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Tratan
de reconstruir el modo de vida de feroces aves terrestres
Son
los fororracos, una familia de plumíferos con escasa o nula capacidad
de vuelo, alas reducidas, garras y un pico en forma de cuchilla para matar
a sus presas. Se extinguieron hace 3 millones de años. Aseguran
que actualmente no existe ninguna forma análoga. Los pocos cráneos
hallados hasta el momento son tres veces más grandes que los de
un cóndor. Se cree que fueron la especie dominante cuando no había
mamíferos carnívoros. La semana pasada la revista Nature
publicó la investigación de dos argentinos sobre el cráneo
-encontrado cerca de Bariloche- del fororraco más grande conocido
“Es
imposible reflexionar acerca de los cambios del continente americano sin
experimentar profundo asombro. Antiguamente debieron de pulular en él
terribles monstruos.”
Con esta cita de Charles Darwin (9 de enero de 1834), la doctora en Ciencias
Naturales Claudia Tambussi nos introduce a un apasionante mundo de aves
prehistóricas terrestres, tan grandes que hoy son difíciles
de imaginar, y básicamente de comparar.
La profesional, que integra un selecto grupo de científicos que
investiga estos plumíferos carnívoros que no podían
volar y usaban su filoso pico para cazar las presas, utiliza esta frase
del genial naturalista inglés en una nota de divulgación
editada por la revista del museo platense.
Su equipo estudia los fororracos, un grupo de aves terrestres que habitaron
principalmente Sudamérica en el período comprendido entre
60 y 3 millones de años atrás. Hoy existen valiosos y abundantes
indicios sobre estos ejemplares, pero muy pocos restos.
“Carlos Ameghino (N. de la R: 1865-1936, explorador y recolector
hermano de Florentino) fue el primero en hallar los restos de un vertebrado
de gran tamaño en la Patagonia”, describe en diálogo
con Hoy Tambussi, en un luminoso y estrecho laboratorio entre los intrincados
pasillos y viejas escaleras del Museo de Ciencias Naturales local.
La profesional, de reconocida trayectoria en nuestro país y en
el exterior, puntualiza: “Existen más chances de hallar los
restos de mamíferos que de las aves, porque sus huesos eran muy
frágiles y su conservación, por lo tanto, es más
improbable”.
“Hay pocas evidencias, estimo que no existen más de diez
cráneos de fororracos en el mundo”. Tanto es así que
en el museo no existen actualmente fósiles de este tipo en exhibición;
Tambussi y su equipo están trabajando para poder mostrarlos al
público.
Especie dominante
Los fororracoideos o fororracos son un grupo extinguido (sin representantes
actuales) de aves terrestres con escasa o nula capacidad de vuelo, que
vivieron entre el Paleoceno y el Plioceno. Su rango de altura varía
entre el de una gallina (50 centímetros) y los 2 metros. Sus masas
se estimaron entre los 30 y 400 kilos. Esto es, en términos de
medidas de avianas, un grupo de aves gigantes, escribe Tambussi.
En otras palabras, los fororracos sudamericanos habrían sido los
carnívoros corredores dominantes de su tiempo, cuando no había
mamíferos placentarios carnívoros, y que habrían
rivalizado con los grandes marsupiales coexistentes.
Como hay restricciones para encontrar una forma análoga actual
que permita postular el modo de vida de estas aves de alas reducidas,
garras y con un pico en forma de cuchilla para matar a sus presas, el
equipo de Tambussi realiza estudios biomecánicos, a los efectos
de evaluar la resistencia y posibilidad de movimiento de los huesos y
músculos asociados.
Una de las personas que está al frente de este específico
trabajo es el joven licenciado en Ciencias Naturales Federico Degrange.
También aportan sus conocimientos y dedicación la licenciada
Belén Ibañez y los estudiantes Clelia Mosto y Marcos Cenizo.
La doctora Carolina Acosta Hospitalache, especialista en aves marinas,
y la licenciada Mariana Picasso, que trabaja sobre aves terrestres, son
otras dos referentes del equipo de Tambussi.
Fuerza
y voracidad
“Intentamos determinar qué cantidad de fuerza tenían
y también reconstruir en parte su modo de vida. Creemos que se
alimentaban de ungulados (tampoco existe en la actualidad nada que se
parezca)”, se explaya Tambussi.
Un dato a tener en cuenta: los cráneos de los más grandes
fororracos superan los 60 centímetros de largo, mientras que los
de un cóndor actual oscilan los 17 centímetros. La diferencia
es notable.
El pico descripto es uno de los puntos que más llama la atención.
La doctora detalla que “los fororracos equipados con este tipo de
pico poseen miembros posteriores muy robustos. Algunos de ellos no sólo
habrían podido desarrollar grandes carreras sino también
zigzaguear durante la misma. De esta manera habrían podido correr
tras una presa y mantener la persecución ante un cambio de dirección
abrupta (que es el mecanismo más común de huida). De allí
que pueda otorgárseles un rol de predatores activos”, conjetura
Tambussi en el trabajo titulado Fororracoideos: las grandes aves carnívoras
de la Patagonia de antaño.
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Pieza.
La doctora Tambussi y el licenciado Federico Degrange con el cráneo
de un fororraco |
El
más grande
En 2003 en la localidad rionegrina de Comallo, 120 kilómetros al
noreste de Bariloche, el estudiante de Paleontología Guillermo
Rodríguez Zaballa dio con parte de los restos fósiles de
la que se cree es el ave prehistórica terrestre más grande
conocida hasta el momento; casi 10% mayor que los otros ejemplares de
la familia.
A partir de este descubrimiento, los científicos argentinos Luis
Chiappe (de la UBA) y Sara Bertelli (de la Universidad Nacional de Tucumán)
realizaron un estudio que fue publicado la semana última en Nature,
revista de referencia de la comunidad científica internacional
(ver aparte).
Tambussi trabaja junto a Chiappe y Bertelli en la investigación
macro sobre los fororracos de América del Sur, para intentar descifrar
con mayor exactitud cómo vivían estos plumíferos
gigantes que alguna vez pulularon (como escribió Darwin) por estas
tierras.
Fósiles,
plumas e identificación
Por
Claudia Tambussi (*)
¿Por
qué Ameghino asignó algunos de los fósiles a los
mamíferos y cómo supo después que se trataba de aves?
Para intentar encontrar respuestas a estas preguntas, necesitamos encontrar
previamente las respuestas a otros interrogantes.
En primer lugar, debemos definir qué es un ave. El diccionario
dice: animal vertebrado, ovíparo, con alas, pico y cuerpo recubierto
de plumas. Mucho se ha escrito al respecto, pero la idea más aceptada
es que la característica exclusiva de las aves, aquella que permite
diferenciar claramente un ave del resto de los animales, es la presencia
de plumas.
Cualquiera de las otras características que enunciamos son compartidas
con otros grupos de vertebrados. Pero las plumas sólo excepcionalmente
se conservan como fósiles. Podemos, entonces, redefinir la pregunta
inicial: ¿cómo reconocer un ave cuando no hay evidencia
de plumas?
La única herramienta con que cuentan los paleontólogos para
reconstruir las faunas del pasado viviente son los fósiles. En
el caso particular de los vertebrados, en su mayoría éstos
son restos de huesos o dientes. Salvo pequeños grupos de aves que
vivieron durante el Mesozoico (período transcurrido entre los 235
y los 65 millones de años antes del presente), las aves han perdido
los dientes a lo largo de su historia evolutiva. Por consiguiente, nuestras
evidencias se limitan fundamentalmente a huesos.
Sumemos a este panorama otro problema: las aves poseen los huesos generalmente
huecos y de paredes delgadas. La fragilidad hace que su destrucción
post-mortem sea fácil. En otras palabras, la probabilidad de encontrar
restos de aves que vivieron en el pasado remoto, respecto al de otros
grupos de vertebrados, por ejemplo mamíferos, es considerablemente
menor. Así y todo, son las únicas evidencias que tenemos
y con ellas debemos arreglarnos.
Volvamos a detenernos en algunos conceptos. Con riesgo de caer en una
simplificación extrema, podemos decir que las aves tienen toda
su estructura -anatómica y fisiológica- adaptada al vuelo.
El vuelo es una actividad que requiere gran energía y una estructura
ósea apropiada para mantener cohesión durante los grandes
esfuerzos musculares. En este marco puede señalarse que en líneas
generales las aves han tendido, durante su evolución, a la fusión
y/o eliminación de huesos. Esto trae aparejado que su conjunto
de características esqueletarias sea único en la naturaleza.
Lo cierto es que los primeros restos a los que alude Florentino Ameghino,
aquellos que había descripto como pertenecientes a desdentados
(el grupo que actualmente incluye a las mulitas, peludos, perezosos y
osos hormigueros), eran restos fragmentarios y aislados de mandíbulas
sin dientes ni evidencias de los mismos. De allí que los haya clasificado
como desdentados (más correctamente edentados). Los nuevos restos
que encontrara Carlos, esta vez, incluían no sólo las mandíbulas
sino el cráneo y huesos del postcráneo. Son esos huesos,
de anatomía exclusiva, los que permitieron reconocer a phorusrhacos
como un ave de extraordinario tamaño. Phorusrhacos con su casi
metro sesenta de altura, es considerado actualmente como miembro del grupo
más especta-cular de aves carnívoras que jamás haya
existido: los fororracos.
(*)
Extracto del trabajo Fororracoideos: las grandes aves carnívoras
de la Patagonia de antaño, publicado en la revista del Museo La
Plata.
Un depredador de 3 metros de altura
El
cráneo más grande encontrado hasta el momento de un fororraco
mide unos 70 centímetros. Fue hallado en Río Negro hace
tres años por un estudiante de Paleon- tología. A partir
de ese resto, los paleontólogos argentinos Luis Chiappe y Sara
Bertelli, científicos del Museo de Historia Natural de Los Angeles,
realizaron un trabajo que la semana pasada fue publicado en la revista
de referencia Nature.
El fósil es del Mioceno medio (fechado entre 23 millones y 5 millones
de años atrás, es el cuarto período de la Era Cenozoica),
pero los investigadores desconocen sobre su modo de vida y las causas
de su extinción.
A partir de un hueso de las patas corredoras, Chiappe y Bertelli calcularon
que el ave alcanzaba un tamaño de casi 10% mayor que los otros
ejemplares de la familia. Sin ir más lejos, su enorme cráneo
(la mitad corresponde a un pico en forma de cuchillo) lo diferencia en
muchos detalles de descubrimientos anteriores de los “Phorusrhacide”.
Casi un año atrás, otro grupo de científicos, también
sudamericanos, en base a los huesos hallados hasta el momento, estimaron
que una especie de esta familia de aves pesaba alrededor de 350 kilogramos
y conseguía una velocidad de alrededor de 50 kilómetros
por hora. Eso fue publicado un año atrás por la revista
Royal Society Biological Sciences.
El trabajo de Chiappe y Bertelli infiere que esta ave terrestre carnívora
medía tres metros de altura
Trabajos
de campo en la Patagonia
En
el marco del proyecto para desentrañar el modo de vida del grupo
de aves prehistóricas denominado fororraco, el equipo de la doctora
Claudia Tambussi -junto a colegas argentinos y de otros países
de Sudamérica- también realizará trabajos de campo
en la Patagonia, básicamente en Río Negro, Neuquén
y en Península Valdés.
En estas zonas se encontraron los pocos pero valiosos restos que hay actualmente
de fororracos, que habitaron estas latitudes, aunque también existen
indicios menores en la Antártida y en Norteamérica.
Diario
Hoy.net, La Plata, 2 de noviembre de 2006 |