llevaría una morisca. Así pues, tocaban sus tamboriles y cantaban de vez en cuando; lo que parecía muy nuevo al Rey y a toda la nobleza, y era muy grato de oír y sobremanera gozoso. 

En ese día que el Rey hizo su entrada en la villa de San Vicente junto al mar, estas mozas, así adornadas como queda dicho, y a causa de que era doble fiesta, a saber: tanto por la solemnidad del día de San Miguel como por la gozosa llegada de dicho señor Rey, iban por la villa, de una calle en otra, cincuenta o sesenta en una banda, cantando y tocando ante las buenas casas principalmente donde veían reunión de señores y nobles de la corte, ante los cuales se encontraban a gusto para darles algún recreo, y aunque las había de todas clases, como en todas partes, sin embargo, entre ellas las había allí muy hermosas. 

Ahora bien, el que fuesen así a recrear a la nobleza sin haber sido requeridas, les procedía, a mi parecer, de alegría del corazón y de buen querer. Otros podrían decir que sería por ganar loor y renombre, o para ser vistas o estimadas como las más hermosas, las de mejor presencia, las mejores en cantar y en bailar, las mejor vestidas o las que mejor tocaban el gentil pandero, pues, a menudo, son muchas las causas que incitan a las mozas a hacer maravillas, de lo cual los hombres no tienen, a las primeras, entero conocimiento. 

 

PARA SEGUIR LEYENDO ESTA CRÓNICA PULSA AQUÍ.

 

Logo Tender Moon

 

Contador 1