-En esta España de calzonazos -decía- los curas manejan a las mujeres y las mujeres a
los hombres... ¡y luego el campo!, ¡el campo!, este campo feudal...
Para él, feudal era un término pavoroso; feudal y medieval eran los dos calificativos
que prodigaba cuando quería condenar algo.
Le desconcertaba el ningún efecto que sobre nosotras hacían sus diatribas y el casi
ningún efecto que hacían en el pueblo, donde se le oía con respetuosa indiferencia. «A
estos patanes no hay quien les conmueva». Pero como era bueno por ser inteligente, pronto
se dio cuenta de la clase de imperio que Don Manuel ejercía sobre el pueblo, pronto se
enteró de la obra del cura de su aldea.
-¡No, no es como los otros -decía-, es un santo!
-Pero ¿tú sabes cómo son los otros curas? -le decía yo, y él:
-Me lo figuro.
Mas aun así ni entraba en la iglesia ni dejaba de hacer alarde en todas partes de su
incredulidad, aunque procurando siempre dejar a salvo a Don Manuel. Y ya en el pueblo se
fue formando, no sé cómo, una expectativa, la de una especie de duelo entre mi hermano
Lázaro y Don Manuel, o más bien se esperaba la conversión de aquel por este. Nadie
dudaba de que al cabo el párroco le llevaría a su parroquia. Lázaro, por su parte,
ardía en deseos -me lo dijo luego- de ir a oír a Don Manuel, de verle y oírle en la
iglesia, de acercarse a él y con él conversar, de conocer el secreto de aquel su imperio
espiritual sobre las almas. Y se hacía de rogar para ello, hasta que al fin, por
curiosidad -decía-, fue a oírle.
-Sí, esto es otra cosa -me dijo luego de haberle oído-; no es como los otros, pero a
mí no me la da; es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar.
-Pero ¿es que le crees un hipócrita? -le dije.
-¡Hipócrita... no!, pero es el oficio del que tiene que vivir. En cuanto a mí, mi
hermano se empeñaba en que yo leyese de libros que él trajo y de otros que me incitaba a
comprar.
-¿Conque tu hermano Lázaro -me decía Don Manuel- se empeña en que leas? Pues lee,
hija mía, lee y dale así gusto. Sé que no has de leer sino cosa buena; lee aunque sea
novelas. No son mejores las historias que llaman verdaderas. Vale más que leas que no el
que te alimentes de chismes y comadrerías del pueblo. Pero lee sobre todo libros de
piedad que te den contento de vivir, un contento apacible y silencioso. ¿Le tenía él?
Por entonces enfermó de muerte y se nos murió nuestra madre, y en sus últimos días
todo su hipo era que Don Manuel convirtiese a Lázaro, a quien esperaba volver a ver un
día en el cielo, en un rincón de las estrellas desde donde se viese el lago y la
montaña de Valverde de Lucerna. Ella se iba ya, a ver a Dios.
-Usted no se va -le decía Don Manuel-, usted se queda. Su cuerpo aquí, en esta
tierra, y su alma también aquí en esta casa, viendo y oyendo a sus hijos, aunque estos
ni le vean ni le oigan.
-Pero yo, padre -dijo-, voy a ver a Dios.
-Dios, hija mía, está aquí como en todas partes, y le verá usted desde aquí, desde
aquí. Y a todos nosotros en Él, y a Él en nosotros.
-Dios se lo pague -le dije.
-El contento con que tu madre se muera -me dijo- será su eterna vida. Y volviéndose a
mi hermano Lázaro:
-Su cielo es seguir viéndote, y ahora es cuando hay que salvarla. Dile que rezarás
por ella. -Pero...
-¿Pero...? Dile que rezarás por ella, a quien debes la vida, y sé que una vez que se
lo prometas rezarás y sé que luego que reces...
Mi hermano, acercándose, arrasados sus ojos en lágrimas, a nuestra madre, agonizante,
le prometió solemnemente rezar por ella.
-Y yo en el cielo por ti, por vosotros -respondió mi madre, y besando el crucifijo y
puestos sus ojos en los de Don Manuel, entregó su alma a Dios.
-«¡En tus manos encomiendo mi espíritu!» -rezó el santo varón.
Quedamos mi hermano y yo solos en la casa. Lo que pasó en la muerte de nuestra madre
puso a Lázaro en relación con Don Manuel, que pareció descuidar algo a sus demás
pacientes, a sus demás menesterosos, para atender a mi hermano. Íbanse por las tardes de
paseo, orilla del lago, o hacia las ruinas, vestidas de hiedra, de la vieja abadía de
cistercienses.
-Es un hombre maravilloso -me decía Lázaro-. Ya sabes que dicen que en el fondo de
este lago hay una villa sumergida y que en la noche de san Juan, a las doce, se oyen las
campanadas de su iglesia.
-Sí -le contestaba yo-, una villa feudal y medieval...
-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también
sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.
-Sí -le dije-, esa villa sumergida en el alma de Don Manuel, ¿y por qué no también
en la tuya?, es el cementerio de las almas de nuestros abuelos, los de esta nuestra
Valverde de Lucerna... ¡feudal y medieval!
Acabó mi hermano por ir a misa siempre, a oír a Don Manuel, y cuando se dijo que
cumpliría con la parroquia, que comulgaría cuando los demás comulgasen, recorrió un
íntimo regocijo al pueblo todo, que creyó haberle recobrado. Pero fue un regocijo tal,
tan limpio, que Lázaro no se sintió ni vencido ni disminuido.
Y llegó el día de su comunión, ante el pueblo todo, con el pueblo todo. Cuando
llegó la vez a mi hermano pude ver que Don Manuel, tan blanco como la nieve de enero en
la montaña y temblando como tiembla el lago cuando le hostiga el cierzo, se le acercó
con la sagrada forma en la mano, y de tal modo le temblaba esta al arrimarla a la boca de
Lázaro que se le cayó la forma a tiempo que le daba un vahído. Y fue mi hermano mismo
quien recogió la hostia y se la llevó a la boca. Y el pueblo al ver llorar a Don Manuel,
lloró diciéndose: «¡Cómo le quiere!». Y entonces, pues era la madrugada, cantó un
gallo. Al volver a casa y encerrarme en ella con mi hermano, le eché los brazos al cuello
y besándole le dije:
-¡Ay Lázaro, Lázaro, qué alegría nos has dado a todos, a todos, a todo el pueblo,
a todos, a los vivos y a los muertos, y sobre todo a mamá, a nuestra madre! ¿Viste? El
pobre Don Manuel lloraba de alegría. ¡Qué alegría nos has dado a todos!
-Por eso lo he hecho -me contestó.
-¿Por eso? ¿Por darnos alegría? Lo habrás hecho ante todo por ti mismo, por
conversión. Y entonces Lázaro, mi hermano, tan pálido y tan tembloroso como Don Manuel
cuando le dio la comunión, me hizo sentarme en el sillón mismo donde solía sentarse
nuestra madre, tomó huelgo, y luego, como en íntima confesión doméstica y familiar, me
dijo:
-Mira, Angelita, ha llegado la hora de decirte la verdad, toda la verdad, y te la voy a
decir, porque debo decírtela, porque a ti no puedo, no debo callártela y porque además
habrías de adivinarla y a medias, que es lo peor, más tarde o más temprano.
Y entonces, serena y tranquilamente, a media voz, me contó una historia que me
sumergió en un lago de tristeza. Cómo Don Manuel le había venido trabajando, sobre todo
en aquellos paseos a las ruinas de la vieja abadía cisterciense, para que no
escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que se incorporase a la vida religiosa
del pueblo, para que fingiese creer si no creía, para que ocultase sus ideas al respecto,
mas sin intentar siquiera catequizarle, convertirle de otra manera.
-Pero ¿es eso posible? -exclamé consternada.
-¡Y tan posible, hermana, y tan posible! Y cuando yo le decía: «¿Pero es usted,
usted, el sacerdote, el que me aconseja que finja?», él, balbuciente: «¿Fingir?,
¡fingir no!, ¡eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás
creyendo». Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: «¿Y usted celebrando misa ha
acabado por creer?», él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Y así es como le arranqué su secreto.
-¡Lázaro! -gemí.
Y en aquel momento pasó por la calle Blasillo el bobo, clamando su: «¡Dios mío,
Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Y Lázaro se estremeció creyendo oír la voz
de Don Manuel, acaso la de Nuestro Señor Jesucristo.
-Entonces -prosiguió mi hermano- comprendí sus móviles, y con esto comprendí su
santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. No trataba al emprender ganarme para
su santa causa -porque es una causa santa, santísima-, arrogarse un triunfo, sino que lo
hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están
encomendados; comprendí que si les engaña así -si es que esto es engaño- no es por
medrar. Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás del
día en que diciéndole yo: «Pero, Don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él,
temblando, me susurró al oído -y eso que estábamos solos en medio del campo-: «¿La
verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la
gente sencilla no podría vivir con ella». «¿Y por qué me la deja entrever ahora
aquí, como en confesión?», le dije. Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto,
tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo
estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles
que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan
sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no
vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas
las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las
profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo
la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es
consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío».
Jamás olvidaré estas sus palabras. -¡Pero esa comunión tuya ha sido un sacrilegio! -me
atreví a insinuar, arrepintiéndome al punto de haberlo insinuado.
-¿Sacrilegio? ¿Y él que me la dio? ¿Y sus misas?
-¡Qué martirio! -exclamé.
-Y ahora -añadió mi hermano- hay otro más para consolar al pueblo.
-¿Para engañarle? -le dije.
-Para engañarle no -me replicó-, sino para corroborarle en su fe.
-Y él, el pueblo -dije-, ¿cree de veras?
-¡Qué sé yo ...! Cree sin querer, por hábito, por tradición. Y lo que hace falta
es no despertarle. Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas
de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!
-Eso, hermano, lo has aprendido de Don Manuel. Y ahora, dime, ¿has cumplido aquello
que le prometiste a nuestra madre cuando ella se nos iba a morir, aquello de que rezarías
por ella?
-¡Pues no se lo había de cumplir! Pero ¿por quién me has tomado, hermana? ¿Me
crees capaz de faltar a mi palabra, a una promesa solemne, y a una promesa hecha, y en el
lecho de muerte, a una madre?
-¡Qué sé yo...! Pudiste querer engañarla para que muriese consolada.
-Es que si yo no hubiese cumplido la promesa viviría sin consuelo.
-¿Entonces?
-Cumplí la promesa y no he dejado de rezar ni un solo día por ella.
-¿Sólo por ella?
-Pues, ¿por quién más?
-¡Por ti mismo! Y de ahora en adelante, por Don Manuel.
Nos separamos para irnos cada uno a su cuarto, yo a llorar toda la noche, a pedir por
la conversión de mi hermano y de Don Manuel, y él, Lázaro, no sé bien a qué.
Después de aquel día temblaba yo de encontrarme a solas con Don Manuel, a quien
seguía asistiendo en sus piadosos menesteres. Y él pareció percatarse de mi estado
íntimo y adivinar la causa. Y cuando al fin me acerqué a él en el tribunal de la
penitencia -¿quién era el juez y quién el reo?-, los dos, él y yo, doblamos en
silencio la cabeza y nos pusimos a llorar. Y fue él, Don Manuel, quien rompió el
tremendo silencio para decirme con voz que parecía salir de una huesa:
-Pero tú, Angelina, tú crees como a los diez años, ¿no es así? ¿Tú crees?
-Sí creo, padre.
-Pues sigue creyendo. Y si se te ocurren dudas, cállatelas a ti misma. Hay que
vivir... Me atreví, y toda temblorosa le dije:
-Pero usted, padre, ¿cree usted?
Vaciló un momento y, reponiéndose, me dijo:
-¡Creo!
-¿Pero en qué, padre, en qué? ¿Cree usted en la otra vida?, ¿cree usted que al
morir no nos morimos del todo?, ¿cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo
venidero?, ¿cree en la otra vida? El pobre santo sollozaba.
-¡Mira, hija, dejemos eso!
Y ahora, al escribir esta memoria, me digo: ¿Por qué no me engañó?, ¿por qué no
me engañó entonces como engañaba a los demás? ¿Por qué se acongojó? ¿Porque no
podía engañarse a sí mismo, o porque no podía engañarme? Y quiero creer que se
acongojaba porque no podía engañarse para engañarme.
-Y ahora -añadió-, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que
vivir. Y hay que dar vida.
Y después de una pausa:
-¿Y por qué no te casas, Angelina?
-Ya sabe usted, padre mío, por qué.
-Pero no, no; tienes que casarte. Entre Lázaro y yo te buscaremos un novio. Porque a
ti te conviene casarte para que se te curen esas preocupaciones.
-¿Preocupaciones, Don Manuel?
-Yo sé bien lo que me digo. Y no te acongojes demasiado por los demás, que harto
tiene cada cual con tener que responder de sí mismo.
-¡Y que sea usted, Don Manuel, el que me diga eso!, ¡que sea usted el que me aconseje
que me case para responder de mí y no acuitarme por los demás!, ¡que sea usted! -Tienes
razón, Angelina, no sé ya lo que me digo; no sé ya lo que me digo desde que estoy
confesándome contigo. Y sí, sí, hay que vivir, hay que vivir.
Y cuando yo iba a levantarme para salir del templo, me dijo:
-Y ahora, Angelina, en nombre del pueblo, ¿me absuelves?
Me sentí como penetrada de un misterioso sacerdocio, y le dije:
-En nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, le absuelvo, padre.
Y salimos de la iglesia, y al salir se me estremecían las entrañas maternales. Mi
hermano, puesto ya del todo al servicio de la obra de Don Manuel, era su más asiduo
colaborador y compañero. Les anudaba, además, el común secreto. Le acompañaba en sus
visitas a los enfermos, a las escuelas, y ponía su dinero a disposición del santo
varón. Y poco faltó para que no aprendiera a ayudarle a misa. E iba entrando cada vez
más en el alma insondable de Don Manuel. -¡Qué hombre! -me decía-. Mira, ayer,
paseando a orillas del lago, me dijo: «He aquí mi tentación mayor». Y como yo le
interrogase con la mirada, añadió: «Mi pobre padre, que murió de cerca de noventa
años, se pasó la vida, según me lo confesó él mismo, torturado por la tentación del
suicidio, que le venía no recordaba desde cuándo, de nación, decía, y defendiéndose
de ella. Y esa defensa fue su vida. Para no sucumbir a tal tentación extremaba los
cuidados por conservar la vida. Me contó escenas terribles. Me parecía como una locura.
Y yo la he heredado. ¡Y cómo me llama esa agua que con su aparente quietud -la corriente
va por dentro- espeja al cielo! ¡Mi vida, Lázaro, es una especie de suicidio continuo,
un combate contra el suicidio, que es igual; pero que vivan ellos, que vivan los
nuestros!». Y luego añadió: «Aquí se remansa el río en lago, para luego, bajando a
la meseta, precipitarse en cascadas, saltos y torrenteras por las hoces y encañadas,
junto a la ciudad, y así se remansa la vida, aquí, en la aldea. Pero la tentación del
suicidio es mayor aquí, junto al remanso que espeja de noche las estrellas, que no junto
a las cascadas que dan miedo. Mira, Lázaro, he asistido a bien morir a pobres aldeanos,
ignorantes, analfabetos que apenas si habían salido de la aldea, y he podido saber de sus
labios, y cuando no adivinarlo, la verdadera causa de su enfermedad de muerte, y he podido
mirar, allí, a la cabecera de su lecho de muerte, toda la negrura de la sima del tedio de
vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos, pues, Lázaro, suicidándonos en nuestra
obra y en nuestro pueblo, y que sueñe este su vida como el lago sueña el cielo». -Otra
vez -me decía también mi hermano-, cuando volvíamos acá, vimos una zagala, una
cabrera, que enhiesta sobre un picacho de la falda de la montaña, a la vista del lago,
estaba cantando con una voz más fresca que las aguas de este. Don Manuel me detuvo y
señalándomela dijo: «Mira, parece como si se hubiera acabado el tiempo, como si esa
zagala hubiese estado ahí siempre, y como está, y cantando como está, y como si hubiera
de seguir estando así siempre, como estuvo cuando empezó mi conciencia, como estará
cuando se me acabe. Esa zagala forma parte, con las rocas, las nubes, los árboles, las
aguas, de la naturaleza y no de la historia». ¡Cómo siente, cómo anima Don Manuel a la
naturaleza! Nunca olvidaré el día de la nevada en que me dijo: «¿Has visto, Lázaro,
misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago y muriendo en él mientras cubre con
su toca a la montaña?».
Don Manuel tenía que contener a mi hermano en su celo y en su inexperiencia de
neófito. Y como supiese que este andaba predicando contra ciertas supersticiones
populares, hubo de decirle:
-¡Déjalos! ¡Es tan difícil hacerles comprender dónde acaba la creencia ortodoxa y
dónde empieza la superstición! Y más para nosotros. Déjalos, pues, mientras se
consuelen. Vale más que lo crean todo, aun cosas contradictorias entre sí, a no que no
crean nada. Eso de que el que cree demasiado acaba por no creer nada, es cosa de
protestantes. No protestemos. La protesta mata el contento.
Una noche de plenilunio -me contaba también mi hermano- volvían a la aldea por la
orilla del lago, a cuya sobrehaz rizaba entonces la brisa montañesa y en el rizo
cabrilleaban las razas de la luna llena, y Don Manuel le dijo a Lázaro:
-¡Mira, el agua está rezando la letanía y ahora dice: ¡anua caeli, ora pro nobis,
puerta del cielo, ruega por nosotros!
Y cayeron temblando de sus pestañas a la yerba del suelo dos huideras lágrimas en que
también, como en rocío, se bañó temblorosa la lumbre de la luna llena.
E iba corriendo el tiempo y observábamos mi hermano y yo que las fuerzas de Don Manuel
empezaban a decaer, que ya no lograba contener del todo la insondable tristeza que le
consumía, que acaso una enfermedad traidora le iba minando el cuerpo y el alma. Y
Lázaro, acaso para distraerle más, le propuso si no estaría bien que fundasen en la
iglesia algo así como un sindicato católico agrario.
-¿Sindicato? -respondió tristemente Don Manuel-. ¿Sindicato? ¿Y qué es eso? Yo no
conozco más sindicato que la Iglesia, y ya sabes aquello de «mi reino no es de este
mundo». Nuestro reino, Lázaro, no es de este mundo...
-¿Y del otro?
Don Manuel bajó la cabeza:
-El otro, Lázaro, está aquí también, porque hay dos reinos en este mundo. O mejor,
el otro mundo... Vamos, que no sé lo que me digo. Y en cuanto a eso del sindicato, es en
ti un resabio de tu época de progresismo. No, Lázaro, no; la religión no es para
resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las
disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como
obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la
ilusión de que todo esto tiene una finalidad. Yo no he venido a someter los pobres a los
ricos, ni a predicar a estos que se sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y
para todos. Porque también el rico tiene que re- signarse a su riqueza, y a la vida, y
también el pobre tiene que tener caridad para con el rico. ¿Cuestión social? Deja eso,
eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ya ricos ni pobres, en
que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea de todos, ¿y qué? ¿Y no
crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio a la vida? Sí, ya sé que
uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es
el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe.
Yo mismo con esta mi loca actividad me estoy administrando opio. Y no logro dormir bien y
menos soñar bien... ¡Esta terrible pesadilla! Y yo también puedo decir con el Divino
Maestro: «Mi alma está triste hasta la muerte». No, Lázaro; nada de sindicatos por
nuestra parte. Si lo forman ellos me parecerá bien, pues que así se distraen. Que
jueguen al sindicato, si eso les contenta.
El pueblo todo observó que a Don Manuel le menguaban las fuerzas, que se fatigaba. Su
voz misma, aquella voz que era un milagro, adquirió un cierto temblor íntimo. Se le
asomaban las lágrimas con cualquier motivo. Y sobre todo cuando hablaba al pueblo del
otro mundo, de la otra vida, tenía que detenerse a ratos cerrando los ojos. «Es que lo
está viendo», decían. Y en aquellos momentos era Blasillo el bobo el que con más cuajo
lloraba. Porque ya Blasillo lloraba más que reía, y hasta sus risas sonaban a lloros.
Al llegar la última Semana de Pasión que con nosotros, en nuestro mundo, en nuestra
aldea celebró Don Manuel, el pueblo todo presintió el fin de la tragedia. ¡Y cómo
sonó entonces aquel: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», el
último que en público sollozó Don Manuel! Y cuando dijo lo del Divino Maestro al buen
bandolero -«todos los bandoleros son buenos», solía decir nuestro Don Manuel-, aquello
de: «Mañana estarás conmigo en el paraíso». ¡Y la última comunión general que
repartió nuestro santo! Cuando llegó a dársela a mi hermano, esta vez con mano segura,
después del litúrgico «.,. in vitam aetemam», se le inclinó al oído y le dijo: «No
hay más vida eterna que esta... que la sueñen eterna... eterna de unos pocos años...».
Y cuando me la dio a mí me dijo: «Reza, hija mía, reza por nosotros». Y luego, algo
tan extraordinario que lo llevo en el corazón como el más grande misterio, y fue que me
dijo con voz que parecía de otro mundo: «... y reza también por Nuestro Señor
Jesucristo...».
Me levanté sin fuerzas y como sonámbula. Y todo en torno me pareció un sueño. Y
pensé: «Habré de rezar también por el lago y por la montaña». Y luego: «¿Es que
estaré endemoniada?». Y en casa ya, cogí el crucifijo con el cual en las manos había
entregado a Dios su alma mi madre, y mirándolo a través de mis lágrimas y recordando el
«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» de nuestros dos Cristos, el de
esta tierra y el de esta aldea, recé: «hágase tu voluntad, así en la tierra como en el
cielo», primero, y después: «Y no nos dejes caer en la tentación, amén». Luego me
volví a aquella imagen de la Dolorosa, con su corazón traspasado por siete espadas, que
había sido el más doloroso consuelo de mi pobre madre, y recé: «Santa María, madre de
Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén». Y
apenas lo había rezado cuando me dije: «¿pecadores?, ¿nosotros pecadores?, ¿y cuál
es nuestro pecado, cuál?». Y anduve todo el día acongojada por esta pregunta. Al día
siguiente acudí a Don Manuel, que iba adquiriendo una solemnidad de religioso ocaso, y le
dije:
-¿Recuerda, padre mío, cuando hace ya años, al dirigirle yo una pregunta me
contestó: «Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa
Madre Iglesia que os sabrán responder»?
-¡Que si me acuerdo!... y me acuerdo que te dije que esas eran preguntas que te
dictaba el Demonio.
-Pues bien, padre, hoy vuelvo yo, la endemoniada, a dirigirle otra pregunta que me
dicta mi demonio de la guarda.
-Pregunta.
-Ayer, al darme de comulgar, me pidió que rezara por todos nosotros y hasta por...
-Bien, cállalo y sigue.
-Llegué a casa y me puse a rezar, y al llegar a aquello de «ruega por nosotros,
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», una voz íntima me dijo:
«¿pecadores?, ¿pecadores nosotros?, ¿y cuál es nuestro pecado?». ¿Cuál es nuestro
pecado, padre?
-¿Cuál? -me respondió-. Ya lo dijo un gran doctor de la Iglesia Católica
Apostólica Española, ya lo dijo el gran doctor de La vida es sueño, ya dijo que «el
delito mayor del hombre es haber nacido». Ese es, hija, nuestro pecado: el de haber
nacido.
-¿Y se cura, padre?
-¡Vete y vuelve a rezar! Vuelve a rezar por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte... Sí, al fin se cura el sueño..., al fin se cura la vida..., al fin se
acaba la cruz del nacimiento... Y como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien,
ni aun en sueños se pierde...
Y la hora de su muerte llegó por fin. Todo el pueblo la veía llegar. Y fue su más
grande lección. No quiso morirse ni solo ni ocioso. Se murió predicando al pueblo, en el
templo. Primero, antes de mandar que le llevasen a él, pues no podía ya moverse por la
perlesía, nos llamó a su casa a Lázaro y a mí. Y allí, los tres a solas, nos dijo:
-Oíd: cuidad de estas pobres ovejas, que se consuelen de vivir, que crean lo que yo no
he podido creer. Y tú, Lázaro, cuando hayas de morir, muere como yo, como morirá
nuestra Ángela, en el seno de la Santa Madre Católica Apostólica Romana, de la Santa
Madre Iglesia de Valverde de Lucerna, bien entendido. Y hasta nunca más ver, pues se
acaba este sueño de la vida...
-¡Padre, padre! -gemí yo.
-No te aflijas, Angela, y sigue rezando por todos los pecadores, por todos los nacidos.
Y que sueñen, que sueñen. ¡Qué ganas tengo de dormir, dormir, dormir sin fin, dormir
por toda una eternidad y sin soñar!, ¡olvidando el sueño! Cuando me entierren, que sea
en una caja hecha con aquellas seis tablas que tallé del viejo nogal, ¡pobrecito!, a
cuya sombra jugué de niño, cuando empezaba a soñar... ¡Y entonces sí que creía en la
vida perdurable! Es decir, me figuro ahora que creía entonces. Para un niño creer no es
más que soñar. Y para un pueblo. Esas seis tablas que tallé con mis propias manos, las
encontraréis al pie de mi cama.
Le dio un ahogo y, repuesto de él, prosiguió:
-Recordaréis que cuando rezábamos todos en uno, en unanimidad de sentido, hechos
pueblo, el Credo, al llegar al final yo me callaba. Cuando los israelitas iban llegando al
fin de su peregrinación por el desierto, el Señor les dijo a Aarón y a Moisés que por
no haberle creído no meterían a su pueblo en la tierra prometida, y les hizo subir al
monte de Hor, donde Moisés hizo desnudar a Aarón, que allí murió, y luego subió
Moisés desde las llanuras de Moab al monte Nebo, a la cumbre de Fasga, enfrente de
Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra prometida a su pueblo, pero diciéndole a
él: «¡No pasarás allá!», y allí murió Moisés y nadie supo su sepultura. Y dejó
por caudillo a Josué. Sé tú, Lázaro, mi Josué, y si puedes detener el Sol, deténle,
y no te importe del progreso. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo
ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios,
que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio y
para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva, que
después de muerto ya no hay cuidado, pues no verá nada...
-¡Padre, padre, padre! -volví a gemir.
Y él:
-Tú, Ángela, reza siempre, sigue rezando para que los pecadores todos sueñen hasta
morir la resurrección de la carne y la vida perdurable...
Yo esperaba un «¿y quién sabe...?», cuando le dio otro ahogo a Don Manuel.
-Y ahora -añadió-, ahora, en la hora de mi muerte, es hora de que hagáis que se me
lleve, en este mismo sillón, a la iglesia para despedirme allí de mi pueblo, que me
espera.
Se le llevó a la iglesia y se le puso, en el sillón, en el presbiterio, al pie del
altar. Tenía entre sus manos un crucifijo. Mi hermano y yo nos pusimos junto a él, pero
fue Blasillo el bobo quien más se arrimó. Quería coger de la mano a Don Manuel,
besársela. Y como algunos trataran de impedírselo, Don Manuel les reprendió
diciéndoles:
-Dejadle que se me acerque. Ven, Blasillo, dame la mano.
El bobo lloraba de alegría. Y luego Don Manuel dijo:
-Muy pocas palabras, hijos míos, pues apenas me siento con fuerzas sino para morir. Y
nada nuevo tengo que deciros. Ya os lo dije todo. Vivid en paz y contentos y esperando que
todos nos veamos un día en la Valverde de Lucerna que hay allí, entre las estrellas de
la noche que se reflejan en el lago, sobre la montaña. Y rezad, rezad a María
Santísima, rezad a Nuestro Señor. Sed buenos, que esto basta. Perdonadme el mal que haya
podido haceros sin quererlo y sin saberlo. Y ahora, después de que os dé mi bendición,
rezad todos a una el Padrenuestro, el Ave María, la Salve, y por último el Credo.
Luego, con el crucifijo que tenía en la mano dio la bendición al pueblo, llorando las
mujeres y los niños y no pocos hombres, y en seguida empezaron las oraciones, que Don
Manuel oía en silencio y cogido de la mano por Blasillo, que al son del ruego se iba
durmiendo. Primero el Padrenuestro con su «hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo», luego el Santa María con su «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte», a seguida la Salve con su «gimiendo y llorando en este valle de
lágrimas», y por último el Credo. Y al llegar a la «resurrección de la carne y la
vida perdurable», todo el pueblo sintió que su santo había entregado su alma a Dios. Y
no hubo que cerrarle los ojos, porque se murió con ellos cerrados. Y al ir a despertar a
Blasillo nos encontramos con que se había dormido en el Señor para siempre. Así que
hubo luego que enterrar dos cuerpos. El pueblo todo se fue en seguida a la casa del santo
a recoger reliquias, a repartirse retazos de sus vestiduras, a llevarse lo que pudieran
como reliquia y recuerdo del bendito mártir. Mi hermano guardó su breviario, entre cuyas
hojas encontró, desecada y como en un herbario, una clavellina pegada a un papel y en
este una cruz con una fecha.
Nadie en el pueblo quiso creer en la muerte de Don Manuel; todos esperaban verle a
diario, y acaso le veían, pasar a lo largo del lago y espejado en él o teniendo por
fondo las montañas; todos seguían oyendo su voz, y todos acudían a su sepultura, en
torno a la cual surgió todo un culto. Las endemoniadas venían ahora a tocar la cruz de
nogal, hecha también por sus manos y sacada del mismo árbol de donde sacó las seis
tablas en que fue enterrado. Y los que menos queríamos creer que se hubiese muerto
éramos mi hermano y yo. Él, Lázaro, continuaba la tradición del santo y empezó a
redactar lo que le había oído, notas de que me he servido para esta mi memoria.
-Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado -me decía-. Él me
dio fe.
-¿Fe? -le interrumpía yo.
-Sí, fe, fe en el consuelo de la vida, fe en el contento de la vida. Él me curó de
mi progresismo. Porque hay, Angela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que
convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan, como
inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transitoria, se
ganen la otra, y los que no creyendo más que en este...
-Como acaso tú... -le decía yo.
-Y sí, y como Don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué
sociedad futura, y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro...
-De modo que...
-De modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.
El pobre cura que llegó a sustituir a Don Manuel en el curato entró en Valverde de
Lucerna abrumado por el recuerdo del santo y se entregó a mi hermano y a mí para que le
guiásemos. No quería sino seguir las huellas del santo. Y mi hermano le decía: «Poca
teología, ¿eh?, poca teología; religión, religión». Y yo al oírselo me sonreía
pensando si es que no era también teología lo nuestro. Yo empecé entonces a temer por
mi pobre hermano. Desde que se nos murió Don Manuel no cabía decir que viviese. Visitaba
a diario su tumba y se pasaba horas muertas contemplando el lago. Sentía morriña de la
paz verdadera.
-No mires tanto al lago -le decía yo.
-No, hermana, no temas. Es otro el lago que me llama; es otra la montaña. No puedo
vivir sin él.
-¿Y el contento de vivir, Lázaro, el contento de vivir?
-Eso para otros pecadores, no para nosotros, que le hemos visto la cara a Dios, a
quienes nos ha mirado con sus ojos el sueño de la vida.
-¿Qué, te preparas a ir a ver a Don Manuel?
-No, hermana, no; ahora y aquí en casa, entre nosotros solos, toda la verdad por
amarga que sea, amarga como el mar a que van a parar las aguas de este dulce lago, toda la
verdad para ti, que estás abroquelada contra ella...
-¡No, no, Lázaro; esa no es la verdad!
-La mía, sí.
-La tuya, ¿pero y la de...?
-También la de él.
-¡Ahora no, Lázaro; ahora no! Ahora cree otra cosa, ahora cree...
-Mira, Ángela, una de las veces en que al decirme Don Manuel que hay cosas que aunque
se las diga uno a sí mismo debe callárselas a los demás, le repliqué que me decía eso
por decírselas a él, esas mismas, a sí mismo, y acabó confesándome que creía que
más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra
vida.
-¿Es posible?
-¡Y tan posible! Y ahora, hermana, cuida que no sospechen siquiera aquí, en el
pueblo, nuestro secreto...
-¿Sospecharlo? -le dije-. Si intentase, por locura, explicárselo, no lo entenderían.
El pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras.
Querer exponerles eso sería como leer a unos ni- ños de ocho años unas páginas de
santo Tomás de Aquino... en latín.
-Bueno, pues cuando yo me vaya, reza por mí y por él y por todos. Y por fin le llegó
también su hora. Una enfermedad que iba minando su robusta naturaleza pareció
exacerbársele con la muerte de Don Manuel.
-No siento tanto tener que morir -me decía en sus últimos días-, como que conmigo se
muere otro pedazo del alma de Don Manuel. Pero lo demás de él vivirá contigo. Hasta que
un día hasta los muertos nos moriremos del todo.
Cuando se hallaba agonizando entraron, como se acostumbra en nuestras aldeas, los del
pueblo a verle agonizar, y encomendaban su alma a Don Manuel, a san Manuel Bueno, el
mártir. Mi hermano no les dijo nada, no tenía ya nada que decirles; les dejaba dicho
todo, todo lo que queda dicho. Era otra laña más entre las dos Valverdes de Lucerna, la
del fondo del lago y la que en su sobrehaz se mira; era ya uno de nuestros muertos de
vida, uno también, a su modo, de nuestros santos. Quedé más que desolada, pero en mi
pueblo y con mi pueblo. Y ahora, al haber perdido a mi san Manuel, al padre de mi alma, y
a mi Lázaro, mi hermano aún más que carnal, espiritual, ahora es cuando me doy cuenta
de que he envejecido y de cómo he envejecido. Pero ¿es que los he perdido?, ¿es que he
envejecido?, ¿es que me acerco a mi muerte?
¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida,
a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del
lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. Él me
enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más
pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me
parecía como si mi vida hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía
yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo
que ellos, los míos, decían sin querer. Salía a la calle, que era la carretera, y como
conocía a todos, vivía en ellos y me olvidaba de mí, mientras que en Madrid, donde
estuve alguna vez con mi hermano, como a nadie conocía, sentíame en terrible soledad y
torturada por tantos desconocidos.
Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la
santidad ajena, creo que Don Manuel Bueno, que mi san Manuel y que mi hermano Lázaro se
murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo
en una desolación activa y resignada. Pero ¿por qué -me he preguntado muchas veces- no
trató Don Manuel de convertir a mi hermano también con un engaño, con una mentira,
fingiéndose creyente sin serlo? Y he comprendido que fue porque comprendió que no le
engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su
verdad, le convertiría; que no habría conseguido nada si hubiese pretendido representar
para con él una comedia -tragedia más bien-, la que representaba para salvar al pueblo.
Y así le ganó, en efecto, para su piadoso fraude; así le ganó con la verdad de muerte
a la razón de vida. Y así me ganó a mí, que nunca dejé transparentar a los otros su
divino, su santísimo juego. Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé
qué sagrados y no escrudiñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en
el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda. ¿Y yo, creo?
Y al escribir esto ahora, aquí, en mi vieja casa materna, a mis más que cincuenta
años, cuando empiezan a blanquear con mi cabeza mis recuerdos, está nevando, nevando
sobre el lago, nevando sobre la montaña, nevando sobre las memorias de mi padre, el
forastero; de mi madre, de mi hermano Lázaro, de mi pueblo, de mi san Manuel, y también
sobre la memoria del pobre Blasillo, de mi san Blasillo, y que él me ampare desde el
cielo. Y esta nieve borra esquinas y borra sombras, pues hasta de noche la nieve alumbra.
Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que soñé -o mejor lo
que soñé y lo que sólo vi-, ni lo que supe ni lo que creí. No sé si estoy traspasando
a este papel, tan blanco como la nieve, mi conciencia que en él se ha de quedar,
quedándome yo sin ella. ¿Para qué tenerla ya...? ¿Es que sé algo?, ¿es que creo
algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento?
¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro
de otro sueño? ¿Seré yo, Angela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en
esta aldea se ve acometida de estos pensamientos extraños para los demás? ¿Y estos, los
otros, los que me rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? Por lo menos, viven. Y ahora
creen en san Manuel Bueno, mártir, que sin esperar inmortalidad les mantuvo en la
esperanza de ella.
Parece que el ilustrísimo señor obispo, el que ha promovido el proceso de
beatificación de nuestro santo de Valverde de Lucerna, se propone escribir su vida, una
especie de manual del perfecto párroco, y recoge para ello toda clase de noticias. A mí
me las ha pedido con insistencia, ha tenido entrevistas conmigo, le he dado toda clase de
datos, pero me he callado siempre el secreto trágico de Don Manuel y de mi hermano. Y es
curioso que él no lo haya sospechado. Y confío en que no llegue a su conocimiento todo
lo que en esta memoria dejo consignado. Les temo a las autoridades de la tierra, a las
autoridades temporales, aunque sean las de la Iglesia.
Pero aquí queda esto, y sea de su suerte lo que fuere.
¿Cómo vino a parar a mis manos este documento, esta memoria de Ángela Carballino? He
aquí algo, lector, algo que debo guardar en secreto. Te la doy tal y como a mí ha
llegado, sin más que corregir pocas, muy pocas particularidades de redacción. ¿Que se
parece mucho a otras cosas que yo he escrito? Esto nada prueba contra su objetividad, su
originalidad. ¿Y sé yo, además, si no he creado fuera de mí seres reales y efectivos,
de alma inmortal? ¿Sé yo si aquel Augusto Pérez, el de mi novela Niebla, no tenía
razón al pretender ser más real, más objetivo que yo mismo, que creía haberle
inventado? De la realidad de este san Manuel Bueno, mártir, tal como me la ha revelado su
discípula e hija espiritual Angela Carballino, de esta realidad no se me ocurre dudar.
Creo en ella más que creía el mismo santo; creo en ella más que creo en mi propia
realidad.
Y ahora, antes de cerrar este epílogo, quiero recordarte, lector paciente, el versillo
noveno de la Epístola del olvidado apóstol San Judas -¡lo que hace un nombre!-, donde
se nos dice cómo mi celestial patrono, san Miguel Arcángel -Miguel quiere decir
«¿Quién como Dios?», y arcángel, archimensajero-, disputó con el diablo -diablo
quiere decir acusador, fiscal- por el cuerpo de Moisés y no toleró que se lo llevase en
juicio de maldición, sino que le dijo al diablo: «El Señor te reprenda». Y el que
quiera entender que entienda. Quiero también, ya que Ángela Carballino mezcló a su
relato sus propios sentimientos, ni sé que otra cosa quepa, comentar yo aquí lo que ella
dejó dicho de que si Don Manuel y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su
estado de creencia, este, el pueblo, no les habría entendido. Ni les habría creído,
añado yo. Habrían creído a sus obras y no a sus palabras, porque las palabras no sirven
para apoyar las obras, sino que las obras se bastan. Y para un pueblo como el de Valverde
de Lucerna no hay más confesión que la conducta. Ni sabe el pueblo qué cosa es fe, ni
acaso le importa mucho. Bien sé que en lo que se cuenta en este relato, si se quiere
novelesco -y la novela es la más íntima historia, la más verdadera, por lo que no me
explico que haya quien se indigne de que se llame novela al Evangelio, lo que es elevarle,
en realidad, sobre un cronicón cualquiera-, bien sé que en lo que se cuenta en este
relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los
lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la
desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, fuera de la historia, en
divina novela, se cobijaron. |