LA MATANZA DEL CERDO EN SANABRIA
Alusiones a la matanza del cerdo se pueden observar en distintas iglesias y monasterios de la península: el Panteón de los Reyes de la Colegiata de San Isidoro, en León; catedral de Gerona; catedral de Ciudad Rodrigo, etc. El cerdo, en ocasiones está representado en iglesias junto con distintos instrumentos musicales, gozando esta manifestación de gran popularidad en la Edad Media. Posiblemente sea la gaita el utensilio más repetido.
Pintores, literatos y escritores costumbristas se han servido con frecuencia de esta tema para llevarlo a sus obras. Así, El Bosco, Goya, Murillo, Plinio, Herrera, Marcial, San Isidoro, Cervantes, Antonio de Salazar, Covarrubias, Juan Valera, El Duque de Maura, Lope de Vega, Benito Pérez Galdós, Francisco de Quevedo... y otros muchos artistas e historiadores, se refieren en distintas ocasiones a la importancia que ha tenido la carne del porcino en la alimentación a lo largo de la historia, y en especial la matanza en las antiguas civilizaciones, matanzas que se han ido reduciendo de forma espectacular. Los cuchillos para la matanza cada vez se afilan menos en Sanabria. Aunque el mes de Diciembre es aprovechado por numerosas familias para realizar el mayor sacrificio gastronómico anual, cada vez son menos los cerdos que encuentran la muerte en el banco porque año tras año esta práctica es menos frecuente. Con todo, Sanabria es una de las regiones en las se mantiene esta tradición, que reúne a un buen número de miembros de la familia en un ritual. Excepto las pezuñas, todo el cerdo es aprovechable. Desde la cabeza, los costillares, el hígado, hasta las humildes tripas, el tocino, o los codiciados lomos y jamones, cada una de las piezas del cerdo ha constituido durante años el principal sustento de las familias en las zonas rurales. Sin embargo, los nuevos hábitos de vida han restado a los productos del cerdo el protagonismo absoluto de que disfrutaban en las mesas más humildes y han relegado su consumo en favor de otras carnes antaño menos asequibles. A pesar de todo, el resultado de una matanza al estilo tradicional continúa siendo un acontecimiento gastronómico y culinario que convierte unos platos humildes en un producto que se degusta con deleite, en buena medida porque cada vez es algo menos frecuente. Tan rara comienza a ser la asistencia a una matanza que muchos pueblos llevan ya varios años organizando sacrificios públicos para tratar de mantener la tradición, aprovechando el acontecimiento para convertirlo en una fiesta popular. Mientras la normativa en materia de sacrificios domiciliarios busca el adormecimiento del animal para evitarle sufrimientos, en los pueblos se lamentan de que cada año hay menos gente para hacer la matanza, que cada vez hay menos matarifes expertos y que criar un cerdo para el consumo familiar se ha convertido casi en un privilegio al alcance de unos pocos. Hace años era habitual que cada familia criara varios cerdos, para consumo de la casa. Su alimentación solía hacerse con mondas de patata o pequeñas patatas enteras, remolacha, berzas y hojas de negrillo(olmo) entre otros ingredientes. Cuando los cerdos estaban cebados, generalmente a primeros de diciembre, se procedía al sacrificio.
El día de la matanza constituía una fiesta a la que se invitaba a los familiares y vecinos más cercanos con la intención de que ayudasen en las tareas que requerían un aporte de fuerza física importante. Se entraba en la cuadra con una cuerda con lazo, en la mano que se le introducía por la cabeza. Se le conducía hasta el banco en el que se le tumbaba y amarraba con un cordel atando su cabeza al banco. Las patas las sujetan varias personas hasta que el cerdo queda inmovilizado.
Una vez muerto el animal con un cuchillo se chamuscaba con "cuelmo", es decir paja de centeno. A falta de paja de centeno se hacía también con un soplete y una bombona de butano.
Ya chamuscado se frota con un ladrillo, piedra o corcho mientras se le va lavando hasta quedar completamente limpio. De aquí se le coloca de nuevo en el banco, se le abre cortando en primer lugar una tira de tocino blando que va desde la barbilla al rabo; luego el manto que recubre las tripas; seguidamente se extraen éstas y el resto: el bazo, los pulmones, el hígado al que se le quita la hiel, el corazón, la vejiga que se entrega a los niños para que una vez hincháda, sirva como balón para jugar los pequeños. Las tripas se atan por ambos extremos y sin dejar que se enfríen se procede a quitar las adherencias de manteca, mas tarde se les da la vuelta para limpiarlas por ambos lados en algún arroyo o río cercano, una vez limpias se cortan a medida para embutir los chorizos y salchichones.
Cuando el cerdo está completamente vacío se limpian los restos de sangre que pudieran quedar , se lava y se cuelga cabeza abajo, dejando que lo curta la helada.
Al día siguiente, una vez que el veterinario ha analizado parte de las vísceras y ha dado el visto bueno, se divide en piezas, colocándolo sobre una mesa. Se corta la cabeza y por la parte del lomo se va haciendo un corte longitudinal del tocino. Luego se parte el cerdo en dos partes iguales, extrayendo las costillas con mucho cuidado para no dañar las cintas de lomo , alojadas a ambos lados del espinazo, y que se extraen a continuación. Se separan y limpian los jamones y se descarnan lo huesos. Los jóvenes de la casa se encargan de repartir, algo de hígado y carne entre algunos vecinos.
Mientras se realiza este despiece el resto de la familia va cortando en tiras, la carne destinada a chorizos y se va picando en una máquina de manivela, depositándola en una artesa de madera.
Picada la carne para los chorizos, se procede a su adobo. Se añade una mezcla de pimiento dulce y picante, orégano y sal, teniendo cuidado de no pasarse con la sal. Se mezcla todo con las manos dándole vuelta para que la mezcla sea homogénea.
Se deja este adobo durante un día, y luego se prueba pasándolo por la sartén y si es necesario se rectifica de sal. Seguidamente se procede a embutirlo en la tripa ayudándose de la misma máquina que sirvió para picar la carne, en la que se cambian las cuchillas por un embudo en el que se va introduciendo la tripa y mientras que una persona da a la manivela con su mano derecha, introduce la carne picada con la izquierda, otra sujeta la tripa teniendo cuidado de que lleve la presión correcta. Luego se atarán y se colocarán en varales dejándolos escurrir un tiempo antes de ponerlos a curar. Terminado el despiece se cubren las jamones de abundante sal gorda, en proporción a su peso, y se colocan en la bodega o bien en algún rincón oscuro, poniendo sobre ellos, una tabla y mucho peso encima, permaneciendo así durante semanas, para que suelten todo el líquido.
Cuando los jamones han tomado la sal y han destilado todo el líquido, estarán listos para ser adobados con una mezcla de ajo, pimentón y aceite. Luego se cuelgan al humo en la cocina de leña. También se cuelgan los huesos que fueron adobados antes, mientras que el tocino se cuelga sin adobar, sólo con sal.
La curación es un proceso delicado en el que se alterna el frío de la helada por las noches con el calor y el humo que van secando la carne durante el día. De la alternancia de estos elementos dependerá el éxito de la misma. El exceso de humo y calor no es bueno para una correcta curación de la matanza.