Rihonor de Castilla
Este pequeño pueblo de 25 habitantes
pertenece al ayuntamiento de Pedralba de la Pradería es un pueblo mitad portugués, mitad
español y en el perdura un secular sistema comunitario. Es día de elecciones en Rihonor
de Castilla, aldea situada en la frontera nororiental de Portugal con España. Pero no se
ve ningún cartel, no hay casillas ni urnas electorales. Ahora bien, en una plazoleta,
Manuel se apoya en una pared y Mariano espera, solemne, empuñando una vara de álamo.
Durante un año, ambos han sido mayordomos, regidores de la aldea. Ahora les corresponde
serlo a otros aldeanos. Bajo el sol invernal los hombres caminan lentamente hasta la
plaza. Por turno, cada uno susurra dos nombres al oído de Mariano, que con una navaja
hace un corte en la vara: la vara está dividida en secciones, una por cada casa de la
aldea. A los diez minutos termina la votación. Mariano cuenta los cortes y anuncia que
los dos nuevos mayordomos para 1990 son Dinis y Francisco. Luego, viendo que nadie tiene
ninguna objeción, arroja la vara al suelo. Un grupo de mujeres se acercan a escuchar o a
hacer comentarios, mientras Mariano informa sobre su año de mandato. Comenta las
decisiones que se tomaron respecto de las vacas y el toro de la comunidad; del cemento
para las construcciones; del vino y la cerveza para las fiestas... Terminada su
exposición, Mariano entrega a Dinis el libro de cuentas y una lata con el dinero en
efectivo de la comunidad. ¡Que Dios os ayude!, les desea a los nuevos mayordomos.
Las mujeres no han votado. Su papel está fijado por la rígida organización comunal:
llevan las vacas a pastar, cultivan los huertos y tierras, acarrean paja, alimentan a los
cerdos, guisan, limpian la casa y crían a los niños, en tanto los varones cuidan los
rebaños y se encargan de las labores de la comunidad, como son reparar los caminos, segar
los prados y hacer trámites administrativos en Bragança, Pedralba o Zamora. No obstante,
las mujeres defendieron con desenvoltura los intereses de sus familias en el debate que se
llevó a cabo después de las elecciones. Esta escena se repite cada Año Nuevo desde
incontables generaciones. Pero la votación por medio de la vara es sólo una de las
extraordinarias peculiaridades de esta aldea. Una geografía singular, su dialecto propio
y el antiguo sistema social comunitario le han dado una peculiar distinción. Rihonor de
Castilla se asienta en un apacible valle entre el Parque Natural de Montesinho, al sur, y
las montañas de Sanabria, España, al norte. Según el etnólogo Jorge Días, de los 12
meses del año, nueve son de invierno, y tres de clima paradisiaco. El pueblo es semejante
a otras de Sanabria: casas de piedra, de dos plantas, con techo de pizarra y balcón; la
vida familiar transcurre en la planta alta; el ganado, el granero y la bodega están en la
planta baja. Bordeado de álamos, el río Contensa, llamado también Rihonor, tributario
del río Duero, divide la aldea en dos. La sintonía entre ambos lados del pueblo es tal,
que los portugueses depuran las aguas residuales y los españoles les dan agua potable en
verano, cuando tienen problemas de suministro. La agricultura se practica en la orilla
izquierda, y los viñedos de los que se obtiene el vino y el aguardiente predominan en la
derecha. La parte meridional de la aldea, de baixo, es portuguesa; la septentrional, de
cima, española; en Portugal, el pueblo se llama Río de Onor. De las antiguas regiones de
Asturias y León heredaron un dialecto: el rihonorés, que también es el gentilicio del
lugar. Hoy día, lo hablan principalmente los aldeanos más viejos, explica
Mariano. Casi todos preferimos hablar portugués, español, o una mezcla de ambos.
Cerca del puente de piedra que marca el límite de la sección portuguesa está la que fue
casa de un guarda fronterizo. Río arriba, otro puente conduce a España. En otro tiempo
los carabineros montaban guardia allí. Las vacas deambulan alrededor del puente, sin
reconocer la frontera. Tampoco nosotros la reconocemos, declara la sonriente mujer que
pasta los animales. Las dos secciones de Rihonor de Castilla atribuyen más valor a los
vínculos que las unen que a los edictos burocráticos de Lisboa y Madrid. Este pueblo de
Pastores comparte un sistema de autogobierno comunal. Pero no debe usted
malinterpretarnos, me advierte Mariano. No somos partidarios del comunismo. Las
familias están estrechamente interrelacionadas. En el lado portugués (con una población
de aproximadamente 120 personas), hay muchos que se apellidan Preto, como Mariano.
Con frecuencia los españoles poseen tierras y las
trabajan en Portugal, y lo mismo ocurre con los portugueses en España. Los conflictos
por herencias, que pueden parecer complicados en las leyes, los resolvemos mediante
debates, dice Mariano. Siempre ha sido así. El sistema tradicional prevé la
propiedad privada de tierras de cultivo; un pastizal comunitario donde se cuidan como un
solo rebaño unas 300 ovejas y 100 cabras; los pastizales en que, cuando el clima es
benigno, pace el ganado comunal, que consta de no más de tres vacas por familia; y, por
último, los terrenos públicos. Cuidamos por turnos los rebaños comunales,
señala Mariano. Así nos queda tiempo para hacer otros trabajos. Los problemas que
se van presentando - la necesidad de limpiar de zarzas y hierbas las acequias, llamar al
veterinario o comprar fertilizantes - se resuelven en juntas informales, a las que asisten
los mayordomos y un representante de cada familia portuguesa, convocados todos al repique
de la campana de la iglesia. Habitualmente, la asamblea se efectúa cerca del puente. Nos
reunimos aquí con mucha frecuencia, comenta Mariano. Puede ser dos veces al día, en
una crisis, o una vez por semana. Qué se hace en ausencia de los propietarios y el
mantenimiento y uso de los molinos, son asuntos resueltos por reglas fijadas hace siglos.
Por tradición, cuando la asamblea no acepta por unanimidad una medida propuesta por los
mayordomos, esta se somete a votación. Cada cual recibe un trozo de pizarra, en la que
marca si está de acuerdo con la proposición, o la deja en blanco en caso contrario. Se
acepta la voluntad de la mayoría, y los mayordomos vigilan que la medida entre en vigor.
Junio es el mes más alegre en Rihonor. El día 24, los aldeanos celebran a su santo
patrono, San Juan (Al San Xuan, en rihonorés). Acuden amigos de los pueblos vecinos y hay
una misa solemne, con procesión que recorre toda la aldea. Para esta fiesta se asan
corderos, cabras, lechones y becerros en los hornos donde se cuece el pan comunal. Abundan
la comida, el vino hecho en casa, la cerveza y la música. El homenaje que se tributa a
San Juan tiene la finalidad de propiciarlo para que haya buenas cosechas y mucha
felicidad. Y llega julio, la época de cosechar el trigo y el centeno. Tanto en las
tierras comunales como en las privadas, todos trabajan juntos. El grano se muele en dos
molinos de agua comunales. Se trasquila a las ovejas, y las mujeres lavan la lana en el
río para limpiarla y suavizarla antes de hilarla (ganan algún dinero tejiendo calcetines
y suéteres). El armonioso estilo de vida de estas 145 personas -unas 40 familias en el
lado portugués y unas 12 en el español - ha sido objeto de estudios sociológicos. De
oasis perdido calificó Jorge Dias al pueblo en su libro Río de Onor: comunismo
agropastoril. Aquí nadie pasa hambre, pero todos somos pobres, dice, suspirando,
Mariano. Nuestros jóvenes emigran porque aquí no hay porvenir para ellos. Como otros
muchos, mis dos hijos son agentes de la Brigada del Tránsito de la Guardia Nacional
Republicana. Aquí sólo vivía mi hija, con sus dos hijas, cuando su marido estaba lejos.
Cilene y Carlinha, de 12 y cinco años, respectivamente, andaban correteando por la casa
de Mariano, mientras Angelina, la abuela, cortaba las verduras sentada al amor del fuego.
Sobre el hogar colgaba un gran perol negro con alimento para los cerdos. En las
incandescentes brasas hervía una olla, más pequeña, de sopa de col. Detrás de Angelina
parpadeaba la pantalla del televisor. Nadie tiene videocasete ni lavadora -las mujeres
lavan la ropa en el río-, pero casi todos cuentan con televisor y agua corriente. Las
casas vacías han permitido a muchas familias alojar al ganado fuera de su propio hogar;
además, ya se han remodelado algunas viviendas tradicionales. Ya se ven marcos de
aluminio en más de una ventana, y viejos balcones de madera con nuevos y relucientes
enrejados. Aunque hacen compras en cualquier lado de la frontera, con escudos o con
pesetas antaño, ahora con euros. No hay servicios locales de sanidad. Cada dos semanas
acuden un médico y una enfermera, desde Bragança. En general, los aldeanos van allá a
comprar provisiones. Mariano aún recuerda cuando, de muchacho, fue a Bragança en una
carreta tirada por bueyes, a vender carbón vegetal. En esa época, los caminantes,
elegidos por votación para resolver en la ciudad los problemas de la aldea, se ponían
para esa ocasión ropa especial y el único par de botas que poseía la comunidad. Ahora
hay una carretera de asfalto, y un autobús escolar lleva cada día a los diez niños de
la aldea a la escuela de Bragança. Quedan pocos niños, se queja el alcalde, cuyos
tres hijos, ya adultos, viven en Madrid. No obstante, algunos de los que emigraron están
regresando. Abílio Fernandes, quien se ausentó varios años por haberse alistado en el
ejército, tiene una tienda en el pueblo y ha establecido una granja para producir pieles.
Le pregunto si necesita permiso de los vecinos para su proyecto. No, contesta. Aunque la
gente se ayuda mutuamente, cada quien trabaja para sí mismo. En Rihonor perviven las
antiguas tradiciones. Joao, joven guardia nacido de padre rihonorés en la vecina
Guadramil, está casado con Margarida, oriunda de Rihonor. Cuando se casaron, Margarida y
Joao celebraron sus esponsales en la aldea, con música de gaita y con loias, coplas
alusivas a la pareja y a sus padrinos. Sus dos hijos, Pedro y María, fueron bautizados en
Rihonor. Mi madre no sabe leer ni escribir pero deseaba para mí una vida mejor,
declara Margarida. Todos se conocen aquí. Como la mayoría de los que se van a
trabajar a Bragança, y aún más lejos, nosotros volvemos a nuestro hogar cada vez que
podemos. El secreto de Rihonor quizá radique en la combinación de libre empresa
dentro de la vida comunal igualitaria. La mayoría está satisfecha con la vida que
lleva aquí, concluye Mariano. Hay armonía, amistad, solidaridad. Mientras la
mayoría desee conservar las cosas como están, perdurará el sistema comunal.
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