DELEGACIÓN DIOCESANA DE ENSEÑANZA DE LA DIÓCESIS DE TARAZONA (ZARAGOZA)

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Domingo V de Cuaresma:
LA MUJER ADÚLTERA.

     Decía Simone Weil: "Una de las verdades fundamentales del cristianismo, verdad con demasiada frecuencia desconocida, es ésta: lo que salva es la mirada". En este evangelio se dan dos miradas distintas, contrapuestas: la mirada de los fariseos y la mirada de Jesús.

     La mirada de los fariseos es legalista: “La ley manda apedrear”. Que caiga el peso de la ley y aplaste para siempre a la persona. Con la ley en la mano se pueden cometer muchas atrocidades. Por ejemplo: matar niños inocentes. La mirada de Jesús sólo se fija en la persona. Mira todo lo bueno que tiene esa persona, su capacidad de rehabilitación  y su posibilidad de cambio. Es una mirada creadora y saca de la mujer su ser más auténtico.

     La mirada de los fariseos es hipócrita. Ellos mismos son víctimas del mismo pecado que denuncian. Jesús les desenmascara su hipocresía: “El que de vosotros esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Y comenzaron a desfilar comenzando por los más viejos… El trigo y la cizaña crecen juntos en el mismo campo y ¿quién de nosotros puede afirmar que es trigo limpio?

     La mirada de los fariseos está anclada en el pasado. Gozan, disfrutan, recogiendo las miserias del pasado de esa mujer para tirárselas a la cara. A Jesús no le interesa el pasado. Sólo le interesa lo que esa mujer es y lo que  puede ser  de ahora en adelante. Donde antes había una prostituta, ha renacido una mujer. Ella se siente perdonada por Jesús y saldrá a la calle con la cabeza alta, sin ningún complejo de culpabilidad.

     “Y quedó solo Jesús con la mujer” ¡Qué alivio!. Se han ido los que le acusaban. Y, como dirá San Agustín, “allá quedaron solos la gran miseria y la gran misericordia”. Esa mujer, tocada por el amor misericordioso de Dios, está ya en camino para escalar las más altas cumbres de la santidad. Y todo por el milagro de una mirada.

 

Raúl.

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Cuarto Domingo de Cuaresma:

LA BONDAD DEL PADRE.

 

La parábola del Hijo pródigo es la más bella historia de amor. Hay que leerla, contemplarla y guardar esa foto del Padre en la cartera, cerca del corazón.

Escribía Charles Péguy: "Todas las parábolas son hermosas, todas las parábolas son grandes. Pero con ésta, millares y millares de hombres han llorado."

El protagonista de esta parábola no es el hijo sino el Padre. Podríamos titularla así: Parábola del Padre bueno, a quien le traiciona el corazón.

Las parábolas de la Misericordia abundan en gestos exagerados: No es normal que una mujer pierda la noche buscando una moneda de escaso valor. Menos normal que un pastor deje en peligro 99 ovejas por ir a buscar una. Y la anormalidad llega al delirio cuando un padre entrega en vida la herencia al hijo caprichoso y, cuando vuelve después de haberlo perdido todo con una vida desordenada, no le echa en cara sus pecados sino que  corre a buscar al hijo, le besa, le abraza y empuja a la fiesta a semejante calavera.

Todas esas exageraciones tienen una finalidad: decirnos a las claras que así de exagerado, así de loco, así de escandaloso es el amor del Padre.

El Padre podría haber adoptado alguna postura más razonable: podía haberle concedido al hijo lo que pedía: entrar en casa como un obrero más, pero no como hijo. Podía haberle perdonado dándole una nueva oportunidad, pero con una amonestación: Si vuelves a irte de nuevo, lo siento, pero aquí no vengas. Incluso podría haberle dicho: Mira hijo, eres joven y te comprendo. Se te han cruzado los cables. Yo te perdono todo. Ha sido un paréntesis en tu vida. Para mí eres el mismo de antes. Hubiera sido un buen padre. Pero, lo que de ningún modo hubiera imaginado el hijo es que, por el mero hecho de volver, le cubriera de besos, matara el becerro cebado y organizara aquella fiesta. Ninguno de nosotros hubiera hecho lo mismo, pero Dios sí. Este es el verdadero Dios revelado por Jesús, el único que sabe cómo es el corazón de Dios ya que ha vivido siempre volcado, gravitando junto a Él (Jn. 1,1). Ante esta bella e impresionante imagen de Dios, revisemos, adaptemos y, en algunos casos, desterremos para siempre tantas caricaturas que, a lo largo de los siglos, hemos hecho de Dios, hasta desfigurar por completo su verdadero rostro.

 

Raúl.

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Tercer Domingo de Cuaresma.

COMENTARIO AL EVANGELIO (Lc. 13, 1-9)

Este evangelio se encuentra dentro de la narración del viaje a Jerusalén donde Jesús se va a encontrar con la muerte más ignominiosa: la muerte en Cruz. Este camino de la Cruz debe seguirlo todo cristiano, todo aquel que quiere ser discípulo de Jesús. Como esto resulta difícil, de ahí que sea necesaria la  conversión.

Jesús es informado del asesinato de unos galileos por soldados romanos. Existía entonces, en efecto, la creencia generalizada de que determinadas desgracias personales eran consecuencia de un pecado precedente. Contando con esa creencia hace Jesús la siguiente pregunta: ¿Creéis que, por haber sufrido tal suerte, esos galileos eran más pecadores que el resto de galileos? Jesús afirma enérgicamente: ¡Os digo que no!

Ahora el Señor nos puede hacer la misma pregunta: ¿Y creéis que los soldados que mueren en la guerra son peores que nosotros que vemos los efectos de la guerra por la T.V sin ningún riesgo y desde la comodidad de nuestros hogares? ¡Os digo que no! ¿Y los enfermos terminales que avanzan inexorablemente hacia la muerte , ¿son peores que nosotros que disfrutamos de buena salud? ¡Os digo que no!

Que quede claro que la enfermedad y la muerte no son castigos de Dios. Que quede claro no estamos más cerca de Dios cuando las cosas nos salen bien y que estamos lejos de Él cuando nos salen mal.

En el evangelio de San Lucas la higuera que no da fruto no recibe un castigo. El evangelista la convierte en una parábola de la paciencia y misericordia de Dios. Todos tenemos necesidad de conversión; todos tenemos que ajustar nuestra vida al evangelio; todos tenemos que afinar las cuerdas de la vida para que toquen el canto que agrada al Padre: el canto del amor.

“Cuando estén afinadas, Maestro mío,
t
odas las cuerdas de mi vida,
cada vez que Tú las toques
cantarán amor”.
(R. Tagore)

Raúl.

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Segundo Domingo de Cuaresma:

LA TRANSFIGURACIÓN

San Lucas ha querido poner el tema de la Transfiguración en un contexto de oración: “Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago a lo alto de una montaña para orar”. La montaña ha sido el lugar preferido por Dios para sus manifestaciones. En una montaña Dios entregó a Moisés las Tablas de la Ley. En otra montaña, según Mateo, Jesús nos ofreció la joya preciosa de las Bienaventuranzas. Y es ahora en una montaña donde Jesús se transfigura.

En el valle, donde vivimos nosotros,  nos ahoga el ruido, el ajetreo, las prisas. Nos asfixia la contaminación. Nos vemos envueltos en los egoísmos, las envidias, los odios, nuestros viejos pecados. Y necesitamos subir a la montaña de Dios para respirar el aire puro del Espíritu. Respirar la verdad, el amor, la justicia, la paz.

“Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió”.

La oración nos cambia, nos transforma, nos hace ver las cosas de una manera nueva, distinta.  S. Pedro quería hacer tres tiendas de campaña, las tres iguales: una para Moisés, otra para Elías y otra para Jesús. San Pedro compara a Jesús con los grandes personajes del A.T. ¡Qué equivocado estaba!. El mejor comentario lo hace el mismo evangelista cuando dice:”No sabía lo que decía”. Y ciertamente, igualar a Jesús con Moisés y Elías es no tener ni idea de lo que es Jesús. Jesús, además de hombre, es el Señor. Es Dios.  Tampoco nosotros tenemos idea de Jesús cuando, en la práctica, lo comparamos con el dios-placer; dios-poder; dios-dinero; dios-prestigio; dios-comodidad.

"Una voz grita desde la nube:”Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”.Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo.

He ahí el efecto, el verdadero fruto de la oración: encontrarnos con Jesús solo. Sólo a Él hay que escuchar. Sólo a Él hay que servir. Y, como dice el Papa Benedicto, sólo a Él hay que mirar. “Mirarán al que atravesaron”. (Jn. 19,37). Él dio la vida por nosotros. Nos amó a nosotros más que a Él. Por eso decía Jesús:”El que pone la mano en el arado y mira atrás no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9,62). El que sigue a Jesús ya no puede mirar atrás. Una vez que Jesús está delante de nuestros ojos, ¿qué me pueden ya ofrecer los que quedan atrás?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de su rostro la hermosura
que no les sea enojos?

(Fray Luis de León).

 Raúl.

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Primer Domingo de Cuaresma.

LAS TENTACIONES DE JESÚS. Lucas. 4,1-13

La clave para entender las tentaciones de Jesús está en la frase que se repite: "Si eres Hijo de Dios".  

Todos sabemos lo que significa “ser hijo de papá”. Es el niño de padre rico y que, caprichosamente, consigue de éste todo lo que quiere. La gran tentación para Jesús fue el ser hijo de Papá-Dios. Él podía jugar con ventajas….

“Si eres Hijo de Dios puedes convertir las piedras en pan”. Jesús piensa  que los hombres se ganan el pan “con el sudor de su rostro” y, como no quiere privilegios, rechaza la tentación. Quiere ser como los demás. ¡Cuánto nos cuesta ser como los demás!...

“Si eres Hijo de Dios tírate de aquí abajo”  Y Jesús piensa: si un hombre cualquiera se tira del alero del templo abajo, se rompe la cabeza. Y como yo quiero ser “igual que los demás” (Filipenses. 2,7)  y no me quiero romper la cabeza, no me tiro. No quiero tentar a Dios viviendo de milagros. Porque yo no me avergüenzo de ser hombre y me encanta poder llamar a todos los hombres: “mis hermanos”. (Hebreos 2,12). !Cuánto nos cuesta dejar privilegios!...

“El diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo…y le dijo: Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”.

Esta tentación es demasiado burda. Las dos anteriores tienen una lógica y se apoyan en la misma Escritura. ¿Quién le ha  dicho al diablo que el mundo es suyo? ¿Dónde tiene el título de propiedad? Ya, desde el tiempo de Orígenes, (s.III) se viene dando otra interpretación. Hoy podría ser ésta. Existen dos Reinos: el del Bien y el del Mal. El Diablo está en su reino, en el del mal. Y tiene un gran éxito. Para eso usa estos medios: miente, engaña, azuza pasiones…etc.

 Y le propone a Jesús: Si quieres triunfar en tu Reino, por supuesto que no vas a emplear mis medios. Pero ¿no podrías cambiar de táctica? ¿Acaso no podrías salvar a los hombres sin complicarte tanto la vida? ¿O es que no podrías salvar a todos muriendo tranquilamente en tu cama? ¿Acaso no eres Hijo de Dios? ¿Por qué te empeñas en morir en un Cruz?... Esta palabra horroriza a los hombres. ¡Te vas a quedar solo! El diablo quiere disuadir a Jesús de morir en Cruz. Y eso sí que fue auténtica tentación para Jesús. Y sigue siendo para todos nosotros...

Raúl..

 

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