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Crónica del viaje
de Carlos de Gante
a España relatado
por Laurent Vital
1517-18. Se le
supone ayuda de
cámara del rey
Carlos I y, por su
lenguaje y en
opinión de García
Mercadal,
originario de la
parte francesa de
Flandes. Su viaje
viene comentado
por Sanderus en su
Biblioteca Bélgica
manuscripta
(Lille, 1641.),
que habla también
del manuscrito de
Vital como
pertenencia
agregada a la
catedral de
Tournai, el cual
llevaba por
título: Le voyage
de Charles
d'Austriche,
depuis empereur 5
de ce nom, en
Espagne, pour
Laurent Vital,
serviteur
domestique du dit
prince. Gachard
supone pudiera ser
el manuscrito nº
14.523, adquirido
en 1835 por la
Biblioteca Real de
Bruselas,
perteneciente a la
primera mitad del
siglo XVII, copia
del original que
hiciera el
canónigo Jerónimo
Winghe. Existe
también otra copia
del manuscrito en
la Biblioteca
Nacional de París
(nº 10.220).
Traducción al
castellano: Viajes
de extranjeros por
España y Portugal.
José García
Mercadal. Vol. I.
Op. Cit.
Se recoge
únicamente el
capítulo XL
relativo a la
llegada y estancia
del Rey a la Villa
de San Vicente de
la Barquera.
Hacemos notar que
hemos encontrado
la traducción
citada en varios
libros de historia
y aunque las
mismas difieren en
la manera de
llamar a objetos,
vestimentas, etc.
no creemos que
alteran de manera
sustancial el
detalle de esta
Crónica.
Obras
consultadas:
Cantabria vista
por viajeros de
los siglos XVI y
XVII de José Luis
Casado Soto. Cinco
siglos de viajes
por Santander y
Cantabria de
Dámaso López
García.

XL - DE CÓMO EL
REY FUE RECIBIDO
CON GRAN JÚBILO
EN EL PUERTO DE
SAN VICENTE, EN
DONDE SE PUSO
MUY ENFERMO.
Así, pues, al
día siguiente,
veintinueve de
septiembre, día
de San Miguel,
después de haber
oído misa
nuestro señor el
Rey y desayunado
muy bien, partió
de Colombres
para hacer dos
leguas largas de
muy malo y
penoso camino y
llegar a un
puerto de mar
llamado San
Vicente de la
Barquera, donde
hay una hermosa
villa situada en
la falda de una
montaña, en el
que las casas
llegan por un
lado hasta el
agua, y donde la
mayoría de los
habitantes son
pescadores que
todos los años
van a la mar del
Norte a pescar
los peces que
llamamos
bacalaos. Cuando
en San Vicente
oyeron que el
Rey caminaba
hacia su villa,
la mayoría de
las gentes
acomodadas,
fueron a su
encuentro muy
lejos; y cuando
lo encontraron,
todos apeados,
fueron a hacerle
la reverencia y
luego volvieron
a montar a
caballo
acompañándole
hasta su
alojamiento.
Entonces, al
entrar en esta
villa, las mozas
le acompañaron
muy gozosamente,
cantando y
esparciendo
alegría, hasta
su palacio, que
estaba junto a
la villa, en un
monasterio de
franciscanos, en
cuyo convento se
alojó también
doña Leonor,
hermana del
Emperador y
todas las damas
y doncellas de
la corte y
algunos señores
y grandes
dignatarios.
Este monasterio
estaba en un
sitio muy
hermoso muy bien
situado, pues,
por un lado,
tenía la vista
de la villa; por
otro, la de los
viñedos, por un
tercer punto se
veían las altas
montañas; y por
último, la mar,
que llegaba por
una ancha
entrada hasta la
muralla y el
jardín del
monasterio. Esta
entrada estaba
llena, dos veces
al día, por la
mar que hasta
allí llegaba, y
había construido
allí un gran
puente de
madera, sobre
pilares de
piedra, que
tenía más de dos
buenos tiros de
arco de
longitud, para
pasar carretas,
caballos y todos
los que
pretendían ir a
Castilla, por
ser el camino
obligado.
Ahora bien,
aunque el Rey
permaneció allí
por espacio de
catorce días, no
era su intención
permanecer tanto
tiempo, sino
seguir adelante
e ir hacia
Santander, donde
una gran parte
de sus nobles le
esperaba, como
les había
mandado. Pero
después se
cambió de
propósito por la
peste que en
aquel momento
decían que
reinaba en
Burgos y en los
alrededores, a
causa de lo cual
se determinó no
ir a Burgos sino
a Valladolid; y
dio contraorden
a sus nobles y a
todas sus
gentes, que no
le esperasen ya
en Santander
sino que
siguiesen a
Aguilar y allí
le esperasen;
puesto que en
breve se
encontraría él
allí; y mandó
traer consigo
sus bagajes, lo
mismo que su
cámara y su
guardarropa; y
que su capilla y
sus joyas fuesen
al dicho
Aguilar; así,
pues, bagajes,
cámara y
guardarropa
fueron
embarcados en
pinazas, para
evitar el camino
de las altas y
difíciles
montañas que hay
entre Santander
y San Vicente;
son estas
pinazas unas
embarcaciones
ligeras aptas
para seguir la
costa de puerto
en puerto.
Pero, por el mal
tiempo que hizo
después de haber
embarcado esos
bagajes, los que
los llevaban por
varias veces
estuvieron en
peligro de
perecer y
anegarse, a
causa de que
venía el viento
del mar,
rompiendo contra
la tierra,
obligándoles a
ir contra las
rocosas peñas,
por medio de las
grandes olas que
hacia ellas los
compelían y
echaban; y
temiendo tocar
en ellas, a
causa de que su
vida pendía de
eso, con gran
esfuerzo y
trabajo,
diligentemente
resistían lo
mejor que podían
con sus palos y
remos,
soportando
entonces mucho
tiempo gran
trabajo para
salvar sus
vidas. En
efecto, tanto
aguantaron que
al fin se
encontraron tan
agotados y
cansados, y ya
casi vencidos y
perdidos, que
después dijeron
que si el viento
no se hubiese
vuelto
contrario, es
decir, bueno
para volver al
sitio de donde
venían, hubiesen
quedado
irremediablemente
perdidos y
perecido en la
mar. Por tres
veces fueron
arrojados hasta
cerca del puerto
de San Vicente,
adonde
pretendían
llegar, pero
cada vez
estuvieron
obligados a
volver, de tan
peligroso que
era entrar en
dicho puerto; de
modo que, al
fin, estuvieron
obligados a
hacerse llevar
adentro, a
fuerza de
cuerdas y remos,
con toda
diligencia,
teniendo las
cuerdas atadas
por un cabo a
sus pínazas y
por el otro a
las
embarcaciones
que los llevaba
adentro a viva
fuerza.
Unos días
después de haber
llegado nuestro
señor el Rey a
dicho San
Vicente, los de
la villa
mandaron cerrar
un ruedo en
medio una ancha
tierra llana,
adonde dos veces
al día la mar
llegaba, para
correr allí
toros ante el
Rey. Se celebró
allí este
entretenimiento
una hora después
de haberse
retirado la mar.
Entonces vi, por
varias veces, a
un mozo de
Castilla, rápido
y seguro de sí,
el cual, a pie
firme, esperaba
a un toro
excitado y en el
más furioso
estado en que
podía estar, que
iba a todo
correr para
derribarle y
matarle; y
cuando este
hombre veía que
estaba tan cerca
de él como para
chocarle, se
arrojaba por
delante, entre
los cuernos del
toro, luego de
tal modo le
abrazaba y
apretaba el
cuello con los
brazos que, con
la gran
velocidad, el
animal se
llevaba al
hombre encima de
la cabeza y
entre los
cuernos. Mas, a
fuerza de
tenerlo apretado
por el cuello,
el toro quedaba
obligado a caer
con el hombre;
pero este, como
bien advertido
de su acción, en
cuanto se sentía
por tierra con
el animal, se le
ocurría
mantenerle los
cuernos contra
ella hasta que
él estaba
levantado ya;
luego, huía y se
ponía en salvo
antes de que el
animal le
hubiese vuelto a
alcanzar para
dañarle. Por
esta causa fue
tenido por
hombre gallardo,
valiente y muy
agudo.
Ahora bien, como
en el capítulo
precedente
habéis oído
hablar de una
danzadera, aquí
también oiréis
hablar de otra
muy gentil, a la
cual muchos
vieron bailar
tan bien como
yo, porque lo
hacia en plena
calle y de día,
y lo hacía tanto
por la gozosa
llegada del Rey
como para dar
recreo a los
señores y nobles
de su corte. En
efecto, después
de haber
acompañado las
mozas al Rey y a
su señora
hermana al
alojamiento,
fueron todas,
según la usanza
del país,
cantando y
tocando sus
instrumentos,
que eran como
tamboriles de un
solo fondo
provistos de
sonajas. A mi
parecer, creo
que eran muy
bien doscientas
mozas alrededor
de dicho señor
Rey y de su
hermana, todas
vestidas a la
morisca,
llevando
zarcillos y
collares y
tantas sonajas
llevaban en
brazos, piernas
y cinturas,
cuantas había en
las panderetas.
Iban vestidas
con camisas
hechas con telas
fruncidas lo
mismo que las
camisas
engalanadas,
algo así como
una pastorcita,
y en cuanto a
adorno de cabeza
eran todo lo
contrario de
aquellas de
Ribadesella, que
llevaban
canutillos
enroscados medio
colgando sobre
la frente, pues
estas mozas de
San Vicente los
llevaban
colgando por
detrás sobre la
espalda y no
eran redondos
sino aplastados,
de forma
trapezoidal, o,
para darlo mejor
a entender, como
las capuchas de
terciopelo y
adornos de
corte.
Ciertamente,
algunas de ellas
lo llevaban tan
extrañamente que
me costaría
mucho trabajo
poderos
describir bien
cómo iban. Así,
como habéis
oído, estas
mozas con su
bonito tamboril
de sonajas,
llevaban un gran
turbante como lo
llevaría una
morisca. Así
pues, tocaban
sus tamboriles y
cantaban de vez
en cuando; lo
que parecía muy
nuevo al Rey y a
toda la nobleza,
y era muy grato
de oír y
sobremanera
gozoso.
En ese día que
el Rey hizo su
entrada en la
villa de San
Vicente junto al
mar, estas
mozas, así
adornadas como
queda dicho, y a
causa de que era
doble fiesta, a
saber: tanto por
la solemnidad
del día de San
Miguel como por
la gozosa
llegada de dicho
señor Rey, iban
por la villa, de
una calle en
otra, cincuenta
o sesenta en una
banda, cantando
y tocando ante
las buenas casas
principalmente
donde veían
reunión de
señores y nobles
de la corte,
ante los cuales
se encontraban a
gusto para
darles algún
recreo, y aunque
las había de
todas clases,
como en todas
partes, sin
embargo, entre
ellas las había
allí muy
hermosas.
Ahora bien, el
que fuesen así a
recrear a la
nobleza sin
haber sido
requeridas, les
procedía, a mi
parecer, de
alegría del
corazón y de
buen querer.
Otros podrían
decir que sería
por ganar loor y
renombre, o para
ser vistas o
estimadas como
las más
hermosas, las de
mejor presencia,
las mejores en
cantar y en
bailar, las
mejor vestidas o
las que mejor
tocaban el
gentil pandero,
pues, a menudo,
son muchas las
causas que
incitan a las
mozas a hacer
maravillas, de
lo cual los
hombres no
tienen, a las
primeras, entero
conocimiento.
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